Que Gabriel García Márquez  se pasmó de timidez en sus primeros años de oficio periodístico, y que  no fue capaz de hablarle al que se convertiría en su amigo,  Julio Cortázar. Que Jorge Luis Borges odiaba la pose de intelectual. Que Pablo Neruda tuvo fogosos encuentros sexuales hasta sus años otoñales. Que  José Asunción Silva  estaba más enamorado de su hermana que de su propia vida. Que  Porfirio Barba Jacob era puro “sexo, drogas y rock&roll”.

Develar esos datos íntimos  de los maestros de las letras latinoamericanas, se ha convertido en la tarea diaria y en un fetiche para el periodista  y escritor colombo-venezolano Juan Camilo Rincón, para quien  urge humanizar a los   autores íconos de nuestro continente y acercar a los jóvenes a su lectura.

En la pasada  Feria Internacional del Libro y las Culturas de Cali, Filca,  él presentó la agenda-libro ‘Constelaciones y letras colombianas 2017’, con ilustraciones de Marco Pinto, en la que hay minibiografías de escritores nacionales con datos inusuales.  “Esas anécdotas muestran que  eran personas como nosotros, que comían, que bebían, que se enamoraban, que sentían, que tenían un día a día con las mismas actividades nuestras. Humanizar  a un escritor es algo hermoso,  hace que amemos más su literatura y entendamos por qué escribió ciertas cosas en ciertos momentos”, dice Rincón, quien a través de minuciosas investigaciones  ha sacado historias exquisitas de  Álvaro Mutis,  Jorge Isaacs, Álvaro Cepeda Samudio, José Eustasio Rivera y  Rafael Pombo.

Su ídolo es Julio Cortázar. Por él aprendió a leer. “Me costó un poco. Yo tenía 10 años y todas las dislexias. Y mi madre, como todas que nunca pierden la esperanza, me llevó a una librería y me dio a escoger  tres libros”. Él apuntó con su índice a títulos como ‘Todos los fuegos, el fuego’, de Julio Cortázar; luego ‘Ficciones’, de Jorge Luis Borges  y “una cosa loquísima de Bertolt Brecht, y al leerlos quedé enganchadísimo”.

Y se convirtió más que en un ‘comelibros’,  en un  voraz coleccionista de primeras ediciones, firmadas,  en un recolector de “anécdotas hermosas” de  autores, como  ‘la pachanga espasmódica’ que se formó después de que Carlos Fuentes, presentara en Europa  una obra de teatro, ‘El tuerto es rey’.

Fuentes  alquiló una van y transportó a sus  amigos  Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, José Donoso y Juan Goytisolo y a sus esposas, desde Barcelona hasta  Aviñón, y después de que lo aplaudieran se los llevó a la casa de trabajo de Julio Cortázar en Saignon, Francia, donde el argentino escribió la mayoría de sus libros de ensayo.

Cenaron, tomaron vino, se emparrandaron. Al otro día Cortázar  le envió a su editor un texto  sobre la que denominó  ‘Una parranda espasmódica’. Historias como esas las extrae  de periódicos, revistas, documentales y  de los labios de quienes conocieron a los autores.

De otro argentino, de Borges, el insaciable coleccionista de historias dice que “era un genio”, pero  “nada pretencioso, no le gustaba que lo trataran  como al gran intelectual. Era muy perspicaz y hacía reír con sus comentarios crudos y  jocosos”.

Cuenta Rincón que en Colombia  trataron a Borges como un ‘rockstar’, que sus ‘fans’ casi rompen las puertas  de la Biblioteca Nacional por verlo en una conferencia de otro  argentino no tan leído. Que amaba la literatura colombiana y hasta reseñó a ‘María’, de Jorge Isaacs.

En su libro ‘Viaje al corazón de Cortázar’,  Rincón dice que  Neruda,   el autor de ‘20 poemas de amor y una canción desesperada’ visitó Cali y  que, como  él describe en  ‘Confieso que he vivido’, era un coqueto irredento, que las mujeres “le copiaban”, y   estuviera o no casado, siempre lanzaba piropos de suma finura: “Antes de amarte, amor, nada era mío”.

