El maestro del trombón

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Por Arturo Peña – Fotos Wilfrido Ortega

Llegamos y apenas tras el saludo el maestro tomó su trombón y soltó una breve improvisación con aires jazzísticos. Fue como una combustión espontánea. La atracción natural entre dos elementos, metal y carne, que se conocen desde mucho tiempo.

Hace más de 40 años que esa magia ocurre, cotidianamente, entre el maestro Remigio Pereira y su trombón. Desde sus inicios, a los 11 años, en la Banda de la Policía Nacional, su prolongada y prolífica carrera musical, hasta hoy, en su rol de músico solista de trombón y arreglador de la Orquesta Sinfónica Nacional del Paraguay.

Hijo de una leyenda de la cultura paraguaya, don Arturo Pereira, el “Ravalero de Punta Karapa”, Remigio acunó de su padre muchas enseñanzas de música y de vida, invalorables legados de una familia de músicos y luchadores. Hoy todos esos aprendizajes los imprime en su visión de la música, de su música, lo que más ama en la vida.

-José Asunción Flores se inició en la Banda de la Policía tocando el trombón. Tu padre también fue de esa escuela y un gran defensor de la obra de Flores. Lindas coincidencias musicales.

-Yo, igual que Flores, entré como aprendiz de la Banda de la Policía a los 11, y me quedé más de 30 años. Soy jubilado de ahí. Estando en la banda estudié con el maestro Rudencindo Lugo, que era compañero musical de Flores. En las rondas de tereré, él nos contaba muchas anécdotas que vivieron juntos. El director entonces era Carlos Villagra, también estaba el maestro Pino, el maestro Cañete, que eran glorias de nuestra música. Yo estudié con ellos. Fue una época maravillosa, estar con todos esos genios. Papá entró después ya de Flores. Tengo también varios tíos, hermanos de mi papá, que integraron la agrupación, como Américo Pereira, que fue un gran clarinetista, y Amado Pereira que fue solista también.

Recuerdo en una época, entre el 73-74, íbamos a las retretas, primero me llevaban para cargar los atriles y después ya fui como músico. La retreta era uno de los principales medios, bueno, estaba la radio también, pero era una de las formas más tradicionales por las que se difundían importantes obras de la música paraguaya. De hecho, Flores empezó a difundir sus creaciones a partir de la Banda de la Policía.

-¿Siempre tocaste el trombón exclusivamente?

-Sí, siempre toqué el trombón. Hice algunas incursiones con la trompeta, llevado más por las necesidades… (ríe al recordar). Cuando aparecieron los discjokeys, las orquestas populares terminaron. Yo estaba en el Equipo 87, trabajábamos muchísimo en los grandes bailes. Luego eso terminó y también se redujo el trabajo para las orquestas. Entonces incursioné en muchas otras cosas. Por ejemplo, comencé a tocar trompeta en un conjunto mariachi. Estuve en un local sobre la avenida Eusebio Ayala durante cinco años. En otra época llegué a tocar el contrabajo en el conjunto del maestro Agustín Barboza. Pero, obviamente, para mí el trombón es el amor de mi vida.

Otra de las mejores épocas fue cuando toqué con Alejandro Cubilla y su Banda Koygua. En ese tiempo, también estaba mi papá en el conjunto y fue una época de las más lindas, porque fuimos partícipes de muchos eventos importantes y también del movimiento político de esa época. Acompañábamos a los movimientos campesinos en lugares donde había verdaderos conflictos y con la Banda Koygua viví de cerca todo ese tiempo. Yo tenía 20 y poco años, era principios de la década de los ’80. Llegué a ir a grandes festivales con Alejandro Cubilla, a Mar del Plata, Quito, Cosquín.

-O sea, fuiste músico de banda folclórica mucho tiempo. Ahora ese tipo de agrupación casi desapareció.

-Hoy en día las bandas populares ya no existen. Y todo eso tiene que ver en gran medida con las políticas culturales que realmente no responden a lo que es nuestra historia. Toda esa historia no está plasmada en ningún lado, especialmente la de las bandas populares. Mi padre escribió un libro que se lanzó ya después de su partida, “Origen social de la música popular paraguaya”, donde describe esa parte de la historia y justifica la existencia de las bandas populares en el desarrollo de la música paraguaya.

Las bandas militares, por ejemplo, desaparecieron. Y son elementos que hicieron parte principal de la cultura y la difusión de nuestra música. Podemos decir que son tiempos nuevos, la tecnología, etc., pero estoy seguro que si ponés a tocar música paraguaya con una bandita en una plaza, la gente va a salir a bailar. Yo no sé por qué no se puede seguir con esas cosas.

