Se publica «El cazador de historias», libro póstumo de Galeano

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Un cazador de historias. Así se sentía Eduardo Galeano y así lo definen quienes más lo conocieron. El autor de Las venas abiertas de América latina, de cuya muerte se cumple un año el 3 de abril, siempre guardaba unas libretas pequeñas en un bolsillo para apuntar ideas, anécdotas o escenas que veía por la calle o en los bares, como el tradicional Café Brasilero, de la Ciudad Vieja de Montevideo, que solía frecuentar solo o con amigos. A los bares de diversos sitios y diversas épocas les dedica «Cafés con historia», uno de los textos breves que conforman su último libro, El cazador de historias (Siglo XXI), que hoy llega a las librerías de todo el país.

En este volumen póstumo, los lectores encontrarán cerca de 240 piezas entre poemas, microrrelatos e historias personales.

En el Café Brasilero, Eduardo Galeano escribía, observaba a la gente, firmaba libros y trabajaba durante horas, en ocasiones junto con su editor argentino, Carlos Díaz. Allí se reunieron varias veces a comienzos de 2014 para pulir el original de este último legado.

«El título también es una idea suya y lo tuvo claro desde el principio. Al final, cuando estaba cerrando el libro, un amigo le dijo que cómo era posible que le pusiera ese título si él no mataba ni una mosca. Eso lo hizo dudar y, de hecho, había decidido cambiarlo por El tejedor de historias. Pero al final volvió a la idea inicial. A mí me encanta. Él era un cazador de historias. Tenía unas libretitas encima donde anotaba ideas, cosas que le contaban o frases que veía en las paredes. Y se nutría de las charlas que tenía con todo el mundo porque era un gran conversador», cuenta Díaz a LA NACION en su oficina, en Palermo.

Galeano escribió los textos de El cazador… durante 2012 y 2013. «Siempre trabajó junto con su mujer Helena Villagra. Decía que ella era su editora en jefa». Más allá de esta broma que solía hacer a sus amigos, Helena fue más que su musa. «Era su primera lectora y su primera editora. Tenían una dinámica especial de trabajo: Eduardo le contaba una idea, empezaba a escribir y compartía con ella todas las idas y vueltas. Helena es muy sincera y lo conocía muy bien, y él era perfeccionista y necesitaba de alguien que le dijera si el texto era bueno o una porquería. Para mi desesperación, cuando me decía que tenía un manuscrito, pasaba un largo tiempo hasta que me mandaba la edición definitiva. Aunque le decía que me había gustado, lo seguía trabajando con Helena. Para Los hijos de los días, anterior a Mujeres, me mandó 13 versiones.»

Aunque usaba computadora e Internet, Galeano prefería enviarle los escritos impresos por correo. Díaz anotaba sugerencias con lápiz en esos papeles y volvía a enviar el original por correo. Y así seguían durante meses. Díaz conserva carpetas con aquellos papeles. También, manuscritos, ilustraciones y cartas de agradecimiento del autor, que siempre remataba su firma y las dedicatorias de sus libros con el dibujo de un cerdito en tinta negra y una flor en rojo, al lado de la palabra «Oink!» Díaz incluyó ese dibujo al final de El cazador…

«En este caso también hubo muchas idas y vueltas. Era tan obsesivo que elegía todas las tapas, el orden de los textos, las ilustraciones. Se encargó de hacer gran parte de los dibujos. En uno de los relatos cuenta que era un dibujante frustrado, además de futbolista frustrado. Pero dibujaba muy bien y le gustaba hacer collages y pequeñas viñetas. Los dibujos más famosos son los que hizo para El libro de los abrazos«, continúa Díaz.

Del fútbol a la muerte

En «El oficio de escribir», un texto de El cazador…, Galeano cuenta su relación con Juan Carlos Onetti. «De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano. A mano trabajo cada página, quién sabe cuántas veces, palabra tras palabra, hasta que paso en limpio, en la computadora, la última versión, que siempre resulta ser la penúltima.»

El cazador… está dividido en cuatro partes: Molinos de tiempo, Los cuentos cuentan, Prontuario y Quise, quiero, quisiera. La primera incluye los textos y temáticas más característicos de Galeano: leyendas de pueblos originarios americanos; la identidad y la memoria; la guerra y la paz; el café y el fútbol; el arte y los oficios; el amor, el placer y el cuerpo. Se cuela, cada tanto, alguna mención a la muerte, los cementerios, los difuntos.

La sección Los cuentos cuentan incluye los textos más largos. Allí escribe sobre Montevideo, su exilio en Barcelona en los 70, la publicación de Las venas abiertas… , anécdotas de su época de cuenta cuentos y los sueños de Helena, entre otros temas personales. Prontuario reúne una autobiografía «completísima» de 15 líneas («Desde que era muy pequeño, tuve una gran facilidad para cometer errores»), unas «brevísimas» señas del autor («Yo bien podría ser campeón mundial de los distraídos») y tres textos titulados «Por qué escribo».

