Dos novelas

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En Contexto
La Operación Condor fue un plan de inteligencia y coordinación de la ejecución de acciones represivas paramilitares entre los servicios de seguridad de Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia. En octubre de 1975 se constituyó una organización clandestina internacional para la práctica del terrorismo de Estado contra opositores a los regímenes dictatoriales que contó con la cooperación de los Estados Unidos.

Brasil, viaje literario al origen del horror de la Operación Cóndor

Los recuerdos cargados de indignación y dolor le llegaron en tropel a Edgard Telles Ribeiro aquel día de 2008 cuando su hija Adriana, de 21 años, le preguntó: “¿Cómo es que jamás hablaste de esos años de represión en Brasil aquí en casa?”.

Silencio. Desconcierto.

Telles Ribeiro nunca había hablado de ese pasado trágico que conocía, más o menos bien, no solo en su país sino en América del Sur. Pues empezó su carrera como diplomático en 1966, dos años después del golpe militar brasileño derivado en dictadura hasta 1985, y que inauguraría uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente latinoamericana: las seis dictaduras del cono sur que habrían de pasar a la historia como Operación Cóndor (Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile, Bolivia y Argentina). Una maniobra orquestada por la CIA, para controlar la región, en alianza con la derecha y los militares de aquellos países que coordinaban acciones para reprimir a los opositores. El resultado: millares de muertos, desaparecidos, torturados, presos y represaliados de todo tipo, además de la desestabilización social y la implantación de un sistema de corrupción e impunidad que aún pervive.

Todo empezó ahí. En Brasil, la noche del 31 de marzo de 1964 con el derrocamiento del presidente Joao Goulart. Es el comienzo de Los años robados (Alfaguara) como Telles Ribeiro ha titulado su novela surgida tras la pregunta de su hija. Un asomo a ese terror que sirvió de laboratorio, porque “tras Brasil (1964) los demás países cayeron bajo control militar como un castillo de naipes: Argentina (1966 y de nuevo en 1976) y Uruguay y Chile (1973)».

Con los años, todos esos países han ido sacando a la luz lo sucedido. Faltaba Brasil. Esta semana lo ha hecho al divulgar el informe final de la Comisión de la verdad, encargado por la presidenta Dilma Rousseff (víctima ella misma de la represión), que revela un total de 434 víctimas mortales y desaparecidos y 377 responsables, 191 de los cuales siguen vivos. Una revelación que “muestra la victoria y la frustración a la vez”, asegura el escritor: “Victoria porque es de enorme importancia moral pero frustración porque difícilmente tendrá resultados prácticos y concretos. Los responsables, como las Fuerzas Armadas, lo negarán todo, y además, según la Ley de Amnistía, nadie irá a la cárcel”.

Prueba del sino que persigue a Latinoamérica como tierra fértil para los tiranos. Un testimonio que ha quedado plasmado en grandes obras que van desde El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, hasta La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, pasando por Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez.

Los años robados continúa esa tradición de contar, denunciar y tratar de explicar lo sucedido. Esta vez no en un solo país, ni como arquetipo de nada, sino que, partiendo de un diplomático brasileño, relata los entresijos de cómo se creó un entramado de complicidades hasta crear un tejido de poder autocrático en la región.

Cuando su hija le reclamó a Telles Ribeiro su testimonio hizo que él se diera cuenta de que tenía toda una historia bloqueada dentro sí. “Salvo algunas excepciones, eso sucedió con varios de mis contemporáneos. Tardamos mucho en trabajar nuestro pasado y transformarlo en literatura. A diferencia de los historiadores y periodistas, que felizmente sí produjeron una obra memorable en Brasil sobre el tema”, cuenta el escritor y cineasta brasileño nacido en 1944 en Valparaíso (Chile), cuando su padre estaba allí en el servico diplomático. Telles Ribeiro se ha jubilado después de 48 años de carrera, principalmente desde el área cultural, en países como Estados Unidos, Nueva Zelanda, Malasia y Tailandia; además de la ONU.

