Especial en homenaje a Zitarrosa por el diario uruguayo «El Observador»

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En Contexto
Alfredo Zitarrosa, el más emblemático cantor uruguayo, nació el 10 de marzo de 1936. Hombre de una voz profunda y conmovedora, se inscribe en la tradición de los grandes cantores latinoamericanos que sostuvieron un compromiso ineludible con su tiempo, su clase y su pertenencia social, a través de su poética y su relación con el pueblo de su país y de la región.

Zitarrosa antes de Zitarrosa

Una visita al origen del cantor más oriental y la historia de cómo nació su primer disco, Canta Zitarrosa

«La vida, la creación, la justicia, la libertad. Son los grandes valores que uno defiende y siente como su tarea, aquello que debe decir una y otra vez, aunque aburra«

Una voz única, en el momento justo

El locutor se había convertido en cantor profesional. Sus temas copaban las radios y encantaban al público, que ya reclamaba saludos y autógrafos. Él se ponía incómodo porque no se adaptaba a la fama repentina. Muchas veces usaba anteojos oscuros para caminar tranquilo por Montevideo, pero esos intentos a menudo fallaban y terminaban en un «mirá, Zitarrosa de lentes».

En 1965, con 29 años, Alfredo Zitarrosa era una revelación en la música nacional. Su disco simple El canto de Zitarrosa, que incluía los temas «Milonga para una niña», «El camba», «Mire amigo» y «Recordándote», había sido un éxito de ventas y lideraba rankings en competencia con los Beatles. Cuando al año siguiente publicó su primer larga duración, Canta Zitarrosa, que en 2016 cumple 50 años, esa voz grave y profunda ya se esparcía sin freno por todo el país.

¿Qué había pasado? ¿Por qué ese sonido atraía tanto? ¿Quién era ese poeta escoltado por guitarras y con perfume gardeliano? El 10 de marzo se cumplen 80 años del nacimiento de Zitarrosa y la excusa es perfecta para revisitar los inicios de la voz más oriental.

CANTA ZITARROSA. CRÓNICA DE UN DISCO

 

La fórmula no es innovadora y, sin embargo, allí hay algo especial: las razones hay que buscarlas en la personalidad del intérprete y en el fenómeno que provocó su obra. Muchos ritmos criollos estaban en desuso en esos momentos, en parte porque ya no le hablaban de la misma manera a una sociedad que clamaba renovación. Es entonces cuando Zitarrosa aparece con un repertorio que resignificó géneros que olían a viejo. Vidalita, cifra, estilo, huella, gato, cielito. Y suena como una paradoja que estos ritmos tradicionales acompañaran a la voz que lo estaba cambiando todo.

El compositor y cantante tacuaremboense Carlos Benavides lo explica de esta manera: «Alfredo nos mostró que era posible otro tipo de canción que no fuese una postal de una imagen de Blanes. Y que no precisaba disfrazarse de gaucho para cantar determinada música».

Zitarrosa no se definía como folclorista, sino como cantor popular, y en ese concepto reunía elementos camperos con paisajes urbanos, en una poesía sencilla y directa, al alcance de todos.

Zitarrosa avanzaba en la poesía acompañada de sonidos de raíz folclórica. «¿Por qué siempre tenemos que cantarle al gaucho que está faenando, que está en la yerra?», se preguntaba con 15 años el joven Benavides, que encontraba en Alfredo un camino que los unió hasta compartir escenarios y canciones.

Yamandú Palacios, cantor y amigo de Zitarrosa, comenta que en este artista nuevo convivían distintas fuentes musicales. «Tiene una vertiente flamenca, que se nota más que nada en el canto. Tiene influencia de la música moderna, empezando por Beethoven, y también del candombe y la murga, ni que hablar del estilo y la vidalita».

Palacios sostiene que eligió expresarse en milongas por una «decantación de su esencia», que le permitía crear con un sólido fundamento artístico.

«Es imposible ver a Zitarrosa descontextualizado de su pensamiento, sentimiento y convicciones», escribe Guillermo Pellegrino en la biografía Cantares del alma. El periodista relata que al cantor «le dolía la felicidad» porque vivía preocupado por la injusticia social y la necesidad de una solución a ese problema. Alfredo fue un artista herido.