En uno de ellos dice: «Uno escribe sin saber bien por qué o para qué, pero se supone que tiene que ver con las cosas en las que más profundamente cree, con los temas que lo desvelan».

La cuarta sección no figuraba en el proyecto original. «Él había pensado una estructura de tres partes. La agregamos porque nos pareció que no violentaba ninguna de sus decisiones ni indicaciones. La titulamos como el poema del pueblo navajo, con el que él quería que cerrara el libro, «Quise, quiero, quisiera».»

Otra modificación fue la inclusión de unos 20 textos, mechados en las cuatro secciones. No pertenecían a la última versión de El cazador… sino a otro trabajo, que quedó inconcluso y que Galeano había titulado «Garabatos». Explica Díaz: «El cazador… estaba terminado, listo para ir a imprenta, cuando se enfermó. Decidimos junto con su familia que no sería bueno para él lanzar un nuevo libro en ese momento. Preferimos esperar. Mientras tanto, comenzó a trabajar en «Garabatos», ya enfermo. También con esos textos tuvimos varios intercambios de opiniones».

Al tiempo de su muerte, el editor analizó el material inédito junto con la viuda para ver qué historias estaban pulidas y terminadas. «No intervinimos nada. Después de comprobar qué estaba en condiciones de ser publicado, decidimos que algunos podían integrar El cazador… de manera natural y armónica. Una parte muy importante se sumó a Molinos de tiempo y otra a Cuentos que cuentan y Prontuario. Las tres últimas partes del libro son atípicas en su obra porque él no solía hablar de sí mismo. Sólo en privado. Muchas de las historias que están en Prontuario son las que contaba a los amigos cuando cenábamos con él. Nunca las había puesto en papel. Evidentemente sintió alguna necesidad de dejarlo por escrito».

En «Garabatos» había varios textos sobre la muerte. «Es un tema que lo inquietaba. Nunca hablaba sobre la muerte, pero sí había escrito sobre ella. Con el tiempo, esas palabras adquirieron un sentido cada vez más importante. Sigo impactado porque lo entendí como una despedida.»

Una obra escrita entre 2012 y 2013

Galeano eligió un poema navajo para cerrar su último libro:

Quise, quiero, quisiera

Que en belleza camine

Que haya belleza delante de mí

y belleza detrás

y debajo

y encima

y todo a mi alrededor sea belleza

a lo largo de un camino de belleza que en belleza acabe

El cazador de historias

Siglo Veintiuno

Las últimas anotaciones de Galeano

La editorial argentina Siglo XXI publicará en los próximos días un nuevo libro inédito del escritor uruguayo Eduardo Galeano. El cazador de historias, que estará disponible en las librerías uruguayas a partir del próximo lunes 4 de abril a través de la distribuidora América Latina, es una obra que el autor y periodista escribió y corrigió antes de su muerte en abril de 2015.
Compuesto de 250 páginas, el libro recopila diferentes textos de Galeano que remiten a América Latina y será dividido en cuatro partes, según informó el diario argentino Clarín. Molinos de tiempo, Los cuentos cuentan, Prontuario y Quise, quiero, quisiera son los títulos de los capítulos en los que el escritor trató temas de su infancia y juventud, así como de sus viajes.
Según escribió el editor argentino Carlos Díaz, responsable de la publicación de El cazador de historias, varios de los últimos ajustes de la obra fueron revisados junto a Galeano meses antes de su muerte. De acuerdo a las notas que anteceden a la obra, Díaz y la editorial Siglo XXI cerraron los últimos detalles del libro en el verano de 2014, pero decidieron posponer su publicación debido al estado de salud frágil del escritor.
«Había dedicado los años 2012 y 2013 a trabajar en este libro», indica Díaz en su texto. «Dado que su estado de salud no era bueno, decidimos demorar la publicación, como un modo de protegerlo del trajín que implica todo lanzamiento editorial. En sus últimos meses de vida siguió haciendo una de las cosas que más disfrutaba hacer, que era escribir y pulir los textos una y otra vez», agrega.
El editor también cuenta que Galeano escribió nuevas historias que quería reunir bajo el título de Garabatos. Sin embargo, tras su muerte en 2015, el equipo de Siglo XXI decidió reunir los relatos dentro de El cazador de historias con el objetivo de crear una obra más completa. «Releímos las historias y sentimos que varias de ellas tenían tanto en común con las de El cazador de historias que merecían integrarse al volumen», señala Díaz. Cerca de 20 textos concebidos para Garabatos, que tiene a la muerte como tema en común, fueron incluidos en el libro inédito.
Otro de los detalles revelados por Díaz es la elección de la tapa del libro, también realizada por el propio escritor. La portada de la obra muestra a «El monstruo de Feuillée», una bestia mitológica introducida por el Padre y explorador francés, Louis Éconches Feuillée.
«Eduardo siempre fue un hombre sobrio, quizás haciendo honor a sus genes galeses de los que tanto renegaba, y no solía hablar en tono grave de sus enfermedades o dolencias, ni siquiera en los últimos tiempos», comenta el editor argentino. «Este puñado de textos parecían ser una huella de lo que imaginaba o pensaba sobre la muerte. Son tan bellos e impactantes que quisimos incluirlos, y para eso nos permitimos sumar una cuarta parte al libro original».
Publicado en El Observador

