“La única forma de soportar a Parra era queriéndolo»

El poeta y premio Nacional de Literatura 2000 Raúl Zurita Canessa durante una entrevista en su casa para Tendencias, jueves 3 de enero de 2019. FOTO / ROBERTO CANDIA para Tendencias

Raúl Zurita: “A Parra le decíamos en broma ‘el mala persona’”

Por Patricio de la Paz

El próximo miércoles es el primer aniversario de la muerte de Nicanor Parra. El poeta Raúl Zurita fue su amigo por casi medio siglo. “Lo quise mucho”, reconoce. En su personal reconstrucción del autor de los Artefactos se mezclan luces y sombras. Lo recuerda como un tipo fregado, complejo, siempre hablando de sí mismo; pero que le dio gestos de afecto que aún lo emocionan. “La única forma de soportar a Parra era queriéndolo; no habían medias tintas con él”, dice en esta entrevista.

Fue una tarde de otoño tardío. A principios de junio de 2017; siete meses antes de que Nicanor Parra muriera. Como intuyendo la cercanía del final, ese día Raúl Zurita lo fue a visitar a su casa en Las Cruces. No fue fácil tomar la decisión de ir a verlo por última vez. “A mí me cuesta ver a la gente en el umbral de la desaparición. Tengo imágenes dolorosas al respecto. Pero fui y quedé en paz; fue una experiencia casi mística”, recuerda.

Dice que Parra estaba sentado, tapado con un chal. “Hola Raúl”, le dijo al verlo. Luego se tomaron de las manos y se mantuvieron en silencio, mientras afuera atardecía. No se dijeron nada, pero Zurita no duda: “Fue nuestro diálogo más profundo de todos los que tuvimos en casi 50 años de amistad”.

De pronto, en un chispazo de humor, Parra miró a la esposa de Zurita, Paulina Wendt, que lo acompañaba, y le dijo a él: “Muchacho, ¡tú me robaste a esa mujer!”. Luego, recitó de memoria unos versos que Zurita había escrito muchos años antes: “No hay domingos para la vaca: mugiendo despierta en un espacio vacío babeante gorda sobre esos pastos imaginarios”. Poco después, cuando lo trasladaban a su silla de ruedas, a Parra se le vinieron abajo los pantalones. Eso, según Zurita, fue su mejor antipoema. La ruptura de toda solemnidad. La vejez provocadora y humillante.

“Fue tremendo. Y yo he tenido el cuidado de contarlo así, con estas palabras: ‘se le vinieron abajo los pantalones’; porque decirlo de otra forma, como que los pantalones se le cayeron, hubiera sido demasiado para un machito como Parra”, dice Zurita, y entonces se ríe con esa sonrisa traviesa de niño que ya es parte de su marca registrada.

La orfandad

Raúl Zurita (69) habla de Nicanor Parra con entusiasmo. Con la soltura de quien lo conoció bien, con sus virtudes y sus miserias. Sentado en el comedor de su casa en Providencia, con los dos brazos en la mesa y la cabeza apoyada sobre ellos -en una postura que le permite lidiar contra los temblores de un párkinson que lo afecta desde hace casi dos décadas-, Zurita dice que el año que ha pasado desde la muerte de Parra, ocurrida el 23 de enero de 2018, “ha sido un año curioso”.

-¿Por qué curioso?

-Porque hay una orfandad que no termina de resolverse por las circunstancias, por el conflicto de los hijos; es algo como en suspenso. Lo que tiene una parte dolorosa. Siento que no ha tenido el final que todo ser humano se merece. Además, creo que su personalidad y su presencia física sostenían en gran parte su obra. Sus gestos, sus ocurrencias, sus caprichos, sus tics, sus obsesiones, sus parcialidades, sus contradicciones, sus mañas. Su obra pierde algo sin él vivo. Entonces es una sensación extraña.

FOTO: ROBERTO CANDIA
-Usted asistió a su funeral en Las Cruces. Dice que fue bello pero extraño, que faltaron las palabras. Usted se quedó con un poema en el bolsillo. ¿Qué ocurrió?
-A lo mejor fue un funeral antipoético. La antipoesía muestra los conflictos de la vida. Es la vida en su crudeza, en todo su espanto. No sólo una cosa sonriente. La mueca sonriente de Parra tiene mucho de la mueca del payaso, una risa que toca lo más hondo, trágico y absurdo de la existencia. Entonces, tal vez ese funeral era el funeral para Parra, totalmente inesperado, con la gente descolocada.

