Alicia Alonso, fundadora del Ballet Nacional de Cuba, cumplió 96 años

Su gloriosa historia comenzó el 21 de diciembre de 1920, cuando vino a unirse a sus hermanos Blanca, Eli­zardo y Antonio, para completar la familia creada por el Dr. Antonio Mar­tínez de la Maza Arredondo, te­nien­te veterinario del Ejército cubano y Ernestina del Hoyo y Lugo, modista de un refinado quehacer. El lugar de su nacimiento no fue otro que el mo­desto hogar que ocupaban sus pa­dres en la popular barriada marianense de Pogolotti, en la actual calle 90, número 3703, en el cual se cultivaban los principios básicos de la ética familiar: la disciplina y el amor patrio, emanados de don Antonio y la sensibilidad artística de doña Er­nestina y de su tía y madrina Alicia, de la cual tomó su nombre.

En 1925 y 1926 iniciaría contacto con otras tierras al marchar con la familia a Estados Unidos, donde en las ciudades de Washington, Carlyle y Saint Louis, su padre debió realizar estudios de perfeccionamiento veterinario. En 1929 sería España el nue­vo sitio de su predeterminado andar. A bordo del vapor Colón, luego de escalas en Nueva York y Vigo, llegó fi­nalmente a Jerez de la Frontera, don­de bajo la guía de la maestra Marí Emilia, se inició en el mundo del bail­e, aprendiendo, jotas, malagueñas y sevillanas y a tocar las castañuelas. Entraba Alicia para siempre en un mundo del cual no ha salido jamás.

Su ingreso en la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro-Arte  Musical de La Habana, dirigida por el ruso Ni­colás Yavorski y especialmente su debut en el Gran vals de La bella durmiente, el 29 de diciembre de ese año 1931, marcaron el nuevo derrotero. Se convirtió no solamente en pionera y figura máxima de ese arte en su país, sino también en Estados Uni­dos, donde se inició en el profesionalismo y contribuyó a la forja y al fulgor de sus principales empeños co­reográficos, entre ellos las comedias musicales de Broadway, la School of American Ballet, el American Ba­llet Caravan, el Ballet Theatre de Nue­va York, el Ballet de Washington, el Ba­llet Ruso de Montecarlo y el Teatro Griego de Los Ángeles.

En 1947, dueña de una técnica acerada y de una impactante ductilidad estilística, conquistada en el trabajo cotidiano, con férrea disciplina y en duro combate contra graves do­lencias visuales, logró, además de ser proclamada «La más grande Giselle contemporánea», y la «Pri­mera Da­ma del Ballet en Nor­tea­mérica», convertirse en figura clave en el nacimiento de Antes del alba, primera co­reografía auténticamente cubana. En ella interpretó el papel de Chela, una joven viuda, víctima de la tuberculosis y los prejuicios e injusticas im­perantes en la sociedad cubana du­rante el bochorno republicano. Con­siderada la bailarina clásica por excelencia no vaciló en esa obra, con música de Hilario González y diseños de Carlos En­ríquez, en bailar una alucinante co­lumbia, enseñada por el mulato rum­bero Chambas y que Alberto Alonso tuvo la audacia de llevar por primera vez al lenguaje académico a pesar de los repudios de la burguesía habanera, que consideró su participación una herejía, discordante con la estatura que ya ella ha­bía alcanzado en el mundo del ballet. Casi ocho décadas después, al reconocerse al complejo de la rumba co­mo Patrimonio Cultural Inma­te­rial de la Humanidad, Alicia  ha podido comprobar con regocijo que no estuvo errada en su desafío.

El 28 de octubre de 1948, junto a Fernando y Alberto Alonso, dio su paso más decisivo en pro de la cultura y el arte de su país, al fundar el hoy Ballet Nacional de Cuba, elogiado universalmente y considerado el má­ximo exponente de la escuela cu­bana de ballet, la que en 1975, en su Informe Central al Primer Con­greso del Partido, el Co­mandante en Jefe Fidel Castro definió como uno de los grandes logros culturales de la Revo­lu­ción.

Una carrera escénica que se prolongó durante más de seis décadas, con el asombroso registro de 134 obras de repertorio, en forma paralela a su labor como coreógrafa, maestra y directora, merecedora de 220 distinciones nacionales y 257 internacionales, permitió colocarla en el sitial de los mitos. Fiel a su Patria, a la que ha representado en 69 países de todo el orbe, Alicia sigue prefiriendo la mariposa y el coralillo, el canto de los gallos y el malecón habanero, a cualquier exotismo foráneo. Frente a los desafíos del paso del tiempo, ya al borde de sus 96 años, puede vérsele cada día impulsando el quehacer de la compañía, siempre en pos de la mayor excelencia, preparando aho­ra la Gala del 1ro. de enero del 2017, dedicada al 58 aniversario del Triun­fo de la Revo­lu­ción y a la me­moria de su máximo líder. En estos días —ha dicho de ma­nera callada, pero muy emotiva— tengo constantes deseos de cantar nu­es­tro Himno Nacional y de gritar ¡Viva Cuba! Nosotros, sus discípulos más cercanos, hemos en­tendido ­la en­trega de un legado a cumplir por todos los artistas cubanos de la danza.

