La masculinidad en el Chile moderno

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Afines del siglo XIX, Chile vivía una época de esplendor. La pujante industria minera del salitre y la expansión ganadera en Magallanes,  lo había convertido en uno de los países más ricos  de Latinoamérica.  Pese a que la cuestión social -entre ellas las manifestaciones obreras que abogaban por mejoras en las condiciones salariales- ensombrecían la bonanza económica, a nivel de la elite chilena ésta se hacía patente a través de la moda y las costumbres que seguían imitando el modelo europeo. Es el hombre y no la mujer quien sale a las calles, se toma la esfera pública y cumple su misión como protagonista de la modernidad: usa el telégrafo, viaja en tranvía, va a bares y fiestas a divertirse, compra su ropa en las grandes tiendas o, mejor aún, acude a un sastre a confeccionarse sus trajes a medida.

“En esta época la consigna es que la mujer nace y el hombre se hace. El protagonista de la modernidad es el varón y su poder está en el ámbito social. La modernidad está ligada a las sociedades industrializadas, a la tecnología, a la urbe; mientras que la mujer queda relegada al mundo privado. Por supuesto, estos son roles tradicionales y en la realidad las relaciones son mucho más complejas;  eso es lo que queremos tensionar”, señala Carolina Barra, una de las curadoras de la exposición Hombres. Entre dos siglos XIX-XX, que el Museo Histórico Nacional (MHN) inauguró el jueves 17 de diciembre, antes de que la Dibam iniciara un paro nacional que tiene a todos los museos nacionales cerrados en forma indefinida, a causa de la disconformidad que existe sobre el nuevo proyecto de Ministerio de Cultura. Cuando abra nuevamente, el público podrá encontrarse con la muestra que incluye 70 fotografías del archivo del museo, además de 120 objetos y piezas de vestuario masculino, a la que se suma la publicación Retratos de Hombre 1840-1940 ($12.000), realizada por el MHN, que reflejan cómo era ser hombre en el Chile moderno.

En paralelo, el Museo de Bellas Artes, que también adhirió al paro, se apronta a renovar su exposición permanente, el 19 de enero con En (clave), masculino, una muestra que reúne 100 obras de su colección para cuestionar cómo se han construido los modelos de género y han sido retratados por el arte. Si bien el Museo  Histórico se concentra más en la imagen del hombre a través de su vestuario y perfil público, la curatoría del Bellas Artes reflexiona sobre lo masculino como concepto de poder en una sociedad eminentemente patriarcal. Aquí la mujer está subordinada a la mirada masculina.

“Es un ejercico sobre las obras fundacionales del museo, que se ha construido como un verdadero enclave masculino. Sólo 11% de las obras del museo son de creadoras mujeres”, dice la curadora de la muestra, Gloria Cortés.

Mundo de hombres

El primer eje de la exposición en el Bellas Artes tiene que ver con las identidades masculinas, la figura del padre con obras como Don Ramón Martínez Luco y su hijo José Fabián de Gil de Castro, y el tema de lo homoerótico con piezas como Prometeo encadenado (1883) de Pedro Lira. Otra sala exhibe la dualidad de poder y sumisión, una obra clásica como El huaso y la lavandera de Mauricio Rugendas, por ejemplo, tiene aquí su lectura en términos de relación de jerarquía de roles. También hay un muro completo dedicado al desnudo femenino visto desde el voyerismo masculino, con obras de Marcial Plaza Ferrand y Valenzuela Puelma. “En esa época el desnudo masculino hecho por artistas hombres es aceptado sólo en dos instancias, en el mito y la religión. En el caso de las mujeres no se les deja pintar modelos del natural, por lo que están confinadas a pintar bodegones y retratos”, dice Cortés.  Sansón traicionado por Dalila (1873) de Cosme de San Martín o Cristo muerto de Jean-Jacques Henner (1892) son otras de las obras.

Es ese sentido la muestra del MHN sirve como espejo a la del Bellas Artes, al reflejar cómo se veía este hombre moderno. Se exhiben objetos vinculados al mundo masculino, hoy en desuso: relojes de bolsillo (símbolo de la adultez), colecciones de pipas y tabaco, botellas de whisky, guantes, adminículos para afeitar como navajas y una de las joyas: un gran libro de sastre donde están anotados los encargos de vestuario que hacían los hombres. “Una de las revelaciones de la investigación es la preocupación que muestra el hombre por la apariencia y la higiene, cuestiones que en general se piensan son sólo del mundo femenino. Aparece el mercado de la moda y el hombre es tan buen consumidor como la mujer”, señala la investigadora Emilia Müller.

Si bien en la muestra también se grafica el mundo campesino, indígena y obrero, el hombre de la ciudad es el foco central.“En el vestir ahora prima la sobriedad por sobre lo colorido, debido al ascenso de la clase burguesa trabajadora. La primera impresión es que hay una homogeneidad para vestir entre los hombres, pero pronto se van detectando detalles que reflejan estilos e identidades diferentes. El referente del hombre es Londres, por eso la figura del dandi, ese varón más osado aparece en esta época”, agrega Müller.

Publicado en La Tercera
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