Falleció el pianista argentino Mariano Mores, una leyenda del tango

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Compositor central del tango desde que se diera a conocer a fines de la década del 30′, Mores atravesó todas las épocas de la música porteña, habiendo dejado joyas musicales imperecederas como «Uno», «Cafetín de Buenos Aires», ambas con letra de Enrique Santos Discépolo; «Adiós Pampa mía» y «Taquito militar», entre muchas otras.

Muchos no saben que el apellido Mores, adoptado por Mariano Alberto Martínez es el resultado de su asociación artística con las Hermanitas Mores, integrado por Margot y Myrna Mores, en 1936, a las que apoyaba como pianista en sus actuaciones radiales; con la segunda se terminó casando.

Nacido en el barrio porteño de San Telmo en 1918, fue hijo de una pareja fanática del tango que se anotaba en cada concurso que hubiera y un abuelo flautista que insistía para que el chico estudiara algún instrumento musical y se transformara en un artista mayor.

En 1925 la familia -en la que había varias hermanas- se encuentra en Tres Arroyos, ya que su padre era viajante de comercio y el lugar le parecía una buena cabecera de playa para su trabajo, y Marianito recibió como regalo un piano de concierto, en paralelo a unas clases con un profesor local, que le aconsejó abandonar por falta de aptitudes.

Esa decepción fue compensada cuando volvieron a Buenos Aires dos años después, cuando escuchó tocar a la hermana de un almacenero, que era maestra de piano, y ese llamado del instrumento fue transformándose, de a poco, en pasión y estudio.

En 1928 se recibió de profesor de teoría musical, solfeo y armonía en el Conservatorio D’Andrea y en 1929, con la troupe familiar instalada en España, el futuro autor de «Uno» obtuvo una beca en la Universidad de Salamanca para perfeccionarse como pianista clásico cuando aún se lo veía como niño prodigio.

Se presentó en algunos escenarios como Lolo el Compositor Relámpago, capaz de improvisar un tema a partir de lo que el público le solicitaba, pero la cercanía de la Guerra Civil hizo que ese personaje quedara en el olvido y que la familia volviera a la Argentina en 1936, donde al joven artista le esperaba un mundo inesperado.

Una de las músicas que marcó a Mariano a su regreso fue la de Alfredo Le Pera, fallecido un año antes junto a Carlos Gardel en Medellín, al tiempo que la prematura muerte de su padre -un hombre culto y melómano- lo obligó a conchabarse como pianista en el café Vicente, de Corrientes y Carlos Pellegrini.

Por ese entonces compuso la música de «Gitana», con letra de Luis Rubinstein, titular de la Primera Academia Argentina de Interpretación, donde se había inscripto para empaparse de la música local y lugar donde conoció a su futura esposa Myrna y a su cuñada Margot.

Gracias a ese romance nació su primer tango, «Cuartito azul» (1938), con letra de Mario Batistella, ya que se trataba de la vivienda de soltero del músico, en Terrada 2410, Villa del Parque -hoy museo-, pintada por él mismo con cal coloreada con azul de lavar, un elemento de limpieza muy popular entonces.

Junto a las Hermanitas Mores y algunos músicos amigos formó la Orquesta Típica Marianito Mores, que traspasó a ritmo de tango algunos títulos del japonés Masao Koga, se presentó en Radio Belgrano y grabó discos, lo que entre otras cosas lo hizo entrar en tiempos de gran bonanza económica.

Ese fue el comienzo de una carrera de compositor que tuvo títulos memorables como «Uno» y «Cafetín de Buenos Aires», ambos con Discepolín en las letras, «El patio de la Morocha», con Cátulo Castillo, «Grisel» y «En esta tarde gris», con José María Contursi, «Una lágrima tuya», con Homero Manzi, «Tanguera», «Adiós, pampa mía», con Ivo Pelay, «Por qué la quise tanto», con Rodolfo M. Taboada, y las milongas «Taquito militar» y «El firulete».

Ya separado de las hermanas, que abandonaron el canto y se dedicaron a sus vidas maritales, Marianito conoció a Francisco Canaro -quien ya era una superestrella del tango en el país y el exterior a partir de su estadía europea- a través de su amigo Rodolfo Sciammarella y poco después se integró a su orquesta.

Canaro agregó un piano al que ya tocaba Luis Riccardi, nombró a Marianito al frente del coro y le pagó un sueldo de estrella, pese a que el director uruguayo no era conocido por su generosidad pese a la enorme fortuna que había ganado en su carrera.

El nuevo pianista permaneció una década en la orquesta del maestro, participó en su enormes revistas musicales -la primera fue «Pantalones cortos», que catapultó a la fama a «Cuartito azul», que había sido grabada por Ignacio Corsini sin la necesaria consagración- y se transformó en su protegido.

