Pipo Lernoud: «No hay ese hombre nuevo en el que creía mi generación»

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A los quince años había sido expulsado de tres colegios. Un médico del Hospital Militar lo diagnosticó como “ligeramente anormal”. Comenzó a recorrer el centro porteño y en La Cueva se hermanó con sus verdaderos maestros y compañeros de ruta: Tanguito, Miguel Abuelo y Moris. Copó calles y plazas para agitar sus ideas de libertad. Fue marxista, trotskista y se desencantó “de tanto autoritarismo y verticalismo”. Estudió a Freud, a Jung, a Fromm. Pero eligió la poesía, el rock and roll y el budismo. Escribió canciones que marcaron a fuego el nacimiento del rock nacional. Dejó de hablar del alma porque dejó de creer en ella. Conoció las “drogas equivocadas” y se escapó a Europa. Volvió y puso su nombre como uno de los fundadores de las revistas Expreso Imaginario, Canta Rock y La Mano. Fue catalogado como uno de los ideólogos del rock argentino. Se internó a meditar en Brasil y sacó de su vida al alcohol, al sexo y a las drogas durante tres años. Bajó de los morros y comenzó a viajar por el mundo como vicepresidente de la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica. Quedó asombrado por internet y difundió sus ideas desde su blog y en las redes sociales. Y nunca dejó de escribir sobre todo aquello que vivió.

La historia de Pipo Lernoud puede leerse como un inmenso mapa de la contracultura, cuyas coordenadas acaban de ser trazadas en Yo no estoy aquí. Rock, periodismo, ecología y otros naufragios (1966–2016) (Gourmet Musical), una suerte de autobiografía hecha con postales desde cada uno de sus lugares clave: cartas a su madre y a Spinetta desde Europa, notas periodísticas de todas sus revistas, poesías perdidas, fragmentos de una novela inconclusa, posts de Facebook, apuntes de una adolescencia en rebeldía, coberturas de recitales, discursos en foros mundiales y crónicas de viaje teñidas de lisergia y psicodelia. El relato de un poeta subterráneo que se va alejando de una lucha romántica y se vuelve cada vez más filoso, aunque nunca deja de buscar cómplices para la aventura. Un sendero que, como señala el periodista Alfredo Rosso en su prólogo, “funciona todavía mejor si uno lo abre al azar en cualquier página y se mete de lleno en el tema que obsesiona a Pipo en ese lugar y en ese momento”.

Con setenta años recién cumplidos, Pipo Lernoud aún mantiene la sonrisa fácil y la mirada ávida, a pesar de que sus ojos siempre parecen estar a punto de cerrarse. La cita es en el local de comida orgánica que tiene junto a su esposa. Saluda con alegría, pide que traigan un jugo de manzanas verdes y rojas y en seguida quiere escuchar algún comentario sobre su libro. El solo hecho de mencionarle una nota o un tema sobre el que escribió le dispara recuerdos y se lanza a un breve y urgente monólogo, como si el tiempo siempre estuviera por terminarse.

“Yo quisiera ser joven ahora. Las posibilidades que hay son tan increíbles, hay un conocimiento que no teníamos nosotros. Ustedes no van a hacer cagadas como tomar tanta anfetamina o meterse en la lucha armada, boludeces, alucinaciones. Nosotros realmente creíamos que estábamos creando un mundo nuevo juntándonos a divagar en la casa con diez pinos”, dice Lernoud al abrir su libro y encontrarse con una foto en la que está charlando en Plaza Francia junto a Moris y una cofradía de hippies. “Era interesante, hoy parece una cosa muy mágica, pero era muy experimental y muy básico. Había mucho delirio. No tengo una visión muy nostálgica, dorada, de nuestra propia experiencia. Creo que fuimos las primeras bajas de lo que llamo ‘la guerra psicodélica’”.

