Anónimos del sur

Anónimos del sur: a partir de los cuentos completos de Manuel Rojas

Por Antonio Díaz Oliva

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Hay algo inquietante en leer a Manuel Rojas mientras sucede el estallido social. El autor de Hijo de ladrón estaba al tanto de las injusticias sociales de su época (él mismo las sufrió), pero sus cuentos no son epifanías sociopolíticas. Los cuentos de Rojas muestran a esos “anónimos del sur” atravesando el paisaje local: las cordilleras, pasos fronterizos, puertos, conventillos. Y a la vez muestran cómo esos solitarios personajes se hacen parte de grupos de resistencia, de amistad, de camaradería y de fraternidad que funcionan como una sociedad paralela.

“Mis cuentos se libraron de las influencias de escuelas, del naturalismo u otras”, dijo Rojas en esta entrevista. “Yo contaba cosas que había visto y vivido, de la manera más real y natural posible”.

Y en otra reflexión, esta vez respecto al tema de sus relatos: “Escribo sobre lo que conozco, de lo que la vida me ha hecho sentir. Soy un escritor que ha vivido en numerosos ambientes y tuve la suerte de entrar en la literatura chilena después de conocer mucho de Argentina y Chile”.

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¿Existe el cuento chileno?

¿Cómo es el cuento escrito en Chile?

¿Cuántos cuentos realmente memorables -de esos que atraviesan el tiempo, de esos que los aspirantes a escritores discuten y hasta plagian en talleres literarios-, aparecerían si hacemos una lista con los mejores relatos chilenos?

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La pregunta viene a propósito de Cuentos completos, volumen con el cual Manuel Rojas ingresa a la editorial Alfaguara, a esa colección que, de a poco, se ha vuelto una suerte de sello del cuento latinoamericano. Sin contar a Bolaño (uno de los pocos autores que practicaba el cuento, aunque claro: Bolaño no era chileno, sino latinoamericano), este es el primer autor local en aquella colección.

Y no debería ser el último: María Luisa Bombal y Juan Emar tienen material suficiente como para tener sus “cuentos completos” con sus rostros en las portadas.

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Cuentos completos contiene sus tres libros de relatos (Hombres del surEl delincuente y Travesía), además de varios cuentos sueltos y hasta algunos inéditos. Marcelo Mellado prologa el libro (donde aprovecha de irse en contra de la academización de la literatura local); y al final se incluye el ensayo “Hablo de mis cuentos”, del mismo Rojas.

Uno se adentra en estas casi 500 páginas y queda la sensación de que Manuel Rojas es, sin duda, mucho más cuentista que la media de los escritores nacionales. Pero incluso así, tal como él mismo lo dice en el prólogo, en un momento Rojas se pasó a la novela. Y desde entonces abandonó el cuento. Por eso mismo: ¿Cuántos cuentos realmente memorables aparecen en mente al hacer una lista de cuentos chilenos?

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Basta revisar la web Ciudad Seva. En esta solo hay tres relatos: “Canto y baile”, “El colocolo” y “El vaso de leche”.

Ciudad Seva -web creada por un escritor venezolano- funciona como biblioteca de Babel de la literatura de América Latina. De lo que se lee en talleres y de lo que los aspirantes a cuentistas revisan.

Basta revisar Ciudad Seva y ver que solo está Bolaño, Juan Emar, Bombal, Donoso. Es decir, que hay pocos autores chilenos. Claro: existen novelistas que escriben cuentos y que comenzaron como cuentistas. Pero que luego tiraron la toalla. Existen aquellos que usaron el cuento como trampolín para dar el gran salto (la novela), como es el caso de José Donoso: uno lee su exiguo volumen Cuentos, recientemente publicado por DeBolsillo, y queda la sensación de que Donoso podría haber desarrollado una veta interesante.

En verdad hay pocos cuentos que uno recuerda así, al pasar, de la tradición local. No así sucede con los cuentos argentinos, uruguayos, mexicanos, gringos, franceses y los ingleses.

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Dice César Aira, en su monumental Diccionario de autores latinoamericanos, sobre la literatura chilena: “El regionalismo criollista se impuso a la narrativa universalista”.

Aira asegura que Chile comienza como un país de historiadores y luego se transforma en uno de poetas. Otros géneros, como la novela y el cuento e incluso el ensayo, quedan desplazados.

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Puede que Aira tenga razón. Y puede que Manuel Rojas, en algún momento de su carrera, se haya dado cuenta de eso. Con el Boom ya instalado, Rojas entendió que la novela era el mejor vehículo para explorar la chilenidad. Por eso dejó de lado los cuentos. Se tiró a la novela y publicó Hijo de ladrón, donde escribió frases perfectas, como la que sigue, sobre la imposibilidad de recordad y a la misma vez sobre la necesidad de recordar: “Nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil, y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho a otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada”.

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Ahora Manuel Rojas, en una entrevista, sobre su vida:

“Tuve una juventud difícil; fui aprendiz de esto y estotro; estuve preso varias veces (me acusaron en cierta ocasión de haberle echado ácido a unas puertas); leí muchos libros anarquistas. Siempre he sido un tipo disconforme”.

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Y respecto a esa disconformidad: los primeros libros de cuentos de Rojas encontraron una buena acogida y, según el mismo autor, solo tuvo una objeción. La que sigue: “Este escritor es literariamente vigoroso, construye bien sus cuentos y sus temas son interesantes”, escribe sobre lo que varios dijeron en torno a sus relatos. “Su prosa, sin embargo, carece de estilo”.