Así es que aquella pregunta de 2008 desencadenó en él una serie de recuerdos, mientras otra parte de su cerebro intentaba ver la manera de cómo narrar esa tragedia. Al día siguiente empezó escribir. Tenía claro que “no iba a hablar sobre la dictadura de Brasil y sus horrores, pero sí iba a contar la historia de Max, un hijo de la gran puta, inspirado en varias personas porque al seguir su vida y transformarlo podía crear una novela sobre las dictaduras de la región”.

A partir de Max, una joven promesa de la diplomacia que cambió los ideales para adaptarse a la nueva situación, Telles Ribeiro muestra los entresijos. La participación de la CIA en los trágicos eventos descritos en la novela está hoy claramente comprobada, afirma el escritor. “En el caso norteamericano, felizmente existen archivos y una amplia documentación. En el nuestro, a falta de archivos, nos queda la ficción…”.

Es ahí donde mejor se cuenta o lidia con la atroz realidad. “Confrontados con esa realidad, toca a los artistas (y en particular a los escritores que tengan algo que contar sobre esa fase de nuestra historia), recrear los escenarios y los eventos del pasado basándose en sus propias experiencias, o en lo que escucharon sobre esa época de terceras personas, de tal forma que sus cuentos o novelas puedan estimular a otros a trabajar sus propios recuerdos y traerlos al lector. El escritor se transforma así en un punto de partida para estimular a los que saben (o imaginan saber), de tal forma que ese ‘inconsciente colectivo del terror’ no cese de alimentar la búsqueda de la verdad”.

La aportación de Los años robados, dice Telles Ribeiro, se encuentra muy próxima a la verdad: “No se trata de un documento, sino de una realidad reinventada. Estoy seguro que cosas iguales o peores a lo que yo describo en mi libro realmente sucedieron en mi país en aquella bochornosa época”.

Sistemas de vidas usurpadas que no se terminan de ir del todo. Instalaron un nuevo tejido con el ADN de la impunidad y la corrupción. Esas, afirma el escritor, “fueron las dos herencias malditas del golpe militar del 64. La gran ventaja de una dictadura es poder operar impunemente entre cuatro paredes, con la complicidad de muy pocos testigos, articulando negocios millonarios para determinadas empresas extranjeras o nacionales, y liberando las fuerzas represoras para actuar fuera de la ley contra los pocos que se les resisten. La corrupción (que desde entonces ha crecido muchísimo en mi país) tiene sus raíces en esa época melancólica y secreta. Igual que la impunidad, que mantiene presos a los pobres y libres a los que pueden pagarse buenos abogados”.

Seis años después de que la pregunta de su hija desbloqueara su pasado, Edgard Telles Ribeiro recuerda que aquellos 21 años fueron días de pesadilla. De miedo y silencio: “Algo helado que se cuela a tu piel sin que sepas de dónde viene, dónde empieza y dónde termina. Y, lo que es peor, sin que tengas alguna razón o culpa específica. El terror omnipresente y abstracto”.

Publicado por El País

‘Al escribir, buscas la tensión del fútbol’: Santiago Roncagliolo

El escritor peruano habla de su nueva novela, ‘La pena máxima’

–¡Yo no quiero democracia, carajo! –gritó uno desde un Volskwagen escarabajo– ¡Yo quiero ver el mundial!

Es 1978 y Perú se prepara para las primeras elecciones presidenciales después de una década de dictadura, mientras Argentina continúa bajo las crueldades de los militares, pero todos miran, vibran, respiran fútbol. No importa nada más.

Era el ambiente perfecto para un thriller, para un asesinato o para muchos, tal como ocurrió con la llamada ‘operación Cóndor’, que torturó y desapareció a militantes de izquierda de la época. Mientras el público cantaba goles, rumiaba derrotas frente a un televisor.

Y es el marco de La pena máxima, la nueva novela del peruano Santiago Roncagliolo, con la que vuelve a escribir sobre Perú y retoma a Félix Chacaltana, protagonista de otra de sus novelas, Abril rojo, ganadora del premio Alfaguara 2006.

Usted suele decir que es un ‘asesino a sueldo de libros’ y que siempre se mete en líos. ¿En cuál lío se metió con ‘La pena máxima’?

