Muestra conjunta de los grandes muralistas mexicanos Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Siqueiros

La exposición pendiente llegó a Recoleta, al Museo Nacional de Bellas Artes y una docena de personas se encuentran para desembalar las obras de sus cajas, otros se ocupan de instalar la pared de durlok que propone la museografía separando el salón en distintos compartimentos. Carlos Palacios, el curador, se ríe sin querer cuando le preguntamos cómo hizo su antecesor, Fernando Gamboa, aquél curador responsable de las obras de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Siqueiros que con tanto cuidado las colgó en 1973 como un gesto de amistad entre Chile y México pero que de pronto se vio en el aprieto de guardar todas las obras de inmediato. ¿Acaso las guardó el sólo? “No”, responde Palacios, “lo hizo junto a un vigilante”. Nada menos que hace cuarenta y dos años dos hombres angustiados por el fin del mundo se disponían a guardar centenares de obras que estaban colgadas en las paredes del Museo de Bellas Artes de Santiago y con dos o tres clavos –los indispensables– volvían a cerrar las cajas que, rápido como un exiliado, debían llegar al aeropuerto. Nada de aduanas, papeletas ni trámites. La prisa obligaba a no pensar demasiado las cosas, si es que se quería salvar a esas obras.

Victor Jara no tuvo la misma suerte: el golpe de Pinochet al gobierno de Salvador Allende era un hecho y mientras balaceras marcaban las paredes del centro de Santiago, el cantante fue recluído junto a otros miles en el único espacio que era lo suficientemente grande para marcar en la imaginación esa represión inaudita que estaba por venir. Lo llevaron al Estadio de Chile, que hoy lleva el nombre de Jara, donde lo quemarón con cigarrillos y lo mataron. El fin del mundo se cernía sobre Chile y otra gran obra, un mural del largo de una fragata que pintara Roberto Matta en una pileta pública, sería cubierto por más de 16 capas de látex en los años sucesivos. La vida estaba en juego y el arte era considerado un enemigo público. Quizás por eso en noviembre de 2015, cuando los cuadros mejicanos volvieron a Santiago de Chile, una partecita del orgullo latinoamericano se acomodó de nuevo y desde el martes pasado esas obras también se pueden visitar en Buenos Aires. Para constatar la fama de esos tres gigantes del muralismo, que se asoman aquí a través de cuadros, haremos un recorrido que no proscriba sus muros más festejados.

En uno de esos muros distantes, Rivera se pinta como un niño tomado de las falanges de una señora calavera que homenajea con admiración a Guadalupe Posada y mientras el niño camina una rana intenta salirse de su bolsillo. Para contar la historia completa hay que ir a Italia allá por 1915, donde Rivera y Siqueiros contemplan boquiabiertos el yeite que los renacentistas han logrado combinando populosos frescos en seductoras perspectivas que por poco se funden en los edificios que las cobijan. El ministro Vasconcelos, responsable de la cultura post Revolución mexicana, les ofrece a los pintores en los años ‘20 un edificio público y como el resultado es tan estimulante, continúan los encargos. La mayoría de la población no sabe leer, las imágenes se vuelven una suerte de contrato social. Allí queda registrado, luego de Pancho Villa y Zapata, el nuevo espíritu de México. En los murales aparecen los grandes mercados aztecas, el fuego de la conquista, el trabajo forzado en la colonia, la guerra por la independencia y la larga dictadura de Porfirio Díaz; aparecen hasta los médicos tomando placas de rayos en la sociedad contemporánea. Hace falta síntesis para pintar la historia de un país y si la sintesís no funciona habrá que pintar muchas más paredes.

Rivera tiene una anécdota muy famosa con Rockefeller cuando el millonario, atraído por la popularidad del pintor, lo invitó a hacer un trabajo en su célebre edificio de Nueva York. Diego Rivera retrató a la industria por intermedio de un hombre que maneja una extraña y monumental maquinaria pero hete aquí que a su lado aparece Lenin rodeado de trabajadores. Al magnate no le gustó nada y le pagó el trabajo, pero para quedarse tranquilo y poder destruirlo. Para quien crea que ser muralista implica el paso a una laureada posteridad esta historia canta la posta: cuando pintás paredes, el desapego hacia la obra es fundamental. Rivera tuvo revancha más tarde y volvió a hacer ese mismo trabajo en México. En la muestra su obra está representada escasamente a través de unas pocas pinturas cubistas de la época en la que vivía en Paris y seguía los lineamientos de Braque y Picasso. Son obras delicadas que muestran a un Rivera estudioso y muy atento a los lenguajes europeos en boga.

