Esta semana se cumplieron 61 del fallecimiento de Gabriela Mistral en Nueva York. Poeta, diplomática y militante política chilena, Mistral recibió en 1945 el premio Nobel de literatura. Para recordarla, les proponemos leer Desolación, una de las obras que devela toda la potencia e innovación de la gran poeta chilena de la modernidad

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Gabriela Mistral adora al Dios único, hijo del desierto, al Dios vengador y terrible que abomina los pecados de la carne, Dios violento, inmensamente distante de su criatura, Dios solitario y resplandeciente. En vano levanta y quiere echarle la túnica de Jesús; se siente detrás su sombra de espanto y en la plegaria insistente que le dirige, en sus arrebatos de amar por el preciso, tiembla sordamente el miedo de su propia condenación. Se diría que sus ruegos piérdense, sin hallar un eco.

El nombre de su libro lo revela: Desolación.

Y la elección de las palabras dice constantemente su afán de intensidad. Todas las expresiones le parecen débiles, busca el vigor por sobre todas las cosas y se desespera de no hallarlo, retuerce el lenguaje, lo aprieta, lo atormenta, quiere imitar el acento de fuego que oyeron los videntes de Israel y que ha quedado en las letras del Antiguo Testamento. No le importa nada sino eso, la energía, la máxima energía. Tiende la cuerda del arco hasta  romperlo y lanas la flecha de acero con la loca esperanza de alcanzar hasta el corazón de la divinidad.

¿Cómo se detendría ella, la frenética, delante de las vallas gramaticales o lexicográficas?

Se ríe de los códigos literarios, desentierra términos incomprensibles, usa verbos inauditos, traspone y altera el significado de las expresiones habituales, es familiar y bárbara, dispareja y áspera, siempre en virtud de esa misma obsesión: la búsqueda de la intensidad. Para pintar la obscuridad de la noche hablará de sus «betunes», porque ese sustantivo está menos usado, menos gastado; dirá del suicida que no «untó» sus labios de preces y cuando nombre la herida de su recuerdo la llamará «socarradura» larga que hace aullar.

Aun esas materialidades que tocan los dos extremos, lo grosero y lo sublime, pugnando por juntarlos, le parecen flácidas, «laxas» -otro de sus términos- y en El Suplicio se queja de no poder lanzar su grito del pecho- «Tengo ha veinte años en la carne hundido- y es caliente puñal- un verso enorme, un verso con cimeras- de pleamar… Las palabras caducas de los hombres -no han el calor- de sus lenguas de fuego, de su viva -tremolación…

¡Terrible don!. ¡Socarradura larga-que hace aullar!-. El que vino a clavarlo en mis entrañas¡tenga piedad!»

Tocamos en esta confesión el origen de las nuevas escuelas. La sensación repetida cansa el nervio sensitivo, el sonido que se oye constantemente deja de percibirse. Necesítase entonces una impresión diversa, de cualquier naturaleza. Y después el período clásico, en que el lenguaje halla su equilibrio, vienen las épocas de decadencia; tras las notas justas, acordes y armoniosas, resuenan las desproporcionadas, hirientes y disonantes.

La obra heroica consiste en alcanzar la novedad, en rechazar las viejas vestiduras y vestirse de ropajes intactos, sin salir del círculo en que se mueve nuestra comprensión y nuestro sentimiento, avanzar hasta más lejos por el camino que siguieron nuestros
antepasados, juntar esos dos extremos que parecen contradictorios e inconciliables: lo antiguo y lo nuevo, lo sabido y lo ignorado, el pasado y el porvenir.

Allí está la dificultad del arte.

Gabriela Mistral no ha sido la primera en romper con las tradiciones de la poesía castellana; halló el terreno preparado por toda una evolución que inició Rubén Darío; pero ha dado a su obra un sello que la distingue y que está en la fuerza bíblica, en el amor
intenso y único, del cual derivan todos sus cantos, el cariño a los pequeñuelos y el sentimiento de la Naturaleza, el fervor religioso, los mismos intervalos de serenidad en que se siente el jadeo del cansancio y la languidez que dejan los espasmos. Su amor es el
sol creador de mundos, la inmensa hoguera de donde saltan chispas y se derraman claridades, el que al quebrarse en las montañas y los árboles figura sombras monstruosas y tiende penumbra delicadas, llega a las cimas, baja a los abismos, entibia, calienta, incendia, ilumina y deslumbra, sirve de guía al caminante o lo extravía y lleva al borde mismo de los precipicios.

Del prólogo a la tercera edición

Desolación-Gabriela-Mistral

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