Cuba: el hacedor de los humidores o cajas de los habanos

1.661

A Osvaldito lo recuerdo de adolescente: fue compañero de aula de mi hija en la secundaria básica Ignacio Agramonte, del Cerro. Era pequeño de estatura y, sobre todo, “muy inquieto y muy creativo”, algo que repetían los maestros durante las regulares reuniones de padres.

Han pasado los años, más de 15, y Osvaldito creció -aunque no mucho en estatura- y recién me entero que “desde la secundaria, cuando tenía unos 12 o 13 años, ya empecé a llevar dinero para mi casa”, según me cuenta.

Su abuelo, a quien quiso mucho y “se lo debe todo”, fue el que lo introdujo en las manualidades: “Eran los años 90 y estábamos en Período especial y no había nada ¡ni para comer! Yo era un niño que entraba en la adolescencia y me dolía ver a mi mamá cuando llegaba cansada del trabajo y se ponía a hacer dulces para vender por el vecindario; por otro lado, siempre me ha gustado tener lo mío y no ser carga para nadie”.

Ese deseo de cooperar lo impulsó a pedirle a su papá -“que estaba divorciado de mi madre”- a que lo enseñara “a decorar las cajitas que hacía”. Su padre, Osvaldo de las Nieves Menéndez, es un veterano miembro de la ACAA, la Asociación Cubana de Artesanos Artistas, que comenzó a trabajar el cristal y luego derivó a la realización de humidores.

“Esas cajitas” -continúa Osvaldito- “eran humidores. Recuerdo que pasaba las noches en mi cuarto, ensamblando pequeños pedacitos de madera de distintos colores para lograr diversos decorados y efectos”. Pero cuando llegaba el fin de semana, ¡felicidad!, porque mi padre me pagaba mi trabajo: a mí aquello me daba tremenda sensación de libertad y empecé a entender, tempranamente, que con mis manos y mis habilidades podía mantenerme”.

Esa fue la génesis: hoy Osvaldito sigue trabajando con su padre aunque “sueña con independizarse”, algo que logrará cuando ingrese en la ACAA: “Deseo que me lleva a superarme cada día y a esforzarme, que es la única manera de lograr un trabajo sostenido, que sea reconocido y que pueda comercializar por mi cuenta”, subraya con convicción.

Pasa gran parte del día en el taller “con mucho polvo encima y respirándolo”; no obstante, dice sentirse “muy feliz” con los resultados porque está seguro de que lo que hace “es arte expresado a través de la madera”.

Ese deseo de hacer arte “con sus propias manos” lo ha llevado a concebir humidores que son verdaderas joyas; por ejemplo, recuerda con particular regocijo uno que fue réplica del que le pertenecía al presidente norteamericano John F. Kennedy, construido totalmente en cedro -55 cm de largo x 6 de ancho-, pero también uno confeccionado especialmente para un Festival del Habano, dedicado a Compay Segundo, o el modelo Siglo XIX, que puede incluir cristal.

Y sabiendo que el tiempo está a su favor -no sólo porque es joven sino porque “sabe lo que quiere”-, Osvaldito continúa trabajando con una constancia que hay que aplaudir para lograr su mayor anhelo: “Los tiempos están cambiando, seguro que para bien, y mi mayor fantasía es que mis humidores sean reconocidos, apreciados y también comprados por los cubanos y por los muchos amigos que vendrán a conocer la tierra donde se da el mejor tabaco del mundo… ¡quiero que mis humidores resguarden ese tesoro!”, concluyó.

Publicado en Cuba Contemporánea

También podría gustarte