A su lado, José Clemente Orozco crece mostrando amplitud y variedad de registros. La serie de tintas y grabados que recuerdan la Revolución son rapidamente linkeados en la memoria colectiva a los desastres de la guerra de Goya, que también fueron expuestos en esas mismas paredes. Orozco observa la revolución desde una mirada imparcial que registra el destierro, los hombres colgados o amontonados en grandes fosas: lo hace sin elegir bando, exponiendo el sinsentido de la guerra y lo sórdido del día después.

La exposición pendiente es generosa con Orozco: hay pinturas para todos los gustos, lienzos que retratan puentes, edificios con una paleta que se deja llevar por el color para luego volver a elaborar temas más provocadores. Uno de los cuadros más fuertes suyos incluidos en la exposición tiene como protagonista a un Jesús que ha dejado caer al piso su corona de espinas y que, gracias a un hacha, logra destruir la cruz. Es un cuadro tan atrevido como fantástico que revela hasta qué punto los muralistas fueron una continuación de Villa y Zapata por otros medios.

Si hay alguien que llevó al extremo esta vertiente libertaria y agitadora fue Siquieros y lo tuvo que lamentar con varias temporadas en prisión. Es conocido en el Río de la Plata por haber estado casado con una uruguaya y por el affaire que lo impulsó a hacer un mural expansivo en el sótano de la casa de Natalio Botana. “Ejercicio plástico”, tal es el nombre de la obra estuvo a punto de perderse a bordo de un container que actualmente descansa en la ex aduana Taylor. Una maqueta de la obra junto con un boceto y algunas fotografías abren el juego hacia la influencia del muralismo mexicano en la escena local, capítulo que cura Cristina Rossi. Ahí se ve que Berni es quien más rapidamente se pronuncia no sólo por la temática sino incorporando, a la vez, la agigantada escala en sus bastidores. A la vuelta se puede ver una imagen recortada con premura que es nada menos que el pecho desnudo de una mujer pintado por Siqueiros. Parece un estudio o, más bien, un cuadro para venderle a algún mecenas, la otra versión, la versión mural acaso la versión ¿populista? se encuentra en el Museo del Palacio de Bellas Artes donde ese plano abierto que tanto enfatiza como sugiere aquel dicho de que mujer bonita es la que lucha. Esta señorita brota con un grito desde lo profundo de un volcán y con pesados grilletes parece reclamar otra vida. La potencia visual de la obra sacude el hormigón del museo mexicano como los hinchas de Boca mueven las tribunas de la Bombonera.

“En nuestras pinturas –dice Rivera– el protagonista es el pueblo”, pero es un pueblo que no es del todo consciente de su protagonismo, avanza formando una muchedumbre sin disciplina ni lugar certero donde descansar. Como testimonio está la foto en donde Zapata y Pancho Villa comparten el sillón presidencial en un DF que han tomado para luego abandonar sin pretensiones de extender su poder a la capital. No son los líderes los que trascienden sino el reclamo, que a través del tiempo irá tomando distintas voces y esfuerzos para darle una forma más justa a la vida. Una justicia que incluye el reparto de la tierra, los derechos de los trabajadores urbanos, la educación gratuita de la mayoría y la comunión que hace posible una nueva cultura integradora.

A los ojos del 2016 la iconografía nacional se encuentra en una encrucijada, porque hoy la grandilocuencia en las imágenes no es garantía de empatía y, como con simpatía confesó Tulio de Sagastizabal sobre la obra de Siqueiros en la inauguración, a veces “es como si las pinturas vinieran con parlantes”. Cada época exige su propia sintonía fina. La audacia de los muralistas envalentona y ayuda a la imaginación al rememorar un tiempo en el que el arte fue tan central que ayudó a establecer un imaginario común. Porque los muralistas no son meros mediadores: hay que recordarlos colgados de los andamios aún cuando a Orozco le faltaba una mano y con la otra debía -–justamente— pintar. Ahí los encontramos creando perspectivas imposibles para llevarnos a un más allá en donde con suerte el arte sigue siendo ese fruto sagrado que procura la unión. Porque como escribió Netzahualcóyotl hace tantísimo tiempo todavía hace falta que “el buen pintor divinice con su corazón las cosas”.

