Edwin Madrid: «La polarización Norte-Sur está acabando con el planeta y debemos apostar por una mayor equidad»

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Al Sur del ecuador, la antología poética con la que Edwin Madrid (Quito, 1961) ganó los fondos concursables del Ministerio de Cultura y Patrimonio en 2013, vio finalmente la luz durante la última Feria Internacional del Libro,  tras dos años de espera.

Madrid, que en 1992 fue semifinalista del Premio Casa de las Américas en Cuba,  cuenta con 12 libros y, a pesar de los 30 años que lleva dedicado al trabajo poético, no lo concibe como un proyecto de vida. Es enfático en señalar sus posturas, en cualquier área. Piensa, por ejemplo, que hoy en día “el mundo de las redes sociales me resulta bullicioso, sonoro hasta el fastidio, hay una necesidad de posicionamiento escandaloso que no guarda ningún decoro, postean o cuelgan cualquier tontería”.

¿Cómo teje la relación entre los conflictos sociales y relatos personales en Al Sur del ecuador? En ‘Lago de Ometepe’, por ejemplo, combina la naturalidad de la estancia con un recuerdo tormentoso de la dictadura, dos posturas sensibles, pero distantes…

No, no creo que haya dos posturas. Es la misma, puesto que el poeta, finalmente, trabaja con fragmentos de la memoria a los que proporciona una sensibilidad, por eso cada poema es una búsqueda interior que se debe resolver en la contemporaneidad de cada poeta. El poema que menciona recoge los afectos y desafectos de un tiempo y de un espacio que fue, pero que ya no es. Nicaragua en los años 80, del siglo anterior, fue importante no solo para mí, en la manera de ver y entender el mundo, sino que lo fue para muchos intelectuales que hoy miran desengañados ese proceso sandinista.

¿Cuáles fueron sus lecturas previas para armar este libro y qué diálogos estableció con los poetas a los que rinde, de alguna forma, homenaje?

Entre los poetas hay jóvenes desmemoriados y viejos cascarrabias, antes de convertirme en lo uno o en lo otro, paso revista a personajes, entre los que se cuentan escritores y cantantes que para mí son ineludibles, lecturas y música, que sigo disfrutando embebido de placer, porque de ellos aprendí la dignidad que debe mantener un poeta para escribir contra todo pronóstico. No hago loas o alabanzas, ni siquiera un homenaje, lo que intento es un pago de cuentas que, como sé, no será suficiente.

¿Podría pensarse que gran parte de esta propuesta poética está construida a partir de una reconstrucción, entre la humanidad móvil y lo fijo de la naturaleza?

Al Sur del ecuador tiene dos paisajes, uno físico, más evidente por lo geográfico, y otro más interior, por lo personal, por las emociones que deseo construir.

El libro en sí es un viaje, no hacia una era o período determinado, es un viaje consigo mismo. Yo digo que en este libro voy a bordo de mí mismo e intento narrar lo que siento. No es punto de vista turístico, es una reflexión honesta del estado de las cosas que me ha tocado vivir como integrante de este tiempo en varias partes donde he estado, por eso también se habla del migrante.

¿Es Al Sur del ecuador una forma de graficar la nostalgia propia?

¿Nostalgia de qué? Tal vez de un mundo que no es, pero que podría ser, por eso invento ficciones, poemas en los que existe un mundo ideal, construido con palabras, intentando que esas palabras conmuevan, den una mirada más integral de la realidad y, tan solo por un momento, nos hagan sentir más humanos ante la adversidad. Pura imaginación.

¿Por qué le interesa hablar desde el sur siempre?

El mundo se divide en arriba y abajo, abajo es el Sur, y es desde esa necesidad de hallar un nuevo orden, desde donde me interesa hablar, no solo como poeta, sino también como ciudadano. La polarización Norte-Sur está acabando con el planeta, y todos debemos apostar por un reordenamiento con mayor equidad, mejor distribución de la riqueza, otra sensibilidad que nos permita reconocernos como iguales.

¿Con quién está comprometido el poeta?

Yo, con mi esposa; y espero que acepte volverse a casar conmigo.

En una entrevista dijo que no cree en la literatura como proyecto de vida, pero le ha dedicado más de 30 años, ¿cómo se ha gestado su trabajo entonces y cómo ha ido variando de forma personal su uso del lenguaje, cómo se definen las publicaciones?

Sin duda la poesía es parte importante en mi vida, pero no es todo; también me gusta, con la misma pasión, el fútbol, la cocina, los amigos, la lectura, la música… etc. He publicado 12 libros, el primero en 1986 y el más reciente, Al Sur del ecuador, acaba de salir. Estoy preparando una antología de mi poesía que aparecerá en España y, revisando mi obra, me he dado cuenta de que a cada libro pertenece un tratamiento del lenguaje. Son escrituras que van desde el epigrama hasta poemas río, pasando por el poema en prosa, que bien se podría hablar de poemas novela, por ejemplo, Mordiendo el frío (2004) son 49 historias con un personaje que narra su vida romántica y sexual, desde su niñez hasta que se convierte en adulto. O mi libro Celebriedad (1990) un largo poema de 120 páginas, que cuenta la historia de la embriaguez de un poeta que llora la muerte de un amigo. En Al Sur del ecuador me interesa que el lenguaje chirríe, que el poema en determinado momento suene como si se arrastraran latas viejas, me interesa que haya suciedad, interferencia en el lenguaje como su propia música. Así, cada libro es tan particular en su temática y en el tratamiento del lenguaje.

