A 10 años de la muerte de Roberto «el negro» Fontanarrosa

Por Daniel Cholakian – NodalCultura

Muchos en Argentina y seguramente todos dentro de su Rosario natal, entienden rápidamente de quien hablamos si decimos que hace diez años que se fue el «Negro». Y eso no puede dejar de sorprender.

En esos juegos que construye la elitización de la cultura, a diez años de su muerte Roberto Fontanarrosa se redibuja como un escritor. Que lo fue y notable. Pero a contrapelo de una generación que hizo de la erudición y de ciertos lugares del arte y la vanguardia su razón artística, el «Negro» fue un cultor de las artes populares.

Dibujante, historietista, guionista y cuentista, Fontanarrosa narraba la historia desde el punto de vista de los marginales de la misma, desde una inmensidad de personajes parados al costado del camino del poder. Y de ellos tomaba rasgos, lenguaje, gestos o acciones casi íntimos.

Lo prototípico de un personaje, que en cualquier registro costumbrista es pura exterioridad, en sus narrativas estaba cargado de un decir profundo e interior. Esos gestos casi de confesión brutal de Boogie el aceitoso o el existencialismo de la soledad pampeana, ignorante de esa condición, en Inodoro Pereyra, como las confesiones viriles de la Mesa de los galanes, todo develaba lo íntimo de estos personajes laterales de las historias oficiales.

No es casual, aventuro, que el Fontanarrosa escritor haya destacado en el cuento, como lo hicieron Borges y Cortázar, en esa suerte de particular argentino, ya sea por vagos, narradores de la oralidad (que supone brevedad y precisión) o portadores de un destino de derrota que nos impide soñar con la universalidad.

Como sea, el relato breve (en la historieta, el cuento, el artículo periodístico o el guion) se acomoda a lo popular también desde la llegada a los lectores. El su trabajo esta brevedad se hace principio de trabajo, pero tal vez condición necesaria a partir del trabajo notable que hacía con la palabra. Las palabras en su obra hablaban más allá de si mismas. Eran precisas, y en ese uso eficaz, se multiplicaban.

Aquella diferencia sonora significante entre las palabras «boludo» y «pelotudo», que él refirió en una recordada exposición en el Congreso de la lengua, habla de su propia escritura. En la exactitud de sus frases está el origen de toda brevedad.

Fontanarrosa fue un paradigma de la cultura popular argentina del siglo XX. Su obra se entrama con la tradición del circo, la literatura obrera de los comienzos de siglo tanto como con Borges o Cortázar, con la inolvidable Mafalda de Quino y con la presencia de la picardía costumbrista de otro rosarino, Alberto Olmedo. Entre el trabajo de ambos había encuentros especialmente cuando recorrían las charlas de hombres urbanos, siempre ganadores, siempre derrotados en el último segundo -que nada tienen que ver con los falsos machos de humor dudoso-

He ahí algo de lo que hace de Fontanarrosa un hombre que puede pensarse como una figura central de la cultura popular urbana del siglo XX en Argentina.

Si pensamos la relación de su obra con lo universal, en el sentido en que Tolstoi proponía con «pinta tu aldea y serás universal» solo podría imaginar un dibujo del perro Mendieta mirándo al cielo estrellado y diciéndo: «Que lo parió, Don Roberto»

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