Esta objeción –dice Rojas– lo mortificó durante mucho tiempo. “Pensé mucho en ella y a veces consulté a los amigos: ¿tengo yo estilo?”

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¿Tiene estilo Manuel Rojas?

Claro que sí.

Pero no es un estilo constante. Demasiado reconocible. Es un estilo orgánico. Rimbombante. Un estilo que se muerde la cola.

La forma -la prosa- de Rojas era esquiva. Es una escritura se mueve entre la poesía y cierta extrañeza existencialista. A veces trata sobre las condiciones sociales. En otras ocasiones no. A Rojas le gustaban las frases largas (esas que necesitan una segunda lectura), descriptivas y XXX, como esta en “El vaso de leche”:

“La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíale un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso”.

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“El vaso de leche” es un gran cuento por varias razones, entre esas, principalmente, es su elipsis al final: Rojas crea hambre en el lector (la metafórica y la que se comparte con el personaje) y se hace cargo de esa hambre. Manipula las expectativas. Nos hace creer que aquel personaje muerto de hambre -aquel que no puede creer el vaso de leche y las vainillas- ha sido tocado por un ángel o algo así.

“Afirmó la cabeza en las manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado”.

Y así al final del cuento, al igual que el personaje principal, no tenemos ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Solo de vivir, nada más.

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Un relato que merece una segunda vida es “Las Aventuras de Mr. Jaiba”. En la era de los stand-up y los comediantes este se puede actualizar. La trama (un artista de teatro sin mucho talento se para frente a un circo entero) es simple, pero Rojas, nuevamente, juega con el deseo del lector. Manipula la tensión. Y el final es tan terrible como desolador: vemos al Mr. Jaiba fracasar. Palpamos ese deseo de superarse: “¿Qué le quedaba ahora?”, se pregunta. “Diez pesos en el bolsillo y la mortificación de un fracaso amargo y obscuro. ¿Qué haría? Estuvo un largo rato pensando afirmado en la barandilla del río mirando correr el agua turbia”.

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Otra veta –la cual también existe en Hijo de ladrón– es la del personaje que mira hacia atrás. “De aquella época…”, dice el narrador de “Laguna”. “Laguna” es uno de esos cuentos en que Rojas saca a pasear al chileno. Lo pone frente a otras culturas y deja claro su aislamiento de las grandes ciudades del mundo. “De aquella época de mi vida”, dice el narrador, “ningún recuerdo se destaca tan nítidamente en mi memoria y con tantos relieves como el de aquel hombre que encontré en mis correrías por el mundo, mientras hacía mi aprendizaje de hombre”.

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Relatos como “Una carabina y la cotorra” y “El colocolo” y “El delincuente”. Relatos llenos de detalles locales, la fauna y flora chilena casi central, alejados de eso que, en un par de años, terminaría por hacer de Rojas quedara un poco obsoleto: la ciudad y los primeros destellos de una narrativa más urbana. Hay algo de turisteo en esta veta de los cuentos. Es como si leer a Rojas no fuera tanto por sus personajes o trama sino porque uno recorre Chile.

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La falta de revistas, sin duda. El cuento, como forma de entretención, nace a partir de las revistas. Y en Chile desde hace tiempo que no existen revistas. Las editoriales independientes han hecho la pega al mantener la cuentística nacional a pulso; mientras que las editoriales grandes no apuestan tanto (dicen que los libros de cuentos no venden tanto).

Eso hace que no existan tantos relatos realmente memorables, como lo es “El vaso de leche”. El auge del cuento viene con el auge de las revistas. En las revistas se ensayan las primeras versiones de los cuentos (y se pagan).

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Cuentos completos es un libro para leer en su totalidad y para regresar con pinzas. Ninguno de los tres cuentos inéditos de este libro brilla lo suficiente como para estar a la altura de los primeros. Más que cuentos, estos parecen versiones de historias que Rojas escuchó por ahí, pero que no procesó lo suficiente.

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Cuentos completos debería ayudar a desescolarizar la figura y obra de Manuel Rojas. Porque hay cuentos que no sufren de eso que Marcelo Mellado en su rabioso prólogo describe como “una profunda vocación pedagógica”. De hecho, hasta hace poco Hijo de ladrón sufría del mal escolar: horribles portadas, lecturas escolásticas, páginas que servían más para la PSU que para evidenciar la compleja existencia humana.

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Dos últimas frases. Jorge Teillier: “Muy pocos han reparado en el humor de Manuel Rojas, excepcional en nuestras letras”. Y Álvaro Bisama: “En el mismo descampado desde el que escribían Mistral y Violeta Parra, supo Rojas tejer una épica, la épica de los héroes invisibles del Chile contemporáneo”.

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En (casi) todos sus cuentos Manuel Rojas combina fondo y forma. Es parecido a -como se lee arriba– lo que hace Violeta Parra en sus canciones. Ninguno de los dos cedió frente a la tentación panfletaria de su época. Ninguno de los dos dejó de ser fieles a las necesidades sociales de la época. Los cuentos de Rojas, así como las canciones de Parra, se mueven entre la indignación y la misericordia. Entre la rabia y la ternura. Son postales del paisaje local. Imágenes necesarias para este momento en que el país se escribe a sí mismo.

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