Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura

Juan Pablo Ricaurte es artista, crítico, programador de festivales de artes escénicas y gestor cultural. En su ciudad, Medellín, la penetración de la violencia fue tanto muy importante, seguramente más profunda que en el resto de Colombia.

Lejos de pensar que la violencia era una tragedia inevitable, Ricaurte, como otros actores de la sociedad civil se atrevieron a desafiar la realidad que presentaba una comunidad destruida, una sociedad fragmentada, un espacio público privatizado por los diferentes patrones de la calle y la carencia total de identidad entre los habitantes, elemento esencial para poder provocar el reencuentro.

En largas charlas, Juan Pablo Ricaurte me contó de la experiencia transformadora que vivió su ciudad en los últimos 20 años y la importancia que tuvo el arte en ese proceso. En este lugar destacó la importancia de los artistas callejeros en la historia de la recuperación de Medellín para sus habitantes.

Cuando se presentó me dijo: “Soy actor de teatro y durante un tiempo cuentería, relatos, narraciones. De mi época, de lo que nos dejó la guerra contra el narcotráfico recogía historias, y las contaba en el escenario. Al principio clandestinamente. Había que contar esa historia con una poética. Llevo 25 años jugando.”

Mientras escuchamos algo de música de Soul AM Beats, Ricaurte nos cuenta: “Un ejemplo del lugar del arte público son el hip hop y el rap en nuestras comunas, que son 16. Medellín es una ciudad de casi tres millones de habitantes. Cada comuna tiene 25, 10, 12 barrios y algunos son más peligrosos que otros. Para lo que llamamos peligro nosotros, claro!”

“Las comunas 3 y 4 son las del hip hop. Este movimiento sirvió para poder romper lo que llamamos las fronteras invisibles, poder pasar de una calle a otra. Eso antes tenía un dueño, un territorio, en los ‘90 y hasta hace poco. El teatro y el hip hop fueron fundamentales para que se viera que en el arte hay una posibilidad de quebrar esa historia”

“Este proceso se hizo por dos vías. Por un lado integrar a aquellos que estaban desintegrados de la sociedad, y por otro lado reconstruir la comunidad. Necesitábamos sacar a los muchachos de las bandas o de cualquiera de los cinco ejércitos que teníamos. Con la música podíamos quitarlos de ahí y decirles mediante el hip hop que hay otra posibilidad. El reto es mostrarles que pueden vivir de esto, y que no regresen a los vacíos que dejó la negociación con los paramilitares en el gobierno de Uribe, que al no terminar en nada concreto, facilitó la creación bandas y eso resultó atractivo para los muchachos. Ojalá de esto aprendamos para que no pase con las FARC y el ELN en su reinserción en las ciudades. Para esto, el arte es clave”.

¿Cómo fue el trabajo de articular la acción de gobierno con lo que producían en la calle?

Cansados de estar volando en átomos, estallando esquinas de narcotráfico, en el ‘94, ‘95, ’96, el teatro y las artes dijimos: la única forma es abrir nuestro espacio. De ese modo nos impusimos a fuerza de trabajar. Las salas de teatro, aunque fueran dos personas en el público, hacen funciones. Empezamos a crear movimientos sociales también junto a sociólogos y periodistas. Y es entonces que llama la atención al mismo Estado esto, de que nosotros, la comunidad, teníamos que recuperar Medellín. Creamos movimientos sociales muy fuertes, que en 2004 dieron movimiento político. Pusimos dos alcaldes surgidos de esos movimientos. Ahí ya cambió la ciudad.

Algunos fuimos como asesores de planificación o de política cultural. Estábamos dentro del Estado. Estuvimos un tiempo y desde allí generamos un cambio. Realmente la inversión social fue fundamental. Medellín es una ciudad comercial e industrial. Persisten problemas, porque todo el país se siente atraído a venir y eso crea focos y problemas, porque las armas no acallan las necesidades.

La ciudad ha podido soportar eso y se dio cuenta que el empresariado, el Estado y la comunidad tenían que construir cosas: parques, bibliotecas, profesorados. Hoy el reto es sostener la paz y la convivencia desde el arte. Y es un desafío que esto funcione también con las FARC cuando se reinserten en la sociedad.

En este importante momento que están viviendo en Colombia ¿Cuál es el lugar que tiene el teatro en relación al proceso de Paz?

El teatro ha sido clave para este proceso. Fue el soporte para los tiempos duros de los ‘90 y para crear conciencia sobre la cultura. El cine y el teatro fueron claves para las negociaciones. Si mirás los puntos del Acuerdo de Paz, hay una columna esencial que es la cultura como eje. Le pedimos al Estado mismo y a las guerrillas que inviertan en cultura para soportar lo que viene. Esto es clave para el desarrollo. Pero no hablo del desarrollo de las “economías naranjas”, sino de una cultura que permita que la sociedad recupere el proceso de memoria, paz y justicia mediante el arte en nuestra nación.

¿Cómo pueden articular ustedes con las FARC y con la incorporación de todos aquellos que vuelven “a su vida” luego del desplazamiento interno?

Hay un punto fundamental: quiénes se quedan en las tierras. Que los agentes paramilitares devuelvan las tierras es duro, pero hace que la gente pueda volver a sus ciudades. Tenemos serios problemas de identidad en la población desplazada, y también muchos jóvenes que no quieren volver al campo. Por eso la universidad tiene que ir a las zonas rurales. En una estadística de los movilizados, algunos manifiestan que quieren ser enfermeros o médicos, pero el 40%  de los consultados quiere actividades culturales. Música, arte, escribir. Y son movilizados rurales, muy pocos  son de las ciudades. Si este es el pensamiento, hay posibilidad de futuro

Es interesante la vehemencia con la que señalás que el cambio en Medellín estuvo basado en la gestión fue de la sociedad civil.

Claro, fue la sociedad la que incidió en las empresas, que también sufrieron mucha violencia. Por suerte teníamos una historia de empresas públicas sin problemas de corrupción, lo que nunca se perdió a pesar de la influencia del narcotráfico. El empresariado, la sociedad civil, todos avanzamos por ese objetivo. Nos convertimos en una ciudad marca: pero eso también es peligroso. Entonces tenemos una fachada muy bonita, hemos logrado una ciudad que tiene sistema de movilidad organizada, pero más allá de eso: ¿a qué ciudadano queremos formar?.

¿Cuánto de realidad hay en este camino hacia la Paz?

Un 90%. El país en general ya estaba cansado de la violencia, de los muertos. Vinieran de donde vinieran. Y eso hace que de pronto también la derecha cambie, que tiene sus principios de tierra y miedo, pero en esencia busca poder adelantar un proceso sin violencia en el que se pueda convivir. Son 60 años. A esta generación mía y a la que viene les toca construir. Porque si no pendemos de un hilo. ¿Cómo sostenemos esto? Hay una sociedad civil que lo va a construir y estoy seguro que la presencia de la cultura será fundamental.