Argentina: muestras e intervenciones a 10 años de la segunda desaparición de Jorge Julio López

Jorge Julio López es bandera. Es esténcil y grafiti. Es remera, pancarta y consigna. Es una foto con boina y otra con los ojos cerrados, en blanco y negro. Es el video de su testimonio en el juicio a Miguel Osvaldo Etchecolatz. Es grito, marcha y reclamo. Es el único ex detenido-desaparecido de la última dictadura que sobrevivió y volvió a desaparecer en democracia, hace diez años. Pero, además, ¿quién fue Jorge Julio López?

López fue también El Gallego, Tito, El Viejo. Antes de su segundo secuestro, de hecho, nadie lo llamaba Julio. Fue poco después de su desaparición, el 18 de septiembre de 2006, cuando en el apuro por la confección de un texto urgente reclamando su aparición con vida quedó afuera su primer nombre y se instaló para siempre el segundo.

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El Viejo fue niño en la localidad bonaerense de General Villegas, donde nació el 25 de noviembre de 1929. Creció con cinco hermanas mujeres y le llevaba 20 años a su único hermano varón. Estudió hasta sexto grado y dejó el colegio para ayudar en su casa con las tareas rurales. Ahí donde en 1944 la noticia sobre la aprobación del Estatuto del Peón -que regulaba el trabajo en el campo en beneficio de los trabajadores- fue motivo de festejo. Era una iniciativa de Juan Domingo Perón, por entonces a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión.

—Cuando entró Perón acá cambió la situación.
—Se transformó.
—Vos antes andabas con un peso en el bolsillo.
—Entonces vino Perón y puso el Estatuto del Peón: 85 pesos, tres veces más de lo que ganaban antes.
—Y después de ahí empezó a cambiar, a cambiar… ¡¿Cómo no te ibas a hacer peronista!?

Así se colaba el tema entre dos viejos amigos de López, reunidos en Villegas para recordarlo, aunque repetían una y otra vez que en aquellos años eran apolíticos. El peronismo ya se había instalado hacía rato en la casa de los López cuando Tito tuvo que dejar General Villegas para cumplir con el servicio militar obligatorio. El destino: Junín de los Andes. Ahí vivió una de sus grandes aventuras. Como solado le tocó participar del llamado Proyecto Huemul, iniciativa de un científico austríaco que prometía generar energía mediante fisión nuclear.

La idea fascinaba a Perón, que alentó la construcción de una central nuclear en la Isla Huemul. Era una misión secreta, que mereció la felicitación en persona y un premio en dinero de Perón y Evita para todos los conscriptos que trabajaron en su construcción, aunque a nivel científico terminó en un fracaso. Era una de esas historias que, cuando López las contaba, generaban incredulidad en sus interlocutores. Pero ahí están los documentos para confirmar que sí: que López participó de esa aventura llamada Proyecto Huemul.

Después de la colimba, los veintipico pasaron en el pueblo de Elordi, en las afueras de General Villegas. Entre el trabajo en el tambo familiar, los bailes en el club, los partidos de fútbol y las salidas a los pueblos vecinos a bordo del sulky tirado por la yegua bautizada “La Machona”. López se prendía en todas. Los amigos le decían “sal gruesa”, porque no faltaba en ningún asado.

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En 1955 cambió el clima. En Elordi, también. “Cuando el lío que lo sacan a Perón me tuve que ir de allá porque andaba una patota de la Federal y se los estaba llevando a todos. Entonces, el comisario me dice: ‘Tomate el piojo por se viene una patota de militares’”, contó el propio Lópezen la entrevista que le hizo el sociólogo Horacio Robles, poco antes de su segunda desaparición. El comisario de Elordi era el padre de su amigo Cacho. El policía también era peronista y ese año se retiró de la fuerza y se mandó a mudar.

En La Plata, López se instaló en la localidad de Los Hornos. Trabajó en la zona de quintas hasta que se dedicó de lleno a la albañilería. De a poco, fue agrandando la casita que pudo comprar para vivir con Irene, su mujer. En esa casa nacieron sus hijos, Ruben y Gustavo. En esa casa, en 140 y 69, vivía cuando la militancia montonera empezó a llegar al barrio.

Fotos: Helen Zout.

Fotos: Helen Zout.