Creo que si haces una historia política y no te metes en líos, no lo estás haciendo bien. Sobre todo, si es una historia real, tienes que desafiar las versiones creadas y decirle al lector ‘esto no es así’, ‘lo que te están diciendo es mentira’ y en este caso me interesaba desafiar la idea de que Perú no trabajó en la ‘operación Cóndor’ y no tuvo nada que ver con la dictadura militar argentina, una idea muy difundida por los políticos de mi país, muy preocupados por las consecuencias jurídicas de sus actos del pasado. Pero es una idea falsa. Perú, es verdad, no fue tan brutal como Argentina o Chile, pero colaboró con Argentina. Y cuando tu vecino es un asesino y tú no haces nada, terminas siendo su cómplice.

¿Qué tanto tiene que ver esta historia con su infancia? ¿Cómo llegó a ella?

Esta historia es la de mis padres, que eran militantes de izquierda, y de muchos de sus amigos, que murieron y desaparecieron en Chile. Pero, además, me gustaba el escenario del fútbol y cómo la dictadura usó el mundial para vender una Argentina pacífica y amable, que no existía, mientras torturaba gente a cuadras de los estadios de fútbol. Además, el mundial de Argentina 78 es inolvidable para cualquier peruano. Para que Argentina llegara a la final necesitaba ganarle 4-0 al Perú, pero nos ganó 6-0, así que es una especie de símbolo del fracaso de las ilusiones.

¿Entonces en esta novela vuelve a la infancia?

Más que el regreso a la infancia es al fiscal Félix Chacaltana (protagonista de la novela ‘Abril Rojo’), que era un personaje que no quería volver usar. Cuando haces una novela tan exitosa como ‘Abril Rojo’ el problema es que te arriesgas a encasillarte y a que todo mundo quiera algo igual siempre. Deliberadamente no escribía nada sobre el fiscal Chacaltana, pero esta vez me obligó, se adueñó de la historia, se esmeró en volver.

La novela constantemente muestra cómo usaron el fútbol para adormecer y ocultar, ¿qué pueden esconder tras este mundial de Brasil?

El fútbol era excelente para un thriller porque un partido es el momento perfecto para matar a alguien: nadie mira, a nadie le importa. A demás, me gustaba esa idea del fútbol como encarnación de los países, de lo que vivía Argentina. El fútbol, al final, sí encarna lo que un país es. El Mundial de Brasil también nos ha servido para ver muchas de las cosas que Brasil aún no es, lo que aún no puede hacer; pero hay una gran diferencia entre este mundial y el de Argentina: que ahora sabemos cuáles son los fallos. En el de Argentina no podíamos saber las atrocidades que estaban cometiendo y eso es para mí una señal de que con todos sus problemas y errores, este continente es mejor ahora que hace 40 años.

La novela cruza las narraciones de los partidos con lo que ocurre a los personajes. ¿Cómo fue el trabajo de campo?

Volví a ver todos los partidos. Disfruté mucho porque el narrador de un partido de fútbol es un poeta, tiene que decirte lo que estás viendo pero hacerlo más interesante y buscar veintiséis sinónimos para la palabra pelota. Me gustaba ese lenguaje vibrante, hecho para atrapar al espectador y para emocionarlo, que en el fondo es lo que quieres también cuando escribes una novela, reproducir la tensión narrativa de un partido de fútbol en una obra literaria, que no lo vayas a soltar, que quieras saber qué va a pasar ahora.

¿Y usted que tan futbolero es?

Soy futbolero escéptico. Cuando era muy pequeño tenía una vida difícil, mis padres se divorciaron, y decidí que no iba a sufrir por ese tema, ya tenía demasiados problemas como para además amargarme todos los domingos porque siempre perdían. Pero cuando me mudé a España me hice me hice del Atletic de Madrid, que es un equipo que me está demostrando que se puede ganar, que ganar es muy bonito, incluso si eres pequeño y tienes 400 millones de euros menos que el Real Madrid.

Hablemos sobre esos personajes. Félix Chacaltana es un hombre que parece arrastrado por las circunstancias y su jefe, el típico funcionario público conformista… ¿Era una crítica a la burocracia peruana de la época?

