Se cumplen 40 años de «Adiós Sui Géneris» un recital mítico en la historia del rock argentino

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Por Daniel Cholakian

Sentado frente a una computadora personal, 40 años después de aquella noche en la que me vi tan pequeño y tan grande al mismo tiempo, estoy dispuesto a conjeturar que los años ’70 en Argentina podrían comprenderse a partir de Sui Géneris y por un simple detalle. A diferencia de los anteriores grupos del rock nacional, fue una banda que interpeló a quienes éramos entonces aquello que ahora llamamos “preadolescentes”. Gracias al dúo formado por Charly García y Nito Mestre por primera vez nos apropiamos de las canciones para “grandes”. La aparición de “Vida” nos incorporó rápida y “salvajemente” a la música a partir de una identidad propia. Ya conocíamos a Los Beatles, algunos tarareábamos La Balsa o Muchacha… pero Sui Géneris nos incorporó a la música con derecho propio.

Recuerdo cuando volvíamos de la escuela primaria de la calle Puán con mi amigo, el “colorado” Speroni, cantando “Canción para mi muerte” o la híper sexuada “Mariel y el Capitán” (imaginen que locas ideas despertaba ese relato de amor furtivo en nuestras mentes onceañares). De esto habló refiero cuando afirmo que Sui Géneris fue la primera banda del rock nacional que interpeló también a quienes aun estábamos llegando a esa etapa transicional. Y Sui Géneris fue clave para acompañar en mucho de nosotros ese rito de pasaje de la infancia a la adolescencia.

Ese recital, en una noche de septiembre de 1975 fue para mí el ritual clave en la vida de toda persona. Tal vez por eso sea inolvidable. Por eso mismo solo puedo reconstruirlo por su valor mítico en mi propia vida. Nada de lo que recuerde será del todo verdadero ni del todo fantasía personal.

Si bien la idea de la política y la desobediencia a la voz paterna se había concretado cuando fui delegado de mi curso y luego de primero y segundo año en el colegio “Carlos Pellegrini”, el ’75 era completamente diferente al año anterior. El autoritarismo se había reinstalado. En las calles, en las plazas, en las escuelas y en las casas. Salir de noche para ir a un recital de rock me estaba completamente vedado. ¿Cómo hice para comprar las entradas y salir aquella noche? Seguramente con algo de ingenio, riesgo y alguna que otra mentira.

En la calles había felicidad y amenazas. Tal vez por partes iguales. Los paramilitares de la Triple A secuestraban y mataban con absoluta impunidad y nosotros cantábamos “Yo forme parte de un ejército loco, tenía 20 años y el pelo muy corto” … “Amar a la Patria bien nos exigieron,
si ellos son la Patria, yo soy extranjero” en medio de la montada que cuidaba que no saliéramos de la fila. El recital fue absolutamente impactante. No había visto ninguno hasta entonces, pero fui a muchos después de ese. No tengo dudas que las noches de septiembre de 1975 fueron una bisagra para el rock nacional y vistas a la distancia, demuestran porque Charly García es el autor más político de la música popular de los últimos 50 años. Puso en discusión la represión sexual, la patria, la familia, la iglesia. Y lo hizo en un momento donde las balas volaban por sobre nuestras cabezas aun cuando muchos de nosotros, ni lo supiéramos.

De los saltos, la emoción, las canciones cantadas en gritos casi desaforados. De la magia de Nito Mestre, una suerte de Cristo hippie y de la impresión que nos causó la tecnología puesta en escena, me quedan vagos recuerdos, flashes confusos que seguramente se mezclan con otras noches del Luna Park.

Decía que Sui Géneris en relación lo que significó para quienes comenzamos a escucharlos a los diez u once años podría servir para explicar los años `70. Lo digo porque pienso que en la década siguiente ese grupo etario en transición sería convocado (gracias al trabajo incansable de los medios y las productoras) por Los Parchís o Tremendo y más tarde vendrían Shakira, Violetta o vaya a saber que producto comercial de un pop completamente extraño para nosotros.

Tal vez mi visión sea apenas la de un viejo nostálgico, lo reconozco. Pero lo vivido esa noche, ese primer día en que enfrenté la autoridad paterna y, sin saberlo la autoridad brutal de un poder oscuro, no es sólo un recuerdo individual, sino uno de los tantos aromas particulares de una historia que siempre fue y será colectiva.

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