Ayotzinapa recorre América Latina

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«Al hijo muerto se lo entierra, a los hijos ausentes se los busca»

Por NodalCultura
A partir del día 15 de Mayo se dio inició a la “Caravana 43 Sudamérica”, una gira que llevará a diversas ciudades de Argentina, Uruguay y Brasil a familiares y amigos de los estudiantes normalistas de la escuela rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 por la policía municipal de Iguala.

La caravana es un modo de hacer llegar la voz de quienes luchan por la justicia y reclaman por la Aparición con Vida de los 43.

La recorrida que ya pasó por Córdoba y Rosario en Argentina, se encuentra conmemorando el octavo mes de la desaparición de los 43 en Buenos Aires. Partirá luego hacia Montevideo en Uruguay y San Pablo, Porto Alegre y Río de Janeiro en Brasil.

El grupo que recorre las ciudades sudamericanas –como parte de una campaña que incluye giras por EEUU y Europa con la misma intención de difusión- está integrada por tres padres de familia: Mario César González Contreras, Hilda Hernández Rivera, padres de César Manuel González Hernández; Hilda Legideño Vargas, mamá de Jorge Antonio Tizapa Legideño y un normalista de Ayotzinapa, sobreviviente de la masacre, Francisco Sánchez Nava. Ellos se proponen dar cuenta de los hechos y obtener apoyos para su lucha por la aparición con vida de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala.

Tanto los padres como el joven sobreviviente destacaron que la detención y desaparición está vinculada a que los normalistas son estudiantes que además de pretender educarse para superar las precarias condiciones de vida propias y de su familia, se forman como educadores para su propia comunidad y alzan la voz para reclamar por las injusticias y discriminación a las que es sometido su pueblo.

Mario César Gónzalez Contreras definió el objetivo de la Caravana 43: “Para que estén informados de lo que en realidad es nuestro México y para que tenga solidaridad desde el resto del mundo. Para que esta no sea una lucha no solo de nuestro país sino de todo el mundo, porque todo el mundo tiene necesidades, tiene problemas, tiene represiones. Están acabando con nosotros. Por eso siempre digo que hay que globalizar la vida, no la muerte.” En el mismo sentido se expresó el joven Francisco Sanchez Nava: “Exigimos la presentación con vida de nuestros 43 compañeros. ¡La exigimos señores! Se cumplen 8 meses de la desaparición. El gobierno nunca va a hacer caso a las peticiones que hagamos como padres de familia, si somos solamente los 43, si somos solamente los estudiantes. Nunca señores. Es por eso que venimos acá y les pedimos que se sumen, que se manifiesten. Que se paren y digan que en México nos hacen falta 43, que en Argentina nos hacen falta 43. Queremos que el pueblo argentino, que el pueblo chileno, que el pueblo peruano, que todos los pueblos se levanten y digan ‘¡Nos hacen falta 43, cabrón!’”

Al comenzar a hablar frente a un grupo de periodistas en Buenos Aires, luego de haber mantenido una reunión con la comunidad Qom que tiene un acampe en pleno centro de la ciudad en reclamo de atención a sus demandas, Sanchez Nava afirmó: “México está sufriendo, México está llorando. México es un río de sangre, de gente humilde, de gente pobre, de estudiantes que solo buscan un futuro mejor para su familia. Ese es nuestro México. Denunciamos al gobierno mexicano por la desaparición forzada de nuestros 43 compañeros y por la masacre de otros 3 en la madrugada del 27 de septiembre. Denunciamos el asesinato –extrajudicial- que cometieron contra nuestro compañero Julio César Mondragón. Fue un crimen de lesa humanidad que no se merecía ni por ser estudiante, ni por levantar la voz, ni por exigir sus derechos”.

En su reclamo integran lecturas a propósito de violencia de clase, pero también discriminación y explotación por su condición de indígenas. Asimismo entraman el hecho con la historia de violencia política en América Latina y en particular con la vivida en Argentina durante la última dictadura militar, donde se registran 30000 desaparecidos. Reconocen que su lucha se inspira en la de las Madres de Plaza de Mayo y los familiares de detenidos desaparecidos. En su paso por Argentina afirman que “Nos hemos encontrado que en todas partes tienen mucho dolor y mucha historia. Muchísima historia. Y es una historia muy dolorosa. Muchas personas han sufrido lo mismo que nosotros estamos sufriendo ahora”.

