La vida de aventura de Henrietta Boggs, la estadounidense que fue primera dama de Costa Rica

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La editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) ha tenido el acierto de publicar las memorias de Henrietta Boggs, la joven que arribó a Costa Rica a los 21 años, en 1941, procedente de Birmingham, Alabama (EEUU), y que llegó a desempeñarse como primera dama de la República durante la Junta de Gobierno de (1948-49) que presidió José Figueres Ferrer (1906-1990), tras vencer en la guerra civil de 1948, en uno de los periodos más decisivos de la historia costarricense.

En Casada con una leyenda/don Pepe (EUCR, 2016), Boggs relata pormenores de la Costa Rica de entonces, “La tierra de la eterna primavera” (como se promocionaba), y muestra una semblanza, tal vez desconocida, acaso desmitificada, de una figura que llegó a ejercer un papel clave en la vida política, económica y social del país, con detalles de su personalidad, al igual que de otros personajes que estuvieron a su lado. La primera edición de la obra es de 1992 (G.A.L.A. Ediciones).

Huyendo del irrespirable rígido ambiente presbiteriano y sin conocer el idioma castellano, la joven llegó a Costa Rica por puerto Limón, un poblado que la sorprendió por la suciedad y la pobreza extrema, con gente desarrapada, con niños desnudos y descalzos. Venía a pasar unas vacaciones donde unos tíos, Vinell y Ernestine Long. Estos, empresarios, tenían relaciones comerciales con el joven José Figueres, comerciante y exitoso productor de café y cabuya, en su finca La lucha, una zona lejana y de difícil acceso: siete u ocho horas a caballo desde San José, “una pequeña y soñolienta ciudad tropical”, de escasos 100.000 habitantes.

¿Cómo conoció a don Pepe? Acababa de llegar, cuando sus tíos hicieron una visita a Figueres en el beneficio de Santa Elena, en San Cristóbal de Desamparados, para negociar una venta de café. “¡Ese hombre va a ser presidente! Debes casarte con él”, le aconsejó su tía, una mujer “insoportable, pesada y dictatorial”, según la describe, muy diferente a su tío Vinell, apenas en el segundo encuentro, en una cena familiar a la que fue invitado el futuro gobernante. “Es brillante, posee grandes propiedades y viene de buena familia”, le insistió ante una estupefacta y tímida Henrietta.

Pero más que interés, aquel hombre mostraba cierto exotismo que despertaba curiosidad. Relata sus primeras impresiones: “Mientras lo veía aparcar la motocicleta y dirigirse luego hacia el corredor, constaté que no llenaba físicamente mis gustos. No era alto ni buen mozo, ni siquiera atractivo. No obstante, mostraba una extraña sonrisa medialuna, más bien traviesa, su piel era aceitunada y curtida por el sol, y en su inglés, aunque fluido, había un acento que lo hacía parecer exótico (…). Reparé enseguida en sus ojos, asombrosamente azules (…). Más tarde me habría de enterar de que provenía de una región de España, Cataluña, en la que su apariencia, negro cabello enroscado y penetrantes ojos azules, no era común. Cuando nos saludó quedé impresionada por la especie de avasalladora energía que proyectaba, una intensidad que parecía mostrarse en todo lo que hacía.”

Llegaron los paseos en el Dodge beige, “amplio y confortable”, o en la moderna Harley Davidson, recién importada, con una persona que hacia sus primeras incursiones en la vida política del país, distante de los asuntos amorosos y metido en lecturas de los filósofos de la ilustración, alimentado intelectualmente asimismo por el pensamiento de Simón Bolívar, José Martí y Abraham Lincoln, pero que también podía recitar, de memoria, a William Shakespeare o a Cervantes. “De hecho, creo que nunca antes hubiera tenido una novia. Mi impresión es que para él las mujeres eran un misterio desconcertante”. Mostraba que “conocía todo” sobre el país del que sería gobernante ocasiones, según sus primeras impresiones.

“Ante mi inexperiencia y mi falta de sofisticación él resultaba infinitamente sabio –apunta-. Sabía todo sobre filosofía, la que podía discutir en inglés, catalán, español, alemán o mal francés. Leía latín y griego”. “Su brillantez era provocadora y sus talentos impresionaban. La vida con él nunca sería aburrida”, llegó a convencerse cuando aumentó la relación entre ambos y pudo conocerlo mejor.

