Añejo por Perrosky

Canciones en la madrugada: Perrosky y la historia de un cassette con sabor a viejo rock and roll

Por Felipe Retamal

Añejo es el título del primer ejercicio de Alejandro Gómez bajo el nombre de Perrosky. Éste reúne material reposado y acústico en que el músico resume su interés por el blues y el rock and roll de primera hora, durante los días en que lanzaba riffs flamígeros con Guiso. Grabado en una habitación durante varias madrugadas, resultó además una inspiración para un modelo de trabajo al viejo estilo, que caracterizará su carrera posterior. Esta es la historia de esos primeros días, del “episodio piloto” de un proyecto musical crudo y sincero.

La rabia pudo más. Alejandro Gómez tiró sobre la cama su grabadora portátil y salió a caminar por las calles siempre bullentes de Bellavista hacia la Virgen del cerro San Cristóbal. Era tarde, pero no le importó. Nada importaba. A él le dolía más borrar por accidente la pista base de una canción que acababa de grabar en la soledad de la pieza que arrendaba en una pensión. Una de tantas que el músico registraba por esos días.

Tiempo después, como para rematar un cierre que se alargaba demasiado, Gómez consiguió grabar la canción. Se llamaba “Metro”, y se incluyó entre las siete de su primer cassette en solitario, bajo el nombre de Perrosky, titulado con una palabra, Añejo. Hoy, ese trabajo crudo y desprejuiciado como una lectura frente al espejo, ya está disponible -vía Algo Records- en la inmensidad binaria de los ceros y unos de las plataformas digitales.

Más que un álbum como tal, Alejandro dice que ese primer paso fue un resumen de lo que pasaba por esos días, entre comienzos del 2000 y julio del 2001. “Este disco en realidad nunca fue pensado”, detalla a Culto, vía Zoom. “Eran canciones que no necesitaban mucho más que guitarra, las encontraba más introspectivas. Un día decidí compilarlas y caché que era un disco”.

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El siglo veintiuno aún no completaba su primer año. En las filas de Guiso, Alejandro y su hermano Álvaro, más Bernardita Martínez y Álvaro Guerra, mataban las tardes machacando punzantes riffs y baterías poderosas que en poco tiempo les dieron un nombre en la incipiente escena de rock independiente, gracias a canciones como “Debe ser mentira” o “Sintonizar el ruido”, que empujaban a agitar la cabeza y las ganas de seguir algo nuevo. Por entonces, su banda, su sueño de su vivir de la música, era lo único que les interesaba.

“Estábamos a full con Guiso, muy inspirados, encontrándonos como músicos, viendo toda la gama de influencias que nos llamaban la atención, ensayando harto”, cuenta Alejandro.

Como si no bastasen los decibeles, Alejandro pasaba sus noches en la pensión grabando con guitarra acústica algunas canciones de un registro menos arrollador y más íntimo que el de su banda. En el silencio de su cuarto prefería grabar ese material, antes que preparar solfeos y ejercicios para sus clases en la Escuela Moderna de Música.

PERROSKY

“La Antonia, que era la mina que me arrendaba, me golpeaba la puerta diciendome: ‘ya pos, hueón, deja de golpear el piso’, porque hacía un acompañamiento con el pie. Tenía media aburrida a la gente con las tomas, así que tampoco me podía permitir hacer tantas tomas. Eran canciones que se grababan de madrugada. ‘Flores’ por ejemplo, la grabé como a las 3 y media de la mañana”.

Poco a poco estas canciones encontraron un cauce. Casi al modo de dos adolescentes que comparten alguna confidencia, el joven músico mostraba las creaciones a sus compañeros en los ensayos. “Toda nuestra energía estaba volcada a Guiso, entonces cuando escuchamos estas canciones le dijimos: ‘Oye están súper buenas, sácalas’”, recuerda Álvaro, el hermano baterista.

Él dudo. Pero un recuerdo lo ayudó a decidirse. “Me acordé de un formato que tenían los sellos en los 90′ y me gustaba mucho”, cuenta. Algunos años antes se había ido de intercambio a EE.UU. “Ahí me compré varios cassettes que tenían por lado y lado el mismo disco. Es súper práctico porque un disco que dura 15, 20, minutos, lo das vuelta y lo escuchas de nuevo. Es una buena manera de aprendértelo”.

