Segunda Jornada del Festival de cine de Mar del Plata: Argentina, México y tres películas cargadas de política

El sábado 31 de octubre, en la segunda jornada de la 30ma edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata comenzó la presentación de las películas en las diversas competencias.

En la apertura de un nuevo complejo de salas en la ciudad, se presentó la película argentina de José Celestino Campusano, El arrullo de la araña. Campusano es un realizador experto y dueño no solo de un régimen de producción, sino de un poética que propone cierta brutalidad no solo en la ruptura de los registros narrativos, sino también en cuanto a el mecanismo de interpelación al espectador. Descentra su cine respecto del personaje blanco, urbano y clase media al mismo tiempo que rompe la construcción folklorizante que a menudo se hace de quienes viven en los márgenes de la ciudad. En esta película asume también algo que no es común en su cine: la película prácticamente no sale a la calle, el escenario tradicional de la vida de sus personajes. Imponiendo el hastío del trabajo rutinario, la acción transcurre en una ferretería de un barrio pobre del conurbano. Un jefe maltratador y sus cuatro empleados sometidos por un sistema precario de trabajo. Los mecanismos que operan en el maltrato laboral, los sentidos comunes que justifican la xenofobia y el racismo, el aprovechamiento de las debilidades del trabajador y la mezquindad del pequeñísimo burgués dueño circulan en la trama que se basa en el desprecio, la resistencia y los enfrentamientos en el ámbito del trabajo cotidiano.

Del resto de la jornada dos películas merecen destacarse enfáticamente.

Ambas tienen un profundo sentido político y dan cuenta de cómo la historia de las formas de autoritarismo es un magma que subyace por tiempos y aparece como formas más o menos acabadas de la resistencia. Una luz que desde muy lejos avanza sobre el plano, unos faroles de un auto que avanza e inunda la pantalla durante minutos, con una marcha militar que crece junto a esa luz y una figura de un hombre y crecen luz y figura, hasta llegar al plano de un hombre que es Massera, el jefe más sanguinario de la marina argentina, el hombre que fue la devastación, la Maldad.

Una pequeña luz lejana, una llama mínima. Un fuego que crece y avanza lentamente. Unos hombres que intentan y se alejan, pequeños, impotentes. El fuego avanza. Suena el crepitar de un campo de cañas. El fuego es la devastación natural y es mucho más. Es también la Maldad.

El primer párrafo narra la secuencia inicial de “Eva no duerme”, película del argentino Pablo Agüero que se presentó en la competencia oficial. El segundo corresponde al comienzo de “La maldad”, del mexicano Joshua Gil y forma parte de la competencia latinoamericana.

Ambas culminan con manifestaciones reales de los pueblos argentino y mexicano en distintos momentos de la historia, pero en ambas se hace evidente el espíritu de la rebelión, de este movimiento que atraviesa la historia de nuestros pueblos, que supone una construcción popular capaz de ganar la calle, apoyando o repudiando a los líderes según el momento, pero que está allí y que puede reprimirse y acallarse por momentos, pero se despliega como un gran motor de la historia popular latinoamericana.

Eva no duerme, una maravillosa obra que recorre toda la iconografía cinematográfica del peronismo (desde el noticiario al cine de Pino Solanas, pasando por el hiper realismo de estudio de Leonardo Favio), es la historia de la manipulación del cadáver de Eva Perón que hicieron las fuerzas armadas argentinas. Su cuerpo embalsamado, fue robado por el ejército en 1957 y luego de haber estado escondido tras la pantalla de un cine primero y en la propia casa del militar a cargo de la operación después, fue finalmente enterrado bajo otro nombre en un cementerio de Milán. En tres cuadros y una coda (podría decirse en relación con la secuencia final) Agüero cuenta la relación de tres sujetos con el cuerpo. El embalsamador, que no logra que ese cuerpo le responda, que esa mujer muerta ya se someta a su deseo, que mantenga su rictus potente y tenso. El secuestrador (el teniente coronel Carlos Moori Koenig en la realidad) que la posee como su secreto, como su tesoro, como su propiedad, en una suerte de lucha brutal con un joven cabo que sin dudas proviene de ese sujeto colectivo que la adoro aun mucho después de muerta. El último cuadro es el momento del secuestro de El dictador, en el cual, en un memorable momento de teatro de cámara en el cine, Agüero da cuenta del secuestro y muerte del dictador Aramburu a manos de la agrupación revolucionaria peronista Montoneros. Lejos de estetizar el diálogo y vaciarlo de contenido, el realizador carga de potencia política y poética la tensión en torno al cuerpo de Evita y su destino (que es en parte, el destino de todo un pueblo).

Notable pieza poética política, Eva no duerme es la expresión de un presente latinoamericano cargado de tensiones, donde la contradicción entre lo popular y la elite está en el preciso momento de la confrontación en las que el orden se define por quien triunfa. Agüero, en una visión que comprende la noción de lo histórico, que niega cualquier irreversibilidad o triunfo definitivo, recupera de ese cuerpo muerto y manoseado la idea de que la rebelión popular está allí, siempre latente.

La rebelión popular está vigente en el corazón delator de ese cuerpo aun latente.

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