La muerte es el olvido

De la dictadura argentina, al «Che» Guevara y los 43 de Ayotzinapa: la historia de los mejores antropólogos forenses del mundo

Por Alejo Santander

El periodista y escritor Felipe Celesia acaba de publicar La muerte es el olvido (Paidós, 2019), 308 páginas sobre la historia del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Un grupo de estudiantes universitarios a los que en el año 1984 un científico norteamericano, Clyde Snow, les hizo una propuesta que describió «sucia, deprimente, pero muy necesaria»: desenterrar e identificar los cuerpos que había querido desaparecer la dictadura argentina. A 35 años el trabajo continúa y ellos se convirtieron en los mejores del mundo haciéndolo.

Las enfermedades generan respuestas. Una necesidad del cuerpo por curar el tejido dañado, cicatrizar desde adentro, defenderse de la muerte. La dictadura militar en Argentina, entre los años 1976 y 1983, hizo necesaria la aparición de un organismo capaz de hacerle frente al horror de los últimos años y a sus peores consecuencias; El Equipo. Celesia se dedicó a mezclarse entre sus integrantes, a escucharlos, conocer sus historias, colarse en la rutina del laboratorio en la Ex ESMA, alguna vez un centro clandestino de detención y tortura, volverse invisible para contarlos.

Los primeros integrantes del EAAF junto al antropólogo norteamericano Clyde Snow

En su cuarto libro, primera publicación por fuera de la dupla que conformó en los anteriores con Pablo Waisberg, el autor de 46 años narra con precisión obsesiva una historia, que es también la de algunas de las muertes y las masacres más resonantes de los últimos tiempos. De la exhumación de los restos del «Che» Guevara en Bolivia, a los soldados argentinos «sólo conocidos por Dios» de la Guerra de Malvinas. De la masacre de El Mozote en El Salvador, el mayor acto de violencia cometido contra una población civil por agentes del gobierno, a los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, en México.

—¿El Equipo Argentino de Antropología Forense es una consecuencia de la dictadura argentina?

—Se puede decir que son una consecuencia de la dictadura porque los que los dan a luz son los organismos de derechos humanos, que sobre el final de la dictadura empiezan a tratar de generar las condiciones para reparar los daños que había hecho el gobierno militar y básicamente responderse dos preguntas: ¿Cómo hacemos para identificar a los bebés apropiados y cómo hacemos para reconocer a los desaparecidos?  Ahí es donde el Equipo tiene su primera razón de ser, o por lo menos hay una necesidad histórica en la Argentina, una necesidad muy específica, de trabajar en la identificación de restos. Es un poco triste decir que son una consecuencia de la dictadura, porque son bastante más que lo que la dictadura nos hizo a los argentinos y ellos trataron de reparar.

(Gentileza El Numeral)

El 8 de junio de 1984 el antropólogo forense Clyde Collins Snow, tejano, en aquel momento de 56 años, aterrizó en el aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires, Argentina, junto a otros seis especialistas miembros de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia, que habían sido convocados por la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo y la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). El grupo de científicos extranjeros llegaba para intentar dar certezas científicas que permitieran identificar los cuerpos de los miles de desaparecidos que había dejado la dictadura en el país, responder a las preguntas que los militares habían pretendido enterrar.

—¿Quién es Clyde Snow?

—Snow es el que pone la primera piedra y genera el Equipo. Él es el que recibe ese llamado de las Abuelas, se conmueve con la historia de los desaparecidos y dimensiona el trabajo que había que hacer con esta que era la gran tragedia argentina. Sus colegas en el país cuando pide ayuda no le prestan atención, en parte porque tenían ciertos grados de complicidad o por lo menos eran parte orgánica de la dictadura de las fuerzas de seguridad que habían producido estos crímenes de masa en el país. Snow, jubilado ya, quien se había pasado la mayor parte de su vida identificando víctimas de accidentes aéreos, un tejano clásico de botas y sombrero, es el que invita a esta aventura a estos estudiantes que aceptan ayudarlo, que van a terminar siendo los primeros integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense.