En 1973, López se acercó a la Unidad Básica Juan Pablo Maestre, a pocas cuadras de su hogar. Ahí conoció a un grupo de universitarios que respondían a Montoneros y comenzaban a hacer trabajo territorial en Los Hornos. López, con cuarenta y pico, los duplicaba en edad. Se convirtió en el experto del grupo en cuestiones prácticas: hacer veredas, reparaciones, arreglos en el barrio.

Trabajador y padre de familia, iba a la unidad básica cuando podía. No era un cuadro montonero, era un militante barrial que colaboraba con esa organización. De esos que no pasaron a la clandestinidad ni se exiliaron después del golpe del 24 de marzo. Por eso, la noche del 27 de octubre de 1976, la patota al mando de Etchecolatz lo sacó de su propia casa. La oleada represiva arrasó esa noche en Los Hornos, llevándose a varios militantes del barrio. Antes de volver a desaparecer en democracia, López era uno de los pocos sobrevivientes que quedaban de la Unidad Básica Juan Pablo Maestre.

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La primera vez que López desapareció, su cautiverio duró dos años y medio. Pasó por un centro clandestino que él identificó como Cuatrerismo, por el Pozo de Arana, por la Comisaría Quinta y la Octava. Finalmente, fue blanqueado y quedó como preso político en la Unidad 9 de La Plata.

Mirando por los agujeros del pulóver con el que le habían tapado la cara y por la mirilla de una puerta, y usando sus otros sentidos y sus dotes de albañil, López logró identificar casi todos los sitios por los que pasó. Por el ruido a avionetas y el olor a chanchos supo que el primer lugar de cautiverio estaba cerca un criadero que conocía. El Pozo lo reconoció porque había hecho algunos arreglos en esa construcción años antes: era la estancia La Armonía, en Arana.

Ahí estaba secuestrado cuando vio que los represores ingresaban con nuevos cautivos: entre ellos estaban Ambrosio de Marco y Patricia Dell’Orto, sus compañeros en la unidad básica. “López, no me fallés. Si salís… el único que puede salir de nosotros sos vos. Andá, buscalos a mi mamá o a mi papá, a mis parientes, a mis hermanos y deciles… y dale un beso a mi hija, de parte mía”, llegó a decirle Patricia antes de ser asesinada. Al rato, López fue testigo del fusilamiento de sus compañeros. Pasarían más de dos décadas hasta que lo pudiera contar públicamente por primera vez.

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El 25 de junio de 1979 López fue liberado de la Unidad 9 de La Plata, donde permanecía como preso político. Unos días más tarde habló con su patrón y volvió a trabajar como albañil. Como si cerrara un paréntesis de dos años y medio, retomó su vida anterior al secuestro y no habló sobre lo que había pasado en el medio. En su casa, al menos, optó por el silencio.

Pero, al mismo tiempo, oficiaba de detective. Con la excusa de llevar a sus pibes de picnic o a cazar pajaritos, recorría las zonas donde había estado cautivo. Cuando iba al banco, identificaba a algunos de los policías que había visto en los centros clandestinos. Preguntaba en el barrio y tomaba nota en el reverso de almanaques viejos o en bolsas de cal, cuando se sentaba a escribir en medio de las obras en construcción.

“Archivo negro de los años en que uno vivía a donde termina la vida y empieza la muerte”, tituló a esos escritos. En total, unas cien hojas, divididas en tres carpetas. Sus hijos las encontraron en los primeros días tras la desaparición y las mantuvieron en reserva. Sólo circularon algunas hojas que López le había dado a un ex compañero de militancia, Jorge Pastor Asuaje, pidiéndole que lo ayudara a “hacer justicia”.

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A fines de los ’90 el silencio se empezó a romper. En La Plata comenzaron los Juicios por la Verdad, que no tenían consecuencias penales pero sí apuntaban a la obtención de información cuando la justicia real no era una posibilidad. A una de esas audiencias se acercó López, solo.

Otros sobrevivientes, Rufino Almeida y Nilda Eloy, fueron los primeros en escucharlo. Hacía veinte años que tenía atragantado su relato. Y claro, salió a borbotones y de forma desordenada. “La historia de Julio era muy confusa, la primera imagen que tuve fue ‘es un viejo loco’. Suele pasar que se acercan y te dicen cualquier cosa. Además su relato era que había estado en varios campos y que conocía varios lugares, todo su discurso era entreverado”, se acuerda Rufino. Pero, con el tiempo y el diálogo con otros sobrevivientes, las partes se fueron hilando.

