Levrero cuenta

Levrero por Ombú

Mario Levrero: un mapa de ruta para sus cuentos

Por Carina Blixen

Seguida atentamente durante su vida por un grupo de fervorosos lectores, la obra de Mario Levrero (1940-2004) empezó a tener un importante reconocimiento local e internacional a partir de la publicación de La novela luminosa (2005). El giro realizado por su escritura desde Diario de un canalla (1992) y El discurso vacío (1996) adquirió una dimensión mayor (en tamaño sí, pero sobre todo en riesgo) en la novela póstuma. El gran hallazgo de la última etapa fue la concentración en un sujeto que escribe y que se “confiesa” (con toda la carga espiritual y religiosa que tiene el término) con una voz irónica que a golpes de humor deshace todo énfasis.

Se ha señalado que el año 2013 marcó un salto en la difusión y estudio de su obra. Se le dedicaron tres libros: Mario Levrero para armar (Jesús Montoya, Trilce), La máquina de pensar en Mario (selección y prólogo de Ezequiel De Rosso, Eterna Cadencia), Mario Levrero, Un silencio menos (entrevistas recogidas por Elvio Gandolfo, Mansalva), y se reeditaron las Conversaciones con Mario Levrero de Pablo Silva Olazábal (Criatura). Apareció, también, en un volumen Diario de un canalla/ Burdeos, 1972 (Literatura Mondadori), con prólogo de Marcial Souto, que daba a conocer el texto en el que, un año antes de su muerte, Levrero recogía la experiencia de amor y viaje vivida a principios de los setenta. Esta última publicación parecía sellar la prevalencia de la línea autoficticia final. En este 2019 se sumó el homenaje de la Feria del libro de Montevideo al que ya le había rendido la Feria de Buenos Aires el año pasado, el próximo 13 de diciembre se inaugura en el Centro Cultural de España una exposición dedicada a él, y para fin de año está prevista la salida de otro volumen sobre Levrero a cargo de José Luis Nogales (Universidad de Sevilla).

Ser fiel a la verdad

Pero tal vez lo más importante sea la publicación de sus Cuentos Completos, en una cuidadísima edición, concebida con buenos criterios y una información precisa e imprescindible, a cargo de Nicolás Varlotta Domínguez, hijo del escritor. Es posible que permita establecer otra inflexión en la lectura de Levrero al hacer presente la potencia de la invención desplegada en sus relatos. Fabián Casas, en el prólogo de los Cuentos Completos adelanta que espera al lector el “Levrero más secreto”, uno que, como el más conocido, también juega, pero, en lugar de girar en torno al hombre que escribe, suele presentar un personaje narrador en continua persecución de algo que le falta (muchas veces una mujer), que atraviesa lugares a la vez íntimos y maravillosos y se cruza con familiares, amigos, amores y otros personajes sorprendentes surgidos de una imaginación sin límites. Cuando empezaron a hacerle entrevistas, ante la pregunta por la extrañeza de su literatura, Levrero denostó reiteradamente la impostura del modelo realista y defendió su manera de ser fiel a la verdad. Este libro la muestra en sus increíbles variaciones.

Solo algunos de los libros de cuentos de Levrero habían sido reeditados. Este volumen presenta en orden cronológico seis libros e inserta en la serie dos textos: “Tres aproximaciones ligeramente erróneas al problema de la Nueva Lógica” y “Ya que estamos” (escritos en 1972 y 1980, publicados en 1983 y 1986), que amplían el registro de las experimentaciones del autor con el lenguaje y, en el segundo texto, explora climas propios de la poesía. Hay que celebrar la presencia de ambos, no solo porque son prácticamente inconseguibles, sino, sobre todo, porque dialogan con otros de los libros Espacios libres y El portero y el otro que indagan en las posibilidades de la abstracción, de las formas geométricas, de los sistemas y sus fallas. Una zona por momentos árida y en otros deslumbrante que permite calibrar el grado de audacia de la literatura levreriana.