–¿De qué se trató para usted esa “guerra psicodélica”?
–Fue toda una generación que se puso muy loca, pero que no quería saber nada con la lucha armada ni con la violencia. Tengo muchos amigos que terminaron tirados, porque estábamos probando los límites, no teníamos ninguna clase de guía. Probábamos cualquier cosa, habíamos descubierto que teníamos un trabajo interior por hacer si queríamos que la cosa cambiara. Si vos hoy tenés a alguien como Tanguito, hay miles de maneras de contenerlo, de tratarlo con psicoterapia, de hacer millones de cosas para que sea el compositor que era. En ese momento no había ninguna clase de contención, y eran todos palos y metidas en cana.

–Podría pensarse que para muchos jóvenes de hoy esa guerra sigue presente.
–Pero es distinto. Nosotros decíamos “vamos al campo”, a esa casa con diez pinos, a salir de la lucha basada en la ambición de la ciudad, y hoy hay pibes que lo están haciendo realmente. En ese momento eran ocho flacos que se iban al Bolsón y se la pasaban fumando porro y escuchando a los Rolling Stones, se morían de hambre, se cagaban de frío. Hoy un pibe va y ya sabe por toda esa generación que hizo la prueba. Hoy vas al Bolsón, a San Marcos, y hay toda una generación que aprendió a construir casas, a hacer huertas. Y ahí no hay un movimiento unido con banderas. Creo que un movimiento unido en las calles con banderas no representa nada. Lo que representa son los resultados concretos. La gente que realmente hizo, hace, por ejemplo en la permacultura, que tiene una movida gigantesca alrededor del mundo.

–En sus apuntes de juventud cuenta que la primera herramienta que encontró en esa batalla cultural fue la poesía. ¿llegó a tener una definición para pensar esa expresión tan indescifrable?
–Yo creo que la poesía tiene que ser un telegrama desde el fondo. Un telegrama porque tiene que ser corto, y así, sacándose de encima todo lo innecesario y hablando del carozo de la cosa, que es así un telegrama, no ponés artículos ni nada, directamente el mensaje crudo. Y desde el fondo en el sentido de que tiene que ser profunda, surgir espontáneamente.
–Poco después de embarcarse en la escritura de canciones, viajó por el mundo con las regalías de “Ayer nomás” en busca de ese lugar en el que, como usted dice, “la poesía estalle a cada instante”. ¿Lo encontró en algún momento de su vida?
–Creo que eso era una fantasía. La realidad es que no existe un paraíso donde estalle la poesía. Acabo de cumplir setenta años, y lo que puedo decir es que no hay lugares perfectos, no hay ese hombre nuevo en el que creía mi generación, del Che y de Marx o de Lennon en “Imagine”. Creíamos que íbamos a dar vuelta el panqueque de la historia e íbamos a crear una sociedad diferente, un mundo diferente, y creo que la humanidad evoluciona, pero no se revoluciona. Se van dando pasos, hoy hay más igualdad y más libertad, pero son evoluciones muy laboriosas que hace la humanidad, y como no creo en un destino ni en una dirección sagrada, no pienso que estemos yendo hacia un mundo mejor.

–¿Cree la contracultura de los sesenta y setenta fracasó en esa búsqueda?
–No, en realidad, muchas de las cosas que nosotros proponíamos triunfaron. Proponíamos la medicina natural, la agricultura natural, la vuelta al parto hogareño, darle bola a las ciencias orientales, desde el yoga hasta la acupuntura. Y todo eso penetró en la sociedad. Se rompió el esquema de una sociedad cristiana y occidental. Sexualmente hubo una gran apertura. Cuando nosotros éramos chicos, ser homosexual era terrible, en Cuba incluso había granjas de rehabilitación. Y en ese momento, en muchas áreas, éramos adelantados. De todas maneras, creo que si yo dijera que fracasó estaría diciendo que debimos cambiar el mundo y no lo hicimos. Y yo en ese momento lo pensaba, pero hoy pienso que el mundo evoluciona. Y entonces, desde ese punto de vista no fracasó, evolucionó.

