En Contexto
Rodolfo Walsh nació el 9 de enero de 1927 en Argentina. Escritor, periodista, militante revolucionario, Walsh fue un hombre que creó, imaginó y construyó hasta el último de sus días. Fue asesinado por la dictadura militar el 24 de marzo de 1977, día en que logró hacer pública su implacable Carta abierta de un escritor a la Junta militar. Fue creador de la agencia de noticias contra hegemónica Prensa Latina, la agencia clandestina Ancla y el periódico de la CGT de los Argentinos, central obrera combativa. Escribió novelas policiales y el más importante libro del periodismo argentino: “Operación Masacre”. Su obra ha tenido un alcance mucho mayor que cualquiera de sus muchas profesiones le hubiera permitido tener en solitario. Un ajedrecista que sabía de tahúres y de policiales negros, un analista brillante, un militante comprometido. Todos en uno

“En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía.
Pero no veo en eso una determinación mística.
En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos;
podría haber sido cualquier cosa,
aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura,
para empezar de nuevo, como tantas veces”
Rodolfo Walsh

Por Tomás Forster – NodalCultura

Escribía con meditada brevedad y contundencia, Rodolfo Walsh. Influenciado por el género policial, que cultivó en sus primeros años como cuentista, y por cierta capacidad de síntesis que adquirió con la práctica periodística, Walsh buscaba alcanzar un clímax narrativo en cortas y apretadas líneas. De esa manera, pretendía que el lector entrevea lo que aún permanecía soterrado, entreabierto, y completara la parte faltante, como si fuera una especie de segundo detective. Creía en la capacidad expresiva del dato fehaciente, pero no abrumador, sin que obture la interpretación consecuente. Se obstinaba en articular una información minuciosa y conceptualmente esclarecedora. Renegaba y se indignaba con el uso reiterado de adjetivos. Abominaba de los eufemismos y otros ornamentos estéticos.

En la cita elegida como epígrafe de esta nota, Walsh expresa esa vocación de sentirse “disponible para cualquier aventura”. Predisposición que lo emparenta con su compañero generacional Ernesto Guevara.

Pero, además de esta capacidad de asumir riesgos y esa atracción por indagar en lo desconocido, ¿qué nos dice esta suerte de relampagueante autobiografía, soltada de un tirón por Walsh, sobre una época decisivamente marcada por el debate sobre el rol del intelectual y su relación con la vida política? ¿Hasta qué punto las decisiones que lo llevan a involucrarse crecientemente en el ámbito de la izquierda peronista tienen su contrapartida en sus virajes respecto del “violento oficio de escritor”?

Estas preguntas conducen a una suerte de recorrido temporal que se inicia en 1956, cuando ocurren los fusilamientos de José León Suárez, perpetrados por la autodenominada Revolución Libertadora, y culmina con su participación como director del periódico de la CGT de los argentinos (CGTA). Entre ambos momentos se cifra un derrotero que va desde que Walsh inaugura el género de no ficción, con Operación Masacre, hasta el momento en el que ya no le basta con la escritura como modo de participación. En ese último tramo de su trayectoria vital –desde 1969- abandona la ficción hasta que, en los que serían los meses finales de su vida, retoma la narrativa desde la clandestinidad.

En cada una de esas decisiones, Walsh parece actuar motivado por el espíritu de su tiempo, cada vez más preocupado por contribuir a transformar un orden de cosas que considera ilegítimo e injusto y dispuesto a producir un acontecimiento que impacte en la conciencia de la época. El elemento saliente tiene que ver con sus crecientes dudas respecto a la eficacia inmediata que acusa la escritura, en contraposición con otras formas de resolución más “concretas y tangibles”, como las que proveía la militancia revolucionaria.

En la recordada entrevista que le hiciera un joven Ricardo Piglia, en marzo de 1970, Walsh reconoce que sus primeras estocadas literarias estuvieron guiadas por la ambición de plasmar una novela consagratoria pero asegura que ya no creía en ese género tildado de “burgués”, según la mirada radicalizada de ese entonces. En aquél diálogo, Walsh afirma: “La denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte”. De todos modos, como un argumento de otro orden, hay que decir que los cuentos walsheanos, extendidos a la longitud de una novela, difícilmente hubieran mantenido esas estructuras narrativas tan particulares y logradas.

Lo sugestivo, lo interesante de este proceso que transita el autor de Los oficios terrestres, es que transcurre a lo largo de casi quince años en los que el eje político fue prevaleciendo hasta ser dominante por sobre sus inquietudes literarias.

De todos modos, es posible matizar y decir que en el último tramo del itinerario de Walsh se desenvuelven algunas vueltas de tuerca más. Sus documentos críticos a la conducción montonera de noviembre de 1976 a enero de 1977, la decisión de volver a escribir ficción durante el tiempo que pasaron resguardados con su mujer Lilia Ferreyra en San Vicente, y su último acto público, la Carta abierta de un escritor a la junta militar, muestran que la vena de escritor estaba intacta.

Criptógrafo experto, especialista en pesquisas y tareas de inteligencia –tal es así que en Montoneros ocupó el cargo de oficial segundo aplicado a ese tipo de funciones- la relación entre su inclinación por la literatura y la incidencia inmediata que le propinaba la acción política, tomó la forma, por momentos, de un enigma irresoluble, una encrucijada sin camino definido.

Hasta que a principios de la década del ’70, cuando toma la decisión de sumarse a Montoneros y todas las actividades periodísticas que realiza van en esa dirección –como su participación en el diario Noticias-, Walsh parece haber asumido el camino del combatiente revolucionario y usa la pluma sólo con fines militantes.