Además, había datos. Como en aquel recorrido por Arana con otros ex detenidos-desaparecidos, donde el albañil habló sobre un avión que se había caído en la zona. “¿Este viejo no estará fantaseando?”, preguntó uno de los presentes. Hasta que todos se toparon con los restos de una vieja avioneta, arrumbados a un lado del muro perimetral del ex centro clandestino. Una vez más, el viejo tenía razón.

Sin contar nada en su casa, López declaró como testigo en el Juicio por la Verdad en La Plata en 1999. Fue su primer testimonio público. Su familia, de todos modos, se enteró porque salió un recuadrito en un diario local. Pero López no mezclaba las esferas de su vida: su mujer y sus hijos, por un lado, sus compañeros de militancia, por otro.

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Recién en 2006 estaba empezando a juntar esos dos mundos. Tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se reabrió el camino de los juicios a los represores y el de Etchecolatz fue el primero en comenzar. El 28 de junio de ese año López dio la última declaración judicial de su vida. Pero, a diferencia de la primera, esta vez le había avisado a su familia. De hecho sus hijos estaban ahí. Escucharon y lloraron. Nunca antes habían oído a su padre contar el periplo de su primera desaparición.

Para su cumpleaños número 77, López pensaba terminar de concretar la unión entre las dos esferas de su vida. Quería organizar un festejo que reuniera a su familia y a sus compañeros de militancia y abogados. Ellos le habían propuesto hacer una vaquita para bancar los gastos de la fiesta. La segunda desaparición de López truncó el plan.

El 18 de septiembre de 2006 era el día de los alegatos. López debía estar presente en los tribunales platenses y estaba ansioso por ver en vivo y en directo a Etchecolatz, que no había estado durante su declaración. Acordó con su sobrino Hugo que lo pasaría a buscar temprano por la casa de Los Hornos para ir al centro de La Plata.

Pero, esa mañana, López se esfumó. Alguien lo esfumó. Salió de su casa por voluntad propia –no hay puerta forzada u otro indicio en sentido contrario- y caminó en un radio de pocas cuadras alrededor de su casa en el horario en que ya debía estar llegando al juicio. Cinco vecinos que lo conocían fueron testigos de esa caminada. Adónde iba, convocado por quién y con qué excusa son preguntas sin respuesta, hasta ahora.

La última imagen de López con vida de la que se tenga registro la tuvo un vecino suyo, Abel Horacio Ponce. Esa mañana de la que hoy se cumplen diez años, Ponce vio a López parado en la calle 66, de espaldas a los autos y mirando de frente a las fachadas. “Entre la verdulería y el local de Edelap”, dijo Ponce. Ahí mismo, con los cajones de verdura de un lado y la empresa de servicios eléctricos del otro, vivía una mujer policía que integraba las filas de la Bonaerense y estaba en la agenda de Etchecolatz, para quien había trabajado durante la dictadura.

Esa casa nunca se allanó y no hay quien cuente si el albañil entró allí o cuál fue su destino aquel 18 de septiembre de 2006. Diez años después este texto, como el plan para festejar su cumpleaños número 77, queda trunco. Para que el último capítulo de la historia de Jorge Julio López pueda escribirse, la Justicia debería determinar quiénes y qué hicieron con él.

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Jorge Julio López: la memoria del hombre que luchó contra la impunidad

Bajo la consigna “A 10 años seguimos buscando. Hoy Etchecolatz sabe dónde está”, la Comisión Provincial por la Memoria desarrolla una serie de actividades para recordar la segunda desaparición de Jorge Julio López y mantener vigente su presencia en la lucha por memoria, verdad y justicia. En ese marco, el próximo viernes a las 19 horas se inaugura en el Museo de Arte y Memoria (calle 9 Nº 984, La Plata) la muestra Testigo de Jorge Caterbetti, con la participación de Rubén López, hijo de Julio. El organismo también realiza una campaña de afiches en toda la provincia y acompaña el proyecto de Gerardo Dell Oro “A pegar por López”.

ANDAR en La Plata

(CPM/Agencia) “Pastor: te dejo esta carta para ver si algún día podés hacer justicia”, escribió Jorge Julio López como nota que acompaña los escritos que le envió a su compañero de militancia Jorge Pastor Asuaje. Tras la segunda desaparición de López, Pastor lo presentó ante los tribunales y fue parte de la prueba que permitieron condenar al genocida Miguel Etchecolatz. Esos mismos escritos forman ahora la muestra Testigo del artista conceptual Jorge Caterbetti.

