Teatro Cubano

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Día del Teatro Cubano: La isla que enfrenta a su Historia desde las tablas

«¡Viva la tierra que produce la caña! ¡Viva Cuba!», gritaron en el teatro. La represión no se hizo esperar. Era 1869

Por Lieter Ledesma y Grethel Delgado

Los recursos teatrales, el doble sentido y la máscara siempre han sido poderosas armas para decir la verdad, incluso delante de quienes pretenden ocultarla. En el siglo XIX, una función teatral marcó la Historia de Cuba justamente por convertirse en un grito de disidencia y un llamado a la libertad.

Fue el 22 de enero de 1869, con la representación de la obra «Perro huevero, aunque le quemen el hocico», de Juan Francisco Valerio, en el capitalino Teatro Villanueva, en la calle Morro, entre Refugio (de la Merced) y Vidrios (Lagunas Secas, Canteras) en La Habana.

Lo que ocurrió durante esa función teatral fue tan relevante que la fecha se convirtió, desde su designación en 1980, en el Día del Teatro Cubano. El destacado profesor, e investigador teatral cubano Rine Leal, reconstruye en su libro «La selva oscura» este pasaje de la historia cubana, conocido como «Los sucesos del Villanueva», hecho que comprometería al teatro con los destinos de la nación.

Así lo cuenta Leal:

La noche del viernes 22 de enero, el Villanueva se abrió para un beneficio ofrecido por los Caricatos, y esa representación entró en nuestra historia como una acción bélica. El 18, el Diario de la Marina anuncia que la función es para favorecer a una desgraciada familia, y dos días después aclara que está destinada a socorrer a unos insolventes. La prensa partidaria de los mambises enfatizó el espectáculo:

Se dice que el viernes se trata de dar una función en el Villanueva por los bufos habaneros [error del cronista, sabemos que fueron los Caricatos] cuyo fondo se destina para un fin muy laudable; esperamos que todas nuestras simpáticas amigas y nuestros leales compañeros contribuyan con su asistencia. No se permitirá entrar a quien no lleve un garabato o una horquetilla.

Y otro diario expresó: «¡Pueblo, allí todos! Extraño y más que extraño es que no se dispense la protección que merece este espectáculo verdaderamente provincial… ¡Pueblo! Tenéis una obligación patriótica que llenar sosteniendo este espectáculo». Tras los sucesos del 22, La Chamarreta fue más explícita al afirmar: «Insurrección armada. Anoche se dio una función en el Villanueva, cuyos fondos se destinaban para un fin que todos saben, y no dejó de haber la concurrencia numerosa que se esperaba». Parece pues fuera de toda duda que la función era a beneficio de los mambises.

Esa noche el Villanueva se engalanó y cubrió de banderas norteamericanas y cubanas. La ausencia del emblema español, el traje y cintas de las mujeres con los colores blanco, azul y encarnado, o bien estrellas blancas y solitarias y el pelo suelto, convertían la función en un abierto desafío al poder colonial. El programa incluía un precioso pot pourrí, las piezas «Perro huevero…» y «Ataques de nervios» de «Narciso Valor y Fe» (Juan Francisco Valerio) y «El santo y la lotería», pieza de tipos diferentes, así como la canción «La crisis», el estreno de la danza «La insurrecta», la canción bufa «Los caricatos» y una rumba que cerraba la noche. En realidad, nada era nuevo en el programa excepto «La insurrecta» de Juan de Dios Alfonso, danza dedicada a las lindas cubanas, pero los títulos hacen pensar en alusiones más o menos veladas a la situación política del país.

Con más imaginación patriótica que realidad dramática, «Perro huevero…» fue estrenada el 26 de agosto del 1868, representada a lo largo de la temporada bufa antes y después de la Demajagua, y publicada ese mismo año sin que las autoridades y la censura descubrieran las ocultas intenciones del autor. Obra nada extraordinaria, ocupa un puesto especial en la escena cubana debido a la matanza que provocó indirectamente.