Sin embargo, no dejan de considerar el caso de los 43 como parte de la violencia que se vive en el presente mexicano. “Para nosotros no es nada más la represión contra los 43. Hay muchísimos muertos en el estado mexicano. Hay 30 y tantos mil desaparecidos, ciento y tantos mil muertos. No son nada más que 43, sino que cada semana sigue habiendo muertos” afirmó González Contreras. Y agregó que a partir de la lucha que sostienen han logrado romper en parte el cerco informativo y generar una gran corriente de solidaridad “porque es gente inocente, es gente que quería estudiar para salir adelante, para no tener las carencias que nosotros tenemos como padres de familia. Hemos tenido mucho apoyo de organizaciones, pero también de gente común. Le repito que hemos llegado lejos, tan lejos que ahora estamos en la Argentina”.

Mientras el gobierno mexicano bloquea el acceso a la causa judicial a una comisión de expertos  independientes que pretende revisar las actuaciones, el presidente reitera una injusta calificación sobre los padres, a quienes tilda de necios por no aceptar que no los encontrarán con vida. Ellos lo rechazan y sostienen que continuarán en la búsqueda de sus hijos: “Son 8 meses de angustia, 8 meses que han cambiado totalmente nuestra vida. Nosotros hemos tenido que dejar nuestra familia, nuestros otros hijos, nuestras casas, todo por andar en busca de nuestros hijos. Pero el amor nos los dan nuestros hijos desaparecidos. Por ellos hacemos todo, por ellos vamos a continuar nuestra búsqueda. Desgraciadamente el gobierno mexicano desde que ocurrió esto, el día 26 de septiembre, dio por muertos a nuestros hijos, nos dijo que nuestros hijos estaban en fosas. Pero realmente no fue así. Los peritos argentinos han desmentido todas las versiones que el gobierno ha sacado, una y otra vez. Cada fosa que encontraban, cada vez que el gobierno decía ahí están sus hijos, resígnense, llévense lo que hay, pero nosotros no aceptamos, no creemos en la versión porque siempre nos han engañado. Como padres de familia sentimos que nuestros hijos están vivos y así los buscamos. No hay ninguna versión científica que compruebe que realmente nuestros hijos estén muertos. Nosotros como padres continuamos en la búsqueda de nuestros hijos”, afirmó Hilda Legideño Vargas, madre de uno de los jóvenes desaparecidos.

Los 43 faltan en Ayotzinapa y en todo México. Pero también faltan en Argentina, en Chile, en Perú, en Uruguay, en Brasil y en todo el mundo. Los 43 nos faltan a todos

Vivos los llevaron, Vivos los queremos

Agenda de actividades

Buenos Aires:

Martes 26 de mayo
10:00 Concentración en la Embajada de México
Conferencia de Prensa
13:00 Movilización del Obelisco a Cancillería
20:00 Conferencia Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras

Montevideo:

Jueves 28 de mayo
Conferencia en la Casa Bertolt Brech (Andes y San José).

Viernes 29
12:30 Marcha desde Plaza Independencia hasta la embajada de México
19:00 Charla de los padres en el Paraninfo de la Udelar.

Para más información consultar Caravana 43 Sitio Oficial

 
En Contexto
Ese 26 de septiembre de 2014 por la noche, estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos del pueblo de Ayotzinapa viajaron a la ciudad de Iguala. La policía reprimió a los estudiantes. Hubo bala, muertos, heridos y desaparecidos. Los policías municipales detenidos dijeron que los más de 40 estudiantes desaparecidos habían sido entregados por ellos a sicarios del cártel Guerreros Unidos. Dijeron también los Guerreros Unidos habían prendido fuego a los estudiantes y los habían enterrado en varias fosas. Hubo investigaciones oficiales y extra oficiales. Hubo especialistas nacionales y extranjeros. Hubo reclamos, denuncias, renuncias y amenazas. Un año después #Los43 siguen desaparecidos y sus familiares reclaman por verdad y justicia. Todo es duda, desconfianza, desesperanza, olvido de parte de un gobierno impune y una sociedad anestesiada. #VivosLosLlevaron #VivosLosQueremos

Hace ya mucho tiempo que el capitalismo y el neocolonialismo han desatado una guerra contra los pueblos del mundo, en particular contra los pobres, los trabajadores, los indígenas y las mujeres de la periferia. Se trata de una ofensiva que pretende arrasar con todos los espacios de cohesión comunitaria, con todos los espacios de cooperación y de solidaridad vinculados a los territorios y las subjetividades heterogéneas de los y las de abajo. Una ofensiva que quiere barrer de un plumazo las conquistas obtenidas por más de dos siglos de luchas populares. Estamos frente a una especie de moderna “Santa Alianza” del capital contra el trabajo, de las grandes corporaciones multinacionales contra la humanidad y la naturaleza, del Estado burgués contra las praxis organizativas de los pueblos basadas en la independencia y la autonomía.

