¿Quién los mató?

El cineasta Jhonny Hendrix Hinestroza realizó el videoclip de la canción

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‘¿Quién los mató?’, el clamor que se convirtió en una canción

Por Simón Granja Matías

¿Quién los mató? Esa pregunta que termina en el aire sin respuesta es un grito fuerte, doloroso y triste que Colombia conoce muy bien. Y dentro de ese espectro de lo que significa una nación hay un grupo en específico que lo grita aun con más fuerza y que tiene el dolor de la ausencia de la respuesta incrustado en sus ojos: millones de madres colombianas que han perdido a sus hijos a manos de la guerra. Esas madres que en contra de la norma de la naturaleza entierran a sus semillas.

Hace casi tres meses, el 11 de agosto, cinco madres unieron su voz a ese grupo. Cinco niños entre los 14 y 15 años (Luis Fernando Montaño, Léider Cárdenas, Josmar Jean Paul Cruz, Jair Andrés Cortés y Álvaro José Caicedo), todos con sueños e ilusiones, unos bailarines, otros futbolistas, todos amigos y casi hermanos, fueron masacrados en un cañaduzal de Llano Verde, en Cali.

Fueron sus madres y padres quienes los encontraron sin vida entre esas plantaciones que son un símbolo de crueldad, pero también de tradición para todo el Valle del Cauca y en general para el Pacífico.

El dolor de esa masacre se convirtió tiempo después en una canción que prolonga ese grito desatendido. Músicos de la región Pacífica unieron sus voces de dolor a las de esas madres y se preguntan también: ¿Quién los mató?

La idea inicial surgió del director de cine chocoano, Jhonny Hendrix Hinestroza, quien tuvo el deseo de plasmar en un videoclip la indignación y frustración que le causó el asesinato de los cinco jóvenes. Sin embargo, encontró en la música una puerta mucho más amplia para compartir el sentimiento de pérdida.

Con la voz de su sobrino, el cantautor Hendrix, junto a las voces de Nidia Góngora, Alexis Play y Junior Jein, y dirigida musicalmente por Cristhian Salgado, surgió esta canción que resalta la irresponsabilidad del Estado frente a la violencia hacia los jóvenes, cuya sangre está en ‘manos ajenas’.

EL TIEMPO conversó con los artistas sobre los gritos de dolor, de denuncia y racismo, pero también de esperanza…

‘¿Quién los mató?’ Es una pregunta que ronda la historia de Colombia, ¿cuántas veces más y hasta cuándo se tendrá que hacer esta pregunta?

Nidia Góngora (N.G): Creo que necesitamos volver a la sensibilidad, a valorar al otro desde su humanidad y no verlo como un objeto y dejar de ver la muerte como algo normalizado. Es también entender cómo se concibe la muerte dentro de este imaginario que nos han obligado a normalizar.

Hay una frase en la canción que dice: “El llanto de una madre hace más eco que una bala…”

(N. G): Yo pienso que gran parte de la memoria histórica se mantiene visible por los gritos de quienes de alguna manera no hemos tenido miedo, miedo de decir, de cantar. Yo soy madre. Las madres damos todo por nuestros hijos porque son parte de nosotras. Una madre que pierde un hijo de una forma tan cruel y violenta como lo perdieron las madres de Llano Verde, las de Soacha y otras tantas madres en Colombia, estoy segura de que pierde el miedo. Después de que a uno le maten a un hijo, uno puede decir: ‘nada peor me puede pasar’. En medio de ese grito, uno grita verdades y absolutamente todo lo que tenga que gritar porque ya no hay temor. Nosotras como madres somos las que estamos pariendo a los hijos que son víctimas pero también a los que son victimarios.