Orozco, Rivera, Siqueiros. La exposición pendiente se puede visitar en el Museo Nacional de Bellas Artes, Avda. Del Libertador 1473, de martes a viernes de 11:30 a 19:30, y sábados y domingos de 9:30 a 19:30. Hasta el 7 de agosto.

Publicado en Página 12

“La exposición pendiente” de Orozco, Rivera y Siqueiros llegó a Buenos Aires

“La exposición pendiente”, un conjunto de pinturas, dibujos y grabados de los artistas mexicanos José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, que planeaba abrir sus puertas el 13 de septiembre de 1973 en Santiago, Chile, pero fue cancelada debido al golpe de Estado y asesinato de Salvador Allende, cobró vida 43 años después en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

Las 76 piezas -en su mayoría bocetos y dibujos preparatorios de murales- provienen de la colección Carrillo Gil de México y representan casi la mitad del total de obras que el curador Fernando Gamboa llevó en los años 70 al Museo Nacional de Bellas Artes de Chile. Allí estuvieron montadas durante 17 días sin que nadie pudiera verlas, hasta que logró, con la ayuda de un guardia de seguridad, embalarlas y regresarlas a su país de origen, en un avión salvoconducto.

La suerte o el azar quisieron que el primer curador de esta exposición fuera un hombre obsesivo, de permanente afección a registrar con una grabadora y a anotar en su diario personal cada detalle de la muestra. Esto permitió a los investigadores reconstruir y restablecer la ubicación exacta que cada pieza tenía en la muestra original. En las grabaciones de Gamboa se escuchan incluso cómo los aviones sobrevuelan la plaza central de Santiago y el avance de los tanques. Cuando quiso salir corriendo del hotel a resguardar las obras, un carabinero se lo impidió.

“La historia es buenísima -se entusiasma el actual curador de la exposición, el mexicano Carlos Palacios, durante una entrevista con Télam-; entonces este hombre se queda solo, va al museo y encuentra a un vigilante, que está vivo y hace poco nos dio una entrevista. Y entonces Gamboa, solo con este señor, embala y guarda de regreso en las cajas las 168 obras. Logró salir de Chile, rumbo a México, el 27 de septiembre, con las obras intactas”.

Pero hay más en esta historia de ribetes míticos: el texto de sala de la exposición, que en ese entonces tampoco nadie pudo leer, había sido obra del poeta chileno Pablo Neruda. “Fue el último texto que escribió en su vida”, acota Palacios.

“Tres hombres” llevaba por título aquel papel, mecanografiado y firmado de puño y letra por Neruda, en septiembre de 1973: “Me tocó convivir con ellos y participar de la vida y de la luz de México deslumbrante. Si me asombraron con su fuerza y su ternura en su patria, aquí verán en la mía el fervor de los chilenos. El fuego de esta pintura que no puede apagarse sirve también a nuestras circunstancias: necesitamos su telúrica potencia para revelar los poderes de nuestros tiempos”, dice un fragmento.

¿Y qué significación tenían los muralistas mexicanos en el Chile de aquel momento? “Es la visión de un pueblo heroico, las figuras populares de la revolución mexicana encarnan un mito, que es el mito del pueblo organizado, del pueblo que se levanta en armas, del pueblo triunfal”, exclama el curador, mientras se pasea por la sala y señala algunas piezas clave como “Primera nota temática para el mural de Chapultepec” de Siqueiros, o “Retrato de Pancho Villa” de Orozco.

La Argentina es el segundo destino de esta exposición que vio la luz por primera vez a fines del año pasado en el Museo Nacional de Bellas Artes de Chile, y que incluye 76 obras realizadas entre 1912 y 1958. “Redujimos el número de obras para dinamizar y actualizar la museografia, ya que la de Gamboa era una museografía clásica, de pinacoteca. Pero mantuvimos el espíritu y el esquema de montaje original”, recalca Palacios.