-Ya se respiraba la incomodidad del conflicto entre los hijos de Parra, que luego se transformó en una demanda de unos contra otros.
-Ese drama, ese conflicto de sus hijos, me parte el alma. Yo quiero mucho a la Colombina, la conocí de guagua. También conocí mucho a la Catalina, la hija mayor. Las dos me parecen bellas personas. Los Parra traen sus demonios, sus tormentos, pero ésta es una pelea absurda. Se dijeron malas cosas, hubo reproches, pero uno se aleja un centímetro de esa pelea y parece tan poco importante. ¿Qué cuesta ponerse de acuerdo?

-¿Qué salida ve usted?
-Creo que necesitan un mediador de buena voluntad, que no puede ser de la familia.

-¿Aceptaría ser ese mediador?
-No me ofrezco, pero lo necesitan.

-¿Y si se lo pidieran?
-Uno es tan loco, que podría decir que sí. Pero no me ofrezco.

Los monólogos

-Conoció a Parra a inicio de los 70. Lo fue a ver a su casa en Isla Negra. Usted tenía 20 años, le llevó una carpeta con sus poemas.
-Sí, fue increíble. Fui con Juan Luis Martínez y con el Gitano Rodríguez. Fue la primera vez que vi a la Colombina y al Barraco, que eran chiquititos. Para mí fue impresionante ver a Parra, era el primer poeta grande que veía en mi vida. Luego lo volví a ver en 1974, después del golpe. En la casa de Ronald Kay, que estaba casado con la Catalina Parra. Nicanor estaba muy elegante; a esas alturas debía tener unos 60 años y se veía extraordinariamente joven. Desde ahí lo empecé a ver con frecuencia.

-Usted ha contado que los poemas que le dejó en su primera visita, Parra los incluyó en sus Artefactos (1972). ¿Le dio rabia?
-Me había copiado unos cuantos. Pero eso me provocó gran orgullo. Nunca le toqué el tema, temía que lo tomara como reproche. Además Parra tomaba de donde pillaba; le he visto poemas con frases de escritores norteamericanos. Eso me parece válido; y fue por Picasso, quien decía: “Yo no busco, yo encuentro”. A mí me provocó alegría y me dio seguridad.

-Lo vio como una aprobación de Parra.
-Claro. Aunque él siempre lo llevaba un poquito más lejos, le daba un pequeño giro.

-¿Cómo siguió la relación? Parra se declaraba “juntista” -por su apoyo a la Junta Militar-; y usted era comunista…
-Yo había estado preso, era absolutamente antipinochetista, como lo he sido siempre. Sin embargo, Parra tenía algo extraño que te hacía saltar ese factor. Una vez fuimos a almorzar con Floridor Pérez, Ronald Kay y Jaime Quezada, y de repente llegó Parra. Se empezó a exaltar, a decir que era “juntista”, y provocó una sensación casi de terror. Era el 74 ó 75. Cuando ellos se fueron, Parra dijo una frase terrible: “¿Y quiénes son estos guarisapos?”. Era un tipo fregado. Pero yo me llevaba bien con él y lo seguí viendo.

-¿Hubo momentos de tensión entre ustedes?
-No. Yo me di cuenta de inmediato que era un tipo al que tenías que escuchar. No había que rebatir, sino escucharlo. No llevarle la contra en nada, porque él no sabía discutir, perdía completamente la brújula en una discusión. Había que escucharlo, ahí estaba su genialidad. Lo quise mucho; aunque uno supiera que nunca ibas a tener una ayuda de él. No era un tipo que te iba a esconder si te perseguía la Junta Militar. Hay testimonios bastante duros sobre eso. No te iba a delatar, pero tampoco te iba a esconder. Tenía un odio reconcentrado hacia los comunistas, y tenía sus razones por lo que pasó después del té con la esposa de Nixon. Eso fue una barbaridad, una acusación gratuita. Si el gobierno norteamericano te invita y aparece la mujer del presidente, te ofrece un té, ¿qué le vas a decir?, ¿te vas a parar y te vas a ir? Nicanor se disculpó, pero en Chile le hicieron una campaña feroz. La izquierda se le tiró encima y lo empieza a empujar a la derecha; y cuando está en la derecha de frentón, dicen: “Ven, ya se desenmascaró”. Pero lo empujaron a eso. Eso siempre yo lo tuve en cuenta. Él se resintió mucho. En cierto sentido, su gran pecado fue confundir sus problemas personales con cosas más importantes, como un golpe de Estado donde desaparece gente. Pero yo lo seguí viendo.

