Cali vs. Cali

Cali vs. Cali

Por Fabián Páez López

Mientras que en Bogotá y Medellín cuaja cada vez más la industria alrededor de la música, en Cali, la tercera ciudad más importante del país y uno de los más fervientes centros creativos, los artistas locales siguen sin ver un norte claro para sus proyectos. Apuntes sobre una escena que se sostiene contra las cuerdas.

Mientras que en Bogotá y Medellín cuaja cada vez más la industria alrededor de la música, en Cali, la tercera ciudad más importante del país y uno de los más fervientes centros creativos, los artistas locales siguen sin ver un norte claro para sus proyectos. Apuntes sobre una escena que se sostiene contra las cuerdas.

Por Fabián Páez López @Davidchaka

A finales de 2018 la banda de indie rock Los Hotpants visitó Bogotá como parte de la mini-gira promocional de su sencillo Lejos. Hicieron un par de toques en dos bares en la capital y luego despegaron para Medellín, pero antes de su regreso hablamos con ellos del estado de la movida en su natal Cali. Lo que nos contaron fue más bien un pedido que se hace cada vez más recurrente entre las bandas caleñas: “la música está, lo que falta es hacerla visible”.

Esa desazón por la industria local se reparte por igual entre los músicos caleños de todos los géneros. En una ciudad en la que la salsa es una especie de evangelio canónico que permeó generaciones, capas sociales y formas de pensamiento, y en la que la devoción por la música es absoluta y el ritual del baile está tan consagrado, los músicos independientes, bien sea de salsa o de otros géneros alternativos, se debaten entre la autogestión con las uñas y la lucha para entrarle a un público de oídos hiper-conservadores.

¿Por qué el ambiente es tan rudo para las bandas y músicos emergentes en una ciudad con el potencial creativo de Cali?

Con un poco más de 2.400 millones de habitantes, Cali es la tercera ciudad más poblada del país, solo detrás de Medellín y Bogotá. Es, además, la segunda ciudad latinoamericana con mayor concentración de población negra y una de las que más reciben población desplazada por la violencia en Colombia; la cifra se estima por encima de los 50.000 habitantes.

Los grandes eventos públicos en Cali son, desde luego, celebraciones resonantes: la Feria de Cali, el festival Petronio Álvarez o el Mundial de la salsa. Esos tres momentos operan como las mayores cartas de presentación de la ciudad a la hora de programar música. Pero, exceptuando el mercado alrededor de la música del Pacifico que ha propiciado el Petronio Álvarez, al escuchar a los músicos, la sensación que dejan estos espacios es que han sido concebidos tanto más para promover el turismo o la construcción de una marca/ciudad que para poner a circular el arte local. Las bandas que se salen de los cánones estéticos de la idea marca/ciudad e incluso las nuevas bandas de salsa no parecen entrar en el radar o ser cobijadas por los escenarios realmente multitudinarios.

Según Leandro, integrante de Los Hotpants, “a los géneros distintos, bien sea urbano, electrónico o rock, les ha tocado ser autogestionados. No hay un apoyo, el único apoyo fuerte que recibimos por parte del Estado son las becas de estímulos de la Secretaría de cultura de Cali, que ya nos hemos ganado. Hay otras becas que son de la Secretaría departamental del Valle, pero están destinadas más a la historia o al folclor. Nosotros hemos ganado la beca Cali creación, con la que lanzamos el álbum y en 2017 volvimos a ganar una de circulación. Pero ese es el apoyo más fuerte que uno puede recibir de Cali en cuanto a lo público”.

Para Jacobo Álvarez, director de la plataforma Cali Creativa, “el tema grande en Cali son los escenarios y la programación. Hay algo en esa ecuación que está fallando. Hay un divorcio, que estamos tratando de solventar, entre el público caleño con el talento local. Hay un desamor. Pero eso hay que construirlo”.

Los escenarios para bandas nuevas o para sonidos alternativos en Cali se cuentan con pocos dedos. De los festivales de música alternativa que se hacían a cinco o diez años, tanto públicos como privados, lo que sobrevive es escaso.

No obstante, los referentes actuales en la movida festivalera caleña son apuestas jóvenes que crecen con buena pinta. Por un lado, está el Unirock Fiura, que se celebra en la Universidad del Valle y que en 2018 se celebró durante tres días seguidos; alrededor del evento se está gestando también una agenda de intercambio con festivales vecinos de Colombia y Latinoamérica y un evento paralelo, el Rock en Río Cali, gestionado de la mano de la radio local Radio Macondo. El festival de jazz Ajazzgo, el festival de hip hop y el Cusumbo, un festival privado que está gestionando también una agenda de eventos más continua, están echándose al hombro la difícil tarea de convocar al público caleño. Todos promueven en su programación el encuentro entre bandas internacionales y locales. Por fuera de estos espacios el circuito parece interrumpirse.

Los bares, que son los que abren los micrófonos a las nuevas bandas y deberían ser el espacio donde germinan los nuevos nichos, las nuevas movidas, son en su mayoría restaurantes en los que las bandas funcionan más como ambientación que como acto central.

Cuenta la gente de Los Hotpants que para un rockero hay espacios pequeños para tocar, como La fuente de soda, Nuestro bar – Rock n beer, un lugar de electrónica que se llama Noise House o el Faro. Este último, hasta hace muy poco está abriéndole campo a la programación de bandas alternativas, pero también lleva más de una década montando covers. “Es chistoso porque hay tres bares seguidos: Ruta 66, El faro y otro en una sola cuadra. Eso mantiene lleno. La gente come pizza y toma cerveza, pero en una noche ves a cuatro bandas tocando Sweet Child o Mine [de Guns n Roses] o Mil horas [de Los abuelos de la nada]. Cosas que son historia, pero al público no lo acostumbran a escuchar nuevas cosas”.