En esos papeles cubiertos de palabras, de dibujos, de diagramas, está Jorge Julio López, el hombre que sobrevivió al terrorismo de Estado, que declaró para condenar a los responsables del genocidio y que nos legó su memoria inmensa, íntegra, para seguir luchando contra la impunidad.

“Mi viejo escribía todo porque quería tener la certeza de ser fiel a su memoria. Y hoy esos papeles son un legado que nos transfirió para seguir militando por la verdad y la justicia como lo hizo él”, cuenta Rubén López. Y agrega: “Después de 10 años de impunidad, tenemos que salir militar por mi papá que no está y también para que el genocida preso gracias a su testimonio no sea liberado”.

En 2006, el testimonio de Jorge Julio López fue decisivo para condenar a prisión perpetua al represor Miguel Etchecolatz en el primer juicio que reconoció la existencia de un plan genocida en Argentina. Sin embargo, recientemente, el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata le concedió a Etchecolatz el arresto domiciliario; si bien la medida todavía no se efectivizó, una secuencia de decisiones judiciales del mismo tenor podrían culminar con su concesión.

Para el realizador Jorge Caterbetti, los aniversarios generan una potencia de memoria y “ante un escenario que parece cada vez más complicado, tenemos que aunar esfuerzos para mantener vigente la memoria de López”. Con ese objetivo, el viernes se inaugura la exhibición desplegada Jorge Julio López. Los demonios sin cuernos desplegada en tres puntos distintos de la ciudad: el salón de los pasos perdidos del Palacio de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, el hall central del Museo de Arte Contemporáneo (MACLA) y el Museo de Arte y Memoria (MAM) de la CPM.

“López empieza a escribir en el 98, y hasta su desaparición no deja nunca de escribir. Escribe sobre cualquier papel. Relata su detención en 1976, su paso por la comisaría 5ª, las torturas que sufre en el Pozo de Arana. Estos escritos son el Diario de Ana Frank del genocidio argentino”, dice Caterbetti sobre Testigo, la muestra que se inaugura el viernes en el MAM. Caterbetti también dice que “estos escritos son López. Su letra, su cotidianidad, sus herramientas de albañil, sus ropas”. Y define esta muestra con un oximoron: “la ausencia presente”.

“Presentar esta muestra en la Comisión es una forma de canalizar mi dolor y de permitir que estos escritos sigan llegando a la gente, sigan activando la memoria contra la impunidad”, explica Rubén López. A diez años de la segunda desaparición de Jorge Julio López, la CPM invita al público en general a participar de la inauguración que se realiza el próximo viernes a las 19 horas en el Museo de Arte y Memoria, calle 9 Nº 984.

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A pegar por López

A días de cumplirse los 10 años de la segunda desaparición de Jorge Julio López, el fotógrafo Gerardo Dell Oro impulsa la iniciativa de intervención urbana A pegar por López una convocatoria abierta que intenta interpelar a la comunidad con una serie de fotografías para descargar en distintos formatos y colocar en las calles, los barrios, las escuelas y los lugares de trabajo. La CPM acompañará la iniciativa difundiendo fotografías y afiches con la consigna A diez años de la segunda desaparición de Julio López, seguimos buscando. Hoy Etchecolatz sabe dónde está. 
 
ANDAR en la memoria
 
(Agencia) Desde hace 10 años Gerardo Dell Oro, de la mano de la fotografía, milita en contra del olvido de Jorge Julio López. Primero publicó un libro que posteriormente se transformó en un ensayo fotográfico llamado Imágenes de la memoria. Durante años, también fotografió las resistencias y las pintadas callejeras para registrar las luchas a través del tiempo. Así dio luz a Desaparecido en democracia, un libro de fotografías que reunió cinco años de intervenciones urbanas por López en la ciudad de La Plata.
 
Este año, al cumplirse los 10 años, Gerardo motorizó una iniciativa colectiva con formato de campaña gráfica, A pegar por López: cinco fotografías, propias y de otros colegas, a las que Dell Oro dio un diseño en distintos formatos, las guardó en un dropbox y compartió el link  en redes sociales para ser descargadas por la comunidad. De manera muy simple, cualquier persona puede realizar un mural en su escuela, en su barrio, en la oficina y sumarse al pedido de verdad, justicia y memoria por López.
 
