«Boquerón» y la actualidad del cine boliviano

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El estreno de una película nacional suscita un peculiar interés. Si además, el largometraje en cuestión recupera la memoria colectiva, se vuelve casi imprescindible para cualquier ciudadano. Quizás sea este el mayor aporte de Boquerón – la nueva película de Tonchy Antezana – a la cinematografía boliviana de hoy, la “posible” recuperación de un público cautivo de nuestro cine.
A Bolivia le hacía falta aquel largometraje de ficción que pusiera en valor la historia oral y la literatura sobre el conflicto del Chaco. Lo que se constata ahora es que le sigue haciendo falta aquella película. Es decir, el proyecto de Antezana no responde a esta urgencia por ver la Guerra en la pantalla grande.
La película Boquerón lleva el nombre de un fortín que es también el sinónimo de la resistencia. Es el cerco a Boquerón un episodio de la Guerra que les permite, a los belicistas, respirar aliviados cuando se evalúa la perdida territorial. ¿Es acaso la película también un pequeño orgullo en este antipático momento de la actual producción nacional, que no deja de producir películas para el olvido?
Antezana apuesta por una obra coral sin roles protagónicos y con muchas historias para contar. Esta inquietud de mostrar el encuentro entre bolivianos de diferentes latitudes no hace más que entorpecer el relato. La intención de mostrar orígenes y clases sociales diferenciados, unificados por el uniforme boliviano ante el enemigo común, hace aún más dificultoso seguir el hilo narrativo que se altera constantemente con flashbacks que construyen angustias personales superiores al drama existencial de la propia Guerra.
Boquerón es heredera de los efectos especiales de juegos de computadora, los que todavía no han logrado aparentar la realidad sino evidenciar su artificio, más aún cuando se encuentran insertos en películas que tienen estas características: de batallas, muertes, explosiones. Pareciera que bajo la consigna de propiciar al público un par de sacudones se olvida que no siempre el fin justifica los medios. Aunque claro, se valora también el tratamiento de la imagen que procura dar un ambiente de desolación con una paleta de colores que se encuentra en los ocres y que se va oscureciendo en la medida de que la película avanza; se agradece cierto cuidado de la imagen con una correcta corrección de color que también responde a un artificio mucho menos evidente.
Cuando se trata de escuchar una película, la música cuenta mucho, pero una banda sonora no es sólo un par de piezas bien logradas, es saber también cuándo y cómo insertarlas de forma tal que acompañen la escena. En la película se escucha mucha música, que intenta darle un sentido épico al relato, y sin embargo este acompañamiento musical está tan fuera de lugar que más bien hace ruido, teniendo en cuenta además que no se integra a la banda sonora como un concepto paralelo, sino que se separa de lo que vemos y se distancia sin una intención estética sino como una arbitrariedad, una decisión caprichosa para recordar que estamos ante el fragor de la batalla, ante el heroísmo de los soldados.
Con tantos planos fijos sobre un cielo que intenta demostrar el paso del tiempo, se dilata un relato que no consigue articularse de tal modo que permita consolidar un tempo. La película aprovecha la connotación de Boquerón e intenta reconstruir un pasaje de la historia militar. Sin embargo, el escenario de este largometraje podría ser cualquier otro episodio bélico, podría ser cualquier otra trinchera, en cualquier otro país del mundo, no por su universalidad temática sino por lo desprovisto que se encuentra de un discurso político. Más allá de la reflexión textual sobre la inutilidad de la Guerra, no hay una preocupación sobre ese “estar ahí” de los combatientes.
Si de algún modo se ha dado a conocer la atrocidad de la guerra en el siglo XX y por supuesto en estos primeros años del XXI, es gracias al cine. Boquerón permite que las generaciones que conocen lo que fue la guerra por la oralidad y textualidad de nuestra historia puedan ahora poner imágenes a ese episodio fundacional del país. Al menos ahora se podrá valorar lo sucedido desde la pantalla. Desprovista de un sentido pedagógico, cuestión que se agradece, la película de Antezana recurre más bien a la emotividad de sus personajes para poder ver desde la distancia lo que padecieron quienes se enfrentaron no sólo a un ejército enemigo, sino a la hostilidad del clima y el terreno.
Con Boquerón volvemos a preguntarnos por el estado del cine boliviano. Un cine hecho a puro pulmón, con lo que esto conlleva, la imposibilidad de hacer sostenible la producción continua en el tiempo. Falta de oficio en actores frente a las cámaras, irregularidades técnicas, necesidad de tener que realizar trabajos de posproducción fuera del país, y un rosario de cuestiones que van en detrimento del actual cine nacional. Sorprende entonces la voluntad y la pasión de los realizadores por seguir contando historias a pesar de todas las adversidades. Es esta urgencia de narrar, desde las imágenes en movimiento, lo que se valora como emprendimientos que mantienen vivo al cine boliviano, del cual poco queda como concepto.

Cambio

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