Y si de relaciones tortuosas se trata,  Alejandra Pizarnik, poeta  argentina, que  terminó quitándose la vida, es otro suculento  banquete para este escritor que descubrió que Cortázar en las últimas cartas que  le escribió a su amiga buscaba infundirle ánimo, no sin dejar entrever asomos de una relación amorosa  subrepticia. “Ella solía decir que había inspirado ‘La Maga’”.

“Por culpa de ella casi nos quedamos sin ‘Rayuela’”, dice Rincón. “El libro   salió un año después porque ella perdió los manuscritos. Cortázar la había contratado para que pasara a máquina la obra y la embolató.  Finalmente la encontró y la devolvió, pero se encomendó a otro  la labor de pasarla a máquina”.

En su libro-agenda ‘Constelaciones y letras colombianas’, Rincón  relata que José Asunción Silva “sufría mucho porque tenía una relación medio incestuosa con su hermana. Ella se muere antes que él y este le lleva rosas el día previo a su  propia  muerte.  Ese día él le  pide a un médico que le señale su corazón y esa noche, en  ese punto en el que se pone una X, se dispara.

Y suelta Rincón otra joya, esta vez del creador de Macondo. El mítico   ‘Gabo’  tenía un secreto  que  jamás le confesó a Cortázar, porque se  “iba a morir de rabia donde lo supiera”, como decía el  Nobel. Cuando  García Márquez fue cronista de El Espectador,  lo mandaron  para París y, corto de plata, porque durante la dictadura de Rojas Pinilla cerraron periódicos como El Espectador, le tocó escribir en los cafés. Un día vio a Cortázar, que ya había escrito sus cuentos, ‘Gabo’ se quedó mirándolo y no lo saludó. Diez años después, ya con fama ambos,  se hicieron amigos. El hijo de Aracataca nunca le confesó aquello, “no me perdonaría que perdí 10 años de amistad con él  solo por la pena”.

Y dice Rincón que “la prostitución ayudó a que se salvara la literatura en este país”:  León de Greiff tenía su casa en un barrio de la zona de tolerancia en Bogotá, que compró el vecino de al lado para convertirla en el parqueadero de un prostíbulo. El administrador halló  los manuscritos del poeta, su mamá los guardó y  por ella se conocieron.

Supo también de la devoción secreta que Ernesto Sábato profesó por nuestra  ‘Gaviota’, Margarita Rosa De Francisco. Lo cuenta en el libro que saldrá en 2017,  ‘Manual para Dejar el Alma en Colombia’, donde narra historias de las visitas de los grandes escritores a este país. La  nieta de Sábato le  contó a Rincón que ella encendía  el televisor en la casa de sus abuelos, a la hora de ‘Café con Aroma de Mujer’ y Sábato, sentado  en el sofá al frente del televisor, se veía la telenovela completa y sufrió como muchos colombianos por la chapolera. Supo Rincón adémás  que Sábato, durante un viaje de Bogotá a Manizales, ante un vuelo turbulento exclamó: “Parece que el destino de todos los argentinos es morir en un avión en Colombia”, en alusión a la muerte trágica de Gardel. Pasado el susto, llegó a Manizales, donde sufrió una intoxicación por mariscos.

Y hasta Neruda, según Rincón, se enamoró de Colombia, al punto de preguntarse si había aquí “un coleccionista de nubes”.

Eso sí, hay autores que se escapan al paparazzi de las letras. “Mi sueño imposible era tener un libro firmado de Andrés Caicedo. Bueno, es el sueño de muchos. Nunca pudo firmar uno, porque el día que se quitó la vida, le llegó a casa la primera edición”.

El autor, en datos

Juan Camilo Rincón  es autor de ‘Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia’, invitado a la 28a edición de la Feria Universitaria del Libro en Hidalgo (México).Ganó una convocatoria del Ministerio de Cultura en el  2014 para presentar su libro en la Feria Universitaria del Libro en Pachuca (México). En 2015 ganó la de Residencias Artísticas Colombia- Argentina con el proyecto ‘Ernesto Sabato y su relación con Colombia’ y ese año publicó ‘Viaje al corazón de Cortázar’, presentado en FILBo 2016. Ganó una beca del Idartes,  para presentar su libro en la Feria Universitaria del Libro en México.

Publicado en El País