Argentina: falleció el poeta y coplero Aledo Luis Meloni

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El gobierno chaqueño decretó tres dí­as de duelo y ordenó que las banderas permanezcan a media asta en todos los establecimientos públicos por la muerte de este coplero que fue un fenómeno dentro de la literatura, tan popular que un polideportivo y una escuela llevan su nombre, tradicional y a la vez contemporáneo.

Los restos Meloni están siendo velados en la sala De Bonis, ubicada en la esquina de Arbo y Blanco y Juan B. Justo, informó el diario digital local datachaco.

Con su muerte, la provincia perdió una de las voces literarias más representativas y a un gran educador: se mudó a Chaco cuando consiguió trabajo como maestro rural, en tanto que sus poemas integran textos de estudios, programas escolares obligatorios de la provincia, antologías y muchos fueron musicalizados.

«Tengo una literatura que no es para exquisitos, sino que es literatura para clase media intelectual podrí­amos decir (…) mi literatura entró por eso, es sencilla, breve», había dicho hace tres años, en su cumpleaños número 100, el autor de poemarios como Tierra ceñida a mi­ costado.

«Lo que guardo de mi época de maestro rural es el amor de los chicos, esos chicos humildes, a los cuales les enseñé a hablar primero y estuve casi 20 años con ellos. También santiagueñitos, que vení­an del monte, cortadores de algodón», dijo en diálogo con Clarí­n durante aquel festejo de sus 100 años.

Padre de cuatro hijos, abuelo de nueve nietos y bisabuelo de al menos 15 bisnietos, Meloni es el autor de obras como Tal cual o el libro de haikus El trébol verde que escribió a los 97 años.

De la poesía decía, entre risas: «Es una buena compañera, aunque no sea tan fiel. Cuando escribo un verso que me parece que está bien, me siento feliz. Cuando sé que alguien lee un verso mí­o, me pongo contento porque se produce la transmisión del sentimiento, que es tan necesaria».

Al menos así lo explicaba, con vitales 96 años, durante la Feria del Libro de Chaco en diálogo con el periódico Página/12.

Su lucidez lo acompañó en los libros –Duelo 12, 13 y 14 es uno de ellos-, en la carrera docente y en las colaboraciones que realizaba en diarios locales el poeta de la Pacha Mama, como lo conocían sus lectores y alumnos, nacido en una estación ferroviaria bonaerense que ya no existe, el 1 de agosto de 1912, Día de la madre tierra.

Aunque al final de sus días Meloni se autodefinía «como una espiga desgranada», como «una isla en el océano».

«Soy, literariamente, de la generación del 40 (…) formé parte de un grupo grande de escritores, escultores, gente de la cultura, y no queda nadie. Soy como una espiga de maí­z desgranada, quedamos uno o dos granos nomás, la espiga está vací­a. Estoy rodeado de mi familia, que me quiere mucho, me atiende y todo, pero tienen otra vida: Yo como una isla en un océano», había dicho en su centenario.

Meloni colaboró con los diarios El Territorio y Norte; fue distinguido con premios como el Caballero de la Orden de Mérito de Italia en 1982 y el Premio Santa Clara de Así­s en 1990; y en 2006 recibió el tí­tulo de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional del Nordeste, en reconocimiento a su trayectoria en la poesí­a.

De su primer poemario, Distancia: «En la polvareda verde/del monte, al sol, galopando,/desde mi escuela a tu escuela/ hay una legua de canto./Si lo sabremos/Yo y mi caballo…/Y en la polvareda oscura/de la noche, paso a paso,/hay de tu escuela a mi escuela/diez leguas de sobresalto./Si lo sabremos/Yo y mi caballo…/».

El poeta y coplero -recordado con las redes sociales por la Asociación de poetas argentinos (APA) y figuras de la cultura de todo el país- nació en la estación ferroviaria Marí­a Lucila, que formaba parte de la empresa Midland en la localidad bonaerense homónima.

Deshabilitada en 1977, cuando el ramal ferroviario fue reducido hasta la Estación Marinos del Crucero General Belgrano, la estación dejó de existir, incluso el ramal, que con la nacionalización de 1948 pasó a formar parte del Ferrocarril General Belgrano.

En Chaco se radicó con 25 años, cuando el Consejo Nacional de Educación lo designó al frente de una escuela rural del interior provincial.

En 1956 se trasladó a Resistencia para encargarse de la Secretarí­a Técnica de la Inspección de Escuelas Nacionales para finalmente jubilarse en 1963, aunque siguió trabajando en la Biblioteca Herrera.

El hombre que a sus cien años repetía a quien quisiera oír que con esa edad «siente que uno ha vivido de más” es quien legó sencillas y populares coplas, como la que Mempo Gardinelli apostó a rescatar en una cariñosa reseña: «El hombre llega al otoño como a una tierra de nadie: para morir es muy pronto y para amar es muy tarde».