Hendrix (H): Yo creo que para todo aquel que escucha con el corazón sabe que el llanto de una madre va a durar muchísimo más que el simple acto maléfico de dispararle a alguien. De allí viene la frase. Cuando escribí la primera parte de la canción pensaba muchísimo en las madres de estos chicos, hasta el día de hoy pienso en ellas. No sé lo que es ser padre, pero he visto muchos en mi familia que lo intentan ser, y creo que es la profesión más difícil que hay y desde allí no me imagino el dolor. Creo que no hay palabras, no hay forma para consolar a una madre que ha perdido a sus hijos y más en esta guerra absurda que ha llevado más de 50 años.

El grito ‘¡El pueblo no se rinde, carajo!’ se eleva desde el Pacífico y ustedes lo plasman en la canción. Es un grito de un pueblo que resiste….

H.: Total. Yo como uno de los cantautores puse una pregunta sobre la mesa: ‘nosotros, como pueblo, ¿qué vamos a hacer?’. Hay una canción de Juanes que dice que “el miedo es un asesino que mata los sentimientos” y a raíz de esa canción yo he tenido esa sensación de que perdí el miedo a decir lo que pienso, creo que es importante tocar estos temas y siempre se viene a mi cabeza una frase que decía una profesora mía: ‘A pesar de que no estoy de acuerdo con lo que tengas para decir, pelearé hasta la muerte porque tengas el derecho a decirlo’. Es lamentable que en un país como Colombia el miedo opaque la indignación de la gente.

Junior Jein: “¡El pueblo no se rinde, carajo!”, es un grito que ha identificado a mucha gente. Hablemos específicamente del Pacífico conformado por cuatro departamentos. Cuando la gente dice eso identifica a todo los pueblos que lo habitan: Buenaventura, Quibdó, Cali… Es un grito que representa esa unidad, esa lucha que no es solo de ahora sino de siglos. Y chévere poder, desde la música, hacer eco de ese grito de lucha y de esperanza. Es un código que significa mucho. Ha calado y ha llegado a la mente de las personas e invita a reflexionar.

“Ese monstruo llegó al cañaduzal. Quiso azúcar de la vida y dejó peste con cal”, dice la canción, ¿para ustedes qué significaba antes de la masacre un cañaduzal y qué significa ahora?

N. G.: Para mí, un cañaduzal es muy distinto a la connotación que se tiene en términos globales en estos espacios más urbanos. Para mi siempre ha sido un espacio de libertad, de tierra, de ancestralidad. Los cañaduzales para nosotros representan una bebida que es muy importante dentro del territorio, y más que el dulce, que el azúcar, que la miel, que la panela, que también son importantes, es el viche. Indudablemente para mí representa vida. Pero hoy, por lo menos en Cali, veo un cañaduzal y para mí ya no es sinónimo de dulce, de vida, de azúcar, sino del lugar donde se reseña la muerte, la crueldad.

H.: Para mí los cañaduzales siempre han generado estupor, siempre me han generado malestar porque recuerdo una novela de hace mucho tiempo que la dirigía Carlos Mayolo que se llamaba Azúcar y hay una frase que se quedó en mi cabeza: “El azúcar, para ser blanca, necesita de la sangre negra”. Sin duda, a mí los cañaduzales me remiten a la esclavitud, el horror más grande de la humanidad. El trabajo de la caña ha sido la trasmutación de la esclavitud. También me recuerda a algunos mitos como el monstruo de los mangones, que es un una leyenda de Cali sobre un hombre rico que se robaba niños para chuparles la sangre y arrojaba los cuerpos a los cañaduzales.

N. G.: Indudablemente si lo miramos desde esa connotación histórica que tienen los cañaduzales obviamente lleva consigo una cadena de dolor que hasta el día de hoy no termina y sigue allí. Si lo vemos desde la vivencia y la connotación que tiene en el Pacífico es totalmente distinta. Sin embargo, ante esas luchas, problemáticas dolores que aún siguen vigentes, lo que nosotros hemos hecho es un proceso de resistencia y reivindicación.