“Hay una necesidad personal siempre de poder hacer algo, no puedo estar con los brazos cruzados. Pensar en algo colectivo que tiene que ver con mi camino como fotógrafo. La fotografía es un laburo muy  individual y solitario. Estoy intentando hacer otras cosas en este momento y la movida de ARGRA para el 24 de marzo fue muy positiva, estuvo buenísimo. Se difundieron unos archivos de fotografías emblemáticas para pegar y fue una muy buena iniciativa porque persiste, todavía quedan muchas que  están sin tapar”, contó Dell Oro y agregó: “quería un formato sencillo y una consiga simple y llana, no una consigna partidista porque eso va a estar en la movilización, pero sí que deje claro qué pasó. Por eso me gustó mucho la consigna de la Comisión por la Memoria. Creo que era lo necesario y felicito que se haga desde un organismo del Estado, es algo que pensamos todos. Más en un momento donde todo se cuestiona y donde hay que explicar de nuevo. Tenemos que saber que, por más que el pobre viejito ahora quiera estar en la casa, sigue  cometiendo un delito. En este momento delinque porque oculta información. No dice donde está Clara Anahí, no dice que pasó con los chicos de la Noche de los Lápices, qué paso con López”.
 
Gerardo Dell’Oro tenía diez años cuando su hermana Patricia fue secuestrada junto a su marido durante la última dictadura. Las fotos tomadas y guardadas por su padre, también fotógrafo, registraron la vida familiar hasta entonces, pero hubo una foto que nunca llegó a sacar: la de Patricia junto a su hija Mariana de Marco, que tenía 25 días cuando secuestraron a sus padres. Luego, comenzaron los Juicios por la Verdad en la ciudad de La Plata y “apareció un testigo”, le dijeron entonces. Su nombre era Jorge Julio López y había estado detenido junto a Patricia y Ambrosio en el centro clandestino de Arana.
 
Fue recién posterior a la anulación de las leyes de impunidad que llegó el día en que López habló ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, durante el juicio a Miguel O. Etchecolatz, ex director de inteligencia de la policía de Ramón Camps. “Fue revelador”, dice hoy Dell’Oro,  “ése era el primer testimonio de lo que realmente había pasado con Patricia, cuándo la mataron, cómo.
“¿Vos sos López? Si vas a mi casa acordate de decirles a mi nena y a mis padres, avisales dónde estuve”, relató el testigo que le dijo Patricia. También recordó que mientras se la llevaban, imploró para que no le quitaran la posibilidad de ser madre. “Llévenme a una cárcel pero no me maten, quiero criar a mi hija”, contó López en el juicio. Dos días antes de la condena a Etchecolatz, Jorge Julio López desapareció otra vez.
 
“Lo que sería la consumación de una reparación, quedó marcado con la perversidad de la desaparición de López”, dice Gerardo. Luego vino la sentencia y el vacío del día después. Otra vez la falta de rastros, de culpas, otra vez el tufo rancio de la impotencia. Lo que pudo ser alivio, no lo fue. Falta López.
 
“A diez años seguimos buscando, hoy Etchecolatz sabe dónde está”. Con esta consigna, la CPM se suma a la iniciativa de Gerardo Dell Oro para que todas y todos peguemos por López. El sitio para descargar los afiches y empapelar las ciudades, los barrios y las calles puede visitarse en esta dirección: www.blog.comisionporlamemoria.org 
 
El próximo domingo 18 de septiembre a las 16.30 hs. se convoca a movilizar en Plaza Moreno, La Plata, para exigir #Cárcelefectivaalosgenocidas.
 
Desaparecido en democracia
 
Jorge Julio López, querellante y testigo en el juicio histórico que condenó a Miguel Etchecolatz por genocida, fue desaparecido por segunda vez en democracia el 18 de septiembre de 2006, dos días antes de que se conociera la sentencia. Diez años pasaron y aún no se sabe qué pasó con López. En la causa no existe imputación de responsabilidad alguna, ni una investigación seria y que esté a la altura de la gravedad del delito. La causa López está paralizada, plagada de encubrimientos e impunidad y silenciada por los medios.
 
