Los intelectuales y la política en El Salvador de 1928 a 1932

A la historia en boga según la cual el general Martínez gobierna sólo por terror y opresión, el proyecto ficticio agrega una hipótesis descabellada y engorrosa, a saber: el apoyo ideológico e intelectual a su Presidencia

La poesía es más filosófica que la historia. Aristóteles

 

Más allá de la memoria se halla el archivo, a menudo oculto a la mirada actual. De su búsqueda nace la ficción. Se le llama literatura, porque su nombre evoca la letra. Transcribe signos en vez de calcar los hechos antecesores del habla. En su afición funeraria excava un mundo deslucido, sin más esmalte que lo negro y lo blanco. En su arcaísmo, ignora la técnica del color. Por hábito milenario, la tinta oscura se imprime en la página lechosa del fondo. Su labor la realiza el encierro en una celda bibliotecaria. En el claustro, el registro de lo antiguo despierta los espectros y los difuntos. Pervive en un 2 de noviembre intacto, cual fósil recluso del tiempo. A contracorriente, retrocede hacia un origen —furtivo quizás— sitio de la palabra. De ahí escarba un logos escrito en el silencio retraído de los comienzos (arkhe). Su arqueología no surge del sentimiento íntimo ni del recuerdo. La ficción germina de la huella recóndita que estampa el luto perenne de lo escrito. Lo dibuja, para que el presente no olvide oficiar el réquiem de un pasado que siempre resulta peor. Sin ilusión de semejanza con lo actual, salvo la añoranza de lo perdido, que jamás fue.

I.

La ficción literaria consiste en documentar la presencia de tres grandes intelectuales latinoamericanos antes de la revuelta de 1932 en El Salvador: el peruano Víctor Haya de la Torre (23 de agosto-14 de septiembre de 1928), el mexicano José Vasconcelos (18 de noviembre de 1930) y la chilena Gabriela Mistral (19 de septiembre-9 de octubre de 1931; para el pago estatal de su estadía, véase: Diario Oficial, junio de 1933). A nivel político, el trío difunde una conciencia bolivariana continental, a la vez que inculcan ideas antiimperialistas, indigenistas y, hacia la época, de apoyo a la lucha de César Augusto Sandino. Asimismo, en lo cultural, promueven la educación popular y la producción poética propia. La ficción indaga los vínculos de estos escritores con los intelectuales nacionales. A. Masferrer recibe a Haya de la Torre en su periódicoPatria; Julio Enrique Ávila, entre otros, a Vasconcelos y Mistral en la Universidad Nacional, quien por paradoja luego apoya a Maximiliano Hernández Martínez al forjar el nombre literario del país: “el Pulgarcito de América” (http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/2190/1/3.%20Cronica%20de%20encuentro%20con%20el%20Pulgarcito%20de%20America.pdf).

Tradicionalmente de izquierda —calco pasado del presente— esas tres posiciones revierten sus valores en suelo salvadoreño. No incitan ni expresan necesariamente su defensa de la revuelta de 1932, como tampoco condenan el quehacer represivo posterior (véase, G. Mistral, “El Salvador”, Repertorio Americano, 2 de septiembre de 1933). Existe evidencia documental —ficticia por supuesto— que apunta lo contrario. Hacia diciembre de 1931, ante muchos intelectuales nacionales y del istmo, el general Maximiliano Hernández Martínez figura como presidente antiimperialista sin reconocimiento de Washington y en oposición a empréstitos extranjeros (véase: Octavio Jiménez Alpízar, “Estampas. Si El Salvador capitula… Urge ya el ejemplo viril. Ya no queremos más el tutelaje del amo yanqui”, Repertorio Americano, Tomo XXIII, No. 22, 12 de diciembre de 1931 y placa de Asamblea Legislativa (1937) y A. Masferrer, “Contra el presidente Araujo”, Diario Latino, diciembre de 1931 (cortesía de Caralvá), al igual que V. Sáenz,Rompiendo cadenas, las del imperialismo yanqui en Centroamérica. México, D. F.: Editorial Ciade, 1933).

