Crónicas de la vulnerabilidad

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La primera vez que el cronista hispano boliviano Álex Ayala (Vitoria, 1979) visitó el pueblo de Suri buscaba una historia sobre Pedro Domingo Murillo, héroe de la independencia de Bolivia que tuvo una casa allí, pero se encontró con un hombre que había plantado, literalmente, su propio ataúd.

Catorce años después, la historia de ese hombre es una de las dieciséis que hacen «Rigor Mortis» (Editorial Cuervo), el libro de crónicas escritas por Ayala, resultado de viajes por la geografía boliviana para contar relatos de muerte y vida, enfermedad y supervivencia, curiosos de la muerte y personas temerosas.

«En ese momento de irnos, todo el mundo está indefenso: la familia, los amigos», dijo el periodista en una entrevista con Efe.

Casi todas las historias que encontró comparten el rasgo de la indefensión hacia ese último tránsito.

Una de las más fascinantes es la de ese hombre que plantó un árbol para construir el ataúd donde debían enterrarlo. Ayala se topó con él cuando todavía estaba vivo. El anciano le invitó a su casa para mostrarle una obra de teatro que había escrito, inspirado en Pedro Domingo Murillo, y Ayala se encontró con que, sobre una viga de la habitación donde tenía el escritorio, reposaba un ataúd.

«Detrás de eso había una historia más grande, que es cómo se muere en un pueblo donde no hay funerarias, donde apenas hay carpinteros», explicó Ayala. Para llegar a Suri desde La Paz hacen falta diez horas por los caminos deficientes y el relieve difícil. En línea recta, los dos lugares solo distan cien kilómetros.

Desde que conoció a ese anciano, que murió en 2005, hasta la publicación de «Rigor Mortis», han pasado catorce años. Por el camino, Ayala ha reconstruido esa historia a través de la familia del hombre y la gente que lo conoció. También escribió otros dos libros y reunió las quince crónicas y perfiles que completan el que será presentado en La Paz en las próximas horas.

«Este es un libro de muertos, pero también un libro de vivos», explicó el autor, para quien «escribir sobre la muerte también es una forma de entender cómo vivimos y el país en el que suceden todas esas cosas».

En «Rigor mortis» hay una crónica sobre la vejez en una isla del lago Titicaca -Pariti- donde ya no quedan jóvenes, otra sobre una mujer que se hizo adicta a acudir a funerales, una más sobre la música funeraria o incluso el seguimiento del día a día de una funeraria.

«Para hacer esa historia yo me pasé yendo a la funeraria una semana entera», detalló. Allí vio cómo metían un cuerpo en formol, presenció un velorio, fue a un entierro, pasó una noche con un cuidador y acompañó a los empleados a buscar clientes a la morgue.

«Una vez que tú estás ahí te comienzas a volver alguien invisible, la gente empieza a relajarse y a hacer bromas», aclaró.

Podría pensarse que, para un periodista de aspecto notoriamente europeo y orgullosa condición de tartamudo, no es fácil hablar sobre la muerte con los habitantes de los lugares más recónditos de Bolivia.

Pero el cronista esperaba, visitaba a sus protagonistas «cuando ya se había curado la resaca de ese instante más crítico donde uno lo que busca es el silencio y la intimidad».

Ayala, que reside en La Paz desde 2001, recorrió las regiones bolivianas del Altiplano, los Yungas, Tarija, Cochabamba y Santa Cruz para contar estas historias.

Para ello recibió la ayuda de la beca Michael Jacobs de periodismo de viajes, una ayuda creada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Latinoamericano en memoria del escritor y cronista de viajes del mismo nombre, fallecido en 2014.

El prólogo del libro lo firma John Lee Anderson, uno de los más destacados maestros del periodismo narrativo, amigo del autor y del desaparecido Jacobs (1952-2014).

«Era algo muy natural que hiciera el prólogo», dijo Ayala.

A «Rigor Mortis» le preceden «La vida de las cosas» (2015), y «Los mercaderes del Ché» (2012), ambos publicados por la editorial El Cuervo en Bolivia y Libros del K.O. en España.

