Luis Sepúlveda, autor chileno: «No reconocer los errores es dogmatismo»

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Juan Belmonte revolucionó el toreo. Se plantaba y solo había dos opciones: o pasaba el toro o le cogía. Pero no murió en la arena y, quizás por eso, se pegó un tiro. Sin embargo son otras revoluciones, otros belmontes, los que tra el El fin de la historia (Tusquets), la última novela de Luis Sepúlveda (Chile, 1949). El protagonista comparte con el torero nombre y ansia de un fin épico que nunca llegó. Sepúlveda, que fue guardia personal de Allende, estuvo en el Ejército de Liberación Nacional chileno y participó en la Revolución sandinista, lega parte de su propia vida a este personaje, al que el pasado vuelve para atormentarle. «No podemos huir de la sombra de lo que fuimos», se puede leer en El fin de la historia.

¿Dónde acaba Juan Belmonte y dónde empieza Luis Sepúlveda?
Necesitaba una experiencia y pensé en regalarle la mía. Es un tipo orgulloso de conservar la integridad moral. Yo, en cambio, soy más apegado a la vida. Lo que sí me pasa es cuando se me acercan y recuerdan que fui de los suyos, que fui cercano a Allende, y me piden que forme parte de la política de Chile. No lo voy a hacer. También se me acerca gente para que firme una carta de solidaridad con Maduro. No creo que él sea el miserable que dice la derecha pero tiene tantos fallos que si no las vemos y reconocemos estamos haciendo un flaco favor a todos. No reconocer los errores es dogmatismo.
Verónica, la mujer de Belmonte, fue torturada y luego arrojada a un basurero con otros cadáveres. Esas torturas también las sufrió su verdadera mujer…
Sí.
¿Cómo escribe de algo tan duro? ¿Es Belmonte un refugio?
Un personaje no funciona si no tiene una historia de amor, un motivo para vivir. Ella tiene huellas de las torturas porque en los interrogatorios no cayó. En un tipo así es algo que reafirma el amor. Quería hablar del amor más allá de la pareja convencional.
La política internacional, especialmente en Oriente Próximo, parece validar la idea de El fin de la historia: el pasado no se supera.
Eso viene de la fantástica idea de Occidente cuando le dio por promover las primaveras árabes. Se estaban haciendo experimentos peligrosos en países sin tradición democrática. Sadam Huseín era un carajo, pero en su tiempo fue un aliado. Al Assad también, y frenaba el integrismo. Gadafi, cuando venía, montaba la haima en la Moncloa… Ahora, hay una responsabilidad de Occidente en la génesis del integrismo islámico. Con todo esto le cayó a Putin la oportunidad de superar un complejo: Afganistán fue para la conciencia rusa como Vietnam a la estadounidense. Ahora Putin no intenta mantener una zona de influencia como la de la Unión Soviética sino como la de la Rusia zarista.
Ahí está Crimea…
Exacto. Se están imponiendo por la fuerza. En cambio ¿qué hace Europa? Pone sanciones económicas. Hay un doble lenguaje, nos quieren hacer creer que la comunidad internacional está en condiciones de imponer un orden determinado. Y no, los únicos que lo hacen son los conglomerados invisibles de las grandes empresas internacionales que intervienen en los estados de una manera tan grande que han hecho que pierdan soberanía.
Un poco como solía hacer la United Fruit Company.
Efectivamente, como la mamita yunai, que ponía y botaba gobiernos. Ahora son las grandes multinacionales las que tienen unos grandes cónsules en el mundo. Uno es el Fondo Monetario Internacional y su señora Christine Lagarde, que es una gran consulesa de los que mandan realmente. Nadie sabe para qué sirve, pero está ahí y determina.
¿Cuánta gente falta en Chile por la dictadura?
3.000
Dice que Chile no ha querido afrontar su historia…
Una gran parte sí quiere. Pero en estos 27 años desde el fin de la dictadura los gobiernos no han tenido voluntad política de solucionarlo. Ha sido gracias a la tesón de los familiares que se ha ido avanzando. Han ido a hurgar con sus propias manos en los lugares donde se sospechaba que estaban los cuerpos. Ha faltado asumirlo de manera colectiva.
¿Pasa lo mismo en España?
Sí. Es curioso. La Transición chilena copió muchas cosas de la española, especialmente los errores. Fue el pensar de la misma manera, la de no abrir viejas heridas que nunca se cerraron. La diferencia es que en Chile hubo muertos de un solo lado.
Lleva tiempo viviendo en España ¿Cómo ve la política aquí? ¿Siente simpatías?
La veo como parte de toda la política europea. España fue un país con políticos brillantes y cultos, sobre todo de izquierda, pero que ya no están. Han sido reemplazados por gente que no tiene una preparación intelectual. Hay mucho de salir guapos en las fotos y no salir guapos en las ideas. Con el 15-M apareció una iniciativa pero que no tiene las cosas claras. No se puede tomar el Palacio de Invierno porque no hay invierno y no hay palacio.
¿Qué hubiera sido de Luis Sepúlveda si no se hubiera dedicado a escribir?
Mi destino se ha torcido muchas veces. Mi abuelo era andaluz. Abrió un restaurante en Chile y le siguió mi padre, que era cocinero con formación, un chef. Si estuviera vivo tendría por lo menos una estrella Michelín. Cuando tenía 16 años me llamaron porque toda la familia vive del restaurante y me dijeron que entrara en la escuela de hostelería. Les dije que no, era una esclavitud. Si no hubiera sido escritor sería un señor a cargo de un restaurante en Santiago de Chile.
Publicado en El Mundo
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