Eduardo Halfon: «La literatura, como la música, aspira a ser extática»

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Dice uno de sus cuentos: “Pensé en decirle que todos nuestros viajes son en realidad un solo viaje, con múltiples paradas y escalas. Pensé en decirle que todo viaje, cualquier viaje, no es lineal, ni circular, ni concluye jamás. Pensé en decirle que todo viaje es un despropósito”: Este libro es, además, literatura de viajes. Cada cuento es un país o un pueblo distinto, ¿viajar es escribir?

Con la edad, me he convertido en un mal viajero. Me mareo en aviones. Duermo mal en hoteles. Cuento los días, esté donde esté, para volver a la seguridad de mi casa y mi rutina. Pero es precisamente esa inseguridad, esa vulnerabilidad que sentimos al estar lejos de lo nuestro, lo que nos deja más expuestos a impresiones y sensaciones nuevas. Pero esas impresiones y sensaciones nuevas, para mí, se esfuman si no las escribo. Quedan incompletas. Ponerlas en palabras las completa, las impregna de sentido. No sé si viajar es escribir. Pero sí sé que hay una relación muy íntima entre las dos cosas.

Me da la impresión de que su personaje central (el personaje central de casi todos sus libros, el personaje que es usted mismo) tiene una crisis de identidad, es un eterno extranjero. No le creen que sea guatemalteco ni se siente a gusto en Guatemala, pero tampoco se siente muy integrado en otras partes…. ¿Qué hay de él, está perdido?

Creo que yo viajo tanto o mi narrador viaja tanto, al menos en parte, debido a ese sentimiento de extranjería en todos lados. Acaso buscando siempre algo que nunca he tenido. Acaso por una sensación permanente de desarraigo. Yo nací en Guatemala, pero nos fuimos del país con mi familia en 1981 –el día de mi décimo cumpleaños – a Estados Unidos, donde crecí y terminé mis estudios de colegio y universidad. Desde entonces he estado errando. O quizás desde antes. Recuerdo cómo, de niño, creciendo en la Guatemala de los años setenta, me sentía siempre fuera del tejido nacional. Mi familia era judía, en un país donde no habían muchas familias judías (cien, se suele decir). Yo era un niño judío en un país profundamente católico. Todas las costumbres, los feriados, los rituales y las fiestas de mis amigos giraban en torno a una religión que no era la mía. Podía ver el partido desde el graderío, pero tenía prohibido jugar. Luego huimos a Estados Unidos y, aunque ahí el partido era otro, continuaba en mí ese mismo sentimiento de extranjería o desarraigo, incluso ahora de mi lengua materna, la cual también fui perdiendo durante los próximos doce años. Y aún conservo esa profunda sensación de no pertenecer, de verlo todo desde afuera, de jamás llegar a sentirme parte del lugar en donde estoy, de ser un hombre sin tierra propia. Pero de alguna manera, en mis páginas, la sigo buscando.

Eduardo Halfon se parece a su abuelo en ese “amor-odio por su país”: “Un judío nunca debería ir a Polonia”. ¿Usted quisiera volver a vivir en Guatemala?

Yo nunca he dejado de vivir en Guatemala, o al menos en esa Guatemala de mi memoria. Aunque me fui del país en el 81, cuando tenía 10 años, en realidad nunca me fui. Ahora llevo una década fuera, trabajando y escribiendo entre España y Estados Unidos, pero aquí sigo. Aquí está mi casa. Aquí están mis familiares y mis libros y mi nostalgia y mi memoria. Uno no decide dónde nacer, ni dónde pasar su infancia. Yo sigo viviendo aquí, ahí, en esa Guatemala. Y esa Guatemala, viaje a donde viaje, siempre la llevo conmigo.

Y dice que la primera canción que aprendió era el himno nacional…

Eso cuentan en mi familia, que la primera canción que aprendí fue el himno nacional. Que me sentaba en una grada a cantarlo, cuentan. Pero no creo que sea cierto. ¿Qué niño es capaz de aprenderse una canción tan larga?

En unos de los cuentos, en el área rural de Guatemala, el personaje dice tratar de evadir “su propia indolencia”, “la indolencia de un país entero”. No existe, sin embargo, esa indolencia cuando se trata de la tragedia judía, ¿es que los guatemaltecos aún no logramos dimensionar nuestra tragedia?

No es solo que los guatemaltecos no logremos dimensionarla, es que aún hay algunos aquí que ni siquiera quieren hablar de ella, o que la niegan, o que insisten en que esa tragedia nunca pasó. Imposible, entonces, no hablar de la indolencia de un país entero.

