Uruguay: A 11 años de su muerte recuerdan a Líber Seregni, el fundador del Frente Amplio

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Poco antes de morir a los 87 años, ya débil pero todavía muy lúcido, el general Líber Seregni recibió en su casa a Tabaré Vázquez y a Danilo Astori, quienes por entonces se disputaban la conducción de la coalición de izquierda dejando al descubierto diferencias que los estaban separando más de la cuenta en el camino al poder.

Por eso, a Seregni, defensor a ultranza de la unidad de la izquierda, se le alegró la cara cuando los vio entrar juntos al cuarto en donde transcurrían sus últimos días de vida.

Según contó Astori, aquel 19 de julio de 2004 Seregni lo señaló y le dijo: “Tú tienes la conducción económica” del Frente Amplio; luego miró a Vázquez y agregó: “Tú tienes la conducción política”.

“La conducción económica está sujeta a la conducción política”, les aconsejó el general con una euforia que desmentía la enfermedad que lo mataría un 31 de julio, menos de dos semanas después de ese episodio.

Cuando Vázquez ganó las elecciones de ese año cumplió con el último mensaje del líder histórico de la izquierda y dejó la conducción económica en manos de Astori.

Pero las cosas no son tan simples y esos hechos no informan necesariamente de una prevalencia del seregnismo en el Frente Amplio. Entre otras cosas porque antes de la muerte de Seregni, buena parte de sus propios compañeros se encargaron de defenestrarlo.

Y, además, porque desde aquella tarde de julio de 2004 a este comienzo del tercer gobierno de la izquierda, a los planes del “general del pueblo” se le cruzó en el camino un imprevisto llamado José Mujica. El exguerrillero había entrado al Frente Amplio en 1989 con el resto del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), después de una relación compleja que ya tenía varias décadas de antigüedad. Cuando el Frente Amplio nació, el 5 de febrero de 1971, los tupamaros renegaban del camino de las urnas y consideraban a la coalición como una expresión más de la política burguesa.

A su vez, los guerrilleros nunca fueron santos de la devoción de Seregni. El general llegó a comparar las torturas aplicadas por los militares con los interrogatorios que los tupamaros les propinaron a sus secuestrados. Su viuda, Lilí Lerena, dijo más de una vez que le preocupaba la llegada al gobierno de Mujica.

Cuando Seregni murió en 2004, Mujica era un senador con buen predicamento que, recién en las elecciones de ese año, dio el gran salto convirtiendo al Movimiento de Participación Popular (MPP) en la fuerza más votada del Frente Amplio.

Luego Mujica fue presidente. Y hoy los tupamaros y sus aliados controlan la mitad de la Cámara de Diputados y buena parte del Senado.

El principio

El peso de Seregni fue fundamental para la fundación del Frente Amplio en 1971 y, desde la cárcel, fue un estímulo para que la coalición de izquierda siguiera viva pese a los golpes de los dictadores.

Tras la reapertura democrática, Seregni volvió a ser una figura indispensable para mantener la unidad de un pacto que juntaba a comunistas, socialistas, blancos, colorados, socialdemócratas y cristianos.

Ese “conshensho” que pregonó con su particular dicción, perduró hasta 1989 cuando la lista 99 de Hugo Batalla y el Partido Demócrata Cristiano (PDC) de Juan Pablo Terra se fueron del Frente Amplio.

El general sintió un golpe terrible tras ser abandonado por aquellos dirigentes en los que mayormente se había apoyado para tomar la decisión de impulsar la fundación de un frente plural, antioligárquico y antiimperialista.

Además, ese año el Frente Amplio aceptó incorporar al MLN-Tupamaros, un grupo con el que, como ya fue dicho, Seregni tenía diferencias varias.

Sin embargo, la ruptura no apagó la fuerza electoral del Frente Amplio ni la habilidad de mando de Seregni.