A esa práctica de tocar covers en bares o restaurantes se le conoce como chisga. Cristián Gaon, profesor licenciado en música, tiene 35 años y desde 2002 recorrió los bares de rock caleño chisgueando. Atravesó la época del tropipop y tocó las puertas de cuanta cantidad de bares pudo con diferentes formaciones y músicos de la ciudad ofreciendo covers. Según cuenta, usualmente el pedido de los bares alternativos no incluía un repertorio específico, solo “tocar rock”. Las canciones que escogían las bandas eran temas de Soda Stereo, Calamaro, Héroes del silencio; a veces Linkin Park o Poison. Con el paso del tiempo, el círculo para los músicos en los bares se fue cerrando. Tenían una especie de bandas de planta que relegaban solo a cambio de recibir ofertas de más bajo presupuesto. Para algunos se volvió un trabajo estable. Al tiempo, los formatos empezaron a reducirse de modo tal que las bandas más rentables eran los power trío.

“Hubo hace años una reunión de músicos para estandarizar los pagos, pero no fue posible. Se había acordado que, por lo menos, se le dieran unos 100.000 pesos a cada músico, pero llegaban bandas con menos integrantes, que tocaban por menos o que tocaban a cambio de pagos combinados entre dinero y cerveza o comida”.

El caso de Cristián es sintomático porque hoy está centrado en hacer música inédita y su forma de trabajo está muy conectada con el reconocimiento de los requisitos que exige un festival como el Unirock. Hoy está trabajando con una banda llamada Supernova en un formato de covers a manera de tributo de bandas icónicas como Rolling Stones o The Beatles, al que le han incluído teatralidad y luces. Pero su energía está puesta en su proyecto personal, Cristián Gaon, del que está a punto de lanzar su primer videoclip. “Con mi proyecto quiero aplicar al Unirock, porque es el que más aforo tiene y es la mayor referencia que uno tiene. Pero los jurados van a ver también las redes, cuánto se ha movido uno, cuánta gente lo sigue. Las bandas que aplican ahí han hecho la tarea completa. Hay una ayuda mutua, pero estaría bien que hubiera un festival que apoye a los emergentes, porque cualquier escenario sería importante”.

Cali dividida: ¿cómo explicar el hueco en la escena?

En Cali, la división mainstream/alternativo parece darse en los términos fiesta/no fiesta. Lo alternativo, lo otro, para quienes no se han acercado a ellos, todavía parece cargar encima el anacronismo de “lo hippie”, lo raro. Una división que está fuertemente ligada al modo en que se ha construido la historia de la ciudad. ¿Por qué se ha venido frenando el impulso creativo de la Cali pionera en hacer cine y rap en Colombia? ¿Por qué se ha apagado el impulso y la visibilidad de un género como la salsa choke? ¿Por qué las reinvenciones de la música del Pacífico suenan más afuera que en Cali, la casa del Petronio Álvarez?

Según Jacobo Vélez, músico de vieja data y nombre al frente de proyectos como La Mambanegra y La Pacifican Power, el asunto se remonta al “romance entre la salsa neoyorkina y Cali. La ciudad, durante mucho tiempo, no tiene música propia, se convierte en una ciudad de paso. Es una ciudad mulata que no se quiere reconocer como tal, que es arribista. Pero todo se construye alrededor de eso, del mulataje, aunque en los 90 todo se desdibuja un poco con la época del narcotráfico. Había un bagaje cultural, pero el narcotráfico partió la estética. Cogieron fuerza un par de grupos musicales y un equipo de fútbol, pero las otras artes se desplazaron, no hubo vínculo entre los distintos lenguajes artísticos. La ciudad entró en una depresión creativa y ahora está volviendo a nacer”.

Descontando a actos influyentes en la historia de la ciudad, como Niche y Guayacán por el lado de la salsa, Superlitio en el rock y, recientemente, Herencia de Timbiquí del lado de la música del Pacífico, todavía, aunque hay escena, cuesta encontrar un movimiento caleño sólido y cohesionado.

Las preguntas, que también son problemas, apuntan a la forma en que se piensan las industrias culturales en la ciudad. Las minorías con capital para invertir en la música de la ciudad o no están interesados en ella o no están convencidos del potencial económico de formar a nuevos públicos, de seducir al público de la ciudad y no al turista.

Por el lado gubernamental, los estímulos parecen no tener estructura de negocio, no se vuelven circulares. Tampoco se ha potenciado el poder de las grandes plataformas como la Feria de Cali. Además, detrás de esa pretensión de construir de ciudades/marca, hay que poner a los productos culturales en el contexto de una globalización fragmentada. La tecnología y la apertura de los mercados trajeron consigo a las ciudades golpeadas por la violencia como Cali un acceso “libre” a la producción cultural de todo el mundo, pero no se han equiparado las condiciones para su producción y reproducción.

Por el lado de las bandas la tarea es todavía más grande. Como dice Jacobo Álvarez, “No solo por existir tienen que tener atención. Puede no haber venues, pero hay muchas otras esferas a través de las cuales intentar conectar con una nueva audiencia. Hay que ser propositivos sobre la caleñidad, sobre el rock, sobre lo que sea”. Hay todavía pendiente una labor de seducción y de construcción de redes de colaboración, de pensarse como un producto que se tiene que construir desde lo estético y desde lo comunicativo.

Shock

 

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