-No lo violentaba entonces esa postura de Parra.
-Con él tuve pocas conversaciones políticas.

-¿De qué hablaban?
-De los conflictos y problemas amorosos, que era un gran tema de Parra. Hablábamos mucho de él, por supuesto, de su poesía. Con un grupo de poetas le decíamos en broma “el mala persona”; como algo cómico, sin resentimiento. Pero a mí, él me dio muestras de afecto en momentos difíciles de mi vida, que no me las dio nadie. Entonces “el mala persona” era un tipo difícil, pero era, y esto va a parecer anti antipoético, un hombre bueno. Tenía fama de avaro, pero una vez un poeta estaba en malas condiciones y él preguntó: ¿con cuánto hay que ponerse? Parra era un personaje muy complejo. Salió de una familia pobrísima y hay que entenderlo en esa odisea. Un tipo que tuvo que luchar contra un mundo adverso. Que formó a la Violeta Parra: él tuvo la inteligencia y la sensibilidad de darse cuenta del potencial de su hermana, que es la verdadera genio y la gran creadora, con una dimensión universal que no tiene ni siquiera Nicanor. Él fue incapaz de ver el mundo más allá de él, pero dentro de lo que podía era un hombre bueno, con todos los conflictos, contradicciones, taras y fobias de su generación.

El cariño

-Dicen que en sus visitas a Parra usted se veía intimidado, nervioso frente a él.
-Sí. A Parra se le perdonaba todo. A mí me cohibía. Yo me quedaba escuchándolo; no estaba de acuerdo con el 99% de las cosas que decía, sobre todo en sus afirmaciones sobre la poesía, pero nunca lo contradije. Me sentía cohibido y eso no se me pasó nunca. Él hablaba sobre su propia obra y decía: “Después de esto yo creo que no se puede hacer nada más”. Y yo pensaba: “Sí, se puede hacer, pero eso no lo sabes tú, eso lo sé yo”. Lo pensaba, pero no lo decía. Nunca externalicé esto con él.

-¿Lo que ustedes tuvieron fue una amistad?
-Creo que él me consideraba un amigo. La última vez que estuve con él, esa tarde de junio en Las Cruces, fue impresionante. Estaba totalmente ido, no reconocía a nadie, pero a mí me reconoció. Luego recitó tres versos míos.

-Usted lo visitaba en su casa y en la clínica. Pero también hubo paseos por tugurios de Cartagena y del Santiago profundo, caminatas interminables.
-Sí, estuve en su casa una semana y caminábamos por Cartagena, por tugurios. A él le gustaban esos lugares. Una vez estábamos en un bar en Recoleta y el tipo nos atendió mal, entonces Nicanor le dijo: “Usted nos va a tener que atender porque yo soy el choro Parra”. Él era muy medido en el beber, se cuidaba. Por algo vivió hasta los 103 años.

FOTO: ROBERTO CANDIA

-Parra lo consoló tras su ruptura con Diamela Eltit, cuando fueron a un encuentro de poesía en Uruguay, en 1985.
-Eso fue una gran ayuda y fue mi otra gran escena con él. Inolvidable. Yo estaba a punto de tirarme desde el balcón del hotel, el mismo de donde dicen se había suicidado Amado Nervo. Entonces Parra me dice que hasta al Che Guevara la mujer se le había ido con el cocinero. Me ayudó porque me hizo reír. Parra fue conmigo un gran tipo, no tengo nada que reprocharle en lo personal.

-En una entrevista, usted dijo que Parra “tuvo un gesto de nobleza que sólo de recordarlo me hace llorar”. ¿A qué se refiere?
-(Zurita se emociona y queda en silencio unos segundos). No lo voy a decir nunca. Fue un gesto de nobleza humana.

-En su libro Son importantes las estrellas incluye un texto que parte así: “Todos queremos a Nicanos Parra”. ¿Cuánto y de qué manera lo quería usted?
-Lo quería mucho. Yo era totalmente lúcido respecto a las múltiples facetas de su personalidad, pero lo quería mucho. Además que la única forma de soportarlo era queriéndolo. No había medias tintas con él. Es un tipo al que Chile le perdonó sus errores. Él fue juntista, pero no hay que olvidar que en 1977 le quemaron su carpa (donde se presentaba una obra de teatro basada en sus textos incómodos); en ese sentido, él se reivindicó, se dio cuenta al poco tiempo de que se había equivocado y que estaba al lado de los que no debería estar. Sí, yo lo quise mucho.