Mejor aún. Contaba con lo necesario para grabar un cassette. Una grabadora portátil de cuatro pistas en cinta -es decir, permite registrar un instrumento diferente en cada una- marca Marantz, que el joven Gómez adquirió al llegar a Santiago desde Copiapó, ciudad donde vivió buena parte de la infancia y adolescencia entre cassettes y sueños de un futuro en el rock.

El episodio piloto

La primera vez que Alejandro conoció el potencial de una máquina grabadora aún estaba en el colegio. “Un día llegó mi papá con una máquina Tascam -cuenta-. Yo no sabía lo que era, empecé a cachar y me volvió loco; daba vueltas los sonidos, aprendí a meter las cuatro pistas en una sola. Esperaba que terminaran las clases para ir a grabar cualquier hueá. Grababa los pajaritos. Incluso, una vez llovió en Copiapó y grabé el sonido de la lluvia”.

Posteriormente, Alejandro le vendió la Tascam a un amigo. “Después tuvimos una Yamaha que nos la robaron y finalmente la Marantz con que grabe el Añejo”, cuenta.

Con la guitarra y la grabadora, el músico acumuló un puñado de temas grabadas en un registro crudo y Lo-Fi en sus noches de pensionista. “Por ejemplo, ‘Zurdo’ fue una de las que grabé en la pensión. Se la mostré al Álvaro y la Berni [Martínez] y les gustó. Incluso, el [Álvaro] Guerra hasta le hizo un videoclip, porque él estaba estudiando cine. Creo que actuaba la Berni. Le pregunté hace poco donde lo tenía, pero me dijo que no tenía idea. Algún día lo encontraremos”.

“‘Circo’ también la grabé en la pensión -recuerda Gómez-. Esa la hice con la guitarra de un amigo, el ‘Richi’ [Ricardo Halabi], que después tocó en las banda Pendex y en Mota. Me acuerdo que a esa guitarra yo le decía la voladora, porque así se llamaba la guitarra de Ritchie Valens, tenía cuerdas de nylon”.

Fue en una de esas noches en que por error, borró una pista de guitarra que había grabado para la canción “Metro”. “Di vuelta el casette. Entonces, la pista te cambia de lugar, la uno pasa a ser la cuatro. Iba a grabar en una pista que estuviera desocupada, no me acordé y justo borré la guitarra base. Me eché la canción. Me dio rabia. Al final la borré nomas, y me fui a caminar a la Virgen del San Cristóbal”. La grabó tiempo después ya instalado en la casa de Providencia que alberga hasta hoy las salas de ensayo y el estudio de grabación de Algo Records.

Pero si quería publicar su material, Alejandro necesitaba un nombre. Una identidad. Una palabra para gritar al mundo. Además, en la escena ya había un músico con ese nombre (el guitarrista y vocalista de Solar). Entonces, otra vez sus recuerdos le dieron una mano. “Dije, ‘ya, chuta ¿cómo me dicen? Perro, Perrosky’”, recuerda. Un ejercicio similar hizo para dar con el nombre para el cassette. “Traté de relacionar mi nombre con el título, Alejo…Añejo. Como que me costó convencerme al principio de todo, pero una vez que le hice una portada y tenía el apoyo de mis amigos y mi familia, me dio el valor para sacar esto como solista”.

Así en 2001, nació Perrosky. Y con un cassette, Añejo, bajo el brazo. “Folk a cuatro pistas, siete canciones”, decía el escueto afiche promocional. Cada lado tenía la misma música, al igual que esas cintas que el músico conoció en el país del norte.

Afiche oficial de la época

En principio solo se hicieron 100 copias de la grabación. Con los años se ha reeditado tres veces, en una cantidad similar, por lo que no es fácil hallarlo. “La gracia de Añejo es que era una tirada cassette, y muy pocos amigos lo tuvieron”, recuerda Álvaro. El batero explica la importancia del registro con una metáfora.