Como ejemplo de aquella capacidad de Seregni para que sus compañeros cumplieran sus decisiones, el exsenador Carlos Baraibar –quien fue su secretario privado desde 1985 hasta 1994- contó a El Observador un hecho ocurrido antes de las elecciones nacionales de 1989 cuando el general aún era fuerte y la figura del entonces independiente Astori iba en ascenso.

Por aquellos días el FA resolvió que Astori encabezara todas las listas al Senado de la coalición pero nadie daba el primer paso para aceptar pagar con una de sus bancas el ingreso a la Cámara Alta del hoy ministro de Economía.

Entonces Seregni mandó a Baraibar a reunirse con la dirección del Partido Comunista –que, se preveía, iba a votar muy bien con su lista 1001- para pasarle un contundente mensaje: el lugar de Astori debía ser cedido por el PCU y eso se llevaría adelante “con el Partido Comunista, sin el Partido Comunista o contra el Partido Comunista”.

Los participantes del encuentro se sorprendieron y protestaron ante lo que consideraban un atropello. Allí estaban presentes entre otros, José Luis Massera, Enrique Rodríguez y Esteban Valenti, hoy excomunista que asesora a Astori. Pero finalmente el PCU cedió ante el reclamo del general.

La fórmula presidencial en aquellas elecciones fue Seregni-Astori –confirmando la fortaleza de ambas figuras- en tanto que Tabaré Vázquez se quedó con la intendencia de Montevideo y empezó su imparable ascenso.

Los últimos años

Después de las elecciones de 1994, en las que Vázquez fue el candidato presidencial, el peso de Seregni empezó a declinar hasta que debió renunciar a la Presidencia del Frente Amplio en febrero de 1996.

“No puedo permanecer un momento más en la presidencia”, dijo el general en un acto callejero para celebrar los 25 años de la fundación de la coalición de izquierda. Un grito de la multitud y decenas de llantos acompañaron el anuncio. Pero no hubo vuelta atrás.

Seregni se había comprometido ante blancos y colorados a darles una respuesta sobre la propuesta de reforma electoral que instauraba el balotaje, pero el Frente Amplio evitó pronunciarse formalmente.

Seregni se sintió desautorizado aunque permaneció firme –junto a Astori- en la defensa de un cambio electoral que el resto de los frentamplistas consideraba un invento para impedir la llegada de la izquierda al poder.

Luego, los hechos se sucedieron en catarata: la reforma fue aprobada por un escaso margen; Vázquez asumió la presidencia del Frente Amplio y le ganó las elecciones internas a Astori; después perdió el balotaje de 1999 contra el colorado Jorge Batlle pese a haber tenido más votos en la primera vuelta.

Entonces, buena parte de los frenteamplistas culparon a Seregni y a Astori de la derrota y la estrella del general se apagó casi completamente. Aquellos que lo ovacionaban, que le pedían consejo o acataban sus decisiones, empezaron a escasear. El 5 de febrero de 2001 en los festejos de los 30 años de fundación del Frente Amplio en el Velódromo Municipal, Seregni no estuvo en el estrado. Sencillamente, no había sido invitado. De cualquier manera, el mítico conductor del FA no tenía previsto ir puesto que, presumía, alguna agresión de la platea podía arruinar la fiesta.

El final

Y el olvido siguió marcando presencia. “Seregni casi siempre festejaba su cumpleaños en un lugar público y el último lo celebró en el salón de actos de La Spezia. Aquel 31 de diciembre éramos pocos los que estábamos. Fue una concurrencia muy moderada, por decirlo de algún modo”, recordó Baraibar

Por eso, cuando ya enfermo vio entrar a Vázquez y a Astori a su habitación, consideró que esa unidad sería la mejor herencia que podía dejar para la pervivencia del Frente Amplio. Murió con esa idea un 31 de julio de 2004, sin llegar a ver a la izquierda en el gobierno.