–¿Tiene esa misma mirada para con la lucha armada?
–Fue otra cosa. Estaba compuesta por pibes que en su mayoría tenían veinte años, que estaban muy alucinados, que no tenían información. Estaban jugándose la vida a las apuradas. Y entraron en una visión muy autoritaria, jerarquizada, militarizada de la vida. La revolución militar es siempre una revolución que fracasa. La revolución tiene que ser social, la gente la tiene que hacer, no una vanguardia iluminada. Allen Ginzberg decía: “Profetizar sin la muerte como consecuencia”, que nada de lo que vos digas tenga como consecuencia la muerte. Para mí las Madres y las Abuelas de la Plaza son mejores que sus hijos. Porque sus hijos estaban dispuestos a matar y ellas no, ellas no quieren fusilar a los asesinos de sus hijos, quieren que mueran en la cárcel. Y sus hijos los hubieran fusilado.

–En aquellos años turbulentos, usted presagiaba que detrás de los conflictos armados crecía otro peligro, el de que hayamos atravesado “50 mil años juntos para terminar viendo televisión”. Pero en sus últimos escritos lo que predomina es una fascinación por las posibilidades tecnológicas. ¿Qué ocurrió en el medio?
–Yo creo que son herramientas. No creo que el enemigo sea el smartphone sino cómo lo usamos. El problema de las herramientas es aprender a usarlas. Creo que el periodismo hoy pasa por acá (muestra su teléfono celular) y que el tema del papel es un problema. Y lo digo después de tener tres revistas. Hoy vos potencialmente tenés en internet millones de lectores. Después, que llegues a ellos, es todo una gran trampa y un gran laberinto. Creo mucho en Facebook. Tengo como ocho mil seguidores que tomo como mis lectores. Pero siempre teniendo en cuenta la trampa de las herramientas. Moris, en “De nada sirve”, ya decía que “ni la guitarrita, ni los televisores, ni las heladeras”. De nada sirve si se usa para escaparse de uno mismo. Y hoy tenés muchos más elementos que antes para escaparte de vos mismo. Eso también es verdad.

–¿No ve una contradicción entre esa búsqueda frenética basada en el avance tecnológico y su idea de que la humanidad necesita “volver a conectarse con la tierra”?
–Yo pienso que las nuevas tecnologías, por ejemplo, la energía solar, eólica, van a ser gratuitas en unos pocos años. Se van a acabar las petroleras. Se van a acabar los Emiratos Árabes, el ISIS, todo ese quilombo dependiente del petróleo. Es una visión positiva que tengo. El planeta está lleno de energía, de sol, de viento, de mar. Lo único que hay que hacer es desarrollar la tecnología para engancharla. Yo creo en eso. Los tipos que tienen el negocio no van a querer que estas energías avancen, y esa es la lucha que tenemos… pero que sucede, sucede. Entonces para mí la combinación de todo ese desarrollo tecnológico–práctico, y la tecnología de comunicación moderna junto a la posibilidad de hacer agricultura orgánica, es lo que nos puede permitir producir alimento para todo el planeta, porque de ninguna manera se justifica que haya hambre en el mundo. Todo lo que nosotros insinuábamos en el Expreso, en la Guía práctica para habitar el Planeta Tierra, hoy está a la mano. Y cualquier tipo con un poco de curiosidad lo puede hacer posible.

–¿Tiene una mirada positiva para los tiempos que se avecinan?
–El entrenamiento en agricultura orgánica te enseña a ser optimista, porque ves cómo una tierra que es dura como una mesa en cinco años se convierte en una tierra fértil llena de flores y de productividad, y de pájaros e insectos. La vida crece y tiene mucha potencia. Pero al mismo tiempo soy muy pesimista con respecto a la humanidad. Creo que se fue al recarajo. Como decían Lennon o Gandhi, podríamos estar juntos. No hay ninguna razón para que no estemos juntos, para que digamos “no hay religiones, no hay posesiones, no hay países”, porque está claro que así no anda. El calentamiento global nos va a llevar puestos a todos, y no hay gobierno en el mundo que lo esté tomando en serio. Va a producir hambrunas impresionantes, epidemias hijas del calor, inundaciones, cambios climáticos que de acá a diez o quince años se van a profundizar irremediablemente. Cualquiera que sepa cómo funciona la máquina del clima, sabe que es algo que estamos produciendo nosotros, y que ya es medio tarde para pararlo.