Años después, Martínez se configura en mecenas del arte indigenista por su aporte financiero a la Primera Exposición Centroamericana de Arte en Costa Rica (“Salarrué en Costa Rica (1935)”.

También se consolida por sus gestiones de atraer a Vasconcelos a su gobierno y por el reconocimiento del Instituto Indigenista Interamericano (1941). Según la ficción documental, defienden su presidencia quienes celebran la gesta de Sandino en pleno 1932 y durante su largo mandato (G. Alemán Bolaños y luego A. Guerra Trigueros, etc.). La poesía exhuma documentación primaria olvidada en los periódicos y las revistas nacionales y latinoamericanas, así como interpreta un capítulo inédito de la literatura salvadoreña.

A la historia en boga según la cual Martínez gobierna sólo por terror y opresión, el proyecto ficticio agrega una hipótesis descabellada y engorrosa, a saber: el apoyo ideológico e intelectual a su presidencia. Martínez no sólo deriva su prestigio del cargo de presidente del Ateneo de El Salvador en 1929, el cual ocupa el General Calderón en 1932. También, se renombre procede de las redes teosóficas, así como del apoyo editorial al regionalismo de Salarrué, L. Mejía Vides, A. Guerra Trigueros, C. Lars, M de Baratta, S. Flores, etc., en revistas oficiales como la de la Biblioteca Nacional o la de la Logia Teotl (nótese el término náhuatl-mexicano).

Si la gesta antiimperialista de Haya de la Torre la diluye el golpe de estado de diciembre de 1931, el indigenismo de Vasconcelos y Mistral lo disuelve una política cultural de la misma índole. Su tesón disemina la obra de sus mayores exponentes nacionales por un “leer y escribir” masferreriano. Mientras los hechos comprobados auguran que a los campesinos analfabetas —a los indígenas náhuat-pipiles— los incitan las tertulias poéticas y las lecturas de los autores latinoamericanos clásicos —Haya de la Torre, Mistral, etc.— la ficción documenta la distancia entre la élite intelectual y los insurrectos. Los letrados recriminan que se “habla de degollar” —al reclamar la “justicia”— y organizar “su levantamiento de venganza”.

La enemistad entre los hechos en bruto, la historia, y la palabra, la poesía, es milenaria. La historia fotografía hechos sin palabras, mientras la ficción restituye un mundo donde las palabras crean las cosas. En su ficción ancestral, en su uso performativo (hágase la luz; Ud. es culpable; lo nombro ministro…), las palabras declaran el contenido subjetivo de los objetos que nombran.

“San Salvador bajo la opresión”

Víctor Haya de la Torre, Obras completas 2, Lima: Editorial Juan Mejía Baca, 1977: 151-157.

Mi querido don Joaquín:

Repertorio en su último número, representa, no para mí, sino para mi causa, el mejor tributo de mucho de lo que hay de noble y libre en nuestra América. Usted o el destino o ambos han querido contemplar ese sereno homenaje a la justicia con un mensaje a la sotisse. Y ello sirve para que sigamos en nuestra gloriosa cruzada, en la más difícil de todas las luchas: la de aprender a distinguir en nuestro credo de libertad al fariseo del justo.

Desde aquí agradezco la generosidad de ese gran espíritu libre que es José María Zeledón, tan estricto en la difícil virtud de apreciar; a Deambrosis Martins, por su mensaje sincero que viene desde tierras de Francia trayendo tres evocaciones gratas como el frescor de un aire de montaña sobre la frente ardida del luchador: las palabras del gran maestro de nuestra generación, José Ingenieros, el espaldarazo del abnegado precursor antiimperialista Manuel Ugarte y la afirmación rotunda que desde el camp adverso lanzó en un rapto de lealtad José Santos Chocano. Buen colofón es el áureo y valiente mensaje de Alberto Guillén cuyo homenaje de gran poeta vale porque en la hora meas difícil se ha rectificado y ha oído el grito de su corazón.

