Ensayo sobre el arte de Alfonso Endara

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Alfonso Endara y el arte ‘académico’

Alejado de cenáculos, reacio a buscar fama y fortuna, austero, digno y creyente, Alfonso Endara (Quito, 1960) jamás se ha acercado a críticos o reseñistas, por lo que no consta en ningún diccionario o antología de las artes plásticas ecuatorianas. El maestro Endara, alta cifra del arte académico de los últimos decenios, emigró hace poco del centro norte de la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida para buscar en el valle el silencio propicio para su creación. En una ciudadela cerrada, ha levantado su nuevo espacio junto a su compañera, artista también, y en este continúa dedicado por entero a su arte. Tiene mercado dentro y fuera del Ecuador que toca a su puerta, sin que él se precipite. La insatisfacción es la señal privilegiada de su camino creativo. ¡Cómo hurga en sus personajes, cómo profundiza en sus ánimas, cuánto dominio de la figura humana y su inextinguible gama de colores hay en sus nuevos trabajos!

El arte —como toda forma de vida— es una conjunción de espíritu y materia, y aunque vacilemos en definir el espíritu, sabemos que existe y que construye una sutil esencia que se propaga solo en los vasos de la armonía. Prevalece en la naturaleza y en la vida, pero no aparece en nuestras imitaciones, salvo que la materia haya sido recreada. Endara logra eso. No se dibuja la belleza ni se la fragua, solo es posible nacerla, sacarla a la luz en un golpe de gracia, y él lo consigue. La suya es pintura en movimiento. Impensable la inercia. Visión y creación se unimisman en ella. Por eso nos devela luces profundas y móviles; por eso siempre que visito su taller me insuflo de vida.

La sustancia ‘mística’ de Endara

Todos sabemos —aunque sea de manera intuitiva— lo que es el arte, y muchos nos hemos preguntado más de una vez qué relación guarda la pintura o la música con las imágenes abstractas de las religiones y con ese fondo de misticismo (más en su acepción de cerrado, recóndito, para los renuentes a aceptar una divinidad) que se descubre como iluminado por el fulgor que irradia en todas las grandes creaciones. Quizás estas elucidaciones suenen a decimonónicas, pero no es así. (Claro, la palabra misticismo puede cambiarse por aura como querría Walter Benjamin; por misterio, como lo hace Luis Felipe Noé —ateo confeso—, o por algún otro término.

En el caso del maestro Endara, hay un halo de misticismo evidente en su obra. El misticismo es el fenómeno más propio de los seres humanos en quienes se halla altamente desarrollada la vida espiritual, a través del pensamiento o del arte. El arte es un producto del sentimiento en el que la inteligencia razonadora se halla represada —por así decirlo—, durante el instante del acto creador. De modo que no tiene nada de extraño la extraordinaria refracción del sentimiento religioso en las obras más perdurables de la música, la pintura y la poesía, y hasta en la propia arquitectura.

Y en la obra de Alfonso Endara —fiel practicante de la palabra de Dios—, se explicita este hecho por una ley de correspondencia entre el autor y su creación, pues él se ve conminado a comunicar a todos sus lienzos las imágenes menos aparentes que se dibujan en su espíritu. Lo que elaboran sus manos —guiadas por sus interioridades— lleva la sustancia transformada de su alma y el fruto de sus cavilaciones más inconscientes. Tenga o no conciencia del carácter de los elementos que se deslizan en sus obras, no puede evitar que sus composiciones sean como pliegues desdoblados de su misticismo. Es posible que el maestro Endara no reconozca en sus obras esos elementos subrepticios porque la calidad estética no se resuelve siempre en una capacidad crítica, pero allí están presentes, vivos, cautivantes.

Breve disgreción sobre misticismo
Creamos o no en una divinidad, algo hay en todo creador genuino que perturba la simple retina del crítico o del observador, remitiéndole a estadios superiores aún no explorados por la ciencia, aserto este que disgustará a ciertos diletantes (o ateos convencidos). No es este espacio adecuado para dilucidar a fondo tema tan intrincado, sin embargo, valen proponer algunos episodios y personajes que refuerzan lo expuesto. Kepler, con sus leyes planetarias, experimentó una profunda crisis, pues no cabía en su pensamiento el que Dios hubiese esperado miles de años para revelarlas. Descartes y su sueño profético, que lo llevó en devota peregrinación a un santuario. Newton, descubriendo la faz de la divinidad en la mecánica celeste. Y nadie menos que Kant, quien creyó propinar un golpe de muerte al misticismo en su más amplia gama, abriendo portillos de luz ‘religiosa’ en su ‘Crítica de la razón pura’. ¡Qué decir de los innumerables grandes artistas dándose de bruces contra sus irreductibles dudas sobre la existencia de Dios! En todo caso, el arte pictórico del maestro Endara exhala un halo mistificante que aporta a esa bella sapiencia que fluye por su creación.