Una historia familiar compleja

Zitarrosa nació en el Pereira Rossell el 10 de marzo de 1936. Durante su infancia se mudó varias veces. «Recuerdo numerosos barrios: Belvedere, La Teja, Carrasco, Villa Dolores», dijo alguna vez. Luego vivió en el pueblo Santiago Vázquez y después en el kilómetro 29 de la ruta 1, en el departamento de San José.

Su historia familiar fue tormentosa. Su madre, Blanca Iribarne, lo tuvo a los 19 años y encargó la crianza del niño a la pareja compuesta por Carlos Durán y Doraisella Carbajal. Blanca era bailarina y solía trabajar en el exterior. Alfredo pasó a llamarse Zitarrosa recién a los 14 años, cuando recibió el apellido del marido de su madre y padre de su única hermana, Cristina.

El desprecio de su padre biológico y la relación (amor-odio) con su madre marcaron a fuego la personalidad del cantor.

Palabra, poesía y canción

De adolescente Zitarrosa trabajó como vendedor en diversos rubros. A los 17 años fue contratado por radio Ariel para hacer locuciones. Luego pasó a El Espectador, donde terminó consolidándose. En las radios se dedicó a animar programas, leer los informativos y escribir libretos, pero también aprovechaba los ratos libres para ensayar canciones.

El Flaco, como lo llamaban sus amigos, siempre estuvo inmerso en un universo artístico: de niño cantaba boleros y ya más de grande escribiría cuentos y poemas, otra de sus grandes pasiones. En 1959 ganó el Premio Municipal de Poesía por su libro inédito Explicaciones. Un año antes había debutado como actor en una obra de teatro. Las personas cercanas a él siempre destacaron su gran sensibilidad, inteligencia y cultura, fruto del amor por los libros. También sobresalía la madurez del joven Alfredo, que siempre quiso aparentar más edad. La anécdota que pinta mejor esta faceta cuenta que usaba lentes sin necesidad, solo para verse mayor y poder así conseguir trabajo.

Sus primeras armas musicales las hizo con su colega y amigo Bobby Pimentel. «Los primeros tonos de la guitarra, las primeras cosas me la enseñó él, que cantaba zambas», recordaría Zitarrosa, exiliado en México. La zamba era el ritmo folclórico argentino omnipresente en el Río de la Plata. Zitarrosa, junto a Los Olimareños, fue de los primeros en animarse a cantar zambas uruguayas. «Yo me sensibilicé con la cosa del folclore a partir de las grabaciones de los Hermanos Ábalos, de Evaristo Barrios, Amalia de la Vega, Los Chalchaleros», contó en 1976 durante una entrevista realizada para el diario bonaerense El Cronista Comercial.

La casa del Barrio Sur

«Recuerdo dos barrios que son los que están impresos en mi sensibilidad: La Unión y el Barrio Sur», comentaría años más tarde Zitarrosa en una entrevista del programa español A fondo. Alfredo vivió ocho años en una casa ubicada en la calle Yaguarón, a media cuadra del Cementerio Central. Allí comenzó a componer canciones y ese era un lugar frecuente de encuentro para sus amigos. «Pasábamos horas, cantando y tocando la guitarra», comenta Lucio Muniz, coautor de «De no olvidar», canción incluida en el primer disco de Alfredo.

«De tanto vivir frente
del cementerio
no me asusta la muerte
ni su misterio»
(Coplas del canto)

La madre de Zitarrosa alquilaba habitaciones de la vivienda. Cristina Zitarrosa recuerda la importancia que la casa de Yaguarón tuvo para su hermano: «En esos escalones conoció a Vallejo y a Rilke». Era común que los conocidos de Alfredo tiraran piedritas a la ventana para no molestar a los inquilinos con el timbre a altas horas de la noche.

Cristina cuenta que «allí vivía toda clase de gente, era una especie de zoológico». La casa tenía cinco cuartos y en un entrepiso con ventana a la calle dormía Alfredo. Esa habitación, conocida como la «buhardilla», era una pieza muy pequeña, donde convivían una cama, dos bibliotecas, la guitarra, un busto de Beethoven y la calavera Josefina, en la que Alfredo había escrito: «No pienso, pero existo».

Esa fue una época fermental en lo artístico e intelectual para Zitarrosa. Eran tiempos del Café Montevideo y el Bar Outes, lugares donde celebraba frecuentemente un culto a la amistad y la bohemia.

