Raul Zurita: «Yo me he planteado una poesía sin complejos»

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La imagen del niño sirio muerto recorrió el mundo, en septiembre de 2015. Aylan Kurdi, de tres años, fue hallado boca abajo en la orilla del mar de la costa turca tras el naufragio de una embarcación, que viajaba con refugiados a Europa. La imagen de Aylan se multiplicó en el espacio infinito de las redes sociales. Era el reflejo del dolor, de la precariedad humana y del conflicto diario de millones de inmigrantes.

Aylan no iba solo en ese viaje. Su madre, Rehan, y su hermano Galip, de cinco años, también murieron. Solo el padre sobrevivió. Por esos días el poeta chileno Raúl Zurita (67) se encontraba con su mujer, Paulina Wendt, en Estados Unidos. Ella le mostró la imagen del niño muerto reproducida en la prensa.

“El hermano de Aylan también murió en ese viaje, pero no tiene fotografía. Entonces decidí hacer un homenaje a través del niño no fotografiado a las miles y miles de víctimas anónimas que no tienen fotografía”, dice el Premio Nacional de Literatura 2000.

El año pasado se materializó su idea, cuando fue invitado a participar en la Bienal de Kochi-Muziris, en India. Zurita fue uno de los invitados estelares, en la muestra que reúne 97 artistas, de 31 países, inaugurada en diciembre pasado y que se puede visitar hasta marzo. Allí está El mar del dolor.

La obra de Zurita, ubicada en un galpón de ocho metros de altura, tiene un piso de agua. En sus paredes ocho telas blancas contienen varias frases: “No me ves… en el mar del dolor. No me sientes… en el mar del dolor…”. Para finalizar con un texto, donde se habla de la historia de Aylan Kurdi y su familia. “No hay fotografías de Galip Kurdi, él no puede oír, no puede ver, no puede sentir, y el silencio cae como inmensas telas blancas”, dice parte del escrito.

“El arte y la poesía tienen que dar cuenta del horror del mundo, no de su belleza. Me cuesta imaginar a un verdadero artista que no cambie cada vez que mira las noticias por televisión, que no se haya profundamente alterado, porque el mundo no se puede medir por lo bien de quienes están bien, sino por lo mal de quienes están mal. Y los que están mal están demasiado mal. Lo de los refugiados sirios es tremendo. Nosotros también tuvimos nuestra gran cuota de muerte. Entonces cómo no voy a hacer empático”, dice Raúl Zurita, el autor de Purgatorio, quien esta semana cumplió 67 años y que en los 80 formó parte del CADA, grupo de acciones de arte que integró junto a Diamela Eltit y Lotty Rosenfeld.

Hace 17 años que Zurita padece los efectos del Parkinson. “Veo presentaciones mías y me encuentro peor antes que ahora… Bueno a veces”, dice, entre risas, el poeta que prefiere aceptar parte de las invitaciones que le llegan.

“A mí me relaja viajar, todavía no me estresa, no tengo problemas con los horarios, trabajo bien en los aviones, los hoteles”, señala y resume parte del 2016. El primer semestre estuvo haciendo clases como profesor invitado en la U. de Harvard (EEUU); luego participó en el Festival de Rotterdam (Holanda), y realizó lecturas en Madrid (España), Ciudad de México, Oaxaca (México) y Buenos Aires, en Argentina. Además, obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

“Me han hecho invitaciones de Estonia, Lisboa, Atenas… Siento que me están escuchando. Pero lo cierto es que no soy ni mejor ni peor de lo que era hace 20 años. Esta recepción de mi obra me alegra y a veces me abruma. Ahora me encuentran todo bueno, hace 15 años, todo era malo y las cosas son más o menos las mismas”, comenta Zurita, cuya producción literaria aumenta entre nuevos poemarios, traducciones y estudios sobre su obra. Un ejemplar que salió recién en España es Alegoría de la desolación y la esperanza (Visor), que contiene 32 ensayos.