Para definir al Equipo Celesia elige narrativamente «la parábola del héroe». «Aquel héroe que teniendo una vida pacífica es invitado a una aventura. Que duda, que cede, que puede fracasar, pero que al final triunfa», le explica el autor a Infobae Cultura. «En estos mitos siempre la imagen del mentor es un personaje hasta fantástico, que viene desde mundos desconocidos e invita a estos personajes», agrega. Su investigación sobre Snow narrada en el tercer capítulo, La propuesta, retrocede inclusive en el tiempo hasta el encuentro del norteamericano con la profesión que lo marcaría de por vida. A él y a otros.

En un país que desconocía desde el idioma hasta las costumbres, Snow encontró la ayuda que necesitaba en un grupo de estudiantes veinteañeros, llenos de dudas, de miedos, que no tenían razones para confiar en él, pero que confiaron. «Esta es una tarea sucia y deprimente, pero muy importante», les dijo.

Snow intentó mostrarles algo de eso mismo que él había descubierto durante su primera adolescencia en la ribera del Río Bravo estadounidense, el día que un grupo de cazadores fueron en busca de su padre, Wister Snow, médico rural, porque habían encontrado un cuerpo en el bosque. En un bolsillo de la ropa que llevaba el cadáver dieron con un manojo de llaves. El sheriff local recordó la desaparición de un vecino hacía algunos años. Fueron hasta la casa, tocaron a la puerta y nadie contestó. Una de las llaves hizo girar la cerradura. La resolución del caso fascinó al joven Clyde.

—¿Cómo se hace para organizar en capítulos tanta historia?

—Yo sabía desde el inicio que quería contar este origen, este inicio de ellos con temores, pero al final animándose. Esto yo lo sabía y sabía que iba a ser gran parte del libro, por su potencia narrativa y porque son los cimientos sobre los que el equipo se estructura. Después el mayor desafío fue qué recorte hacer. Era imposible incorporar las misiones, proyectos y cometidos de 35 años de trabajo. Entonces los capítulos decidí que fueran representativos de cada etapa. Algo que incluyó frustraciones, por ejemplo dejar afuera el relato de la mayor fosa común que hubo en la Argentina, que se encontró en el cementerio de San Vicente, más de 300 cuerpos, pero que decido no sumar porque era un trabajo muy similar al que ellos habían realizado en el cementerio de Avellaneda, que es lo primero que hacen sin Snow. Es  cuando cortan el cordón umbilical.

El cuerpo de Ernesto “Che” Guevara el 10 de octubre de 1967 (AFP)

El capítulo número 9 del libro, El Che, está dedicado a Ernesto «Che» Guevara. En el año 1997 el Equipo Argentino de Antropología Forense colaboró junto a especialistas de Cuba en lo que fue la identificación en una fosa común en Bolivia, de los restos del guerrillero asesinado en 1967 en suelo boliviano. Fue apenas uno de los miles de casos en los que trabajaron, pero el que los llevó a ocupar las tapas de los diarios del mundo.

—Para escribir el libro tomaste contacto con todas las misiones: ¿Cuál fue la que más te movilizó?

—Hay una carga emotiva muy grande en la recuperación de los soldados argentinos desconocidos de Malvinas. Porque también tiene que ver con ciertos logros que el equipo fue alcanzando, con ciertos resultados que se fueron dando para que ellos terminen ahí. En el 87 ellos arman un proyecto para ir a identificar a los soldados que habían quedado en a las islas, pero en ese momento era imposible por razones políticas y técnicas llevarlo adelante. Tuvieron que esperar todos estos años para que coincidieran un montón de voluntades para poder hacerlo. Esa identificación además los vuelve a reunir con quien fue el primer presidente del Equipo, Morris Tidball Binz. Él había estado muy poco tiempo en El Equipo a pesar de ser uno de los fundadores, porque Amnesty International se lo lleva a trabajar a Londres. Años más tarde quiere volver y no lo dejan porque estaba en duda su perfeccionamiento en el área y prefieren que no. Pero él va a terminar siendo en Malvinas el que dirija desde lo técnico la operación representando a la Cruz Roja. Final feliz si se quiere para el Equipo y para sus miembros, en el que además representó el mejor año del Equipo, donde la estadística de identificaciones llegó a su récord.