En su desembarco en el Museo Nacional de Bellas Artes la exposición incluye un segundo núcleo, titulado “La conexión Sur”, con curaduría de Cristina Rossi, que registra la trama de intercambios que tejieron los tres maestros mexicanos con el medio y los artistas argentinos: pinturas, dibujos, esculturas, grabados, bocetos y documentación de acciones realizadas por Antonio Berni, Carlos Alonso, Lino Enea Spilimbergo, Demetrio Urruchúa y Juan Carlos Castagnino, entre otros.

 

Publicado en Río Negro

Tres muralistas mexicanos: una visita que tardó 43 años

No hace falta recorrer 7000 kilómetros para conocer a José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Los tres grandes nombres del muralismo mexicano son protagonistas, en el Museo Nacional de Bellas Artes, de una muestra que se planeó hace más de 40 años y que un golpe de Estado dejó trunca hasta hoy, cuando finalmente se puede ver en el país: La Exposición Pendiente y La Conexión Sur.

Así llegó a Chile en 1973. Iba a inaugurarse el 13 de septiembre, pero dos días antes estalló el golpe de Estado de Augusto Pinochet, por lo que la muestra no abrió sus puertas y las obras volvieron a embalarse.

Las obras volvieron a embalarse y se guardaron en el depósito del museo: dos días más tarde el edificio fue ametrallado por cuatro tanques del ejército. Las obras no sufrieron daños de milagro, y le llevó febriles diez días al muséografo Fernando Gamboa sacar clandestinamente las obras atrincheradas en el país vecino.

En 2015, la exposición volvió al Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago y se pudo saldar esa deuda de cuatro largas décadas. Y ahora llega a Buenos Aires, ampliada con la mirada de los artistas argentinos que unieron su voz en una misma temática: el dolor social.

El Siqueiros porteño

En 1972, el estado mexicano compró la colección y el edificio donde se exhibía, y desde entonces el tesoro del doctor Carrillo Gil es patrimonio público. Por eso, de las 169 obras que originalmente componían el envío, sólo llegaron al país 76. El gobierno mexicano no autoriza el traslado de una cantidad tan grande de piezas de su patrimonio todas juntas.

Para ver en su esplendor a los tres grandes muralistas, sí, hay que viajar y visitar el Palacio Nacional, el Palacio de Bellas Artes o el Colegio de San Ildefonso en el DF mexicano, donde estos maestros repasan la historia de su país en vigorosas pinturas de pared, tan inmensas y elocuentes que cortan el aliento. Pero en Buenos Aires también hay uno: Ejercicio plástico, que Siqueiros encaró en 1933 en un sótano, junto con Lino Enea Spilimbergo, Enrique Lázaro, Juan Carlos Castagnino, Antonio Berni y el cineasta León Klimovsky. Hoy se exhibe en el Museo del Bicentenario y en la exposición del MNBA se lo señala con una maqueta.

La muestra se organiza en cuatro momentos: el retrato, los horrores de la guerra, la mirada social y las experiencias muralistas. «No es una acumulación de obras sino un relato coherente de la escuela mexicana», dice el curador Carlos Palacios, de origen venezolano.

La primera sala reúne retratos realizados por los tres maestros, en el que se destacan las obras tempranas de Rivera de su etapa cubista en París. De Orozco se exhibe un conjunto de tintas, la serie Horrores de la revolución, que remite a los grabados de Goya. «Plantea escenas terribles de la revolución mexicana, los barbarismos de la guerra e injusticias sociales», señala Palacios.

Luego, pintura de caballete de Orozco y Siqueiros en dos salas enfrentadas. «Siqueiros no sólo se problematizó en su discurso teórico programático en relación con el mural -las ideologías que reflejaba en su programa iconográfico- sino también en la construcción de un lenguaje plástico innovador, una voluntad de riesgo compositivo basada en los materiales.» En Orozco no está la masa organizada de Siqueiros: «Son masas injustas, un pueblo que humilla al mismo pueblo». Sus paisajes se acercan a la abstracción, y esto se relaciona con un viaje a Nueva York, donde también conoce el Guernica de Picasso. Orozco le dedica una publicación y lo evoca en un cuadro.