Publicado en Granma

Alicia

Hace hoy 96 años nació Alicia. Así, sencillamente Alicia. Porque, al menos en Cuba, su apellido es innecesario. Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar a un cubano que no sepa quién es Alicia Alonso. No importa su ubicación geográfica, tampoco su nivel intelectual. Cuántas veces hemos ido en un transporte público abarrotado, y en medio del calor y la incomodidad hemos escuchado esa frase jocosa y lapidaria: «Me tienes en puntas de pie, como Alicia Alonso».

Y si tiene alguna duda, lo exhorto, lector, a que repita el mismo experimento que hice en una oportunidad: acérquese a un niñito, a un ama de casa, un obrero, un constructor, un deportista, un escritor, un campesino… Pregúntele: «¿Sabe usted quién es Alicia?». Fíjese, entonces, en el rostro de su interlocutor y notará, seguramente, una mirada brillosa por el asombro y el orgullo: «¡Alicia!… ¡Alicia Alonso, una gran bailarina!», o como respondió aquel negro camionero sudoroso, con una sonrisa amplia y una voz emocionada por eso que llamamos «sentido de pertenencia»: «Coño, mi hermano, ¡Alicia!… Alicia es un pedazo de Cuba».

De Alicia Alonso se ha escrito mucho. Aún está pendiente una valoración múltiple de la artista. Sería hermoso y oportuno que alguna editorial cubana se decidiera a publicar, como lo merece, la recopilación de opiniones emitidas sobre su entidad humana, su arte y magisterio. Un riguroso trabajo de selección, ordenamiento y clasificación de los textos publicados en la Isla y el extranjero (incluso, algunos inéditos), de muy distinta naturaleza, en cuanto a su intención y características. Una suerte de bibliografía pasiva de la artista que constituiría, sin dudas, un inapreciable material de consulta para bailarines, artistas de las artes escénicas, investigadores, periodistas y público en general.

Y me refiero no solo a las opiniones de la crítica especializada y de otros profesionales de la danza, sino también a lo que han dejado plasmado escritores y otros intelectuales (aquellos juicios excepcionales de autores cubanos como José Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Antón Arrufat, Fina García Marruz, Jorge Mañach o Miguel Barnet, entre otros; o de extranjeros de la talla de Aquiles Nazoa, Antonio Gala, José María Caballero Bonald, Francisco Nieva…) y hasta lo que llamo la «Visión poética de Alicia Alonso», que agruparía los textos de Alejo Carpentier, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Carilda Oliver Labra, Nancy Morejón, Thiago de Mello… inspirados en el arte de la prima ballerina assoluta.

Gracias al talento de Alicia Alonso, Cuba, y con Cuba, América Latina toda, se ubicó por primera vez en el mapa danzario internacional.

No fue hasta sus triunfos en Estados Unidos, a principios de los años 40, que mundialmente se empezó a hablar del ballet cubano. La Alonso se hizo representativa de nuestro país, y con su arte lo situó, por primera vez, en la historia de siglos del ballet. Asimismo, aprovechó la proverbial facilidad de nuestra gente para el movimiento y la integró en su danza. Su peculiar y novedosa forma de bailar hizo que críticos y espectadores notaran marcadas diferencias en el sentido del ritmo, en el estilo, en el fraseo, en el acento…, al ejecutar los mismos pasos que otros bailarines. Sin proponérselo, inició el camino estético de la hoy mundialmente reconocida escuela cubana de ballet.

Profundamente cubana, no cedió jamás ante empresarios y directores —a riesgo, incluso, de su propia carrera—, quienes insistían en modificar su apellido auténticamente latino por otro de sonoridades eslavas.