Desnudos

Es en los desnudos de este artista donde más se aprecia su misticidad. Desde que el hombre se irguió —según sustenta el darwinismo— y se deshizo de su espesa pelambre (el ‘Mono desnudo’, de Desmond Morris), alardeó de su desnudez. Y, acaso, fue en ese mismo tiempo cuando surgieron las primeras percepciones de la belleza. La reacción ante la belleza es un artificio del cerebro, no una meditación. Y el amor a la misma tiene algo de “desesperación, heroísmo y es profundamente humano”, como acierta Kennedy Fraser. El ser humano ama su imagen y la irradia en el arte. En muchas culturas, existe la creencia de que el cuerpo humano desnudo (mujer u hombre) es en sí mismo un objeto bello que concita la atención de los demás, en un círculo de correspondencias inextinguibles. En las representaciones del desnudo, estamos nosotros mismos, por eso, al contemplarlas, suscita las cosas que deseamos hacer, más el anhelo de perpetuidad que llevamos agazapado en nuestro fuero interno.

Los desnudos del maestro Endara rezuman hermosura, pero algo los aleja del espectador. O, para decirlo con otras expresiones, los vuelve intocables. Su luminosidad encandila y perturba, pero no seduce. Es como si el artista los hubiera situado en un espacio cósmico inaccesible. Como si pertenecieran a estadios extrapolados de nociones siderales. Los seres humanos somos instintivos y no cabe duda de que el deseo de abrazar y rehundirse en otro cuerpo es connatural a nuestra naturaleza, y es tan esencial esta proclividad, que nuestra concepción de lo que conocemos como ‘forma pura’ se sitúa bajo su égida. Uno de los aprietos del desnudo como tema de arte consiste en que estos instintos no pueden quedar velados, sino que irrumpen en un primer plano, donde amenazan trastornar la unidad de respuesta de la que una obra de arte extrae su vida autónoma.

Endara pinta desnudos en los cuales sobresale mucho más que erotismo, armonía, éxtasis, energía, humildad. Es por esto que sus desnudos se desplazan en valores universales y transgresores de la simple temporalidad. Los colores de Endara son únicos, devienen en el corazón de un ser humano, la verdad elemental hallada en la contemplación de toda una vida. Ante esta ‘fecundación’ de materia virgen, redescubriendo por una suerte de portento los bríos colorantes, refrenan las porfías de lo figurativo y lo no figurativo. Obsérvense los desnudos de Endara. Placidez, belleza, recato y obnubilación. Un hilo furtivo de inocencia los trama. ¿Mujeres pudorosas por obra de la fe que en la palabra bíblica guarda el artista? Es posible. Pero para los profanos —como en nuestro caso— es un sortilegio que confunde y subyuga: consumación de la reflexión y las destrezas del artista.

Imágenes de la memoria

Los personajes de Endara nacen coloreados por la acción misma del color. El fuego marcó a este artista. Los celajes de sus desnudos son iluminados en su justa medida por ese fuego. Siempre es por su carácter activo por lo que un elemento primordial atrae al pintor. El artista pintor hace una elección irreversible, un escogimiento en que compromete su voluntad, cuyo núcleo no permutará hasta la conclusión de la obra. Mediante ese arbitrio, el artista accede al color ‘deseado’, distinto al color admitido o imitado. Ese color ‘deseado’, batallador, interviene en el conflicto de los principios esenciales.

Véase la serie de mujeres esmeraldeñas. Una de ellas empieza la vida y la vida emerge de la obra. El racimo de guineos que lleva sobre su cabeza es una suerte de coronación, celebración y regocijo. Exhibe sus preciosos senos desde una mirada que destila inocencia. La muchacha tomó del color de su lugar de origen todo el sortilegio del verde profundo. (Esmeraldas, una región en la cual esplende el color de las piedras preciosas que dieron origen a su nombre). Algo de los contornos se volatiliza y vulnera suavemente a la geometría de las líneas. Otra, también joven, luce sensual y aireada, y la de más allá ha entrado ya a la madurez, usa lentes para sus ojos que denotan inteligencia, honor y modestia.

‘Dignidad’, una obra soberbia. Endara escogió a un hombre pobre para retratar la dignidad y lo hizo con maestría única. El rostro y el cuello tramados por rugosidades. Sombrero y camisa se exponen ajados por el tiempo y la indigencia. La soga que el viejo cargador lleva colgada sobre su hombro es un símbolo de orgullo. El ceño fruncido. Su mirada resume la dignidad humana, tan escasa en nuestra especie. Por allá, una indígena ríe alegre y vivaz desde su boca desdentada. Endara dispone todo en sus personajes para ganar una mirada. Que otros copien o fotografíen; la memoria prodigiosa de Endara capta al azar un rostro y le basta para sus espléndidos personajes.

Endara quiere la mirada, toda ella, para acceder a una comunicación de conciencia. En la mirada de sus personajes, se halla una perspectiva de las profundidades del ser. Más allá de las apariencias, rastrea en el fondo de ese ser no sé qué historia lejana de alguien que olvida el presente y busca un más allá inasible, misterioso e incierto.

La Hora

 

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