Fattoruso y candombe

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Por Belén Fourment

Detrás de unos teclados —que aunque no están conectados tocará durante la entrevista— Hugo Fattoruso se sienta para conversar de las cosas de siempre: sus múltiples proyectos, la inspiración, sus etapas, la simpleza, su inquietud, esa sensación de que nunca va a parar de escuchar lo que suena todo el tiempo en su cabeza. «Yo soy un adolescente», afirma quien, con más de 70 años, hizo que su nombre fuera sinónimo de música uruguaya aunque no quiera reparar demasiado en eso, aunque nunca se ponga en el lugar de referente. «Viejo está el cuerpo», agrega entre risas.

«Lo que yo hago es simple», dice en charla con El País. «Si fuéramos constructores, conozco músicos que hacen platos voladores y yo construyo un monopatín. Yo veo las diferencias, las noto. Por eso digo que lo mío es simple».

Dice además que sus maestros son Manolo Guardia, Paco Mañosa e Iris Segundo, quien le enseñó piano ortodoxo. Dice que la música urbana no le interesa, que se decanta por el folclore regional y que hoy, gracias a internet, escucha «radios del mundo». Dice que es gardeliano y que apenas conoce cuatro acordes con la guitarra, o sea que básicamente se considera un principiante. Y dice que en mayo tocará por primera vez en 15 años con la familia unida: se presentará un documental sobre «sus andanzas» y será la oportunidad para compartir escenario con sus hijos Francisco, Alex, Christian y Luanda, y sus nietas Luana y Mía.

Pero Fattoruso, que hoy además de tocar solo integra el HA Dúo con Albana Barrocas, el Dúo Oriental con Yahiro Tomohiro, y el Cuarteto Oriental con Daniel Mazza, Fabián Miodownik y Leo Amuedo, tiene un nuevo proyecto. Es un grupo de candombe, el Quinteto Barrio Sur, el puntapié inicial de esta charla con El País.

Belén Fourment

—¿Cómo nace el proyecto del Quinteto Barrio Sur?

—Me quedé sin grupo para tocar esta temática que tanto me apasiona. Aunque en mis recitales no hay un candombe atrás de otro, tocamos ritmos de diferentes medidas y no todo es binario. Entonces era muy claro que al quedarme sin grupo, iba a invitar a Wellington y Matías Silva, y a Guillermo Díaz Silva a hacer algo.

—¿Cómo concibe hoy el candombe, cómo lo entiende?

—Ah, no sé explicar eso.

—Entonces, ¿qué significa para usted el candombe?

—Es la música de la ciudad en que nací, las paredes transmiten eso y desde niño mi padre me llevaba a Ansina y al Barrio Sur. Está en mi alma: soy blanco, italiano, pero eso está en mi alma. Es el pulso africano, la conversación de los tambores: es ritmo y danza para mí.

—¿Alguna vez fue un problema ser blanco, italiano y amante del candombe?

—No. Nos conocemos desde siempre, nos vemos en Montevideo, con lluvia o sin lluvia.

—En este primer disco de Barrio Sur hay una mirada muy moderna del candombe, y una intención de ir más allá.

—Un poquito más allá, para que no sea todo igual por así decirlo. Hay un par de candombes de puro tambor, hay un milongón con otra cadencia, hay temas electrónicos para mezclar la propuesta de Albana. Mi libro fusiona todo, somos felices con todo lo que hacemos. Nada molesta.

—¿No es purista en la música?

—No. Toco lo que sé tocar que es un entrevero: me puedo presentar en un festival de jazz como pianista, pero también compongo temas de dos acordes. Conviven en mí ambos.

—Y también la canción urbana. ¿Eso está todo en un mismo lugar o hay que salirse de un sitio para entrar en el otro?

—Si compongo un bolero, es porque tengo mi almita de bolero. Yo soy un atrevido, no sé el resultado. Tengo un par de tangos, unas milongas lentas y otras de paso alegre.

—¿Cómo se definió el repertorio para este nuevo disco?

—Siempre estoy haciendo bosquejos de temas nuevos, o una versión de un tema muy antiguo. Estoy siempre pensando en diferentes repertorios. Cuando me presento solo, tengo una cantidad de músicas que se adaptan para un pianista; y cuando tocamos con tríos o cuartetos la propuesta musical es diferente. Y tengo HA Dúo con Albana (Barrocas), y tocamos cosas que podemos tocar. Hoy podría grabar cuatro CD por la cantidad de ideas que hay para sonorizar.

—Además de esos proyectos, está en Dos Orientales y con el Cuarteto Oriental.