Eso hizo correr la versión de que en realidad Marianito era un hijo no reconocido de Canaro, que no tuvo otros descendientes, pero alimentó a las revistas populares y a los corrillos de la época.

Con Canaro cimentó lo que fue su concepto de orquesta típica de aires sinfónicos, que lo colocó en cierta vereda opuesta, tanto frente a las agrupaciones tradicionales como a las vanguardias que empezaban a nacer, con Astor Piazzolla u Horacio Salgán como representantes notorios.

Su alejamiento de Canaro fue motivado por el debut del aún Marianito en el cine en «El otro yo de Marcela», en la que ni siquiera salió acreditado aunque se lo ve al frente de su orquesta, y que significó un doloroso alejamiento para ambos.

En el intervalo Mores dirigió la Orquesta Estable de Radio Belgrano, aunque desde 1948 planeaba formar una orquesta de «grandes profesores» y cantantes cuyo primer nombre iba a ser Orquesta de Cámara del Tango, y otra mayor, Orquesta Lírica Popular, que iba a mezclar lo clásico con lo popular, con un sonido que se iba a acercar a Hollywood, que fue la que finalmente subsistió.

Ese «sinfonismo» aportaba instrumentos como la batería, la percusión, el arpa, los coros fundamentalmente femeninos, en los que tuvo fundamental importancia del organista Martín Darré, quien aparentemente le dio forma al «sonido» de la agrupación.

Como actor hizo un pequeño papel en «La tía de Carlos» (1946) y dio el batacazo con «Corrientes…calle de ensueños» (1948), donde componía un papel casi autobiográfico, y también se lo vio como galán y/o músico en «La doctora quiere tangos», «La voz de mi ciudad», «Sucedió en el fantástico circo Tihany» y la antológica «Café de los maestros», de 2008.

A lo largo de su carrera produjo y protagonizó revistas teatrales prácticamente continuadoras de lo que hacía Canaro, con elencos brillosos, gran producción en escenografías, vestuarios y efectos, como «Buenas noches, Buenos Aires (1963, después película), «Buenos Aires canta al mundo» y «Yo canto a mi Argentina», de 1973, además de haber protagonizado varios espectáculos «de despedida» en los teatros de la avenida Corrientes a principios de los 90.

Admirado por el presidente Juan Domingo Perón, fue uno de los primeros artistas populares en actuar en el escenario del Teatro Colón -otros eran Alberto Castillo, Hugo del Carril, Nelly Omar, Antonio Tormo- lo que alarmó a las clases altas que solían concurrir allí como un reducto privado, y destacado por Evita, quien señalaba al tango «Uno» como uno de sus preferidos.

Su milonga «Taquito militar», que homenajeaba a un ministro del gobierno, fue estrenada en el Colón en 1952, con enorme repercusión popular, pero la caída del peronismo en 1955 frustró la formación de otra Orquesta Sinfónica Nacional, dedicada exclusivamente al género popular, al tiempo que cambiaba su nombre Marianito por Mariano.

Con el mismo ímpetu que sus padres lo empujaron hacia el arte, Mores incluyó en sus espectáculos a partir de 1966 a su hijo Nito -fallecido en 1984-, a su hija Silvia, su nieto Gabriel y la propia Myrna en pequeñas apariciones, un clan familiar que llegó a tener su ciclo en Canal 9: «La familia Mores».

“Y yo q pensé que eras eterno…Mi súper hombre. Hubiera querido tenerte toda la vida conmigo. Y te fuiste nomás…Y donde sea que llegaste sé que arrancó una fiesta. Con tus hermanos. Con tus amigos del alma. Con tu hijo y el amor de tu vida que hace un tiempo ya te vienen esperando. Y seguro estarás al piano…Llenándolos a todos de tu talento, de tu música, que sí eternamente vivirá”, escribió la conductora de TV y nieta de Mores, Mariana Fabbiani, en Instagram.

Acompañando el mensaje con una foto con su abuelo, completó: “Grande entre los grandes. Héroe de mi vida. Hombre de roble. Tu sencillez y tu don serán mi inspiración siempre. Gracias por los juegos. Por los consejos. Por la alegría. Por tu poderosa fuerza. Cómo te voy a extrañar…Abuelito…Maestro…Buen viaje. Nos hablaremos a través de tu música. Siempre. Gracias”.

«Adiós ABUELO querido!!!! Te voy a extrañar mucho!! pero tu recuerdo y tu música estarán siempre en mi. Gracias por tu ejemplo de Vida. Q.E.P.D», escribió por su parte Gabriel Mores en las redes sociales.