La inspiración

-Su poesía le debe a Parra. Ha dicho: “Nada de lo que pueda haber hecho podría explicarse sin él”.
-Es por la relación con lo real y con el lenguaje, con el habla coloquial. Yo utilizo la jerga chilena muchas veces; y sin el ejemplo de Parra eso no habría sucedido. Lo mismo el sentido de lo real, que es estar pegado a la tierra. Hay poetas a los que no les entiendes nada, dan ganas de interrumpirlos y decirles de qué chucha están hablando. Esos poetas aluden a profundidades que no existen. En Parra, la relación es directa con las cosas. Debes partir de lo que puedes tocar, ver, de lo que sientes.

ZURITA DICE QUE ÉSTA ES LA ÚNICA FOTO DE SUS VISITAS A PARRA. LA IMAGEN ES EN LAS CRUCES, EN MAYO DE 2008. ESTUVO TAMBIÉN RAFAEL GUMUCIO. COMIERON MANZANAS. FOTO: RODRIGO ROJAS

-Lo cito de nuevo: “Al liberar a las palabras obreras (las que cotidianamente usan los seres humanos) de la sumisión que les imponen las palabras sagradas, Nicanor Parra le devolvió la vida a la poesía”.
-Lo dije y lo sostengo. Cuando dicen que los Artefactos son simples chistes, lo son; pero también son una prueba de la democracia absoluta de las palabras: no hay palabras que sean superiores a otras. Eso para mí fue una lección inolvidable, sin la cual no podría haber hecho nada.

-Usted ha llegado a decir que la sociedad chilena antes de Nicanor Parra no es la misma que la que emergió después de él.
-Claro, no es la misma sociedad. Está el Clinic, el Chacotero Sentimental. Esto más desfachatado, con humor. Y tal como el Clinic al comienzo, él era tremendamente machista. Pero todos los poetas lo eran. Gonzalo Rojas y Nicanor tenían una competencia tremenda, al punto que Rojas le tira unos versos a Nicanor que parten así: “Me llaman Nic, me llaman Nac, mientras más grande me gusta más”. Ese era el tamaño de los insultos. Llamar homosexual a Parra era terrible. La respuesta de Nicanor Parra fue impublicable.

-En la presentación de un libro sobre Parra el año pasado, dijo que losArtefactos adelantaron Twitter.
-Sí, por esa cosa rápida y breve que tienen. Los Artefactos significan la máxima carga sobre las palabras comunes, la de todos los días. Como expresión artística dan cuenta del mundo y esconden un potencial subversivo.

El legado

-Después de la muerte de Parra, ¿usted toma el espacio de poeta principal de Chile?
-No. Honestamente no. Tener una cierta notoriedad no me sorprende para bien ni para mal. Creo que soy bueno en lo que hago y nunca en competencia con nadie. Punto.

-¿De verdad no es el heredero?
-No. Es que creo que el gran espacio es un conjunto de cosas. Es Parra, Pablo de Rokha, Pablo Neruda, la Violeta Parra, la Gabriela Mistral. Creo que lo que sí he hecho es tal vez mantener la continuidad de lo que entiendo por la gran poesía.

-Conceda, al menos, que ambos eran poetas que usaban chaquetas de jeans, algo impensable por ejemplo en Óscar Hahn.
-(Zurita se ríe). El dueño de la chaqueta de jeans en Chile es Claudio di Girólamo. Todos los demás somos pálidas imitaciones. Parra se vestía con ropa usada, con chaquetas de marino norteamericano. Él era, y con razón, mucho más pretencioso que yo.

-En este tiempo sin Parra, ¿ha hablado con alguno de sus hijos?
-Sí, con la Colombina. Ella es una niña muy dulce; creo que se ha visto arrastrada a esta pelea lamentable. Creo que es muy bienintencionada, pero estas cosas se escapan. Una mala palabra enciende las praderas. Pero a mí en realidad me preocupa el Barraco. No sé por qué. Me aliviaría saber que está bien.