Fragmentos del cazador de historias

El Monstruo de Buenos Aires

Así lo vio, o lo imaginó, y así lo llamó, el sacerdote francés Louis Feuillée.

Este monstruo fue uno de los espantos que ilustraron el libro de memorias de su viaje por tierras sudamericanas, reinos de Satán, entre 1707 y 1712.

El poderoso cero

Hace cerca de 2 mil años, el signo del cero fue grabado en las estelas de piedra de Uaxactún y en otros centros ceremoniales de los mayas.

Ellos habían llegado más lejos que los babilonios y los chinos en el desarrollo de esta llave que abrió paso a una nueva era en las ciencias humanas.

Gracias a la cifra cero, los mayas, hijos del tiempo, sabios astrónomos y matemáticos, crearon los calendarios solares más perfectos y fueron los más certeros profetas de los eclipses y otras maravillas de la naturaleza.

La primera flauta

Un cazador se perdió, alguna vez, en alguno de los laberintos de la selva amazónica.

Después de mucho vagar, se dejó caer al pie de un cedro y allí quedó dormido.

Fue despertado por el sol y por una música jamás escuchada.

Entonces, el cazador perdido descubrió que un pájaro carpintero, de cabeza roja, largo cuello y pico poderoso, estaba picoteando una rama.

La música nacía del viento que entraba por los agujeros que el pájaro excavaba.

El cazador aprendió. Imitando al viento y al pájaro, creó la primera flauta americana.

La recién nacida

En el último día de abril del año 2013, Galulú Guagnini nació en Caracas.

El padre, Rodolfo, explicó:

Ella vino para enseñarnos todo de nuevo.

La lluvia

Entre todas las músicas del mundo y del cielo, entre todas las que escucho desde arriba y desde abajo, yo elijo el concierto para lluvia sola.

Como en misa la oigo, cada vez que se deja sonar en la claraboya de mi casa.

Las nubes

Por las noches, cuando nadie las ve, las nubes bajan al río.

Inclinadas sobre el río, recogen el agua que más tarde lloverán sobre la tierra.

A veces, cuando están en plena tarea, algunas nubes se caen, y el río se las lleva.

Cuando llega la mañana, cualquiera puede ver pasar a las nubes caídas.

Ellas derivan sobre las aguas, lentos barquitos de algodón, mirando al cielo.

El oficio de escribir

De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano.

A mano trabajo cada página, quién sabe cuántas veces, palabra tras palabra, hasta que paso en limpio, en la computadora, la última versión, que siempre resulta ser la penúltima.

Por qué escribo /3

Para empezar, una confesión: desde que era bebé quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía.

Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía.

Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos.

Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas.

Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido.

Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una larga tradición mutiladora.

Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados.

Vivir por curiosidad

La palabra entusiasmo proviene de la antigua Grecia, y significaba: tener a los dioses adentro.

Cuando alguna gitana se me acerca y me atrapa una mano para leer mi destino, yo le pago el doble para que me deje en paz: no conozco mi destino, ni quiero conocerlo.

Vivo, y sobrevivo, por curiosidad.

Así de simple. No sé, ni quiero saber, cuál es el futuro que me espera. Lo mejor de mi futuro es que no lo conozco.

El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015), quien compartió con los lectores de La Jornada la magistral concisión y profundidad de sus Ventanas, como se tituló su colaboración semanal para este periódico, concluyó su último libro un año antes de morir. Acechante, el cronista de los invisibles salió a cazar en esa jungla que habitamos “para mostrarnos –con crudeza, con humor, con ternura–” realidades que no todos logran ver. Así surgió El cazador de historias, que publica Siglo XXI, su editorial de toda la vida. En este libro, quien clamaba por una América Latina Unida para revertir el miedo y la resignación, obsequia un puñado de bellas y poderosas historias que ofrecen pistas de su biografía, de su infancia y juventud, de sus primeros viajes por esa región, de las personas que marcaron su vida y su escritura, así como sus ideas sobre la muerte. Con autorización del sello Siglo XXI, La Jornada ofrece a sus lectores, a manera de adelanto, algunos destellos del arcoíris legado por quien afirmaba: Obedecer a los poderosos, no es nuestro destino. El libro ya empieza a circular en México

Publicado en La Jornada

 

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