Entre las novedades está Verás, antología que reúne poemas, prosas y textos inéditos, que acaba de publicar Ediciones Biblioteca Nacional. El volumen, editado y prologado por el poeta Héctor Hernández, incluye parte de su traducción de La Divina Comedia, de Dante Alighieri. También Hernández trabajó en la edición de El Mein Kampf de Raúl Zurita, selección de 40 años de entrevistas, que publicará este semestre Ediciones UDP. Mientras, en inglés aparece Sky Below, reunión de poemas traducidos por Anna Deeny Morales; y en las próximas semanas saldrá una edición de INRI (2003), traducido por William Rowe, en la editorial New York Review Books, que tiene en su catálogo obras de figuras como W.H. Auden, Charles Simic y Anne Carson.

“Yo he hablado, no me he enclaustrado en los libros, no me he guardado nada. En ese recorrido se pueden ver tus equivocaciones, contradicciones, mala fe, obsesiones… pero bueno es muy difícil valorarse. Creo que hay una cierta coherencia final”, reflexiona Zurita del volumen de entrevistas.

¿Cómo fue la experiencia en la Bienal de la India?

El que lo de Kochi haya salido como me lo imaginé se debió en gran parte a la labor de un diseñador chileno radicado en Barcelona, Augusto Saavedra, quien tradujo mi idea de un modo tan exacto que el resultado no podía sino ser perfecto. Ahora es primera vez que me tratan como artista visual (se ríe). Para mí el arte y la literatura son cara de una misma moneda. Creo que tocan una sola tecla. Yo siempre pensé en una obra total, lo que me ha permitido explorar múltiples posibilidades. Y eso me lo plantee en dictadura, responder frente a la violencia con un arte que fuera más violento todavía.

¿Con el CADA fueron años de formación?

Fue un periodo muy fuerte, muy interesante, donde hasta cierto momento los textos los escribí yo, lo que me permitió instalar ideas que tenía y que después funcionaron como grupo. Las primeras acciones ya las había imaginado, por ejemplo, Para no morir de hambre en el arte, cuando repartimos bolsas de leche (1979) y además ¡Ay Sudamérica! (1981), 400 mil volantes arrojados desde seis avionetas en los barrios periféricos de Santiago. ¡Veinte años antes del colectivo Casagrande..!

Por eso me dan risa esas acciones de arte cuando hablan de los Infrarrealistas, que hacían travesuras en México, como quitarle un discurso a Octavio Paz y ahí se matriculaban de poeta maldito. ¡Y nosotros hacíamos estas cuestiones en las barbas de Pinochet!

¿Cómo le fue como profesor en Harvard?

Tenía un curso de seminario de 4 alumnos. Pero se unieron como 20 estudiantes entre peruanos, cubanos, chilenos, mexicanos, que quisieron asistir de oyentes. Terminaron haciéndose amigos. Conocí un mundo que no conocía bien, que es el de los latinos en EEUU… Allá tuve un encuentro muy lindo con una persona que no veía hace mil años. La Catalina Parra, la hija mayor de Nicanor. Fue una de las cosas bonitas que me pasaron, porque la historia de Chile está cruzada por peleas, pasiones… el mundo de la dictadura era muy claustrofóbico, como una bolsa de gatos. Entonces nos queríamos ¡pero nos dábamos cada arañazo!

¿Por qué cree que ocurre esa paradoja que decía: que antes le encontraban todo malo y ahora todo bueno?

Yo me he planteado una poesía y un arte sin complejos. Y me he dado cuenta que eso crea cierto resentimiento… Un tiempo fui atacado por las feministas y por cierta institucionalidad universitaria, que incluía el calificarme como “El poeta oficial”, “El poeta de Ricardo Lagos”, etc. Se decían cosas muy idiotas. Me decían “Lo perdió el poder”, ¡Como si yo hubiese tenido una agencia de publicidad! No tengo ni agente e iba a tener agencia. Pero ha pasado el tiempo y ahora que están atacando tanto a Lagos ¡Me dan ganas de defenderlo! (se ríe) Los ataques en las redes sociales son feroces. Me preocupa este país.

¿Debería ser Lagos otra vez Presidente?

Es que tiene un rechazo infinito. Mientras tanto está siendo vejado, humillado… Pero el desencanto de la gente también se justifica, porque el doble discurso es transversal. La clase política es una casta que se autopreserva… Ahora comparar a Lagos con Pinochet, como algunos lo han hecho, es de una pobreza de argumentos… Lagos fue un valiente. Yo no creo que Lagos llegue a ser candidato, pero sí es así yo lo apoyaría.

Publicado en La Tercera
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