-¿Y de qué ha conversado con la Colombina?
-Tuvimos un almuerzo. Fue una muy bonita conversación. Hablamos de todo, pero más bien de lo que ella quería hacer, de cómo estaba arreglando las casas de su padre.
Alta intensidad

-Ha dicho que quiere creer que el último segundo vivido de un ser humano es un instante de paz. ¿Parra murió en paz?
-Quiero creerlo. Y lo he pensado así en relación a las personas desaparecidas que han muerto en las salas de tortura: en medio de ese horror, mi único deseo es que ese último segundo haya sido un segundo de paz, que hayan visto a sus seres queridos. Nunca se sabrá, pero si no es así, la vida entera es un absurdo y Dios es el más grande hijo de puta. Quisiera creer que el final de todo ser humano, incluso el más abyecto, es con un segundo de paz. Por una sola razón: hay una sola cosa que los seres monstruosos, los Hitler, los Stalin, los Pinochet, los Manuel Contreras, tienen en común y es que ninguno pidió nacer. Esa es la única cosa de la que no son culpables. Por lo tanto, todo ser humano, incluso el más monstruoso, tiene derecho a un último segundo de paz, porque no pidió nacer.

-Si tuviera que usar una figura poética, ¿dónde está Parra ahora?
-Creo que ocupa un lugar importante por todo lo que hablamos; no toda su obra se me sostiene, pero eso es común. Creo que marcó una época. Creo que su poesía fue incapaz de dar cuenta del quiebre de Chile, de lo que realmente había sucedido: no supo interpretar lo que fue realmente la dictadura, el quiebre y el horror; para eso hubo que inventar un nuevo lenguaje. Creo que la antipoesía es fantástica para los conflictos de baja intensidad, para los conflictos amorosos es insuperable, pero tenía muy poco que hacer con los conflictos de alta intensidad, porque frente a un desaparecido la ironía rebota, no hay humor posible. Para la poesía de alta intensidad hay que irse a César Vallejo, hay que irse a Homero.

-¿Qué obra de Parra le gusta especialmente?
-Tiene poemas inmortales: “Soliloquio del individuo”, “El discurso fúnebre” y “Defensa de Violeta Parra”.

-¿Y “El hombre imaginario”?
-Me parece un poema menor. Tiene detalles, pero creo que se le trató de construir una popularidad fácil, de imponer cadena nacional con Parra leyéndolo; cuando el poema popular de Chile es el “Poema 20” de Pablo Neruda, que toda la gente se lo sabe espontáneamente.

-Entrevistado en un libro sobre Parra, en 2014, usted decía que no era justo comparar a Parra con Neruda, “porque Parra está vivo y Neruda está muerto; y desde Homero hasta la fecha la poesía de los muertos ha sido muy superior que la poesía de los vivos”. ¿Qué dice ahora que ambos están muertos?
-Como Neruda no hubo ni habrá, es el más grande poeta de la lengua castellana. Más grande que todos. Y eso es con “Alturas de Machu Picchu” y con “Residencia en la Tierra”. Cuando hablamos de Neruda, estamos hablando de otra cosa.

 


Versos para el antipoeta

En vísperas del 2000, Zurita le escribió un poema a Parra. Dice que se le ocurrió mientras los dos participaban en uno de los actos de la candidatura presidencial de Ricardo Lagos. Parra caminaba rodeado por periodistas y cámaras. Como un rockstar. Zurita iba unos pasos detrás de él y se le ocurrió este poema. El mismo que quiso leer en el funeral de Parra, pero no pudo porque allí no se pronunciaron palabras.

A Nicanor Parra

Sólo tú estás en la vanguardia, maravilloso
antipoeta y mago,
sólo tú eres más joven que yo,
sólo tú maestro mestizo de estrofas y guitarras
marchas adelante
cruzando el siglo como un pájaro que cruza el mar
sin alardes, simplemente
porque el pájaro es pájaro y el mar es mar.
Tanto mar Nicanor Parra.
Nos morimos todos los días de nuevo, pero tú eres
más joven
y eres siempre más joven.
La multitud y la noche se han llenado de estrellas
(tus hermanos te esperan en la noche blanca
y negra)
y yo te veo
y quiero seguirte,
pero tú vas mucho más adelante,
joven y bello, a la cabeza de la muchedumbre
con tu cuaderno de escolar flotando sobre todos.
Y tú saludas mientras las luminarias y las cámaras
te siguen,
cada vez más joven y bello,
al centro,
igual que una foto encontrada en el futuro.

LaTercera

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