El mestizaje en la obra del plástico colombiano Carlos Jacanamijoy

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Cuando Carlos Jacanamijoy se acerca a la pintura, dice, lo que le duele y a la vez alienta son las emociones que produce el mestizaje. El intercambio étnico.

Cuenta que cuando era niño, en el Valle de Sibundoy, ese vasto territorio del Putumayo, alto y frío, los blancos, como llamaban a quienes no eran ingas, como él, se referían a los alimentos de los indígenas como «comida para cerdos». Estaba basada en maíz, fríjol y tubérculos como la papa. De pronto, hubo un paro armado, se acabaron los combustibles y los víveres. Los indígenas no se inmutaban, porque no compraban en las tiendas. “Entonces los blancos tuvieron que recurrir a la comida de los indios. Desde ese momento, unos y otros comemos los mismos alimentos”.

Ese desprecio inicial hace parte de “lo que le duele” y ese intercambio, ese acercamiento posterior es lo que “le alienta”.

Hoy, a las 7 de la noche, inaugura la exposición Confluencias, en la galería Duque Arango.

Y el nombre de la muestra, que se refiere a conceptos profundos, también parece referirse a asuntos circunstanciales, como la coincidencia de varias exposiciones suyas en la ciudad, después de más de 10 años de no traer sus paisajes luminosos. Una de ellas, también de pintura, en la Biblioteca EPM, y otra, de dibujo, en la Alianza Francesa.

¿Qué confluye en su creación artística? ¿Acaso lo ancestral y lo occidental?

“Hay confluencias en varios aspectos. La memoria, la genética, el encuentro de culturas. Crecí en una intersección: cuando corría del portón de mi casa hacia la escuela, era la búsqueda de Occidente y hablaba español; cuando corría del portón de la escuela hacia mi casa, era la búsqueda de la sabiduría y hablaba en quechua”.

Universal

Sin embargo, Jacanamijoy no quiere que su creación siga viéndose solamente como una expresión de ese mundo indígena, sino como un equilibrio de lo que él es: un sujeto universal.

“Que todos los ciudadanos del mundo nos sintamos en nuestra propia tierra, dondequiera que estemos. Creo que esos paisajes míos o, mejor, esas abstracciones, también las puede sentir como propias una persona de Indonesia”.

Son abstracciones coloridas que se forman con paisajes interiores y exteriores. Surgen a partir de elementos concretos como caídas de agua o de luz, hojas, pétalos, flores, ramas…

De su formación dentro de su cultura resultan importantes tres personas: su papá, Antonio, que fue chamán; su mamá, Mercedes, y su abuela, Conchita.

“De mi papá, que murió hace más o menos 10 años, conservo en mi mente su retrato machacando hojas en un totumo. Llegaba uno de estudiar y él decía: «¿Le preparo un refresco?». No crea que era una gaseosa, sino una a base de hojas. Dicen que el Valle del Sibundoy es de las regiones del mundo más ricas en plantas aromáticas”.

Jacanamijoy tiene la idea de que su papá era algo así “como alquimista: siempre buscando la sabiduría”.

Carlos Jacanamijoy es más bien introvertido, reflexivo. Mira sus pinturas como si fueran ajenas. Frente a una de ellas titulada Rojo, se llama rojo, dice que no tiene que ver con la novela de Orham Pamuk Me llamo rojo, sino con una intención de personificar a ese color.

Cuatro papayuelas doradas descansan en una mesa. Cada una tiene cuatro patas rústicas. Conforman la única escultura de la muestra.

“Cuando éramos niños —explica—, no teníamos juguetes de fábrica. Los hacíamos nosotros. Para uno de ellos, cogíamos una papayuela y le poníamos patas para representar un animal. Esa escultura se llama La ronda de las papayuelas… Aunque los muchachos de ahora tal vez no sepan lo que es una ronda”.

Publicado en El Colombiano
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