Los 100 años del músico cubano Efraín Loyola

Su silueta era par­te de Cien­fuegos. Efraín Loyola se transmutó en ciudad y pasó de ser músico, leyenda e institución para convertirse en referencia icónica del espacio urbano local.

Las calles de este entorno citadino le vieron cre­cer, madurar y envejecer, entonces ya con su andar semichaplinesco y las intervenciones cuasi cantinflescas de sus postrimerías en asambleas, plenos u otros en­cuentros.

Pero —ojo, cuidado con equivocarnos—, sus aparentes galimatías o recurrencias tautológicas nunca se dirigían al puerto de la nada; por regla existía una sabia moraleja subyacente en el lecho moral de sus asertos. Las personas más sabias de la comarca jamás rechazaron un diálogo con él. Es digno de recordarse el profundo respeto con el cual siempre lo escuchaba Orlan­do García Mar­tínez, presidente de la Uneac aquí.

Dicho historiador exaltó «la trayectoria, las virtudes del maestro y símbolo de la organización intelectual», en sus palabras ante la tumba del mú­­sico, durante el acto de enterramiento, lustro atrás, en el cementerio Tomás Acea. Justo en el mismo camposanto en cuya inauguración participara el niño nacido el 18 de diciembre de 1916, según reza en una de las anécdotas referidas por el artista en el libro Flauta por flauta, conversación con Efraín Loyola (Luis Ramírez, Editorial Me­cenas, 2008).

El realizador cinematográfico Bár­baro Cabe­zas, integrante de la Uneac como el escritor antes referido, igual le dedicó su tributo al legendario artífice melódico, a través del documental Las huellas de un charanguero.

A Loyola la inteligencia se la confirió la experiencia, más que los estudios. El Hijo Ilustre de Cienfuegos (me­recedor de una Distinción Espe­cial conferida por Miguel Barnet y Abel Prieto, presidente de la Uneac y ministro de Cultura, respectivamente) tenía especial discernimiento para reconocer a los alquimistas de fantasía, a los fundidores de oropel; como igual para detectar/justipreciar al verdadero talento.

El viejo poseía una brújula cualitativa dentro de su cerebro; también una ética.

Y, además, un carácter maravilloso; clase y de­voción por el terruño, el cual no abandonó ni an­te la tentación mayor de continuar haciendo gloria nacional e internacional junto a la Aragón, orquesta que integró desde su fundación en 1939 pero so­lo hasta el instante previo al despla­za­miento del colectivo hacia la capital, en 1953.

El flautista más viejo del mundo —lo llegaría a ser antes de su partida en el 2011, como él mis­mo me reconoció una vez en diálogo publicado en el dia­rio Juventud Rebelde—, constituía una maquinaria perfecta para la creación artística.

En los anales o álbumes estadísticos quedarán sus más de 150 reconocimientos o premios; en el arte permanecerá su nunca interrumpi­­do quehacer en el Conjunto Tradicional de Sones Los Na­ran­jos, la Banda Municipal de Conciertos de Cienfuegos o las orquestas Aragón o la iden­tificada bajo su propio apellido. ¿Cómo olvi­dar aquel “Efraín Loyola sí que tiene ritmo (…). Vámonos con Loyola (…). Vámonos a gozar (…)”.

Fallecidos José Antonio Fajardo (1919-2001) y Richard Egües (1924-2006), el querido símbolo se convirtió en el último flautista de la vieja es­tirpe aurea de quienes transfundieron su ser al instrumento, e indiferenciable resultaba —por consecuencia—, las sombras de ambos.

La capacidad de hacer de este hombre fue sen­cillamente excepcional. Hoy, a la altura del si­glo de Loyola, ha de sugerirse su decálogo co­mo propuesta de proyecto vital de las nuevas generaciones (no solo de músicos): laboriosidad, vitalidad, optimismo, fe, amor, fidelidad, solidaridad, resistencia, fuerza y sentido cabal de la demanda de cada momento de la existencia.

En el centenario de Efraín Loyola, además, es preciso recordar su fortaleza y decisión enrumbadas a abrirse paso en la vida. Fue limpiador de za­patos, panadero, vendedor de periódicos, ta­ba­­quero y músico de la banda de bomberos. Nunca se dejó aplastar por la miseria de la neoco­lonia ni que­brar su entereza, pese a las constantes penurias económicas y lo discriminada que resultaba su raza en tanto política de estado de aquellos desgo­biernos.

Loyola fue un gran ser humano, en toda la ex­tensión del término.

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