Yo recuerdo de mi propia experiencia como empleado público y es un mundo que no necesariamente era corrupto sino mediocre en el que no la gente no tenía ninguna ambición, estaban ahí, no se les ocurría un lugar mejor donde estar y su máxima aspiración era que llegara el domingo para ver el fútbol, eso era lo que le daba sentido a su vida. El jefe de Chacaltana es así, odia todo lo que tiene que ver con su trabajo, pero no es un mal tipo. En cambio Chacaltana, en este libro, acaba de terminar la universidad, quiere ser un gran operador judicial, tiene ilusione pero se estrella constantemente contra el gris y la falta de esperanza. El fiscal Chacaltana es muy peculiar, preferiría no investigar nada. Es el único detective de la literatura que no quiere investigar nada, solo quiere llenar su papel y sellar sus documentos y archivarlos, es un burócrata. Le gusta el mundo del archivo, pero la realidad le estalla en la cara y el horror de lo que ocurre lo alcanza, lo acecha hasta que se lo lleva y lo arrastra.

¿Y a usted qué tanto lo persiguen y acechan sus personajes?

Muchos de mis libros son historias reales y muchos de esos personajes te persiguen porque estuvieron vivos. Pero a mí más que perseguirme, lo que me gusta es convivir con los personajes mientras escribo. Pasamos todo el día juntos, conocemos mutuamente nuestros errores, puntos débiles. Incluso cuando un personaje como Enrique Amorín (amante de Federico García Lorca, del libro ‘El amante uruguayo’) lo que escribo es una interpretación mía de un personaje real, entonces todos son parte de mí porque son muy cercanos y por eso es un placer librarme de ellos, no verlos más.

Uno de los personajes de La Pena Máxima se pregunta a dónde van las palabras cuando se las necesita. Usted cómo escritor, ¿dónde las encuentra?

A mí me persiguen las malditas. Lo que más me gusta de mi trabajo es pasarme todo el día pensando palabras o más bien, dejándolas salir, porque las novelas te empujan, se te imponen. Yo siempre estoy pensando en proyectos nuevos, novelas. Creo es un privilegio que este sea tu trabajo, que el hecho de ir todas las mañana a un estudio a imaginar fantasías, ideas o perversiones y ponerlas en un papel. Es el trabajo más hermoso que puedes tener.

Esta novela significa su regreso literario al Perú…

Mis últimos libros habían estado ambientados en Tokio, París, y esta significa volver a los temas políticos e históricos del Perú. Hay un momento cuando escribes de temas políticos, dada nuestra tradición de literatura política, que la gente cree que eres un político y te empiezan a tratar como tal, a pedir que hables como un político, a esperar que lo seas y no me sentía muy cómodo con eso. Y luego, muchas de mis historias sobre todo las reales, causaban gran impacto pero también me exponían mucho: la herencia de la mafia en el caribe, terrorismo en el Perú, el lobby del partido comunista y los intelectuales. De pronto estaba en debates todo el tiempo, tenía tres abogados y se creó una situación en la que necesitaba romper con todo, volver a empezar. Hice un par de novelas probando géneros diferentes y fue todo muy bien. Ahora me siento seguro de que no necesito encasillarme y que puedo ir y venir de este tema, por eso vuelvo a esto cómodamente.

¿Cómo es narrar Lima, después de escribir en otros marcos?

Es más fácil, porque cuando viajas lo que más conoces es tu propio país, por contraste. Cuando estás en otro sitio lo que te llama la atención de ese sitio te vuelve a hacer mirar tu país con ojos diferentes, así que he podido escribir con más claridad, lucidez, verlo a la distancia.

¿Y cómo es ser escritor peruano con el parangón de Mario Vargas Llosa?

Yo soy un parricida frustrado. Tú quieres matar a tu padre Vargas Llosa, pues inténtalo, pero ten presente que él ha sido candidato a presidente, ha hecho teatro, lo que se te ocurra lo hizo; entonces lo mejor es relajarte y hacer tu carrera. Para mí siempre ha sido una gran influencia, pero tienes que desarrollar tu propia voz, esto con Vargas Llosa o sin él. Si no eres capaz de hacer tu propia carrera creativa o tus propias ideas, serás simplemente un imitador.

Publicado por El Tiempo

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