Otro espacio está en relación directa con el muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros: reúne, por ejemplo, una nota pictórica para el gran mural de Rivera en el Castillo de Chapultepec, actual Museo de Historia mexicano. También, de Siqueiros, un croquis de lo que será el imponente Tormento de Cuauhtémoc del Palacio de Bellas Artes y un estudio del torso de su mujer, Angélica Arenal, que será protagonista de otro, La Nueva Democracia.

La conexión sur, el segundo núcleo de la exposición, curado por Cristina Rossi, registra los intercambios que tejieron los tres muralistas mexicanos con artistas argentinos a partir de los años 30 y 40. Una campesina de Demetrio Urruchúa, un campesino herido de Berni y más obras de Raquel Forner, Spilimbergo y Gertrudis Chale. Se recuerda la experiencia de los murales de las Galerías Pacífico, uno de los pocos muros prestados a los artistas en comparación con la profusión mexicana (la solución argentina fue optar por los murales transportables o pinturas de grandes formatos).

De las décadas del 60 y 70 hay imágenes de los tiempos de la represión: Siqueiros encarcelado, la autopsia del Che Guevara, según Carlos Alonso, torturados de Castagnino y Juan Carlos Distéfano, y más trabajos de Juan Carlos Romero, Raquel Forner y Diana Dowek. La misma trama densa de reivindicaciones sociales y respuestas estéticas. Observa Rossi: «La búsqueda tenía que ver con el imaginario nativo, el rol de la mujer en la lucha y la representación del horror de la guerra y el anhelo de paz… La cuestión de la resistencia es central». Y analiza también: «Es cierto que Siqueiros fue el único que en 1929 y 1933 visitó el área rioplatense, pero -teniendo en cuenta las comunicaciones de la época- no es menos cierto que las noticias sobre Rivera -como las vicisitudes que sufrió en 1933 su mural del Rockefeller Center- circularon en las revistas locales casi simultáneamente a los hechos. En cada uno de nuestros países, los artistas enfrentaron una realidad particular a la hora de elaborar las imágenes que gravitarían sobre su construcción de «lo propio»; sin embargo es innegable que determinadas circunstancias que afectaron al continente hermanaron sus voces».

«Esta muestra posee un significado que trasciende el ámbito de las artes, y tiene algo de reparación, de justicia histórica. A la vez, permite interrogar esas poderosas visiones bajo la pregunta por el devenir de las artes y de los pueblos latinoamericanos en un nuevo contexto histórico», dice Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes, que logró traer la muestra gracias a un esfuerzo conjunto de México, Chile y la Argentina, el Museo de Arte Carrillo Gil, del Museo de Bellas Artes de Chile, y de la Asociación Amigos del MNBA, clave para reclutar patrocinantes.

Mayo, bien mex

Un menú de actividades acompañan la exposición

La muestra

Orozco, Rivera, Siqueiros. La Exposición Pendiente y La Conexión Sur se inaugura hoy, a las 19, y se podrá visitar hasta el 7 de agosto, en el MNBA (Av. del Libertador 1473). Entrada gratuita. Visitas guiadas y charlas didácticas.

Charlas y debates

Los sábados, a las 15.15, «Hablemos de arte», un debate con el público sobre las obras de Orozco, Rivera y Siqueiros. El domingo 15, a las 17.30, conferencia «La obra mural y su integración con la vida cotidiana», a cargo del escultor Antonio Pujia, Analía Romero y Nicolás Ramón Boschi, del proyecto América en Colores. El 27, a las 19, Ana Martínez Quijano se referirá a «El mural de Siqueiros en la Argentina».

Reversionar a los maestros

Este sábado, a las 15.30, en el encuentro «Si yo fuera. Rivera», se creará una obra colectiva, inspirada en los muralistas mexicanos. También los sábados, a partir de las 17.15, taller para reversionar piezas de la exposición.

Pantalla azteca

Los viernes, a las 19, en el auditorio de la Asociación Amigos del Museo (Av. Pres. Figueroa Alcorta 2280), se programó un ciclo de cine mexicano. Todos los títulos enhttp://cine.aamnba.org.ar.

Publicado en La Nación

 

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