Como se conservan las fechas de escritura de los cuentos, estos se pueden leer en la secuencia de las ediciones o en la de su creación. En principio, es posible señalar que los dos primeros libros (La máquina de pensar en Gladys (1970), Todo el tiempo (1982) y el último Los carros de fuego (2003) presentan rasgos y tiempos de producción bastante homogéneos. En cambio Espacios libres (1987) y El portero y el otro (1992) son los más heterogéneos por sus características y tiempos de escritura. No es fácil discernir si la diversidad de estos libros fue buscada por Levrero o respondió fundamentalmente a razones de oportunidad editorial.

La unidad de La máquina de pensar en Gladys se ve reforzada porque el libro está enmarcado en dos textos en espejo. El inicial hace presente la “máquina de pensar en Gladys” y crea el clima de un universo en funcionamiento que integra lo maravilloso y que comienza a derrumbarse. La página final “(Negativo)” es un texto más alucinado que termina con el narrador gritando en medio “de un campo desolado”. Los espacios de este mundo narrativo son maleables: pueden comprimirse o dilatarse infinitamente. Entre el movimiento y las edificaciones de una calle común, la existencia de “La casa abandonada” abre la posibilidad de entrar a otro tiempo, en el que es posible encontrar hombrecitos y mujercitas minúsculos, arañas que realizan un espectáculo de gran esplendor, un unicornio violador, hormigas que construyen un monumento autocelebratorio. Es un mundo maravilloso pasible de ser transformado en un cuento de charlas de café, como señala el texto. La fantasía de “El sótano” está más en la línea de Lewis Carroll por la libertad y vitalidad en la creación de espacios y personajes. La nitidez y precisión con que el narrador crea figuras y circunstancias acompaña el crecimiento de una trama exuberante que continuamente se bifurca y desvía. En “Los reflejos dorados” quien narra está por salir de la casa cuando le llama la atención un “extraño sonido”. Descubrir de dónde viene lo obsesiona de tal modo que lo lleva a romper con la vida que llevaba hasta ese momento. Gracias a su búsqueda encontrará un pequeño agujero en la pared que le permite percibir un “otro lado”. Dedicará su vida a tratar de ampliar el orificio.

Las imágenes de destrucción están dadas por lo informe, como sucede con la gelatina del cuento que lleva este nombre. La obra de Levrero no admite ser ceñida por la Ciencia Ficción, pero comparte con ella algunos de sus climas y sus grandes temas. “Gelatina” plantea un mundo después de la invasión, en el que los sobrevivientes necesitan pelear por la comida, y rehuir o enfrentar hordas de tullidos y gordas que destruyen todo a su paso. La ambición humana de crear vida artificialmente aparece fragmentariamente en “La casa de pensión” y en “Todo el tiempo”. La imagen de un gran movimiento de la naturaleza que altera la vida de los hombres está, en “Las sombrillas”, en que el mar desaparece. La presencia de homúnculos y la búsqueda de La Nueva Atlántida integra la trama de “Aguas salobres”. “Los ratones felices” construye un mundo burocratizado, sometido a un control absoluto que borra de la visión de los personajes la sangre, la violencia y la muerte que habita en su sociedad.

Abrumadoramente sedentario, es posible señalar, a partir de los pocos viajes que Levrero realizó y las mudanzas que sufrió, desarrollos imaginarios correlativos. Después de la publicación de Burdeos, 1972 en 2013 se descubre de qué manera los tres relatos del libro Todo el tiempo, escritos en los setenta, aluden al viaje realizado a Burdeos y París atrás de una francesa que conoció en Montevideo. Levrero contó en varias entrevistas que escribió su novela París antes de conocer la ciudad y que para él el nombre estaba ligado a la figura de su padre o, más precisamente, a su ausencia, dado que cuando preguntaba por él le decían que estaba en “London-París”, la gran tienda en la que trabajó muchos años. En “Alice Springs”, “La cinta de Moebius” y “Todo el tiempo” está el París mítico de la niñez de Levrero y el otro, el real, el que había conocido poco antes de escribir esos relatos. En “Alice Springs” aparece el personaje de la francesa loca llamada Marie con la que el narrador logra partir hacia Francia. Allí vuelve a encontrarse con el Gran Circo Magnético de Oklahoma en cuyo espectáculo se repite la frase, tomada de la canción de los Beatles, que se encuentra en el epígrafe del cuento: “Nothing is real”. Estas palabras detienen la angustia del narrador en movimiento hacia su infancia que el Circo hace posible. El final de “Alice Springs” y las otras dos narraciones forman un ciclo de niñez y familia: recrean su caos y sus emociones. “La cinta de Moebius” es una historia de crecimiento y maduración. París es el lugar de la iniciación sexual y del encuentro con Isidoro (Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont), una confirmación de su identidad de escritor. En “Todo el tiempo” el narrador transita entre una gran casa familiar y su apartamento. En determinado momento, la madre lo lleva a un médico que le diagnostica la falta de una primavera “a raíz de mi viaje a Francia”.