En 2004 dijo en una entrevista con diario El País que “Ecuador no es solo un país miserable en lo material, también lo es en lo espiritual. Al Gobierno y al pueblo les interesa poco la lectura y la cultura, y uno no se siente realmente poeta publicando allí. Por eso llegar a Visor, la editorial con la que ha crecido gran parte de mi generación en Latinoamérica, es crucial para mí: ahora sé que soy poeta”. ¿Por qué sentía que debía pasar por el filtro de España para reconocerse como poeta?

Está claro que el periodista transcribió mal esa parte de mi respuesta. Nunca pude haber dicho: Al Gobierno y al pueblo les interesa poco la lectura y la cultura, pero sí que al Gobierno le interesa poco la cultura y todo lo demás. Hay que recordar, en esa época estaba Lucio Gutiérrez en la Presidencia y vivíamos inmersos en caos político y social, con la expulsión a España de una cantidad enorme de compatriotas. Es en ese contexto que menciono: “Ecuador no es solo un país miserable en lo material, también lo es en lo espiritual. Al Gobierno le interesa poco la lectura y la cultura, y uno no se siente realmente poeta publicando allí…”. Y desde luego, la experiencia de un premio como el Casa de América y su publicación en Visor, sin duda es una de las cosas más importantes para cualquier poeta de Latinoamérica. Visor es la mítica colección que un poeta como yo la disfrutaba con exquisitez en mis años de formación. Allí están los autores de todos los tiempos y de todas las lenguas.

Uno nunca estará a salvo de los gazapos, la edición que usted tiene de Al Sur del Ecuador, por un descuido, se fue con un par de errores, pero por fortuna una versión más limpia acaba de ser traducida al francés y aparecerá en marzo en la Colección Les Bilingues  de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs de Saint-Nazaire en Francia.

¿Algo ha cambiado?

Hay cambios. Tenemos un Ministerio de Cultura, los poetas, hasta los que fungen como detractores del Gobierno, viajan a ferias y cosas oficiales. La situación política no es la de entonces y hay una necesidad de poner en orden al sector cultural que trabaja sin políticas de ningún tipo.  Está una Ley de Cultura por aprobarse en la Asamblea, pero veo que no es suficiente una ley, sino que hay que modernizar esa vieja institucionalidad porque de lo que se trata es de impulsar una nueva manera de gestionar, administrar y gerenciar en el sector cultural para crear políticas públicas con las que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos culturales y para que los artistas no sigan tan desamparados y tengan las reglas claras por si están interesados.

¿Se han consolidado los proyectos editoriales independientes?

Son pocos los proyectos que conozco que se han convertido en alternativas, lástima que solo publican a los de su grupo y se sigue reproduciendo un círculo endogámico que no nos permite ir más allá de nuestras respectivas ciudades.

¿Cómo evaluaría el proyecto de la Línea Imaginaria que lidera?

Línea Imaginaria es un proyecto independiente que trata de recoger las voces más interesantes del medio y de otros ámbitos. Un esfuerzo que esperamos lo podamos seguir alimentando para bien de los lectores ecuatorianos.

¿Cómo mira el panorama de la poesía contemporánea que ahora tiene nuevas voces en el ámbito local, recibiendo reconocimientos internacionales, como el caso de Carla Badillo o Mónica Ojeda?

Tengo la convicción de que la poesía contemporánea de Ecuador es tan buena como la que se escribe en cualquier parte de habla hispana. Sin embargo, me parece inapropiado hablar de los jóvenes, en nuestro medio, es fácil ser poeta cuando se tiene 25 o 30 años, es cuestión de publicar cualquier libro intrascendente y hasta tonto, para ser considerado, por el grupo, como poeta. La cosa es llegar a los 50 escribiendo y decantando una visión poética. Hoy el mundo de las redes sociales me resulta bullicioso, sonoro hasta el fastidio, hay una necesidad de posicionamiento escandaloso que no guarda ningún decoro, postean o cuelgan cualquier tontería. Digo hay cierta comprensión cuando eres joven, pero a los 50 estar en esas da pereza, prefiero tomar uno de los libros que siempre me acompañan y sumergirme en el delicioso silencio de sus páginas.

De Mónica no conozco nada y de Carla he leído uno que otro poema. Me parece que tienen un buen arranque en esta carrera que nunca ha sido de llegar primero, sino de saber llegar, como aconsejan los que más saben.

Publicado en El Telégrafo
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