Una joven voz en la poesía colombiana

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Una nueva voz en la casa de la poesía

 

‘Voces de casa’ es el nombre del libro de poesía ganador del Premio Internacional Paralelo Cero 2015. Su autor es un poeta de 33 años nacido en Bogotá, llamado Juan Camilo Lee Penagos. Serio, adusto, observador, de mirada profunda y escéptica. El poeta, con este premio, se hizo conocer en la palestra literaria internacional.
Antes de este libro publicó ‘Ciencias de la mañana’ en una conocida colección de poesía en su país. Aunque no conocemos totalmente este primer intento con y por la poesía, leí un poema titulado ‘La piedra’ de su primer hijo poético: “se ha dejado levantar del lugar fijo/ y no lo supo./ Abre entonces secos sus dos ojos./ Siente el infinito conflicto de ser cosa/ y al menos un instante/ haber mirado…”, este poema ya nos confirma la columna vertebral de su principio poético: la persistencia en las cosas, en los momentos de naturaleza muerta, donde no se mueven los objetos inertes, sino que la sensibilidad del poeta escarba por entre ellas.
En lo primero que uno piensa cuando lee ‘Voces de casa’ es en una especie de “crónica de indias” poetizada con asombro e inteligencia que no logra alcanzar el asombro en la ignorancia, como lo consiguieron los grandes cronistas conquistadores, sino que el poeta introduce la sobriedad de la inteligencia en ese “asombro”.

Obra
El libro está dividido en tres partes: la primera, ‘Fronteras’, viene a ser una colección de sus postales de viaje, lo que su conciencia ha aprendido en la vida trotamundo que ha logrado y por la que su poesía se ha visto afectada.
El libro comienza con un poema donde describe en una pieza urbana-marina una forma de contemplarse al revés. La voz poética describe lo que no es, a través de las visiones reales. Es esa forma de querer ser siempre lo que uno no puede. En el poema ‘Anzuelo o el pez cae por la boca’ declara el principio de su poética: “Así como un anzuelo el poema, lector./ Las imágenes, la belleza,/ que al fin de cuentas te dejan igual que antes,/ o algunas veces anhelando lo imposible,/ te atrapan/…/ Lo demuestra el hecho simple de que, desde hace siglos,/ estúpidos como peces,/ sigamos mordiendo/ el filo/ de todas las palabras”.
Este es un poeta que se demuestra. Una voz en primera persona es también la voz del poeta que no quiere esconderse. O menos aún, negando sus dolores, su soledad. Por ejemplo el poema ‘Rostro del rotundo intelectual en primavera’ se podría catalogar como un texto de la nueva poesía de la experiencia, ya que recurre a esa forma autobiográfica de desnudar su universo en lo lírico, tomando una visión más bien ‘oriental’ (como un japonés de haikú) a la hora de describir.
En el poema ‘Jacarandas’, en cambio, se deja notar una suerte de misterio en la contemplación frente a algunas descripciones urbanas –y por urbanas nuevas y distintas-. Todo esto conduce en algunos poemas al sacrificio del verso, cayendo en lo prosaico, sacrificando el ritmo, para adentrarse en lo explicativo (véase el poema ‘Callejones en la memoria’, por ejemplo).
La segunda parte del libro es un poema largo llamado muy simplemente: ‘Poema en la oscuridad’, que es una interiorización fuerte desde la voz poética hasta la primera persona. Este ambicioso texto es un diálogo utópico del poeta con su voz, sobre el amor y la soledad.
La tercera parte del libro es la que le da título. Trece textos lo configuran. En todos hay siempre dos voces que confluyen: dos discursos que se entrelazan.

Inspiración
El poeta me ha confesado que este cuaderno fue dictado por una solariega y enorme casa en la que vivió y donde se asumió en la soledad, con la compañía de esas voces de la reflexión y la filosofía que le entregó la gigantesca vivienda que forma una atmósfera casi teatral donde el tabaco, las flores, las paredes constituyen el escenario de esta solitaria voz: “Como una herida letal e imperceptible, / las cosas de ahora invadirán la memoria del futuro”.
La casa es entonces el universo, el todo, el microcosmos gigante que acompaña, que se entrega a la reflexión, a la filosofía, al poder de las palabras: “La familiaridad de girar la llave de la puerta, el descanso de mirar las aves en el patio, los larguísimos pasillos recorridos innumerables veces, el reposo preciso de la espalda en la silla”.
Dice el poeta en el segundo poema de este texto: “Esta es la verdadera historia de la literatura:/ ficción que hace posible el brillo del sol sobre la memoria”, resultando estos versos como una arte poética precisa y contundente.
Una tendencia de la poesía de Lee Penagos es la explicación del misterio. En el poema X que titula ‘(La demencia)’ dice: “sucede que la muerte no llega nunca, sucede que la casa siempre estuvo vacía porque era ella quien nos habitaba”.
Lee se vislumbra en este libro como un creador del universo lírico, pero no desde la concepción huidobriana, sino desde la cotidianidad de los objetos, haciendo imágenes sorprendentes desde un imaginario burdo (esta es la prueba de fuego del poeta real, en la actualidad): “Un neumático sembrado de césped en la mitad del jardín guarda en su entraña abierta un poco de lluvia”, dice. La voz poética de Lee Penagos está ya instalada en la órbita de la poesía latinoamericana emergente. Este libro lo confirma absolutamente.

 

 

 

 

‘Body surfing’

Los jóvenes peruanos, atractivos, bronceados,
-casi personajes
de alguna literatura de tema homosexual
compuesta por un viejo-
de pecho inflado como la vela de una pequeña embarcación,
estaban en fila, balanceándose, formados
uno al lado del otro
en una paralela a la línea de la costa,
con el agua algo más arriba de la cintura,
las palmas de las manos extendidas en frente
apenas rozando la superficie del océano.

Nadie se había puesto de acuerdo con nadie.

Subían y bajaban con los pequeños cambios de la marea
esperando la ola ideal
para que los impulsara un poco al nadar,
y luego, satisfechos y triunfantes
de utilizar para un fin
tan egoísta
el poderío de Neptuno, volvían al lugar donde iniciaron:
Body Surfing
llaman a esta práctica.

Se mecían como espigas en un campo.
Eran un rebaño,
una aglomeración de corazones de la tierra
tan inconsciente de sí misma
que la luz roja del atardecer
se mezclaba con ellos
como el tinte del te
en el agua recién hervida.

‘Jacarandás’

En la noche de verano de Buenos Aires,
los techos de los autos
estacionados
en las solitarias calzadas de Palermo
se van llenando
con las flores que el viento arranca
de los jacarandás.

Esas flores, brillantes en el día, son
entonces
el secreto rastro de la noche.

 

‘Voces de casa’

VII

La memoria tiene mucho que ver con el sol:
ilumina y enceguece al presente.

Las imágenes de la memoria
son vitrales que se superponen unos a otros,
que oscurecen la luz que podría atravesarlos
para hacer visibles sus figuras.

Es por eso que lo único innegable es el silencio y la transparencia
de quien,
hundido en una bocanada de tabaco,
de repente

recuerda.

La Hora

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