«Soldado sólo conocido por Dios» era hasta no hace mucho la única identificación en 122 tumbas anónimas en el cementerio de Darwin, Islas Malvinas, donde Argentina e Inglaterra libraron en 1982 una batalla por el dominio del archipiélago. Si fue posible que hoy de los 237 cuerpos sólo queden 8 por identificarse, es gracias a una serie de voluntades -entre otras la del militar inglés Geoffrey Cardozo, que enterró los cuerpos en 1982, la periodista Gaby Cociffi que le escribió al músico Roger Waters, que a su vez intercedió entre los gobiernos argentino y británico para abrir un diálogo-, pero que como último eslabón tuvieron el trabajo y la pericia del Equipo Argentino de Antropología Forense para identificar a los combatientes.

—¿Se le hace justicia al Equipo en cuanto al reconocimiento de su trabajo?

—Tiene un reconocimiento enorme en los organismos de derechos humanos, en parte por un modo de trabajo que ellos incorporan que es hacer parte del proceso a los familiares de las víctimas. El gran público creo que tiene como flashes de ellos que van apareciendo. El primero fue cuando lo identifican al «Che» Guevara, que fue un hit mundial para el equipo y para la antropología forense en general. Eso produjo aunque parezca mentira un montón de estudiantes interesados en seguir esa especialidad. Después cuando dijeron en 2018 que si el gobierno argentino no les pagaba los montos con los que se habían comprometido no se podía seguir con el trabajo de identificación de desaparecidos. Y después en cuestiones más puntuales. Sí es cierto que quizás fueron más conocidos afuera que acá. En el caso de México ellos intervienen para desmontar la verdad histórica sobre los normalistas de Ayotzinapa, los 43 estudiantes que desaparecieron en la famosa «Noche de Iguala», que todavía no se sabe qué ha sido de ellos. Sólo se recuperó un esternón de uno y nada más. El gobierno entonces de Peña Nieto dijo que los habían secuestrado y asesinado los narcos, que los habían quemado en el cementerio de Cocula. El Equipo estuvo un año trabajando y determinó: acá no quemaron a nadie. Eso produjo un cisma tremendo en México y fueron realmente muy conocidos.

—¿Qué es lo que los hace diferentes?

—Todos estamos dotados de recursos para tratar con la muerte, pero no con la desaparición. Cuando desaparece un ser querido hay una llaga emocional que no cierra. Ellos lo que hacen es traer de la desaparición a la muerte, que es también una realidad muy trágica, pero no es ese agujero negro de dolor y sufrimiento. Esto ellos lo comprobaron muy rápidamente porque madres, hermanos, parejas, que habían sufrido la desaparición de un ser querido, muchos años después, cuando los recuperaban, todo el dolor de esa persona se expresaba cuando ellos les restituían esos huesos. Por ejemplo la madre de Marcelo Gelman, la esposa del escritor Juan Gelman, besó todos los huesos de su hijo. Ahí hay una congoja, que es el inicio del duelo también. Eso condiciona tanto la vida de una persona, que no hay quien no les esté eternamente agradecido por lo que hacen.

Al actual director de El Equipo, Luis Fondebrider, le tocó darle junto a dos compañeros en 1989 la noticia a Gelman en Nueva York de que habían identificado los restos de Marcelo. Había sido secuestrado en agosto de 1976 y según determinaron los antropólogos forenses, asesinado en octubre del mismo año de un tiro en la nuca, disparado a menos de un metro de distancia. Fue encontrado dentro de un tambor de 200 litros relleno de cemento y arena.