Publicado en Télam

 

AÑO 2011

“Me siento joven, no sé la edad que tengo”

Como esas tribus examinadas por la antropología, aquellas que honran a sus integrantes de mayor edad, el clan Mores se desvive por Su Majestad Mariano. A los 93 años, tiene un séquito de rey, un palacio como hogar y un imperio (musical) consolidado. Los carteles empapelan la ciudad con la leyenda de “despedida definitiva”, pero al monarca del piano no le hablen de retiro, porque -encantadoramente- puede enfurecerse: “Jamás voy a dejar de tocar. No es mi despedida, ¿Quién le dijo eso? Este es un hasta luego, porque si mañana me tocan el timbre para actuar, allá voy”.
Entrevista con platea preferencial, no hay modo de buscar privacidad en casa del compositor de Cuartito azul. Como una sucursal bancaria con puerta giratoria, después de la siesta de Don Mores, entran y salen decenas de personajes: que su esposa, que su hija Silvia, que su sobrino, la asistente, el productor del show, los encargados de prensa, el fotógrafo… y… Timbre estrenduoso: si en la escena faltaba alguien, era Valeria Lynch, que cantará el domingo con él, en el Gran Rex. Todos quieren dejar su bocadillo ante el grabador. Caos. Pero basta que sus dedos rocen el teclado para que ni un mosquito se atreva al zumbido.
Pasados los 90 años, anda con su bastoncito, pero el recoveco del cerebro que atesora su destreza musical, pareciera tener aún 20 años. Velocidad, lucidez, improvisación… Habrá que pensar que es la música una de las fórmulas de la longevidad. “Yo no sé si es la clave, porque no me doy cuenta de cuántos años tengo todavía. Simplemente lo hago porque es mi obsesión. Y porque trato de dejar mi sapienza. Quiero agradecer infinitamente la suerte que Dios me dio de estar con vida y de tener un futuro todavía vibrante”, vaticina.
Dijo alguna vez que tenía una orquesta en la cabeza. ¿A los 93 años sigue pensando en música todo el día?
Sin duda alguna. Me voy a dormir y hasta dormido pienso en la música.
Silvia Mores: Muchas veces mamá lo ve y mueve los deditos. ¿Qué hace? Está componiendo mentalmente dormido o está en un tema. Capaz que estamos viendo televisión en la mesa y él está dale que dale con los deditos.
Mariano: ¿Sí? No me doy cuenta…
¿Sigue tocando todos los días?
No sé si todos los días, pero uso mucho el piano. Tengo dos, uno acá y el otro allá. Y depende del momento, necesito tocar y escuchar. Yo improviso. Casi siempre.
Silvia Mores: Hay que ser realistas. No se puede ser eterno, y él nunca paró. No es consciente de eso. Y no es consciente de quién es, ni de la obra que deja.
Mariano: Yo me programo para seguir dando. Siempre doy todo lo mejor de mí. Esa es la forma en que uno se debe conducir en la vida. A la música no la voy a poder dejar nunca, porque en mi vida la música es todo mi poder. Nací para ella y por ella he conquistado lugares inmerecidos. Y está pegada a mi obsesión, es cantar para mi pueblo con mi piano.
Pausa. Música. Una melodía improvisada que eriza pieles. Besos con ruido de la vehemente Valeria Lynch al agasajado. En esta casa de Recoleta hay demasiada intensidad. Demasiado todo: una decena de testigos de la entrevista, distinciones y trofeos que se caen de las paredes, excesivo ruido, excesivo amor. Y el alto voltaje de Valeria.
“Mi relación con él viene desde mi padre, que era admirador acérrimo y me enseñó su música. Yo en la juventud decía Tango, no. Pero mi viejo me lo inculcó tanto, que cuando yo grabé mi CD de tango, eligí Sin palabras, este tema difícil de cantar”, cuenta Lynch. “Después, lo invité a mi programa de Canal 13, Soñando con Valeria y ahí empezamos a conocernos mejor. Tiene una orquesta en esas manos. Recuerdo que el día que canté el tema en el programa, él además de tocar, me dirigía y me mostraba el camino por donde cantar un tango. Y lo canté diferente. Ese día fue magia. Nunca se lo pude decir. Se lo digo hoy”.
Mores: Qué lindo. Quiere decir que vos sos una feliz intérprete de la música y asimilás lo que te dan.
Nueva pausa. De la mano de Valeria, Mariano, confiesa que sin esa tribu que lo celebra, su carrera no podría haber existido. “Tengo una compañera a la que quiero y todavía pretendo seguir enamorado de ella”, dispara y su esposa no sabe cómo disimular la emoción de semejante declaración de amor.
Mariano Martínez (Mores para todos) ese que mañana recreará su Adiós, Pampa mía, En esta tarde gris, Gricel, Taquito militar y tantos históricos más, desafía a la ciencia. Y a todos esos promotores de shows que anuncian con grandilocuencia la despedida. “Yo me siento joven”, dice, e interna los dedos en su piano, como si fuera el agua. Su fuente de la juventud.«

Publicado en Clarín

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