Desastre lento

Un animalario de la lengua: ‘Desastre lento’, de la poeta Tania Ganitsky

En medio de la desesperanza y del desastre ya anunciado, este libro arroja una brillante luz sobre el mundo. Presentamos algunos de los poemas y una reseña de la obra.

Por Camila Cherry Noriega

En la poesía de Tania Ganitsky dos mundos en tensión revelan un intersticio donde reposa la vida aparentemente sosegada. Digo aparente, pues estas imágenes están cargadas de espesura, pero esta es a su vez de una plasticidad tal (aunque lo espeso y lo plástico parezcan contradecirse) que vemos lo que se mueve y se desplaza a través de su poesía emerger lentamente y reclamar un lugar. Gracias a la estética que nos propone su lenguaje, cuidado, dotado de color, nos sumerge poema a poema en un pequeño cuadro en donde cada elemento, alumbrado por ese lenguaje, nos revela siempre un más allá, como si hiciéramos una visita inesperada a un tiempo y un espacio que muchas veces le son ajenos al lector embarcado ya en el mundo práctico, utilitarista y dominado por el mal llamado progreso.

Extraviados en este acá de tiempo cronológico, al leer los poemas de Tania atendemos a un llamado sutil pero rotundo para redescubrir un paisaje oculto detrás de la neblina, paisaje que se guarda en la gran memoria universal de los elementos y sus fuerzas que nos convocan y en donde todo lo enunciado a través de sus imágenes se corresponde con el estado anímico al que nos mueve la autora; somos vulnerables, como todos los seres que atraviesan estas páginas, e inexorablemente avanzamos hacia el fin. En esta atmósfera vamos leyendo también nuestra propia historia y reconocemos la fugacidad de nuestro tiempo humano que corre paralelo al de todo lo que existe y amamos.

La vigilia y el sueño, la realidad y la ficción, se entrecruzan y a través de la palabra poética penetramos otro orden más atento al tiempo mítico, a la ensoñación y al encantamiento. Un animalario, como lo señala su autora, recorre su lengua y esto es quizá uno de los más bellos encuentros en este poemario, pues las criaturas indistintamente humanas o animales se dan cita en esa hendidura a través de la cual se presiente el rumor lento de las aguas, sustancia ritual en donde brillan pequeños fuegos.

Los caballos, por ejemplo, recuerdan en este libro ese símbolo particular que en algunas obras de Füssli puede leerse también como una suerte de espíritu que se mueve entre este mundo y otro en donde vemos fragmentarse los principios platónicos de unidad y de verdad. En los poemas de Tania existe la pluralidad y sus elementos se desdoblan para hacer esta realidad más ancha y suficiente para todos. Los caballos están solos, como nosotros, en los poemas de Tania. Su soledad se manifiesta en el mundo de los muertos, como la nuestra, y siguiendo a Manrique, esta muerte también nos iguala. Los muertos existen gracias a esas pequeñas ofrendas, que por lo demás son manos como flores dulces. La potencia que encontramos en este poema puede remontarse a aquel tan bello de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”, en donde luego de atravesar el Leteo, río del olvido, el espíritu continúa recordando lo dulce que la vida trajo, el amor, la ternura, como ocurre con estos caballos que además se nos revelan como extraños dioses. Nuevamente se entrecruzan la realidad y la ficción y está última se abre a su vez a otra ficción (meta-ficción), gracias al sueño como creación, como construcción de otra realidad posible.

El venado de cola blanca aparece también como emisario, como guía que anuncia un plano invisible pero cierto que nos es negado por la razón. En constante movimiento esos animales se deslizan, son signos de un universo primigenio en donde late una secreta comunión entre ellos y lo humano. Así también el oso, el tigre, la ballena, algunas aves que hacen presencia como pequeños faros y nos ofrecen la posibilidad de un secreto panteísmo.

De particular belleza, el lenguaje de la autora resignifica la naturaleza y nombra atentamente el amor sin rondar la sensiblería ni el lugar común. El lenguaje penetra este desastre que es la vida agotándose, el tiempo que va ofreciéndonos sus vestigios como la belleza misma que hay en lo que empieza a penetrar la sombra; su palabra es una última luz que sobre las formas se arroja para iluminar el canto final de aquello que sostiene lo que somos.

También existe, en los versos de Ganitsky, un pulso que se alza desde geografías temperamentales, más atado a la imagen de un claro en medio de un bosque de pulposas coníferas que a un ritmo tropical. Allí reconocemos las raíces de la poeta y ese vasto imaginario que franquea el tiempo y se afirma en su voz.

Desastre lento es el mundo que reverbera después del aguacero, fresco, renovado, pero pocas veces se presiente el sol. Lo que hay acá es más bien un claroscuro gracias al cual, en templado cumplimiento con lo que se puede ver en medio de la avalancha y lo que se derrumba, deja aparecer las formas, sus bordes, como presencias fugaces, incompletas, de algo que late al fondo íntegro y casi impenetrable.

Revista Arcadia

 

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