—Sí. Con Yahiro Tomohiro hicimos el año pasado la décima gira consecutiva por Japón; tenemos tres discos y los dos primeros están en Montevideo Music Group. El tercero está solamente en Japón, quedó precioso. Nosotros no somos gente que vende muchas unidades, no somos Fulano que saca un disco y vende un Platino. Pero nuestros trabajos te puedo garantir que están pensados para perdurar en los almanaques.

—Eso ya lo ha logrado.

—Bueno, me zambullo en eso. Yo me preocupo al máximo de que a mi criterio la escuadra quede bien escuadra. Se consigue y no se consigue, es una persecución infinita.

—Pero se defiende siempre.

—Sí, con la pasión y con el cuidado de que quede prolijo, que tenga un contenido emotivo. La música es emoción.

—¿La búsqueda de la perfección, de la excelencia, existe?

—La búsqueda de la perfección (se ríe), que es una locura, es en la mezcla de lo grabado. Porque en vivo se genera un impacto, pero lo que está grabado dura años. En vivo me concentro en no equivocarme yo, porque ya sé que mis compañeros de grupo son motores andando por sí solos. Ellos ponen los cambios, todo; yo voy con ellos y van conmigo, vamos juntos.

—Habiendo trabajado con tanta gente, ¿es difícil entregarse al otro en el escenario?

—Desde el momento en que invito a alguien sé que está sobrado, no porque lo diga yo sino porque lo dice otro también. Y si el otro está cómodo, se nota. En mi caso no es una fórmula armar un grupo: es una barra chica, una familia, ahí comanda la música, no un director.

—¿Qué encontró trabajando con Albana, mano a mano?

—La juventud de ella, el empuje que tiene. Es un diamante en bruto. Y en la parte de electrónica tiene muchas ideas, pero también toca percusión. Ella es de raza siria, turca, brasileña, entonces el ritmo lo tiene en la sangre. Ensayamos y logramos lo que logramos, y seguimos ensayando para zambullirnos en el mar de la música.

—¿De Osvaldo qué aprendió?

—Aprendí la constancia, la dedicación, la entrega.

—¿Y de usted, de hacer música todos los días, qué aprende?

—(Piensa) Que cada vez sea más prolija la manera de proyectar la idea. De repente un acorde dura un segundo, y es un poco volverse loco, pero compongo una cosa y voy cuidando que suene todo.

—¿Hay música buena y mala?

—Sí, es como la pizza. Con mi medida de kilates, selecciono y determino lo que para mí es bueno o no bueno, porque está mal terminado o el clavo está torcido. Pero va en el gusto de cada persona, no tenés que ser músico porque si algo no te conmueve no tiene explicación. No puede venir un académico a decirte nada, es muy personal.

Su mirada sobre Leo Maslíah, un «despegado».

Aunque no estaba enterado de un reciente «debate» que se generó en las redes sociales que terminó poniendo de un lado a Leo Maslíah y del otro a David Bowie, Fattoruso habló de su compañero en el proyecto Montevideo ambiguo y dijo: «Yo no sé lo que hace Bowie, no tengo paciencia para escuchar y para analizar eso. Ahora, te puedo asegurar que Bowie no tiene ni idea de lo que es música comparado con Maslíah, en mi opinión. Leo Maslíah es una persona de una preparación y una creación insondable, inabarcable por la comprensión de mi persona, al menos. Está muy despegado, muy preparado, pero es muy inspirado. No es una cosa técnica, fría y carburada. Es un genio más que con mayúsculas; no sé qué viene después de eso».

Los Shakers y OPA, dos referencias casi opuestas.

—¿Qué lo llevó a cantar «Break It All» en la apertura del estadio de Peñarol?

—Mi hijo Francisco estaba a cargo de armar esa parte, y en el diseño iba a quedar bien si la tocábamos.

—¿Tuvo que convencerlo?

—No, no. Yo no la hago porque es de otra era, pero me subí y canté. Son dos minutos y medio, no mata (se ríe).

—A Los Shakers los siente muy distantes respecto al resto de su obra.

—Claro, porque no es local y no es original. Nos fuimos atrás de querer copiar algo, cantando en otro idioma.

—¿Se arrepiente?

—No, no maté a nadie ni lastimé a nadie. Formé parte de ese grupo, mi vida fue así.

—OPA sí fue algo innovador y referencial para muchos músicos de acá. Si hoy piensa en OPA, ¿en qué piensa?

—En lo que hicimos, que en realidad son tres discos porque después trabajamos mucho en restaurantes, para pagar el alquiler. Tocábamos la música de la radio, y también en recitales si nos invitaban.

Publicado en El País
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