“Este es como el episodio piloto de Perrosky es como el capítulo escondido. Mucha gente no conoce estas canciones”.

La veta más sosegada de Alejandro no causó resquemor entre sus compañeros de Guiso. Es más, la apoyaron. Era algo así como un spin off del grupo. “Era bueno que por un lado tuviera este sonido más acústico y por el otro totalmente electrificado -opina Álvaro-. Como artista te expande tu visión de las cosas”. Además, por esos días también registraban en cassette a la banda paralela de otro integrante de Guiso; L’ patina la frente, de Álvaro Guerra.

Pero faltaba algo más. Si hay un ritual de paso necesario para asentar un proyecto musical, es tocar en vivo. Perrosky, el ahora alter ego de Alejandro debutó en vivo en el bar Los Sopranos, de Ñuñoa. “Un amigo me invitó a tocar y accedí. Había hecho el set, tenía algunas canciones armadas, estaba ‘Revolver’, ‘Si tú pudieras’, y ahí me presenté”.

Pero como lo ha contado, esa noche Alejandro no quedó conforme con Perrosky. “No sé si por falta de experiencia de estar solo en el escenario, no me gustó como sonaron las canciones. Mi manera de presentarlas no me gustó”.

En una de esas tardes de ensayos, junto a Álvaro, surgió la solución. “Con él tocamos desde chicos, siempre hemos tocado batería y guitarra -recuerda Alejandro-. Entonces me dijo: ‘probemos estas canciones’. Para Guiso lo haciamos asi; armábamos las bases con él y después se sumaban Berni y Guerra”.

“Me acuerdo que le mostré ‘Revolver’. Funcionó al toque, y así empezamos”, detalla Gómez. Esa tarde quedó sellado; de ahí en más, Perrosky sería un dúo de guitarra y batería. De inmediato comenzaron a grabar un demo con algunas canciones, como “Si tú pudieras”, que después publicaron en su primer disco oficial grabado de forma profesional, El ritmo y la calle (2007). Como suele suceder, según Alejandro, en ese demo habían mejores versiones que las registradas después. “Uno ahí está más suelto, sin presiones. Pero igual hay veces que en el disco las canciones crecen”, explica.

Perrosky: Álvaro y Alejandro Gómez
El viejo rock and roll

Por esos días, Perrosky también revisaba una vieja inquietud: el blues. Nada raro para quien le haya visto en sus presentaciones con guitarra acústica y armónica al cuello, al estilo Dylan. Por ello, es que Añejo cierra con una versión muy personal de “From Four Until Late”, del enigmático bluesman Robert Johnson. El mismo que en vida solo grabó 29 canciones y cuya misteriosa muerte en 1938, inauguró el llamado “Club de los 27”, el que reúne en la mesa larga de la eternidad a las estrellas de la música fallecidas a esa edad.

“A Robert Johnson siempre lo admiré un poco -recuerda Alejandro-. De chico cuando vi la película Encrucijada (1986), esa del clásico duelo de Steve Vai con Karate Kid (Ralph Macchio). Ahí parten grabando a Robert Johnson. Quedé loco con el sonido”. Todavía con la cruda guitarra del delta del Mississippi resonando en sus oídos, el adolescente buscó algún registro sobre su nuevo ídolo. “En la disquería Musimundo me compré un CD, uno doble, con todas las canciones de Robert Johnson, todavía lo tengo”.

Además, siempre estaba el viejo rock and roll. Ese de los pioneros, Sun Records, jopo y canciones provocativas. “En esa época estaba rayando con Elvis Presley. En especial, sus primeros años, cuando tocaba con Scotty Moore. De hecho con Guerra hablábamos harto sobre él; cómo hacer sus licks de guitarra. Entonces, ‘From Four Until Late’, un poco resumía lo que era para mi era Elvis, Robert Johnson y el blues”.

De alguna forma, el sonido crudo del blues del delta, que a su vez reverberó en las primeras generaciones de rockanroleros en EE.UU, hizo sentido a Perrosky y a sus compañeros. En esos días en que el el Nu Metal ocupaba los ránkings de MTV, no faltaba mucho para que el revisionismo garage se impusiera. De pronto, los riffs de inspiración setentera ganaron atención. Eran añejos. Peros buenos.