«Él tomó el expediente, se puso a leerlo, a hacer preguntas y casi no durmió esa noche. Para nosotros fue también muy fuerte, era el caso de San Fernando, no habla sólo de su hijo, sino también de otras ocho personas, entre ellos una chica embarazada que fue encontrada con su bebé», repasó el propio Fondebrider en una entrevista con Infobae la reunión en el departamento que el escritor tenía en Manhattan. Él y sus compañeros durmieron ahí esa noche. Durante el desayuno Gelman hizo más preguntas. Las respondieron a todas y se fueron, con la certeza de que habían contestado a la más importante antes de entrar.

—En el caso de la dictadura argentina uno tiende a asimilar con los años muchas cosas. Se vuelve difícil dar con nuevos datos, historias, que después de tanto tiempo sigan golpeando con la fuerza que realmente tienen. Y sin embargo el Equipo a través de su trabajo lo logra…

—Eso me sorprendió mucho, porque todos tenemos como una pedagogía de la memoria, sabemos qué hizo la dictadura, en qué términos, los números generales, etcétera. Pero el Equipo, en particular por el trabajo que hacen, uno se topa con los detalles más macabros de esa dictadura, entonces hay episodios que tienen que ver con la represión ilegal que son impensables, de una perversión, de una crueldad enormes. En el libro cuento varios de esos episodios que ya me están llegando devoluciones de lectura de gente que me dice que no puede seguir porque rompe en llanto, que les agarra congoja y angustia de leer lo que pasó esa gente, de las cosas que les hicieron. El Equipo está en contacto con eso todo el tiempo, lo que les trae un problema extra que es tener que hacer un control de daños para poder seguir haciendo este trabajo, estar preparados para esto, algo que ellos nunca hicieron. Ellos dicen «nos bancamos entre nosotros», pero yo creo que el contacto con semejante horror, con tanto horror, demanda una intervención profesional y más sistemática, porque le puede hacer mucho daño a ese antropólogo.

—¿Con qué tipo de personas te encontraste en el Equipo?

—Me encontré con muy buena gente, gente piola, generosa. Que nunca sentí que tuvieran algún tipo de postura para caerme bien o manipularme. Muy sinceros, muy acostumbrados a tratar con la gente, con mucha cancha para vincularse con otros. Yo soy un periodista, estoy muy lejos de las ciencias forenses, pero sin embargo sentí en todo momento que no los complicaba. Son, si se me permite la expresión, gente común que puesta en situaciones extraordinarias supo hacer y estuvo a la altura de las circunstancias. Lo que les cambió la vida fue la relación con los familiares de las víctimas, todo lo que eso les devolvió y todo lo que vieron que podían hacer. Eso los comprometió, los estimuló. Y el cariño que les dispensan las madres y las abuelas es conmovedor. Si uno lo piensa ellos tienen más o menos las edades que tendrían sus hijos.

—La muerte es el olvido. ¿Por qué?

—Ellos luchan contra ese olvido, no sólo desde un lugar épico o de héroes de la clase obrera, sino desde un lugar concreto que es: nosotros identificamos y aportamos evidencias en los tribunales. Entonces bueno, poéticamente se puede entender que te morís cuando te olvidan. Ellos tienen una tarea sistemática, que no descansa, para que ese olvido no se haga presente. Y lo saco de una frase de ellos. Cuando después del juicio a las Juntas Militares comienzan a tener enormes dificultades con el subsecretario de derechos humanos de ese momento, Eduardo Rabossi. Él en un intento por aplacar las cosas, empieza a hacer difícil el acceso a los legajos de la CONADEP, hay reuniones bastante tirantes, los quiere un poco asustar. La relación se vuelve tirante. Entonces Página/12 les hace una gran nota a ellos y Rabossi responde a esa entrevista mandando una carta al diario diciendo que ellos trabajaban «para el lucimiento personal y en contra de la voluntad de los familiares». Algo tremendamente ofensivo para los integrantes de El Equipo que en ese momento además trabajaban ad honorem. Entonces se deciden a responderle públicamente y esa respuesta, consensuada entre todos los integrantes, termina: «porque sabemos que la muerte no existe, existe el olvido».

Infobae

También podría gustarte