–¿Y por dónde cree que puede ponerse un freno en este camino hacia la muerte que estamos transitando?
–Primero creo que hay que dejar de pensar en un mundo ideal. Cuando dejemos de pensar que vamos hacia eso, y nos demos cuenta de que cada paso puede ser para adelante o para atrás, quizás alcancemos una conciencia que nos permita cambiar. Estamos aprendiendo a ser humanos. Aprendiendo a manejar un planeta, que lo hicimos mierda porque no sabíamos cómo cuidarlo. Siempre tuve en claro que acá tenemos que aprender a convivir. Todos somos iguales: los humanos, los animales, las plantas. También creo que en el mundo hay personas malas, que hay hijos de puta como los torturadores y los represores que tienen que estar presos toda su vida. Pero en general la gente termina siendo puesta en una situación en la que hace cagadas sin querer, y si tuviera otra oportunidad lo haría mejor.  Somos como chicos con juguetes nuevos. Pero chicos con mucho poder, con la bomba atómica, con el petróleo. Y nos estamos quedando sin tiempo. Si todo sigue así, vamos a terminar como chicos que jugando con un revolver se pegan un tiro.


Las drogas, un fast food espiritual

En sus diarios de juventud (1964-66), incluidos en Yo no estoy aquí…, Pipo Lernoud escribía que su generación debía centrarse en una lucha: conseguir las libertades individuales para decidir sobre su destino. Creía que el sexo y las drogas eran el terreno de esa lucha. “En ese entonces hice un elogio del autocultivo, que apenas se sabía lo que era. Cincuenta años después, eso va a llegar de manera inevitable”, asegura Lernoud. “La legalización de la marihuana es algo que ya está sucediendo en todo el mundo. Mi hija vive en Suiza, y allá se puede comprar aceite de cannabis, sin receta, en cualquier farmacia. La gente lo usa para los dolores, es algo normal. Es totalmente legal algo que para nosotros estaba prohibido”.
En sus viajes de autodescubrimiento, sustancias como la marihuana y el ácido lisérgico eran para Lernoud las puertas hacia una nueva percepción, en consonancia con su manera de sentir el mundo.  “Yo digo que los intelectuales deben tomar ayahuasca. En una ceremonia, como se debe. Para salir del corralito de su mente, cambiar su historia y darse cuenta que todo lo que inventaron es nada más que opinión”, reflexiona. “Y las opiniones son totalmente casuales. Creemos que es muy importante tener una opinión y tener claras las cosas con respecto a todo, y sin embargo podríamos tener una opinión completamente distintas y ser los mismos tipos. Son casuales, azarosas, y dependen de la combinación de sucesos que tuviste en tu vida. Creo que las drogas naturales, usadas en los contextos adecuados, pueden ser un camino para abrir nuestras mentes y salir de ese corralito de ideas y argumentos”.
Sin embargo, Pipo Lernoud hoy se muestra reticente a afirmar que las drogas siguen siendo la llave hacia esa nueva sociedad que imaginaba en su juventud.  “Gary Snyder, que es uno de mis maestros, decía que el problema con las drogas es que te llevan rápidamente a un lugar donde parece que llegaste a donde querías llegar. A las dos horas de tomarte un ácido te parece que ya estás viendo todo, y de la misma manera volvés rapidísimo. En cambio, cuando el trabajo es cotidiano y a lo largo del tiempo, eso afecta a tu persona y el cambio de la percepción se hace más estable, la comprensión del mundo más amplia. Por eso el yoga y la meditación son parte de un camino más profundo, y las drogas son algo así como el fast food espiritual”.

Publicado en Página12
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