Mi novela mexicana favorita se llama Cien años de soledad

Maldiciones y redenciones

Por Marcos Daniel Aguilar* (para Nodal Cultura) 

Mcien-anos-soledade recuerdo hace algunos ayeres, en algún momento de mi vida en que sentí perderla, sentado en el asiento de un colectivo leyendo la que decían era la obra cumbre de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Yo no quería creerlo, pues poco tiempo antes me había refinado Crónica de una muerte anunciada y El otoño del patriarca, basadas en los ejemplos de los vicios y virtudes de los latinoamericanos.

Cuando leí estos libros, en los cuales el dictador o el hacendado todo poderoso son los protagonistas pensé que el Gabo estaba describiendo de manera perfecta la historia medular de las naciones de nuestra región americana desde el periodo de sus independencias hasta el día de hoy. El hombre fuerte, el civilizador, el orangután milico, el súper yo que a comienzos del siglo XX ya veía venir el escritor español Ramón del Valle Inclán en Tirano Banderas, durante su primer viaje al nuevo mundo, y que sin saberlo se le vendría uno a la misma España tras la Guerra (in) Civil.

En México nos habían hecho creer que de dictaduras sabíamos muy poco, el último dictador, decían, había sido el general Porfirio Díaz, aquel que por su política elitista había provocado el enfado social con el cual comenzaría en 1910 la Revolución mexicana. Dictaduras las de Argentina, las de Uruguay, las de Chile y Brasil. Qué ciegos éramos en aquel entonces -últimas décadas del siglo XX- al no darnos cuenta que en casa teníamos al dictador perfecto convertido en partido institucional.

El PRI fue por años aquel patriarca gabrielgarciamarquesiano que hacía y deshacía a su voluntad. Por ello, no quería creer que Gabo pudiera escribir algo superior a la narración que describió la condición social y política hispanoamericana. Me recuerdo otra vez subrayando aquel mamotreto de cientos de páginas e imaginando que Macondo, aquella tierra microcosmos que representa la esencia de los que habitamos la América con la ñ en la frente, era el poblado caluroso, reseco, con olor a muerte y de tanto en tanto alegre donde nació mi estirpe paterna en la montaña del estado de Guerrero, ese Guerrero del magisterio y profesores inconformes, el Guerrero de la guerrilla armada, el Guerrero de escuelas rurales y Ayotzinapa. El Guerrero militarizado y dejado al olvido siempre al olvido por cien y mil años por parte de la élite del país que nada le importa mantener en la pobreza y marginar a quien cree que nada le ha dado, solo dolores de cabeza.

Imaginaba que el gallero Aguilar, aquel que mata el primer Buendía era mi abuelo, también Aguilar y también criador de gallos de pelea, así también personaje fundacional y hasta mesiánico en su lugar natal. No había duda, Macondo estaba muy cercano a mí, Macondo era México porque México es América Latina, aunque algunos intelectuales, muy orgánicos y muy ligados al libre mercado, lo quieren poner en la Nortemérica económica y no solo geográfica.

A veces me gusta bromear con mis amigos colombianos, que se enojan de veras, cuando les digo que mi novela mexicana favorita se llama Cien años de soledad, y miren que no estoy mintiendo, en 1967 Gabriel la escribió aquí, ¿cómo no iba a tener este Nuevo Testamento Americano esos aires mexicanos a lo Rulfo, a lo Arreola a lo Yañez, a lo Azuela o lo Revueltas?
Me acuerdo también aquella vez cuando mi padre leyó la novela. En alguna parte me preguntó “¿y cuál es la novedad de esto?, si estas historias fantásticas de aparecidos y vírgenes que ascienden al cielo y maldiciones y traiciones y muertes las he escuchado desde niño en mi pueblo”. Claro, no tuve contraargumento para aquel, mi padre, que había crecido con estas historias, las mismas historias que Gabito había escuchado de la voz de su abuela y que mi padre había escuchado de su abuela y de su tía y hasta de su misma madre, tan santa, tan religiosa y tan severa cual Úrsula Iguarán.

Si en otros textos Gabriel García Márquez ya nos había regalado la genealogía política de la región, en Cien años de soledad recreó, es decir, rehizo, es decir, reinterpretó, nuestra hechura social y cultural ejemplificada en una familia que podría ser cualquiera, y sobre todo, aquellas familias que por memoria nos sentimos culpables de un algo que no sabemos, culpables, de un aquello que desconocemos, y que en el fondo reafirmamos.

Aquella culpa de ser los otros, de negar al otro que es nosotros, de matar al otro que es suicidio, de dejarse morir por aquel que es uno mismo. Redención cola de chancho. Redención es el objetivo de esta novela para ascender al paraíso en donde por fin podremos amarnos, amarnos libremente con la zurda, para vernos al revés del espejo y descubrir que al otro lado seremos iguales, justos, libres y hasta un poquito felices.

*Marcos Daniel Aguilar es escritor, periodista y editor mexicano. Además de profesor universitario y buen amigo y anfitrión, es director de la Revista Desocupado

 
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