Conservaré este número de Repertorio con orgullo. Todo él me servirá de aliento. Hasta el mensaje de la sotisse (referencia a carta enviada a Repertorio Americano por el ministro salvadoreño en Costa Rica). Necesitaba desde hacía tiempo un buen testimonio, —yo tan devoto de documentos probatorios—, que me permitiera ante mis audiencias exhibir efectivos comprobantes del declive irremediable por el que rueda la moral de ciertos oficialismos tropicales.

Y aquí está. A pesar de que estoy acostumbrado al ultraje burocrático y a pesar de que sé bien que en los países donde las representaciones del Estado son fluctuaciones entre el favor de la fuerza y la fuerza del favor, las voces de sus personas están huecas de fe, tengo algo que decir a la opinión libre de Costa Rica y de América, exculpando al irrespetuoso ofensor de la verdad en nombre de su personal situación que yo comprendo y hasta excuso, porque jamás he querido contribuir a la cesantía de nadie.

Pero distingamos entre mi deseo de no poner en riesgo la “tabla del naufragio” del funcionario y mi irremisible propósito de sostener la verdad. Niego, por ingenua, la pretensión del firmante de sentirse personero de un país noble y no de un gobierno aferrado al poder por el estado de sitio y por los fusilamientos sin proceso del 6 de diciembre de 1927 dentro de los muros de una prisión. Por estos sangrientos prestigios de “energía” que son “el atavío de una nobleza jamás desmentida” de los Macbeths de pantomima, que produce la zona tórrida, hago para honor del gran pueblo salvadoreño que me recibió fervorosamente una distinción radical. Entre el gobierno opreso oficialmente intervenido por el imperialismo y el pueblo admirable por su civismo y su tradicional amor a la libertad.

Y va un comprobante irrecusable de la intervención imperialista: En la página 885 del número de la revistaCurrent History de Nueva York, setiembre de 1927, el senador Henrik Shipstead, miembro de la comisión de RR. EE., historía el célebre empréstito salvadoreño que tiene a ese país prácticamente aherrojado. Y cita, para ilustración, a The New York Commercial and Financial Chronicle y El Diario Oficial de El Salvador. Copio las declaraciones del Secretario de Estado, Mr. Hughes, en 23 de octubre de 1926, “definiendo las relaciones oficiales del Departamento de Estado y del contrato de empréstito en cuestión”, señalando como parte esencial de esta declaración de Mr. Hughes ésta: “También, a pedido del Gobierno de El Salvador y de los banqueros interesados, la Secretaría de Estado ha consentido en intervenir en el nombramiento del Colector de Rentas” (interventor fiscal norteamericano). En seguida Mr. Hughes añade que el interventor fiscal tiene que dar cuenta a la Secretaría de Estado enviándole informaciones detalladas de su labor y “presentando un informe mensual y otro anual”. El senador Shipstead añade (peag. 886, op. cit.) que esto significa simplemente que el Secretario de Estado, 60 días después de su discurso en Minneapolis, negando “cualquiera intervención de nuestra parte para supervigilar los asuntos de las repúblicas hermanas”, tomaba él mismo la superintendencia de las rentas fiscales aduaneras de la República de El Salvador”. Y como agregado que interesa a Costa Rica y que es toda una revelación de la influencia de la United Fruit Co. en la vecina república, copio líneas precisas del senador Shipstead: “Seis millones e los bonos antes mencionados (del empréstito de El Salvador) fueron vendidos al presidente de la United Fruit Co. al 88 por ciento, de acuerdo con el contrato aprobado por el Departamento de Estado”. (Ibid. ibid.)

Si esto no es “intervención extranjera” el gobierno salvadoreño está llevando el garrote hasta contra el Diccionario de la lengua.