“En esa época con Álvaro rayamos con la película Woodstock. A él gustaba la canción de Canned Heat (‘Going Up The Country’) y ese espíritu también está un poco ese cover de Robert Johnson, y en esa sonoridad media setentera”.

Tiempo después los hermanos Gómez se instalaron en la casa de Ricardo Matte Pérez 492, la que -además de salas de ensayo- albergó a su proyecto discográfico, el sello Algo Records. La vieja máquina Marantz les siguió hasta allá. “Nos permitió grabar demos para otras bandas, muy al principio de Algo Records, hasta que saltamos a máquinas de ocho pistas más grandes, más profesionales”, recuerda Álvaro. “En las de 8 pistas, en 1/2 pulgada (Teac 80-8) grabamos casi todo lo que vino después. Casi todo lo de Guiso, Ramires!, Tío Lucho, Perrosky, etc”, complementa Alejandro.

La Marantz todavía está operativa, pese a todo. “La tengo en casa para pasar algunas cosas que están perdidas por ahí”, cuenta Perrosky. Con ella registró parte del material incluido en el compilatorio Añoro, lanzado en diciembre de 2015, también reeditado posteriormente.

Con el tiempo, el guitarrista evalúa esas noches de grabación a cuatro pistas como una escuela para su trabajo posterior en el estudio de Algo. “Lo bueno de grabar así, en un formato tan limitado, es que tienes que tener súper claro qué es lo que quieres grabar y como, para que no se te quede nada afuera”.

La portada de Añejo

Pero no todo sigue igual; si en esos primeros días Perrosky pensaba la grabación de sus canciones como una extensión de su sonido en vivo, todo cambió cuando trabajó con el productor Jon Spencer en el álbum Tostado (2010). “Aprendí que tú puedes sumar arreglos, pero en función de la canción -explica-. Ahora, cuando grabo en digital lo manejo lo más análogo posible: le pido a las bandas que no hagan más de tres tomas y tocando todos a la vez nomás”.

En 2020, a partir de los másters originales, el músico Felipe Ruz hizo una remasterización. El resultado de ese trabajo fue lo que se subió a las plataformas digitales. Según Alejandro Gómez eso permite que el público pueda escuchar este trabajo en buena calidad. “Está grabado en Lo-Fi, pero esta remasterización le hace justicia a esa canciones”.

Aunque algunas canciones de esa época parecen lejanas en el tiempo, su formato más simple permite que de cuando en cuando se incluyan en el repertorio de los conciertos. En vivo suelen tocar “Metro”, “Cleta”, “Zurdo”. “Sobre todo cuando tenemos que hacer tocatas más piola, cuando nos dicen que no podemos tocar tan fuerte”, explica Gómez.

Además de pasar sus días en casa, Alejandro confirma que esta temporada, va a publicar nuevo material como Perrosky que ha compuesto en los días de cuarentena. “Echo de menos la colaboración de Álvaro, tenerlo a mi lado en el día a día, pero son canciones pensadas para ser tocadas por ambos”, señala.

Pese a la pandemia, los Gómez aseguran que se han propuesto mantener en activo a su sello, el que hizo historia por consolidar una forma de trabajo en la música independiente chilena. Por ello han liberado material de archivo (como la reedición en mejor calidad de “Grato”, el primer videoclip de Guiso) y para el resto del año anticipan novedades con The Versions y Yajaira.

De todas formas, aseguran que el principal golpe está en no contar con los ingresos que supone tocar en vivo. Pero con sus años de experiencia, aseguran que la vuelta a la actividad no será fácil. “El golpe es duro porque es una industria naciente, no es una industria consolidada -asegura Álvaro- cuando se da a entender que los sellos independientes funcionan como grandes empresas, eso no es así”.

Por ahora, la era digital ha servido como un repositorio de una era en que las frustraciones invitaban a caminatas por la ciudad. Una era que en tiempos de cuarentena parece todavía más lejana.

La Tercera

 

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