Publicado en Bolivia

Álex Ayala retrata la muerte desde lo cotidiano en un libro

«Como suele pasar con todos los proyectos grandes, Rigor mortis. La normalidad es la muerte es el fruto de una obsesión, de una que me persiguió sin darme tregua. En 2002, en los Yungas, en el  norte de  La Paz, conocí a un viejito que vivía con su ataúd en casa, que decía que no quería dar complicaciones a sus hijos cuando le tocara ser alimento de la gusanera”.
Con esas palabras, el periodista y cronista español  Álex Ayala cuenta cómo nació su más reciente proyecto:  el libro Rigor mortis. La normalidad es la muerte,  editado por El Cuervo. La presentación se realizará hoy, a las 19:00, en la Cinemateca Boliviana.
  Cuando Ayala conoció al anciano, el periodista escribió un pequeño relato sobre este personaje.
«Yo era un periodista sin experiencia que recién comenzaba y mi texto cojeaba por todo lado.
Tras aquel encuentro, no pude dejar de pensar en aquel personaje. Y tampoco sacarme su particular historia de la cabeza”, contó Ayala,  quien  llegó a Bolivia con una beca.
Años después, por casualidad, se  topó  con una de  las  hijas del anciano  y decidió  que era el momento de retomar el hilo de aquel relato. El anciano, llamado Raúl, no sólo había compartido espacio durante años con un féretro de madera. «En su juventud  había plantado un árbol para que un carpintero le armara el cajón ideal para reposar en el cementerio. Y, además, tenía un armario con la ropa que debían ponerle en su entierro. ¿Por qué prepararlo todo con tanta anticipación? ¿Algo lo mortificaba?”, contó el cronista. Y  así, con la idea de buscar respuestas a esas  interrogantes, Ayala empezó una nueva aventura periodística.
  Su deseo por continuar con este proyecto se reforzó cuando hizo un nuevo viaje. «Meses después de comenzar a hacerme esas preguntas, tuve la oportunidad de visitar Pampa Grande, una aldea cercana a la frontera de Bolivia con Argentina que está casi incomunicada.  En el transcurso de aquella aventura  me crucé con una «ambulancia humana”, es decir, con un grupo de hombres que avanzaba al trote cargando una camilla con un enfermo de próstata encima”, contó.  «Algunos de los voluntariosos campesinos pensaban que éste no llegaría al hospital vivo.
Decían que lo que les mataba allá era la ausencia de buenos caminos”, dijo el cronista, quien  el  año pasado publicó el  libro   La vida de las cosas, en el que explora la obsesión del ser humano por determinados  objetos.
Entonces, descubrió más interrogantes, como ¿cómo es el día a día en un sitio donde la muerte pende como una espada de Damocles?  y ¿alguien vela por los que malviven alejados del mundo que conocemos?  «La muerte es un destino lógico e inevitable. Forma parte de nuestras rutinas y de nuestras preocupaciones: compramos una vivienda y ahorramos plata para dejarles un legado a nuestros hijos. Y mantenemos la memoria de nuestros seres queridos como una forma de que no se marchen del todo. La muerte implica duelo, superstición, dolor y nostalgia. Es casi omnipresente. Sin embargo, casi nunca pensamos en ella”, dijo.
 En el libro, Ayala también  respondió  preguntas como  ¿qué ocurre cuando es un perro el que pierde al dueño y no el dueño el que pierde al perro? ¿Con qué música despedimos a nuestros difuntos? ¿Existe la adicción a los velorios? ¿Por qué antaño existía la costumbre de tomar una foto a los fallecidos? y  ¿cómo se convierte la víctima de un horrendo crimen en «santa” de narcos y maleantes?, entre  otras.
  «El libro ha tratado de dar respuestas a éstas y otras preguntas a través de historias mínimas. Es un retrato de la muerte desde la cotidianidad. Un viaje repleto de momentos íntimos”, finalizó  Ayala.
Publicado en PáginaSiete
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