Qué alegría sentirían los valerosos periodistas de El Salvador si fuera verdad la afirmación que hace el representante del señor Romero Bosque al declarar que “afirma que la prensa de su país no está amordazada”. Copio del propio Repertorio Americano la carta reciente de 19 de setiembre, siete días después de mi deportación, dirigida a usted por uno de los más brillantes y capaces representativos del estudiantado salvadoreño, cuya firma, para salvarle de la represalia, ha tenido usted el acierto de guardar: “De lo que ha pasado aquí no tengo para qué hablarle; usted debe tener todos los pormenores. Baste decirle que la indignación ha sido grande y que si nada se ha dicho ha sido porque la censura ha llegado a prohibir hasta que se mencionen ciertos nombres. Actualmente estamos nosotros gestionando la circulación de una revista nuestra, de índole más literaria que otra cosa, porque cuando ya estaba tirada la edición y habiendo sido el material previamente censurado se le “antoja” al censor prohibir la venta. Así estamos en este pueblo de grandes gestos diplomáticos y mucha democracia. No temo asegurar que no hay en América Latina un pueblo más carente de libertad de pensamiento que este país de El Salvador”. ¿Cómo calificar después de leer este testimonio de uno de los más altos exponentes de la juventud salvadoreña, a quien “afirma que no es cierto que la prensa de su país esté amordazada?”. En un salvadoreño de honor quien esto afirma, confirmando aquella frase lapidaria bien conocida del distinguido escritor colombiano Nieto caballero, quien escribió que la prensa salvadoreña es, seguramente, “la más amordazada de América”.

Y añado a esto el testimonio personal: dos Alberto Masferrer, figura gloriosa mil veces ultrajada por el gobierno intervenido, ha visto en varias ocasiones amenazado de clausurar su diario Patria. Por haber publicado sin permiso del censor el artículo sobre la Doctrina Monroe que reprodujo Repertorio, así como el Programa Político del Partido Socialista Norteamericano, —que tomó de un diario extranjero—, fue llamado por el censor oficial y tratado duramente. Asilado ya en la Legación de México, vino a verme muchas veces para referirme estas cosas y fui yo el portador de su mensaje doloroso a Costa Rica, que ha dado lugar a la invitación generosa que se le ha hecho de este país para librar su vejez gloriosa de la ofensa cotidiana. El maestro vendrá pronto a Costa Rica y dirá por mí.

Y otros testimonios: Acompaño dos cartas originales que usted conservará para quien las demande, librando, a los firmantes de las represalias en que tan expertos son los gobernantes del país vecino. De la primera, mensaje obrero, me permito copiar estas palabras: “Maestro y amigo: Indudablemente el Ministro Macho ha obligado al mayordomo de la hacienda salvadoreña a que se te prive del uso de la palabra ante el pueblo que ansía oír tu vos apostólica, demoledora de todos os dogmatismo del dominio imperialista, etc.”.Líneas iniciales de una carta viril que traduce la voz de un pueblo indignado y consciente. De la otra carta, sirvan estos párrafos como expresión auténtica del pueblo de Santa Ana, de donde se me envela copia “de los telegramas que se han dirigido este día al Jefe del Ejecutivo, demandándole una tregua de su viaje forzado que ha causado general indignación de todos los elementos. Crea usted que el pueblo santaneco está decididamente con usted, y que si su presencia tan deseada ya no es posible en esta ciudad, las ideas quedan y germinarán. Estamos y estaremos con usted donde quiera que se encuentre y aquí quedamos laborando con el entusiasmo y patriotismo que la ran causa requiere. Suplicamos a usted no olvidarse de este pueblo que lo aprecia en su magnífica labor y darnos sus noticias de dondequiera que llegue para poder calmar la justa preocupación que su violenta partida ha causado en todas las clases sociales”.