Después, Astori y sus aliados fundaron el Frente Líber Seregni como muestra de adhesión formal al viejo líder. Pero el resto de los sectores también reivindican las concepciones del general e incluso Mujica lo considera un “símbolo de la unidad de la izquierda”. Hoy la sede central del Frente Amplio se llama Líber Seregni y su salón de actos se denomina La Huella de Seregni y una plaza y hasta la ruta interbalnearia llevan su nombre.

Son otros tiempos muy diferentes a aquellos en los que este hombre de cuna batllista ejerció su poder unificador; y también distintos son los días a aquel en el cual sus propios compañeros lo dejaron afuera del cumpleaños de la fuerza política a la que le había entregado buena parte de sus sueños y de sus desvelos.


Nos llevó a la luz puntual

Por Tabaré Vazquez. Presidente de la república

Fue un amante apasionado de la vida y vivió tan plenamente cada momento de la suya que la última vez que nos vimos -no nos lo dijimos explícitamente, pero ambos sabíamos que no habría otra- al despedirnos me dijo con esa sonrisa con que solía pedir o más bien ordenar, que en el futuro en vez de conmemorar la fecha de su muerte festejáramos la de su nacimiento.

Le prometí cumplir y creo que todos quienes lo conocimos y respetamos su indicación lo hemos hecho. Y lo haremos especialmente el próximo año, centenario del nacimiento de quien por encima de fronteras generacionales o identidades partidarias, es un referente insoslayable en el Uruguay de nuestros días.

Admito que al recibir la propuesta de publicar una columna con motivo del 11 aniversario del fallecimiento del Gral. Seregni me pregunté si aceptarla no sería faltar al compromiso antes mencionado. Y si la acepté, es porque me propuse que esta nota no sea una de esos obituarios con los que a veces se amortaja definitivamente al homenajeado, sino una reflexión personal y terrenal para compartir con los lectores.

Los once años transcurridos desde el 31 de julio de 2004 han abarcado varios triunfos electorales y períodos de gobierno nacional y departamental del Frente Amplio, la fuerza política que Seregni lideró previamente.

Él, y en él tantos otros precursores y fundamentales anónimos, tuvo la lucidez, el coraje y la grandeza de conducirnos a «la luz puntual» tras la larga noche dictatorial que lo castigó con especial ensañamiento.

Recuperada la democracia, Seregni fue factor fundamental para consolidarla y, en el contexto de ese complejo proceso, aportó una mirada estratégica y un proyecto de país con sentido progresista.

Hoy es fácil comentar las dificultades, señalar insuficiencias y establecer matices respecto a lo que fue aquel proceso y el papel que en el mismo desempeñó el general Seregni, pero las urgencias de aquellas circunstancias no podían esperar el juicio de este presente. Más aún: éste no hubiera sido posible sin aquéllas. ¿Que en todo presente hay varios futuros posibles? Es cierto. Pero no todo futuro posible es necesariamente mejor, y el que ayudó a forjar Seregni fue el mejor dentro de lo posible.

En todo caso a nosotros corresponde mejorarlo acorde con las circunstancias ahora existentes y con sentido del momento histórico. Esto es, cambiando lo que haya que cambiar para el progreso y bienestar de todos y con audacia, inteligencia, realismo y lealtad a los valores y principios que nos identifican

En esa tarea, que no es exclusiva de nadie sino derecho y responsabilidad de todos, la sociedad uruguaya en su conjunto también cuenta con Seregni. Es que su condición de ciudadano uruguayo y soldado artiguista, su visión estratégica de la nación, su lealtad institucional, su convicción democrática, su compromiso republicano, su agudeza para entender los pliegues de la realidad, su sensibilidad respecto a los problemas cotidianos de la gente y en especial de los más humildes, su disposición al diálogo, su respeto a todos los compatriotas, su afecto a los compañeros y su obsesión por la unidad como clave de una estrategia de cambios progresistas, no son reliquias ni adornos, sino instrumentos de navegación hacia un Uruguay mejor para todos los uruguayos.

Hoy, como ayer, Seregni está entre nosotros. Y mañana también.