La Alonso hizo del ballet en Cuba un arte popular y al alcance de todos. A partir de la fundación del hoy Ballet Nacional de Cuba en 1948, y hasta 1956, cuando la compañía se vio en la necesidad de interrumpir su trabajo, se presentó gratuitamente o a precios módicos en funciones populares en teatros, plazas públicas, estadios y anfiteatros. A una de esas funciones corresponde la siguiente anécdota, que habla por sí misma de la hermosa relación que la artista estableció con el público:

«Mantener la compañía no era cosa fácil —recuerda el tenor cubano Bernardo Rosas. El Gobierno ofrecía una ridícula subvención que no alcanzaba para nada y se necesitaba dinero para todo: alquilar el teatro donde se ofrecían las funciones, el vestuario, los decorados, para pagarle a los músicos de la orquesta y a los miembros de la compañía… Un día, era muy a principios de los años 50, se ofrecía en matiné Coppelia, con Alicia como Swanilda, y Enrique Martínez como Franz, en el Teatro Nacional (hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso). La función estaba programada para las 10:00 a.m., y a las 10:30 a.m. no había comenzado aún. El público, que colmaba hasta el último asiento, comenzó a impacientarse. De pronto salió a proscenio Fernando Alonso, entonces director del conjunto danzario, y explicó que los músicos de la orquesta se negaban a tocar si no se les pagaba, por lo que había que suspender la función. De repente, desde lo más alto del teatro se oyó una voz que gritó: “¡Que sea sin música, pero que Alicia baile!”».

Ante esa espontánea muestra de admiración y cariño populares, la representación se ofreció, en su totalidad, acompañada por un piano. Cuando Alicia-Swanilda asomó su cabeza por la puertecita para hacer su entrada, el teatro se vino abajo con unos aplausos que no tenían para cuando acabar. Todo el vals lo bailó llorando de la emoción, y no al compás de la música de Delibes, sino de aquellos aplausos que le tributaba un pueblo agradecido. Esa fue, según Bernardo Rosas, su Swanilda más exuberante.

Después del triunfo revolucionario, la Alonso llevó el ballet a escuelas, talleres, fábricas, unidades militares y a las más intrincadas zonas rurales, posibilitando a todos el disfrute del arte coreográfico. Por eso no es solo nuestra «artista nacional», como la definiera Alejo Carpentier, es también un fenómeno sociológico.

En una oportunidad, Alicia fue a almorzar a un restaurante habanero. Al llegar, la calle estaba semidesierta. Nadie sabe cómo ni en qué momento comenzó a divulgarse la noticia de que ella estaba allí. Al salir, la calle estaba llena de gente, de gente de pueblo, que había ido a saludar y a aplaudir a su querida artista. De pronto, un niño, que por su aspecto procedía de una familia muy humilde, se le acercó y casi desafiante le dijo: «Yo sé quién tú eres. Tú eres Cecilia Valdés», lo que provocó la risa, ¡que no burla!, de todos los que estábamos, y es que había reconocido en la mujer que tenía delante de él, a un símbolo de nuestras esencias nacionales.

A principios de los años 80 llegó hasta la casa de Alicia Alonso un joven soldado, procedente de la zona más oriental de la Isla. Según él, había venido a La Habana solo para encontrarse con la artista y dar cumplimiento a un compromiso de guerra. Semanas antes aquel joven era un combatiente internacionalista, en Angola. Durante los días en África, a él y a sus compañeros les habían proyectado un filme en el que la vieron bailar. Ver el arte de la gran bailarina cubana desde la distancia provocó en todos una gran emoción. Días después, en medio de una batalla, derribaron un avión enemigo. Y entonces llegaron a un acuerdo: el primero de ellos que regresara a Cuba llevaría como «trofeo» un fragmento de ese avión para obsequiárselo a Alicia Alonso. Y es que aquellos jóvenes no vieron en el filme a una bailarina ni a una artista: tenían, como me dijo aquel camionero, un pedazo de Cuba».

El debut de Alicia Alonso en la danza ocurrió el 29 de diciembre de 1931 en el gran vals de La bella durmiente, y para mí ha constituido siempre un hermoso misterio: a principios de ese mismo año, en La Haya, dejaba de existir la notable bailarina rusa Anna Pávlova, cuyo nombre fue sinónimo de ballet para cientos de miles de personas en el mundo entero. A la edad de ocho años la pequeña Pávlova asistió, por primera vez, al ballet, y esa representación cambió por completo su vida. En el Teatro Marinsky se bailaba en aquella ocasión La bella durmiente.

Alicia Alonso, la bailarina, nació al arte el mismo año que Pávlova dejaba de existir. Es casi providencial tal confluencia de acontecimientos, como providencial parece la historia de nuestra gran bailarina, en la que una devoción absoluta, casi religiosa, al arte danzario ha sido una constante.

Sus primeras actuaciones profesionales tuvieron lugar en Estados Unidos en 1938, en comedias musicales. En 1940, el año de su fundación, se incorporó al Ballet Theatre, compañía en la que inmediatamente tuvo a su cargo destacados papeles. En 1943, al debutar en el personaje titular de Giselle comenzó una de las carreras más impresionantes y prolongadas de la danza escénica de todos los tiempos.

Hasta el momento, no ha habido, no ya quien la supere, ni siquiera, quien la iguale. Ella es, en la historia danzaria de nuestra época, un fenómeno único e irrepetible.

Publicado en JuventudRebelde
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