Sin embargo, esas construcciones puras en retrospectiva no reflejan la espesura de una vida. No hay un solo Walsh, sino variaciones coherentes de sí mismo.

A mediados de los años cincuenta, en un contexto donde la noción sartreana de intelectual comprometido comenzaba a propagarse, Walsh despuntaba como un promisorio cuentista de literatura policial. Había publicado un libro con el que ganaría el premio Municipal de Buenos Aires, Variaciones en rojo y tenido un fugaz paso por el nacionalismo conservador a través de la Alianza Libertadora Nacionalista entre fines de los cuarenta y comienzos de los cincuenta.

A tono con la posición del nacionalismo de derecha y, al mismo tiempo, con buena parte de las opiniones que tenía el mundo literario de ese entonces, inicialmente apoyó el golpe contra el peronismo. Contrariamente a lo que se suele creer, y difundir, la investigación que derivó en Operación Masacre no produjo un cambio inmediato en la mirada ideológica del escritor.

El acercamiento de Walsh a la experiencia peronista se va gestando lentamente, entre la primera y la segunda edición de Operación Masacre, que data de 1964, el mismo año en el que termina de escribir Esa Mujer, el cuento basado en un diálogo real que mantuvo con un militar implicado en las vejaciones sufridas por el cadáver de Eva Perón. Entre ambas ediciones, los fusilamientos de José León Suárez quedan impunes, Walsh, levemente ilusionado con el desarrollismo intransigente, se decepciona por la dirección que toma el gobierno radical de Arturo Frondizi, toma nota de la perdurabilidad del peronismo y, sobre todo, irrumpe el impacto sustancial que supone en su vida la Revolución Cubana.

La Revolución Cubana representa en el itinerario de Walsh el primer momento en el que, de modo plenamente consciente, subordina el periodismo a requerimientos políticos. A su vez, durante su estadía en Cuba, comienza a formarse de modo sistemático en la lectura de textos del acervo marxista. Intelectuales y escritores argentinos, alejados visiblemente entre sí frente al hecho peronista, como Ezequiel Martínez Estrada, John William Cooke, Julio Cortazar o Leopoldo Marechal, se sienten interpelados y empáticos con lo que sucede en la isla caribeña, que actúa como eje aglutinador y factor de inspiración de lo que pasaría a llamarse la nueva izquierda latinoamericana. Walsh, en tanto, acude a Cuba para participar de la creación de Prensa Latina, la agencia de noticias cuyo principal encargado sería Jorge Ricardo Masetti con quién había compartido militancia en la Alianza Libertadora Nacionalista.

Pero con la salida de Masetti, que retorna a la Argentina con el objetivo de armar una guerrilla en el norte argentino llamada Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) –que sería desguazada a poco de comenzar a operar-, y cierta pérdida de influencia del ala menos ortodoxa, afín a los postulados de Ernesto Guevara, Walsh se instala nuevamente en Buenos Aires.

Luego de esa experiencia, llegan años de recogimiento, en los que retoma la escritura y pasa los días entre la quietud de una isla en el Delta y un trabajo en la casa de antigüedades que tenía su mujer de aquél entonces.

Esto dura hasta el ´67, cuan el asesinato del Che lo consterna profundamente. Escribe dos textos: en el primero, de tono nostálgico, recuerda los días pasados en La Habana y no duda en afirmar que le “da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir”, prefigurando hasta donde llegaría en la resolución de sumarse a la acción revolucionaria. A los pocos días, escribe un cuento, Un oscuro día de justicia.

A partir de la Revolución Cubana y, también, como consecuencia de la ola de revueltas que sacuden al tercer mundo, el proceso de descolonización en África y Asia, la resistencia del pueblo vietnamita, el diálogo entre nacionalismo, marxismo y cristianismo, van a entremezclarse en un potente caldo de cultivo que impactará en el clima político opresivo que se vive en la Argentina, dictaduras y proscripción del peronismo mediante.

A lo largo de este período, la noción en torno al rol del intelectual requiere de idas y vueltas, replanteos y redefiniciones constantes. Esas instancias se dan tanto introspectivamente como entre pares y, a la larga, va a producir una mutación en algunos casos, entre ellos, el de Rodolfo Walsh: de ser un individuo reconocido como intelectual/escritor comprometido pasará a diluirse, paulatinamente, en lo orgánico-colectivo. Otros compañeros de ruta y amigos, como Haroldo Conti o Paco Urondo, tomarán andariveles similares.

La CGTA será un paso significativo que, a partir de otro cimbronazo como fue el Cordobazo, lo llevará del Peronismo de Base de la mano de su relación con los hermanos Villaflor a las FAP y, desde 1972, a la lucha armada en Montoneros. Su inserción en aquella Central Obrera, como director del periódico, significará un antecedente significativo a su involucramiento de lleno en la militancia revolucionaria.

Si vida y obra confluyen, de manera tan categórica, en el autor de Irlandeses detrás de un gato y Nota al pie, aún más vale tener presente a Rodolfo Walsh en esta época donde escasean las ideas colectivas y abunda el ombliguismo. Vale citar, a modo de cierre, lo que el propio Walsh escribió en el programa de la CGTA, un primero de mayo de 1968. Allí, definió para siempre: “el campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante y el que comprendiendo no actúa tendrá un lugar en la antología del llanto pero no en la historia viva de su tierra”. Palabras finales que anticipaban el tono dramático de los años por venir y la posición inquebrantable del escritor revolucionario.