Un legado de concordia

Por Julio María Sanguinetti. Ex-Presidente de la república

Solo la perspectiva del tiempo da la medida de los hombres y los hechos. Cuando hoy evocamos a Seregni, despojado de las hojarascas que inevitablemente genera la vida política, nos encontramos con un grande de la democracia uruguaya. No solo fue el político que amalgamó las fuerzas dispersas de la izquierda uruguaya para llevarlas a un horizonte de acción pacífica sino un ciudadano que entró maduro a la vida política y, sin embargo, dejó en ella un rastro indeleble. Alcanzó su mayor estatura con el estoicismo que soportó la injusta prisión de la dictadura y la convocatoria de paz que hizo a su término. A partir de ese día, nunca cultivó el resentimiento, guardando silencio sobre los vejámenes a que había sido sometido.

Destacado oficial del arma de artillería, cumplió una larga trayectoria, culminada como Jefe de División. Al retirarse, en 1968, comenzó una carrera política que lo llevó, desde la formación batllista que siempre invocó, a liderar el conglomerado de partidos que formó el Frente Amplio. Había intentado una coalición adentro del Partido Colorado, pero al fracasar ésta, se lanzó a esa aventura que cambiaría los ejes de la política nacional.

Personalmente, le conocí por los años 60. Arreciaban turbulencias políticas fuertes, aparecían grupos neonazis, ciertos dramáticos episodios económicos comenzaban a erosionar nuestra institucionalidad. Nos acercamos a él con espíritu patriótico y mantuvimos luego una larga relación que con los años se hizo amistad, pese a las diferencias políticas que nos separaron cuando él formó el Frente Amplio. Los años de la dictadura, como es natural, nos volvieron a acercar. A él le tocó la peor parte, pero aun desde la prisión mantuvo el contacto con los partidos que – desde el impuesto silencio- alentábamos una salida pacífica.

Creyó siempre en las soluciones negociadas. Su formación le atribuía una constante aproximación táctica a cada situación, sin nunca perder de vista el objetivo estratégico final. Con su colaboración estrecha, procuramos los caminos para una transición institucional en la que fue importante, decisivo protagonista. Sin él, no habría culminado el Pacto del Club Naval, que puso fecha y hora al fin de la dictadura. En ese difícil trayecto encontramos al demócrata pero también al caballero fiel a su palabra, que también nos honró siempre con el tributo de su confianza, en tiempos en que estábamos librados a la “buena fe de los hombres”.

Nunca abandonó su orgullo de militar. Nos consta lo que le dolió la ruptura con su institución. Realmente lo sentía como la peor injustica. Recuerdo el feliz día en que dejó la prisión, sereno de talante y físicamente intacto. Mucho habíamos batallado para su liberación y a las pocas horas de lograrlo, nos visitó en nuestra casa. En una charla muy personal, Marta le pregunta cómo había podido resistir tan bien esos años duros. “Mi formación militar”, fue su respuesta. El 4 de marzo de 1985, cuando tuve el honor de ocupar la Presidencia de la República, pude clausurar los procedimientos emprendidos contra él y así restituirle plenamente su condición de general uruguayo, con cuyas insignias fue velado el día de su muerte.

Su acción política fue siempre de trazado de caminos constructivos. Creía en los acuerdos y en las políticas de Estado, a las que dedicó semanarios y conferencias, una vez que dejó la conducción de la fuerza política que había fundado. Formado en la matriz ideológica del Batllismo, si su derrotero lo llevó por otros caminos, su visión nunca dejó de ser la de un país más justo, más próspero, siempre democrático, republicano y laico.

Pese a su condición militar, su memoria se asocia a la paz, a la reconciliación nacional después del golpe de Estado.

La paz ofrece victorias tanto o más grandes que las de la guerra. Ellas le atribuyen grandeza a su paso por la vida cívica del país y quedan como un legado de concordia cívica y dignidad personal.

Publicado por El Observador

 

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