Luego vino el matrimonio, la complicada vida en La lucha, donde ella pasaba largos días de lluvia en soledad, sin saber español, sin poder comunicarse con nadie, mientras que su esposo se involucraba, cada día más intensamente, en el ambiente político josefino, al margen de la vida conyugal. Hasta su discurso en una emisora de radio (8 de julio de 1942), en el que pedía la renuncia del presidente Rafael Ángel Calderón Guardia, al que acusaba de incapaz, terriblemente corrupto y “demasiado inclinado a aliarse con los comunistas”.

Tomado preso, tres días después fue enviado a El Salvador. Allí se reunieron nuevamente. Luego viajaran a Guatemala y México. La joven esposa vivió el contraste brutal entre Costa Rica y estas naciones centroamericanas, donde la pobreza y la explotación de los trabajadores no tenían punto de comparación. En México, Figueres Ferrer meditó y empezó a preparar la guerra, única salida que veía a la situación del país. Instaló una oficina comercial que serviría de fachada para la compra de armas que enviaría a Costa Rica, tras pagar jugosos sobornos a las autoridades mexicanas. Relata un incidente con un ministro del interior de México, cuyo nombre no revela.

“-Me exigió otros veinticinco mil dólares.

-¡Veinticinco mil! Pero si ya le pagaste hace meses.

Fue muy claro al respecto. Me explicó que él estaría en el gobierno solo seis años y en ese tiempo tiene que hacer suficiente dinero para cuidar a su familia el resto de su vida”.

Dos años después, durante el gobierno de Teodoro Picado (1944-48), regresan a Costa Rica. Llegaron sus  hijos, Martí y Muni, la guerra civil, el gobierno de los 18 meses, la fundación de la Segunda República, las relaciones de amistad con Estados Unidos, los elogios del embajador Nathaniel Davis por su “dedicación a la democracia y a la libertad”, las desavenencias con uno de los hombres claves de todo el proceso y amigo de toda la vida, Alberto Martén, ministro de Economía y Hacienda, la abolición del ejército, el 1 de diciembre de 1948, en un acto ante el cuerpo diplomático y autoridades de los poderes de la República.

Narra un detalle de aquel día histórico en el Cuartel Bellavista, hoy es el Museo Nacional, donde con un golpe de mazo en una pared, Figueres Ferrer dio por proscritas las Fuerzas Armadas: “Solo unos pocos, entre nosotros, sabíamos que el día anterior había enviado una cuadrilla de trabajadores a aflojar algunas piedras con el propósito de asegurarse de que la pared se desplomaría como era debido y no se frustraría el éxito de su gran a actuación teatral”.

Por las 273 páginas del texto, desfilan figuras protagonistas de aquellos años. Hace una referencia precisa de Daniel Oduber (1921-1991), secretario de la Junta de Gobierno y presidente de la República 1974-78, recién llegado de terminar una maestría en filosofía en la Universidad McGill (Canadá). “Oduber, para quien la política era lo único que existía en el universo, se burlaba de todo el mundo, pero perseguía el poder con una determinación desconocida desde los papas de la Edad Media”. En sus memorias, Alberto Cañas expresa juicio parecido sobre Oduber (80 años no es nada, Editorial UCR, 2006).

Tras un intenso involucramiento en labores políticas, con reuniones con diplomáticos y acompañando a don Pepe en tareas oficiales, con el fin del periodo de la Junta de Gobierno, se acentúo su frialdad en sus relaciones, que había soportado como un sino de su matrimonio, y aumentó en distanciamiento entre ambos, que los llevó a la ruptura y al regreso a su nación de origen, con sus dos hijos. Su esposo había puesto todo su empeño y energía en fundar el Partido Liberación Nacional, al tiempo que se desentendía de ella y de sus graves problemas de salud que estaba padeciendo.

“Por años, yo había sabido que Figueres era esencialmente un animal político. Él había demostrado una y otra vez aquella obsesión –admite-. Esa era la dirección en la que estaba sólidamente orientada su mente. Pero no fue sino después de repetidos golpes que acepté por fin el hecho de que Pepe se hallaba tan estrechamente unido a la búsqueda y el ejercicio del poder que ninguna otra cosa en la vida tenía valor para él”.

Publicado en Informa-tico
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