Hace mucho tiempo también que esa guerra tiene uno de sus frentes principales y más intensos —desprovisto de todo filtro— en México. Podríamos recurrir a un arsenal de argumentos para demostrar que esto que decimos dista de ser una exageración que, en México, la hostilidad del sistema viene siendo impecable e implacable. Nos basta con tener presente algunas pocas cifras descarnadas. Las 22 610 personas desaparecidas en los últimos nueve años, las 150 000 personas muertas, el millón de desplazados y desplazadas, los más de mil cuerpos hallados en fosas comunes clandestinas en los últimos tres años. (Las cifras son oficiales). Nos basta con recordar que, en México, el Estado desconoce a los sindicatos sólo por saber conservar condiciones dignas para los trabajadores y las trabajadoras, o que criminaliza a las mujeres que luchan por su derecho a decidir sobre sus propios cuerpos (mientras tanto, en sintonía, la violencia patriarcal asesina a seis mujeres por día), o que tiene permanentemente en su mira a jóvenes, pobres, indígenas, militantes populares y diferentes.

Ante nosotros y nosotras, la indecente exhibición de las secuelas de la etapa superior del neoliberalismo, el rostro más auténtico del capitalismo periférico: un rostro salvaje y depredador. Por cierto, el capitalismo no tiene otros rostros, aunque sabe ocultar su genotipo y desconcertar con máscaras “humanas” y fenotipos “piadosos”. Pero los pueblos saben, o por lo menos intuyen, que es absolutamente falsa la escisión entre neoliberalismo y capitalismo. Ante nosotros y nosotras, el expansionismo sin fronteras que busca optimizar el territorio mundial y renueva las viejas cadenas de dependencia al tiempo que crea otras nuevas. Ante nosotros y nosotras, algunos de los “efectos” del “equilibrio continental” perseguido por los Estados Unidos. Antes nosotros y nosotras, el insoportable grado de degradación económica, social, política y ecológica alcanzado por la “civilización occidental”.

Los sucesos de Ayotzinapa (ciudad de Iguala, estado de Guerrero) del 26 y el 27 de septiembre de 2014 constituyen un episodio de una invariante en la historia mexicana. El ajuste estructural de la década del ochenta, el Tratado de Libre Comercio (TLC) firmado en 1994 con sus correspondientes abusos del poder monopólico por parte de las empresas multinacionales y con una inserción cada vez más dependiente del capitalismo mundial, pueden considerarse como los hitos más cercanos de esa invariante. La extensa serie de violaciones a los derechos humanos y a los derechos de los pueblos perpetrada por la clase dominante mexicana, por el colonialismo y el neo-colonialismo desde hace 500 años, constituyen sus hitos de larga data y de persistente reiteración. Pero los sucesos de Ayotzinapa no son una vicisitud más, poseen un carácter sustantivo porque representan a cabalidad toda una época.

Ayotzinapa puso en evidencia esta guerra desatada por el capitalismo y el neocolonialismo contra los pueblos del mundo. Una guerra cuyo objetivo principal consiste en instituir una macabra uniformidad, una monstruosa totalidad, erradicando todo elemento que unifique y organice a los y a las de abajo, toda potencialidad autogestionaria, todo sustrato identitario y cultural que se contraponga a las coordenadas esclavizantes y alienantes y que pueda servir como basamento de un proyecto emancipador de los pueblos. Esta guerra viene incrementando su vehemencia en los últimos años y, aunque la constatación resulte dolorosa, también hay que decir que, en ciertos aspectos, ha trepado al auge de su eficacia. Con nuevos artefactos ideológicos de dominación, el capitalismo y el neocolonialismo han generado un “colchón social” compuesto por actores fragmentados, irresponsables, acríticos, individualistas, pesimistas, frustrados, consumistas, impiadosos, agresivos, colonizados; en fin, actores que son lisa y llanamente antisociales, monadas aisladas que pueden jugar tanto el rol de víctimas como de victimarios.