La mayor parte de las opiniones coinciden en que en la escena IX de «Perro huevero…» un personaje exclama: «No tiene vergüenza ni buena ni regular ni mala, el que no diga conmigo ¡Viva la tierra que produce la caña!», el grito fue coreado por los espectadores, al que se unió nuevas vivas a Céspedes y Cuba libre, y hasta alguien completó el verso añadiendo de su cosecha «¡Y muera España!» El entusiasmo fue enorme, y se afirma que una mujer (Antonia Somodevilla) tremoló una bandera cubana. Cuentan que, a mitad de la función y a una señal dada desde las tablas por un cómico, se levantaron la mayor parte de los concurrentes, y entre ellos algunas señoras, que vestidas de blanco y azul, y adornadas con estrellas, se hallaban en los palcos, lanzando vivas a Cuba y a la independencia, seguido luego de algunos mueras a España e inmediatamente después, de varios disparos de revólveres.

Cronistas afirman que el escándalo se produjo al terminar uno de los actores una canción, que hubo una manifestación antiespañola y los intérpretes se salieron del programa y entonaron canciones que herían el nombre y sentimientos españoles, mientras otros especifican que en el intermedio sonaron unos disparos en la cantina del teatro cerrando una discusión.

Lo cierto es que en las afueras del Villanueva estaban congregados varios cientos de voluntarios que aprovecharon los gritos para disparar sobre el edificio de madera y cargar luego sobre el teatro destrozando los vestidos, cintas y flores de las mujeres, y atacando a los concurrentes que fueron liderados en el rechazo a los voluntarios por Rafael Lanza, condenado más tarde a cadena perpetua. ¿Cuántas víctimas hubo? Nunca se sabrá pues el gobierno prohibió hablar del hecho y aunque se calcula que los muertos fueron cuatro y los heridos ocho, en realidad la cifra debe ser inferior a la real debido a la brutalidad del ataque. Al día siguiente, se proclamaba:

Habaneros. Anoche se ha cometido un grande escándalo, que será castigado con todo el rigor de las leyes. Algunos de los trastornadores del orden público están en poder de los tribunales. Ciudadanos pacíficos, confianza en vuestras autoridades: defensores todos de la integridad del territorio y de la honra nacional, se hará justicia y pronta justicia.

Pero se hizo todo menos justicia. Los voluntarios se adueñaron de las calles y durante cuatro días La Habana pagó su saldo a la revolución. Convertidos en bandas armadas, asaltaron el café El Louvre, el palacio de Aldama, y asesinaron a mansalva. La fiereza de estos cuatro días, que costaron no menos de 14 muertos, 16 heridos y 45 detenidos. La noche del 22, mientras se masacraba a los espectadores del Villanueva, un joven de 16 años leía un periódico revolucionario, La Patria Libre, cuyo primer número aparecería al día siguiente. Años más tarde, ese mismo joven, José Martí, recordaba los sucesos de Villanueva en sus Versos Sencillos, no. XXVII:

El enemigo brutal
nos pone fuego a la casa.
el sable la calle arrasa,
a la luna tropical.

Pocos salieron ilesos
del sable del español:
la calle, al salir el Sol,
era un reguero de sesos.

Pasa, entre balas, un coche:
entran, llorando, a una muerta:
llama una mano a la puerta
en lo negro de la noche.

No hay bala que no taladre
el portón: y la mujer
que llama, me ha dado el ser:
me viene a buscar mi madre.

A la boca de la muerte,
los valientes habaneros
se quitaron los sombreros
ante la matrona fuerte.

Y después que nos besamos
como dos locos, me dijo:
«¡Vamos pronto, vamos, hijo:
la niña está sola: vamos!»

El primer número de La Patria Libre, leído casi bajo las balas, publicó la pieza de Martí «Abdala», que puede tomarse como la respuesta a la matanza del Villanueva, inaugurando el teatro mambí. La escena cubana se incorporaba directamente a la lucha por la independencia.

Diario Las Américas


 

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