H.: Si el dueño de la tierra fuera el que la trabaja, el que la lucha, el que la guerrea, si de alguna u otra forma el producto es sembrado por esa mano afro, luchadora, de la mano del que se alimenta de lo que siembra, mi comprensión del cañaduzal sería distinta. De lo que he sido testigo, a diferencia de lo que vive Nidia, es de lo otro, de esa zona industrial donde el personaje sale a trabajar y muchos no tienen garantías laborales. Los afros seguimos siendo los que ponemos la mayor cantidad de muertos y poniendo a la mayoría de personas que trabajan en estas condiciones paupérrimas.

En la canción dicen: “Nada, la vida de los negros no importa nada, lo primero que dicen es: ‘Andaban en cosas raras’’’. El racismo aun hoy en Colombia está muy presente…

N. G.: Creo que es importante a través de la música hacer un llamado a distintas reflexiones en torno a lo que sigue sucediendo en nuestro país. Hay unos rezagos fuertes que todavía están cobrando factura, que son evidentes y están muy presentes en todo lo que ha sido ese proceso de colonización. Y se sigue imponiendo ese criterio de clasificación racial y social a una escala bastante alta. Cuando uno observa los comentarios alrededor de muchas masacres, muertes, conflictos que tienen que ver con la población afro, negra, en diferentes partes del país, uno se da cuenta de los vacíos profundos y estas influencias dolorosas que todavía existen. Se sigue considerando que somos una población inferior y que el aporte que hacemos es a lo negativo, y esos estereotipos que nos han puesto tienen que seguir mostrando, dibujando o evidenciando que nuestras actividades siempre están relacionados con delinquir, con violentar. Entonces, lo primero que vemos cuando ocurrió esta masacre fue: ‘Es que los mataron porque algo malo estaban haciendo’.

¿Cómo los afectó a ustedes esta masacre?

N. G.: Cuando fue el asesinato de los chicos, yo estuve con las familias, estuve en el entierro, en el cementerio, lloré con las mamás, con los hermanitos. Yo viví 15 años en Ciudad Córdoba, el barrio que queda al lado de Llano Verde. En ese entonces no existía ese barrio. Pero de alguna manera yo estoy conectada con ellos. Muchos de estos jóvenes vienen del Pacífico, así como llegué yo. Encontramos en esta ciudad un lugar muy distinto al que nosotros estábamos acostumbrados; un lugar donde la familia se entiende de otra forma, donde la vida de comunidad es primordial. Pero llegan estos chicos a la ciudad, salen de sus territorios por la violencia a buscar un supuesto mejor vivir y llegan acá y son rechazados. Es una cruel realidad. Al principio fue impactante porque la canción es cruda y habla de manera contundente de unos hechos reales. Habla de lo que realmente está sucediendo. Nosotros seguiremos haciendo música con sentido, llevando un mensaje y siendo la voz que cuenta lo que este país se ha negado a aceptar y a visibilizar.

Crónica de una masacre en un cañaduzal
“Madre…
No llegaré a la hora de la cena…
Aparecí en un lugar,
que no era mi hogar,
dicen que ven mi cuerpo,
oigo me están llorando…
Hay sangre en la arena y esta vez no es del torero,
son cinco chicos que salieron pero nunca volvieron,
uno de ellos resistió de una manera inexplicable,
para señalar el camino y que lo pudiera encontrar su madre.
En medio de una escena con respuestas en potencia
y unos cuantos que no se entendía que hacían allí,
el dolor de familiares, impulsados por el miedo,
queriendo llevar sus hijos, sin saber si podrían salir
con vida a contarle al mundo lo que ha sucedido.
Si esta madre no se atreve todo estaría perdido,
y estaría en archivo y otra historia pa’ contar,
del país con la clase obrera que se muere en la impunidad.
Sangre…
Hay sangre en unas manos ajenas…
Si me convierto en canción
Solo recuérdame feliz”
Fragmento de la canción ‘¿Quién los mató?’

El Tiempo

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