Los medios y métodos de esta guerra no constituyen anomalías. Las políticas de “seguridad” sólo pueden exhibir sus efectos destructivos sobre la vida de los pueblos. Militarización, paramilitarización y narcotráfico son plenamente funcionales a los objetivos del capitalismo y el neocolonialismo (con sus componentes racistas y patriarcales). Igual de funcional es la gestión del terror. No hay fallas de continuidad. No hay efectos colaterales. México muestra una estrategia de saqueo de las riquezas y de control social basada en una violencia cada vez más sistémica, casi mecánica. Una violencia que se retroalimenta con la soledad y la indiferencia, haciéndose cada vez más cruel y feroz y generando un medio saturado de impotencia y de tristeza. México muestra como los sistemas y los subsistemas de opresión y dominación de los seres humanos se interrelacionan y se potencian creando una maraña opresora que parece inexpugnable.

Pero de ningún modo existe en México un escenario hobbesiano. Sostener esto constituye una salida fácil, superficial o cómplice. O las tres cosas al mismo tiempo. No se trata de una guerra de todos y todas contra todos y todas. Además, los medios utilizados, la direccionalidad, el sentido y la “intencionalidad pedagógica” de la violencia son demasiado evidentes. No los pueden ocultar las artimañas de los medios de comunicación monopólicos con sus verbos impersonalizados, con sus afinadas estrategias de ocultamiento, con su inveterada costumbre de estigmatizar a las víctimas y de crear estereotipos que invariablemente “dan de comer” a la violencia estatal y para-estatal, con su deseo de “cerrar el caso” cuanto antes y con su sorprendente capacidad para reactualizar el macartismo. Tampoco pueden ocultarlos las meras prácticas de consolación. Mucho menos pueden ser eficaces estos encubrimientos y astucias cuando buena parte de las víctimas posee la estirpe de los luchadores sociales, de los que enseñan el maravilloso oficio de la libertad, de los constructores de convivencia igualitaria, de “comunalidad” y futuro. Directa o indirectamente las biografías de los muertos, heridos, desaparecidos de Ayotzinapa se pueden encastrar en una sola historia, en un mismo un drama colectivo.

¿Acaso no luchaban contra la privatización de la educación pública y, en general, contra el imparable proceso de mercantilización-colonización de todos los bienes públicos? ¿Acaso no estaban defendiendo la tradición de las escuelas normales, en especial la formidable tradición de Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa que parió a un Lucio Cabañas o un Genaro Vázquez Rojas? ¿Acaso no estaban vinculados a la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM)? ¿Acaso no se dirigían a un acto en conmemoración por la masacre de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968? No hay resquicios para las casualidades. El poder opresor —bajo cualquiera de sus formas: Estado o para-Estado, capitalistas formales o informales, legales o ilegales— hace desaparecer a los cuerpos tenaces que no logra degradar o descomponer, a los cuerpos orgullosos que no se dejan comprar, que no se quieren vender, que se niegan a ser mercancía, objeto o espectáculo; a los cuerpos arraigados en un territorio, situados en las trincheras más aptas para frenar la normalización disciplinaria y los procesos de subjetivación que impulsa el capital. El poder opresor no tolera a los cuerpos obstinados que quieren ser autónomos y felices, que resisten, sueñan y crean. Supo dar en la tecla esa pintada en la calle de la Reforma que decía pienso, luego me desaparecen.

Los y las que insisten en un escenario hobbesiano se olvidan del otro México, el que viene amasándose desde abajo. El México que, con sus espacios de socialización militante, con sus espacios públicos alternativos, con sus organizaciones de base, con sus luchas y sus sueños, con sus experiencias de autogobierno y de producción democrática, con sus Caracoles y sus Comités Municipales Populares, confronta al ritmo de sus intereses y despliega las contradicciones inherentes del sistema. El México que sabe que la ocasión de la libertad y la estación del advenimiento de la esperanza sólo se encuentran en lo colectivo y por eso teje y teje con los hilos del arco iris y del poder popular. El México que está en exceso respecto la protesta y el deseo (indispensables pero insuficientes) y trabaja para construir un proyecto emancipador. El México de la “tradición larga, perdurable y nunca rota” de la que hablaba Pedro Henríquez Ureña. El México de la autoconciencia popular. Vemos que carece de asidero la definición de México como “aquello que está alrededor de las fosas comunes”. Entonces, más que de un escenario “hobbesiano” cabe hablar de un “Armagedón”. No sabemos si cercano o lejano, pero sí sabemos que será inevitable. El abismo tiene fondo.