En el exilio mexicano, Alfredo se refirió a su querido Barrio Sur de esta manera:

—De Montevideo, ¿qué es lo que más extraña?
—Se extraña todo, pero de la ciudad lo que más extraño es la rambla y algunos fragmentos del Barrio Sur.
—¿Cuáles?
—La placita… caray… me olvidé el nombre de la plaza. Tendría que escuchar la canción que dice «ya nadie me espera en la plaza». Extraño el olor a creolina de la fábrica de enfrente. Viví durante un período de mi vida en una buhardilla, justo enfrente de esa placita, al costado del Cementerio Central. ¿Cómo se llamaba esa placita?

El cantor profesional

Zitarrosa quiso ir a Cuba en 1963. La revolución lo seducía y quería experimentarla de primera mano. Lo habían despedido de El Espectador y con el dinero que le pagaron se tomó un avión a Lima, Perú. Allí se rebuscó para trabajar como periodista en una revista, actividad que había ejercido con destaque en el semanario Marcha. Las necesidades económicas y la propuesta de un amigo, César Durand, lo llevaron a cantar en televisión. Así fue como el Canal 13 de Lima vio su debut profesional, casi por casualidad.

La idea de llegar a Cuba se desvaneció al poco tiempo (la concretaría más adelante) y, tras un paso por Bolivia, regresó a Montevideo. Tuvo un breve pasaje otra vez por las radios y en 1965 cantó en el Sodre por primera vez ante el público uruguayo.

Canta Zitarrosa tiene catorce temas. Es el primer larga duración de Alfredo Zitarrosa.

Fue grabado en los estudios de radio Ariel, en Montevideo, en juio de 1966. Los guitarristas son Hilario Pérez (primera guitarra) y Ciro Pérez (segunda guitarra). Zitarrosa toca el acompañamiento en varios de los temas. También tuvieron participación Lucio Muniz y Yamandú Palacios.

Alfredo escribió en la contraportada:

«Si bien puedo decir que conozco al cantor, al autor de algunos de estos temas, al sujeto que resultó ser, en cambio, no voy a poder asegurar que canta ni que compone como se debe. Ni siquiera lo hace como quiere, debo señalar más bien, y en resumen agregaría, que compuso y cantó como pudo los temas de este disco, que lo representan bastante bien».

A este trabajo se le reconoce la inclusión de la ficha técnica de todos los involucrados en el álbum: los autores de los temas que no son propios, los técnicos (Juan Carlos Borde y Wilfredo de León) y el fotógrafo que realizó la imagen de la carátula (Jaime Niski).

El primer tema en la radio

«Recordándote» se abre camino en el dial. Homero Rodríguez Tabeira conoció a Alfredo Zitarrosa tiempo antes de que se conviertiera en un cantor reconocido. Lo vio por primera vez en la escalera de 18 de Julio y Olimar, donde entonces estaba radio El Espectador, cuando fue a realizar un pago. «Apareció un chiquilín, pero con tremenda voz de hombre», recuerda.

Tiempo después, Alfredo comenzó a trabajar como locutor en Radio Centenario, donde Rodríguez Tabeira ya tenía el programa Caravana. Durante esas dos horas nocturnas –y como era costumbre en la época- la única tarea de Zitarrosa era dar la hora. Para matar el rato, se iba a estudiar guitarra con Bobby Pimentel al estudio del radioteatro.

Un día, el operador Quito de Lema le dijo a Rodríguez Tabeira: «Quiero que escuches cómo canta este flaco». Sonaba la zamba «Recordándote». «No lo podía creer», relata el presentador. Y decidió ponerla al aire.

«Yo tenía la picardía de pasar una canción y dejar que la gente escuchara un rato sin saber quién era el intérprete». Ese día, se taparon los teléfonos. Decenas de personas llamaban sin parar para conocer la identidad de esa voz grave y profunda. En un ambiente donde casi todo lo que se escuchaba era importado de Argentina, el cantor oriental impactó y caló profundo en la audiencia uruguaya.

Publicado por El Observador 2016
Producción, textos y videos: Juan Marra y Cecilia Arregui.
Desarrollo y diseño: Adrián Sosa.
Fotografía de portada: Jaime Niski.
Fotografía de cierre: Armando Sartorotti.
Agradecimientos: Bizarro Records, Julio Cobelli, Juan Origoni, Gastón Martínez, Valentina Quagliotti y Mauricio Marra.
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