Tal vez se pueda dar cuenta de la gran diversidad de los cuentos de Espacios libres haciendo referencia a las escenas alucinadas, los actos que se repiten ritualmente en “Ejercicios de natación en primera persona del singular” (1969), la poesía lograda a través de la trabajada metáfora de la trama de “Noveno piso” (1972), el desafuero de la imaginación y los cambios de la voz narrativa en “La toma de la Bastilla o cántico por los mares de la luna” (12/13 julio 1973), la parodia del policial en “El factor identidad” (junio 1975). En “Los muertos” (1981) Levrero parece haber logrado una especial condensación entre su manera minuciosa de narrar y el fluir oscuro de sus pulsiones entrecortadas por momentos de iluminación. El narrador es fiel a sus percepciones exacerbadas y sutilísimo en el análisis de los procesos inconscientes. Al mismo tiempo, pone en juego mecanismos de desplazamiento de la intriga que están también en la base de otros cuentos. El narrador protagonista sale de la casa de sus tías en busca de un teléfono para llamar a la comisaría porque descubrió uno o dos muertos en un dormitorio. En determinado momento pasa delante de una comisaría y sigue de largo porque “Yo estaba persiguiendo al teléfono mismo, desconectado de la idea de utilizarlo para llamar a la policía”.

Los últimos, con dos novedades

El libro El portero y el otro contiene, entre otros cuentos, “Pieza para danza” (1974), una especie de guion con características de teatro del absurdo, un juego textual que altera los criterios de cuerpo principal y anotación (“Precaución”), el relato “Cuentos cansados” (1983) que, como en una cinta de Moebius, un narrador cansado cuenta cansadamente la historia de un señor muy cansado. En este volumen es posible descubrir los tres textos que, a la luz de la novela póstuma, anuncian la nueva manera de la literatura de Levrero: “Apuntes bonaerenses” (1986-1987-1988), “Diario de un canalla” (1986-87/91) y la “Entrevista imaginaria con Mario Levrero” (Buenos Aires, Nov. 1987). Ahora es posible leerlos en un diálogo “recargado” por todo lo que se ha escrito sobre ellos y porque en el contexto de estos Cuentos Completos permiten volver al momento del surgimiento de la novedad y calibrarla en el trasfondo de la “otra” escritura. Además de ese sujeto que se confiesa, al que aludía al comienzo de esta nota, en “Diario de un canalla” Levrero concede textualidad a la figura del lector cómplice, cautivo destinatario de la voz del narrador: dúo imprescindible de su literatura autoficticia.

En el último libro, Los carros de fuego (2003), vuelve un Levrero de humor liviano. Hay un homenaje a Felisberto Hernández en este libro. En “Las longevas” (2002) Levrero alude al famoso fragmento de Tierras de la memoria en el que Felisberto cuenta la visita de niño a estas señoras que tomaban mate a través de un agujero en el tul. Según el narrador de Levrero la rememoración de Felisberto obturó con la potencia de esta imagen, de humor entrañable, un primer recuerdo personal, muy placentero, de unos carreteles de hilos de colores que se encontraban en el cuarto de unas tías viejas. Bajo la forma de la queja, el cuento alaba el poder removedor de la escritura de Felisberto. Levrero recupera al Felisberto narrador de su infancia, más que al inventor de mundos fantásticos. Se coloca en el lugar de lector, uno muy intenso y vulnerable ante las formas del arte. Después de las múltiples travesías de su imaginación, Levrero elige poner el foco en quien escribe sobre sí y en el lector. Este es el ángulo que le permitió, junto a las características de la voz de su literatura última, abrir un nuevo camino en su narrativa.

CUENTOS COMPLETOS de Mario Levrero. Literatura Random House, 2019. 

El País

 

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