La “Guerra al Narcotráfico” lanzada hace una década, se muestra como la estrategia para silenciar, perseguir y asesinar militantes populares y para desatar la violencia clasista, racista y sexista. La “Guerra al Narcotráfico” es una forma de guerra contrainsurgente en el mundo de la posguerra fría. No por casualidad deviene (en México o en Colombia, en Brasil o en Argentina, o dónde sea) en interpenetración del narcotráfico, el tráfico de personas, y otros “tráficos”, con el Estado, las clases dominantes y el imperialismo. La lógica de estos actores, en el fondo, es exactamente la misma, porque es la lógica del capital: vale lo mismo para el gas, el petróleo, el oro, el agua, las drogas, los seres humanos o algunas de sus partes. De este modo, la “Guerra al Narcotráfico” ha servido para consolidar monstruosos bloques de poder y para profundizar el proceso de enajenación de soberanía.

Por factores económicos, políticos, sociales y culturales (geopolíticos), México es demasiado importante para la preservación del orden dominante a escala mundial. Al mismo tiempo, en la sociedad civil popular mexicana anidan enormes potencialidades; la misma presenta “momentos de verdad” con posibilidades de devenir alternativas concretas al sistema de capital y a las formas de la democracia liberal (delegativa, representativa, procedimental). Los sistemas comunitarios de los pueblos campesinos-indígenas, por ejemplo, no son sólo una alternativa retórica y romántica. Son una alternativa concreta y buena. El futuro tiene reservas en México. De ahí que el capitalismo y el neocolonialismo no escatimen esfuerzos y crueldades a la hora de desestructurar todo tipo de resistencia de los y las de abajo, todas las experiencias que expresan algo radicalmente nuevo.

Los muertos, heridos y desaparecidos de Ayotzinapa pusieron en evidencia la incompatibilidad de fondo entre el mercado y la Política (así, con mayúsculas).

Los muertos, heridos y desaparecidos de Ayotzinapa pusieron en evidencia los efectos inevitables de la mundialización neoliberal, lo que ocurre (y ocurrirá) si la regulación mercantil sigue imponiéndose a la regulación política popular, si los intereses de las corporaciones predominan sobre los intereses de los pueblos.

Los muertos, heridos y desaparecidos de Ayotzinapa hicieron un poco más visibles los engranajes mortíferos de un sistema en guerra (la expresión es literal) contra toda estructura social contendora, contra toda forma de sociedad orgánica. Un sistema que pretende desarraigar a todos los hombres y a todas las mujeres, para luego fagocitarlos.

Los muertos, heridos y desaparecidos de Ayotzinapa sirvieron para que muchos y muchas dentro y fuera de México tomaran conciencia del grado de descomposición de las clases dominantes y el Estado mexicanos, del abismo inexorable al que conduce la mundialización neoliberal, del altísimo grado de complicidad con la muerte que tienen aquellos y aquellas que siguen reivindicando su derecho a la indiferencia.

Al mismo tiempo, nos recordaron que sólo con el desarrollo de la conciencia popular —una conciencia que no sea desdichada— será posible superar esta crisis civilizatoria y generar una alternativa sistémica.

Los muertos, heridos y desaparecidos de Ayotzinapa tienen la dignidad de un árbol grande. Cumpliendo con sus deberes inmediatos, se han convertido en universales. Son bandera de lucha para el campesinado y para las comunidades indígenas que, cercados por las empresas multinacionales, no se rinden y defienden sus territorios; para los y las que se resisten a gastar su sangre en las plantaciones agro-industriales o en las maquilas y se organizan y luchan, para los y las que quieren escapar de la miseria, la precariedad, la prostitución, el narcotráfico y el para-militarismo, sin asumir la amarga alternativa de cruzar la frontera.

Los muertos, heridos y desaparecidos de Ayotzinapa son nuestros héroes irreprochables. Pero son Héroes de sacrificio. De nosotros y nosotras depende que algún día México y Nuestra América toda vuelvan a parir héroes de triunfo.

¡Vivos se los llevaron. Vivos los queremos!

Texto: Miguel Mazzeo.

Ilustración: Fiesky Rivas.

Publicado en Cultura Nuestra
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