Los organismos de derechos humanos hace muchos años que reclaman la apertura de los archivos del Estado y que la justicia cite a declarar e investigue al mismo Etchecolatz, principal sospecho de la segunda desaparición.
 
Hace unas pocas semanas, el tribunal que hace diez años condenó al ex director de inteligencia de la policía bonaerense por genocidio, con una nueva composición, le otorgó la prisión domiciliaria en varias causas, con el argumento de la avanzada edad y razones humanitarias. Estas resoluciones provocaron un amplio repudio por parte de las víctimas y los familiares querellantes, como así de los organismos de derechos humanos y de la comunidad.
 
Se realizaron movilizaciones y campañas en las redes sociales denunciando y exigiendo que los condenados por crímenes de lesa humanidad, imprescriptibles, cumplan su pena efectiva en cárceles comunes.
 
Nilda  Eloy, compañera de López y testigo querellante en el histórico juicio, dijo en una entrevista: “a López lo desaparecieron 4 veces: en dictadura, en democracia, en la justicia y de los medios.” El dolor y la pena colectiva se convirtieron en denuncia, en lucha y en acciones. Como ya lo dijo Rodolfo Walsh, las paredes son las imprentas del pueblo.
 
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Exhiben manuscritos inéditos de Julio López: “Son el Diario de Ana Frank del genocidio argentino”

En el doble fondo de una caja de herramientas, la familia de Jorge Julio López encontró unos treinta escritos de su puño en los que relató y denunció las torturas que sufrió en el Pozo de Arana, su paso por la comisaría 5ta. de La Plata, sus impresiones como testigo en el juicio contra Miguel Etchecolatz y hasta algunas reflexiones sobre la militancia por los derechos humanos. Ahora forman parte de una muestra que se exhibe en La Plata en el marco del décimo aniversario de su segunda desaparición.

Esos manuscritos ahora son partes de una muestra bautizada “Los demonios sin cuernos” del artista conceptual Jorge Caterbetti que se exhibe en tres partes, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, el hall central del Museo de Arte Contemporáneo (MACLA) y el Museo de Arte y Memoria (MAM) de la CPM por el décimo aniversario de la segunda desaparición de López que se cumplirá este 18 de septiembre.

“López empieza a escribir en el 98 y hasta su desaparición no para nunca. Escribe sobre cualquier papel. Relata su detención en 1976, su paso por la comisaría 5ta, las torturas que sufre en el Pozo de Arana. Estos escritos son el Diario de Ana Frank del genocidio argentino”, aseguró Caterbetti y agregó: “Estos escritos son López. Su letra, su cotidianidad, sus herramientas de albañil, sus ropas”.

Los textos comprenden una segunda parte, aunque más profunda y extensa, de los ya revelados en 2012 en el libro “Jorge Julio López. Memoria escrita”, donde se publicaron seis páginas que el albañil le había entregado a su amigo Jorge Pastor Asuaje para que los custodiara. Se espera que sean publicados en libro para mediados del 2017.

En una de esas páginas que guardaba en su caja de herramientas, López se refiere el juicio contra Etchecolatz, director de Investigaciones de la Policía Bonaerense en la dictadura que quedó preso gracias al testimonio del albañil.

También reflexiona sobre la militancia de los derechos humanos, “les levanta el ánimo y dice tener fe en que los culpables van a ser juzgados”, contó Caterbetti.

“Mujer hembaraza (sic.) picaneada en la 5cia [refiere a la comisaría] Mirta Manchiola [de Otaño], fue torturada en investigaciones el 8-11-76. Después la torturaron en la 5° y ahí perdimos el rastro. De los calabozos chicos la sintieron nombrar”, expresa uno de los manuscritos.

Caterbetti apuntó que los textos “tienen un grado de precisión y obstinación increíbles”. López, quien no terminó la escuela primaria, escribió sus memorias en soledad, en su casa y cuando viajaba al interior en las épocas en las que dejaba la albañilería y recolectaba frutas. Usó todo tipo de formatos: volantes de supermercados, el reverso de etiquetas de las gaseosas y facturas de servicios públicos.

Este domingo, en el décimo aniversario de su segunda desaparición, se dejará una ofrenda floral a las 10.30 en el centro de detención clandestino Pozo de Arana y habrá una jornada de reflexión desde las 13 en la puerta de la casa del testigo desaparecido (calle 140 esquina 69, Los Hornos).

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