Yungay, el barrio multicultural de Santiago

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«Los barrios de mi país»: La multicuturalidad de Yungay, un barrio multiclasista y ecléctico

 

¿Cómo empezar hablando del barrio Yungay? ¿Diciendo que aunque nació en 1839 –fue el primero del país, creado como tal- es moderno en su multiculturalidad, reflejada en los diversos orígenes nacionales y étnicos de sus habitantes de todas las edades y géneros? ¿Alabando su multiclasismo en un entorno geográfico donde conviven cités, edificios de departamentos y casas señoriales? ¿Celebrando su vida cultural, reflejada en los graffittis en sus paredes, en la fiesta-carnaval del Roto Chileno que se realiza cada enero o su emblemático Museo de la Memoria, por decir algo?

Dicen que cuando uno se enamora de una persona es por los detalles. Con el barrio Yungay es lo mismo: son los detalles los que enamoran.

Tanto que sus vecinos se han organizado en un comité barrial, no sólo para impedir que la voracidad inmobiliaria destruya su riqueza arquitectónica (que dejó la oligarquía aquí residente antes de huir a Providencia en los 40) y entornos que son patrimonio de todos los chilenos (de hecho lograron que sea declarado Monumento Nacional), sino también para celebrarlo en distintos eventos a lo largo del año, en un testimonio de la rica vida comunitaria de la zona.

Si la Plaza de Armas es aséptica e impersonal, la Plaza Yungay es justamente lo contrario, con su ciclovía, una de las más modernas de Chile, su eterno supermercado Monserrat, su sandwichería ecuatoriana “Vicky” (pruebe sus hamburguesas caseras, son imperdibles) o su completería “Justo”. La Plaza Yungay, epicentro del barrio, tiene su staff (permanente y no) de borrachines, totalmente inofensivos, su sector de juegos para niños, pero también un set de vecinos ilustres, que uno puede encontrarse a bocajarro un día cualquiera.

Aquí se cruzan el mítico sociólogo Tomás Moulián, autor del a estas alturas ya clásico libro “Chile, anatomía de un mito”, con el poeta Mauricio Redolés (¿cómo olvidar su poema “No importa”?) y el acordeonista Gabriel Moyla, de la banda de música gitana La Mano Ajena. Con su presencia emulan a otros ilustres que antes recorrieron estas calles: el escritor Baldomero Lillo, el presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento o el científico polaco Ignacio Domeyko, por decir algo.

Se llama la Plaza del Roto Chileno, pero bien podría ser la Plaza del Roto Latinoamericano: aquí se cruzan peruanos y colombianos, haitianos y dominicanos, con sus restaurantes y locutorios, sus penas y añoranzas. Juegan al babyfútbol en la penitenciaria cancha del Club de Abstemios, venden cebiche en carritos de supermercado en la feria que se pone los domingos en la calle Esperanza o cortan el pelo en calle Catedral, esquina Cueto.

Todos ellos se mezclan con jóvenes, estudiantes y no. Ahí están los habitantes de la casa okupa en un terreno de la estación fantasma Libertad del Metro (qué ironía, la única estación que no inauguraron fue la estación Libertad, dicen que porque no es rentable), más allá los cabros cultureros de Azulvioleta y sus talleres de teatro, danza y música, y casi llegando a la Alameda los alumnos del Arcis. También ellos le dan vida al barrio, igual que los pibes de la banda “La Nelson Domínguez”, cuyo lugar de ensayo es la Plaza Brasil.

Y si de plazas se trata, cómo no nombrar sus parques: el parque Portales, cuyo nombre es en recuerdo del dueño del fundo en cuyo terreno se erigió el barrio (José Portales, padre de Diego Portales), pero también la Quinta Normal, una antigüedad y un orgullo, que si bien se ubica en los límites del barrio, es parte indisoluble de él, con sus museos (el MAC, el Museo Nacional de Historia Natural), su lago, sus patos, sus prados interminables, sede de esas inolvidables batucadas repletas de muchachos y muchachas de los viernes de verano, chela incluida…

Acá, en el barrio Yungay, los escritores se deleitan en antros como el bar “Raíces” de Cueto o “Chancho Seis” de Huérfanos y sus legendarios recitales de poesía, o derechamente se instalan en la Biblioteca de Santiago, donde caben desde infantes de seis meses (en la completísima “guaguoteca”) hasta alumnos de media en busca de un computador o una sala de estudio, pasando por gente de mediana edad en busca de una exposición, el lanzamiento de un libro o simplemente de revistas o libros de todos los confines del planeta…

Y si el plan es gastronómico, las opciones también son múltiples… La “Fuente Mardoqueo” de la calle Libertad, con los mejores barros luco de Santiago, cuyo dueño Gustavo Peñafiel saluda a todo el mundo a su paso, o, si estamos en plan romántico, la “Peluquería Francesa” (en la misma calle), para almorzar o cenar, o el hermoso restaurante “Espacio Gárgola” (en Maipú), donde usted podrá ser atendido por sus encantadores propietarios, Claudia y Roberto, y darse un baño de arte con la exposición fotográfica o pictórica de turno. ¿Quiere cuequear? “El Huaso Enrique” (calle Maipú), donde todos los días parece 18. ¿Un buen sushi? Hamura, en Catedral con Cumming. ¿Un resto peruano barato? “Johanna”, en Cueto con Catedral…

El Mostrador

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