¿Más documentos? Ahí está publicado en México y otros países el magnífico mensaje suscrito por centenares de estudiantes, obreros e intelectuales salvadoreños, dirigido al ministro mexicano en San Salvador, el señor don Juan F. Urquidi, agradeciéndole, en nombre del pueblo salvadoreño el apoyo que me prestó, asilándome en momentos de real peligro, de vergonzosa inconsciencia, y pidiéndole que expresara al gobierno de México la gratitud de los salvadoreños por esta valerosa demostración de “la aplicación del derecho de ciudadanía continental”. Y ahí está, por último, el testimonio de aquel salvadoreño distinguido que se honra con la representación de Costa Rica, el señor Castro Ramírez, quien, por intermedio del Dr. Salvador Merlos, me hizo saber que si la Legación de México estuvo lista para asilarme, también lo estaba la Legación de Costa Rica.

El corresponsal de La Idea de Quetzaltenango en San Salvador publica en el número que acompaño a usted, del 20 de setiembre último, una larga información, cuyos párrafos principales dicen así: “San Salvador, setiembre 11. —La censura total de la prensa y de las agencias telegráficas no han permitido decir una palabra más acerca de la situación de Haya de la Torre, que el país entero quiere conocer ansiosamente… Haya de la Torre, alojado en la casa del militar peruano instructor del ejército salvadoreño, mayor Iparraguirre, iba a ser extraído para ser embarcado a Nicaragua, cuando la oportuna gestión de la Legación de México impidió este atropello… La actitud de México produjo entre la juventud una magnífica impresión, habiéndose extendido a todo el país la noticia de la intervención oportuna que, seguramente, ha salvado la vida del líder latinoamericano… Los estudiantes han ofrecido revelar el plan completo que existía de enviarlo a las autoridades americanas, etc.”.

Me parece bastante para un lector partidario de mi fórmula que meas vale un hecho que cien argumentos. Me ratifico, pues, en mi carta a usted del No. 13 de Repertorio y con este testimonio pido a sus lectores releer la rectificación violenta del iracundo funcionario del gobierno del Presidente Romero Bosque. Véase cómo yo estoy firmemente al lado del noble pueblo salvadoreño, víctima de una oligarquía tiránica que gobierna por el estado de sitio, bajo la intervención económica del imperialismo extranjero.

Si fuera necesario más, pido a cualquier lector de Repertorio informarse por sí mismo acerca de la dolorosa situación de la prensa salvadoreña y del país en general, demandando directamente una información a los periodistas. Y emplazo a los funcionarios del gobierno que hizo fusilar sin piedad a los que se alzaron contra su opresión el 6 de diciembre último, a presentar testimonio escrito,, ya sea de don Alberto Masferrer, director de Patria, ya sea de don Miguel Pinto, director de Diario Latino, o de los directores de La Prensa de San Salvador y Diario del Pueblo de Santa Ana, periodistas representativos del noble pueblo salvadoreño, declarando que no hay censura o mordaza a la prensa de ese pueblo hermano.

Si tal testimonio se alcanzara, sin violencia, yo pondría a disposición de usted, como término de apuesta, para entregar al ganador, un Diccionario de la Lengua, lujosamente editado y un tomo de Retórica y Poéticade Coll y Vehi, tambieen con tapas elegantes, para que repose sin desdoro sobre la mesa de cualquier despacho burocrático y pueda servir en casos de urgencia.

Y mientras tanto, en mi libro sobre Centroamérica irán documentos y referencias testimonios y pruebas en los que el lector ha de ver pronto cómo se puede, en algunos casos, hacer fracasar con energía a los devotos oficiosos de la fórmula volteriana, tan en uso en estas latitudes: “¡Mentid, mentid, que algo queda!”.

Muy cordialmente suyo,

Haya de la Torre.

San José de Costa Rica, 25 de octubre de 1928.

Nota de Repertorio Americano. — Con la carta del señor Haya de la Torre hemos recibido los documentos a que ella alude.

“Cuando fundamos la Universidad Popular para educar a las masas sumidas en la ignorancia oprobiosa, la tiranía que hoy oprime al Perú, nos llamó bolcheviques, nos persiguió y nos desterró. nada temía más que el pueblo abriera los ojos y viera las cadenas que el imperialismo impone al pueblo peruano”. El Salvador, 1928 (488)

(*) Rafael Lara Martínez; Humanidades, Tecnológico de Nuevo México

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