De ahí desaparecieron muchos elementos que hacen a la parte musical, que hacen a la cultura paraguaya. Desaparecieron nuestras orquestas típicas. Yo recuerdo que el elenco cultural de la Municipalidad de Asunción antes tenía un grupo impresionante de músicos, dirigidos por un maestro de apellido Medina. Era un conjunto grande de cuatro bandoneones, violines… Hoy día creo que sigue funcionando con un grupo básico de músicos.

-Hiciste, y seguís haciendo, repertorio popular, jazz, clásico….¿ Dónde te sentís más cómodo?

-Realmente yo tengo formación clásica. Estudié en la Escuela de Música de Brasilia, pero también hago mucha música popular, jazz… Hoy día el músico tiene que estar preparado para tocar todo, las formaciones se diferencian seguramente dentro de lo académico, pero un músico tiene que hacer música. Además, en algunos lugares se gana bien, pero a veces no lo suficiente. Se dice luego que la música es “el arte de combinar los horarios”…. (ríe). Uno tiene que estar haciendo de todo un poco a veces.

Hoy sigo en la Orquesta Sinfónica Nacional, donde estoy desde que se fundó, soy solista de trombón y también arreglador. En su momento estuve en la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción. Otra actividad importante para mí es la Trombonanza, un gran festival con conciertos y cursos de alto nivel que se hace desde 17 años en Argentina. Estoy ahí desde el comienzo como profesor y he compartido con los mejores trombonistas del mundo.

Personalmente no me puedo quejar, siempre hice lo que me gustaba. Yo me siento dichoso y también muchas personas que hacen esto y viven de esto, porque da gusto despertarse con música y dormir con música, que es lo que a uno le gusta, lo que me gustó siempre.

-También tenés una faceta de compositor.

-En estos últimos diez año sobre todo, estuve trabajando en eso. Ya se han estrenado varias obras mías. Hay un concierto sinfónico para trombón y orquesta que se estrenó con la Orquesta de Santa Fe, en Argentina; acá en la Sinfónica Nacional se presentaron varias, una de las últimas fue “Kamba kua sinfónico”.

En octubre voy a dirigir la orquesta y se va a ofrecer un repertorio de obras mías íntegramente. Algunas se estarán estrenando en esa ocasión.

Voy haciendo composición en paralelo. Aunque lo ideal para nuestra música es que hubiera compositores de tiempo completo, porque hay una necesidad de composiciones nuevas. Como colectivo, tenemos que producir. En mi caso, no tengo una formación académica en composición, tengo estudios hechos con maestros como Florentín Giménez o con mi padre. Hay una falta de creadores, tiene que haber más gente que con toda su locura venga y diga: Esto es lo que yo hago.

Esto también se debe en parte a la gran influencia de la música europea que todavía tenemos. Buena parte del calendario de las orquestas sinfónicas es de música europea, casi nada nacional. Pero está cambiando de a poco. En la Sinfónica Nacional ya hay un porcentaje importante de obras latinoamericanas y nacionales. Hay muchos compositores nuevos, jóvenes, muy interesantes, que todavía no tienen ese espacio. Pero eso únicamente se puede hacer como parte de una política pública cultural de Estado.

-¿Pensaste en escribir sobre tu experiencia, tu visión de la música?

-Ahora que siento un poco ya algún cansancio físico, con los años, me dije: Tengo que buscar algo para hacer en mi casa, me voy a poner a escribir.

Estoy trabajando en un ensayo sobre los músicos de antes. Hay muchas historias de las bandas populares, de grandes músicos, que se perdieron. Fijate el caso de Rubio Gómez, por ejemplo, que fue solista de la OSCA y tocó con la orquesta de Mauricio Cardozo Ocampo. Fue un músico increíble que ni siquiera a Clorinda cruzó probablemente, pero hizo cosas maravillosas, y su historia nadie conoce. Francisco Alvarenga dejó obras impresionantes que no se estudian ni en los conservatorios.

Mi papá escribió muchas cosas después del ’89, porque antes de eso no podía escribir nada a causa de la dictadura. Recuerdo que cuando éramos mitã’i venía la policía a casa, entraban y rompían todo. Muchos músicos empezaron a escribir lo poco que se pudo en aquella época. Pero faltó mucho. Mi viejo tenía tantas ganas de seguir escribiendo… Me gustaría seguir ese legado también.

Publicado por La Nación
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