Su personaje se encuentra con una escena impresionante de una carnicería en Sipacate y quiere escribirla, como si fuera un pintor que saca un papel y hace un boceto. ¿Usted escribe a partir de imágenes?

Sí, escribo a partir de imágenes, como si estas fuesen fotos en un álbum que quiero mostrar. El número tatuado en el antebrazo de mi abuelo. La llegada con mi hermano al aeropuerto de Tel Aviv. Una jaula de bambú en Sipacate. Etcétera. Al empezar a escribir cualquier cuento o historia, lo único que tengo claro es una imagen. No sé nada más. No sé qué historia quiero contar, ni qué tan larga o corta será, ni a dónde me llevará. Solo tengo una imagen, y quiero dársela al lector. Pero quiero darle una imagen no pintada ni descrita. La literatura no es un ejercicio de descripción, sino de emoción. Quiero que el lector sienta esa imagen conmigo. No que vea el tatuaje en el antebrazo de mi abuelo, sino que sienta la zozobra de la historia de ese tatuaje. No que vea el ambiente de un aeropuerto israelí, sino que perciba el calor y la desidia de estar ahí. No que vea una jaula de bambú en Sipacate, sino que se sienta adentro de esa jaula, prisionero de algo. La literatura, como la música, aspira a ser extática.

Alan Pauls dice que para él no existe la página en blanco, que de hecho siempre parte de una página “demasiado escrita”. Quizá eso le suceda también a usted, ¿vuelve a una página escrita?

Yo más bien vuelvo a escribir siempre la misma página. Como si mis libros fuesen variaciones sobre un mismo tema. O como si en realidad solo quisiera escribir una historia, mi historia, y la escribo infinitamente, en cada libro, en cada página. Isaac Bashevis Singer decía que en todos sus escritos contaba la historia de su vida, una y otra vez.

De hecho da la impresión de que usted está escribiendo una gran novela repartida en muchos libros es algo que se podría reunir en un solo volumen y tendría un hilo, una coherencia, ¿es algo espontáneo o planeado?

Absolutamente espontáneo. Aunque los primeros pasos los di en libros como El ángel literario y Esto no es una pipa, Saturno, no fue hasta que publiqué El boxeador polaco, en 2008, que el proyecto empezó a formarse ante mí, o que yo empecé a percatarme de que había un proyecto mayor, más allá de unos cuantos relatos. Ese libro, de escasas cien páginas, son seis cuentos narrados por ese otro Eduardo Halfon que tanto fuma y tanto viaja y que algo está persiguiendo o buscando. Seis cuentos que van acercándose, poco a poco, con más miedo que cautela, a esa historia que me resistía a escribir: una historia sobre la herencia testimonial de un abuelo a su nieto, sobre el poder salvador del lenguaje, sobre un boxeador polaco que se impuso y terminó por darle título no solo al libro, sino quizás al proyecto entero. Porque sin haberlo yo planificado ni previsto, y casi a pesar mío, ese libro breve empezó a crecer. Dos años después de su publicación, uno de los seis cuentos, “Epístrofe”, ahora reescrito, se convirtió en capítulo de mi próximo libro, La pirueta, que es, entre otras cosas, un viaje a Serbia y al mundo del jazz y la música gitana. Unos años después, otro de los seis cuentos, “Fumata blanca”, también reescrito, se convirtió en capítulo de mi libro Monasterio, que es, digamos, un viaje a Israel y al mundo de la religión y la intolerancia. Mi nuevo libro, Signor Hoffman, cuyas raíces están en los anteriores, es un conjunto de cuentos, de falsas identidades, de itinerarios de viaje: al sur de Italia, a aldeas y pueblos de Guatemala, al Harlem de Nueva York, a la ciudad natal y para nosotros prohibida de mi abuelo y aquel boxeador, en Polonia.

¿Cómo le ha ido con las traducciones de sus libros?

Pues es ahí, en las distintas traducciones, donde empieza a hacerse evidente la idea de una sola novela, escrita por partes. Las ediciones en inglés y alemán de El boxeador polaco, por ejemplo, incluyen La pirueta; la edición italiana incluye Signor Hoffman; la edición japonesa incluye La pirueta y Monasterio; ahora mismo estamos armando la edición croata. Es decir, cada editorial, en cada país, decide en qué formato quiere presentarme a sus lectores, pero siempre construyendo el andamio hacia un solo libro, un libro total, escrito por partes y publicado mientras lo voy escribiendo, o más bien mientras el libro mismo se va escribiendo ante mí. Vaya locura, ¿no?

Publicado en Contrapoder
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