Publicado en Télam

Con Aledo Luis Meloni se fue un maestro de la vida

Por Mila Dosso

El Chaco ha perdido a su poeta mayor. La tozudez inapelable y siempre premonitoria de la muerte acabó imponiéndose. Casi al morir el día lunes ha vuelto a su tierra amada, a los 103 años, el artista de la palabra que convirtió sus luchas, sufrimientos y pasiones en inmortales coplas y haikus. Se quebró su alma y se cumplió su signo, y dicen que –al expirar– cientos de mariposas lilas se elevaron al cielo… Todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo y que, con asiduidad, acudimos a la obra –que cala en el alma como una saeta y nos envuelve y arropa– de este poeta andariego que vivía para los demás y amaba las pequeñas y sencillas cosas, lloramos hoy su partida.

Nació cuando el siglo XX apenas tenía doce años, en la bonaerense Bolívar; pero su vida, su destino y su poesía se consagraron a los temas del Chaco profundo: la muerte del árbol, la elegía de un labriego, el puñal de luz en el mediodía del monte, el rumor de vida entre la fronda, el sembrador desvelado de amor y esperanza, el galope del viento norte sobre la colonia en llamas, los crueles balbuceos de los machetes en la selva. Con el título de maestro llegó al Chaco, y fue el Chaco el que le dio título de poeta: “En los caminos de tu piel ardida, tierra ceñida a mi costado”.
Ejerció la docencia rural durante más de veinte años en la escuela de la colonia de San Antonio, esa de la que “amaba el sol y el bullicio/ cuando un toque de campana/ abría el aula (…)”.

Ya en Resistencia, se dedicó a escribir, a convertirse definitivamente en un poeta con el corazón de pie: “Mi corazón de pie, todavía enarbola como una desgarrada bandera, su esperanza”. Se dedicó ardorosamente a buscar su propia voz, esa que muy pocos humanos alcanzan:

La voz más fiel de la tierra/ no es la que anda en el aire; / es la que nos suena dentro, / junto al rumor de la sangre”.

En cinco líneas agrupó, como un haz de huesos recién roídos, todos los interrogantes del hombre. Un adverbio le bastó para dilatar o recoger la frase, y un adjetivo para sublimarla.

Leer su obra es casi como emprender una solitaria expedición de descubrimiento y conquista, iniciada bajo un signo diurno, solar, que paulatinamente se interna en lo desconocido y llega a los bordes del mundo; una travesía en la que uno siente que el suelo se hunde bajo sus pies a medida que avanza, hasta que, intensa y breve, su palabra se despliega en una especie de ininterrumpida ascensión que culmina en un punto de incandescencia máxima, un estallido final, un gran reverbero que concentra en un foco único todos los fuegos anteriores.

Con pasos lentos y cansinos recorrió las calles de la ciudad y con tembloroso pulso escribió sus rimas, pero su vuelo intuitivo tiene destino de infinito, su proa tiende a la divinidad, su corazón grita ¡Dios a la vista! y su silencio es una arrobadora reflexión creativa.

Un maestro de la vida

Se fue un poeta fuera de serie y un maestro de la vida que nunca bajó los brazos, que supo interpelar a fondo la realidad y los sueños con gran hondura humana. Como escritor, fue un referente que abrió puertas con diferentes propuestas fuera de planteos dogmáticos, selladas por el compromiso ético y estético que distinguió su vida.

Su verso intimista, profundo, reflexivo, que supo ser llano y sencillo, cantó siempre a la pureza de sus gentes, de la gente humilde, con la seguridad de que su semilla, que ya está bajo la tierra, dará su fruto, esperanza que no debemos perder. Nada habrá bajo la tierra que no salga a la luz; y el fruto será la solidaridad y generosidad de Don Aledo, poeta solitario y amigo, que tuvo la suerte de ser elegido por la poesía, con mayúsculas, para ser su portavoz. Coplero suave y melancólico, rehuía hablar de sí mismo.

Su canto, de un tono personal, intimista y sublime, lo convirtió en un poeta excepcional y único, capaz de elevar lo elemental y anecdótico a la categoría de lo humano más universal. Un trovador imprescindible, tal era su grandeza humana, sus versos de inflexiones íntegras, sinceras, con voz personal y eco inconfundible, referente de una vida sin vanidad, clara y cargada de amor, generosidad y entrega. Sin embargo este hombre, cuyo sino eran las letras, será recordado también como un avezado periodista, cuya trayectoria vital germinó en NORTE en afectos y amistades perdurables.

En puntas de pie, caminó descalzo el viento de Resistencia y así se fue el hombre, el padre, el Maestro, el amigo que respiró poesía por todos los poros, por las insondables avenidas de su alma transparente y por los cuatro costados de su cuerpo visible. Por eso no es extraño que después de tantos años de fraterna amistad, de exquisita verbalidad e insospechados matices reveladores, nos sorprenda ahora a todos su sombra que partió río abajo, vida arriba, yendo a dar al morir. Partió –rodeado del amor de su familia y afectos más cercanos– con la humildad y la pasión con que vivió.

Tanto, que no hay cáliz que lo contenga, no hay golondrinas que se lo lleven, no hay escarcha de luz que lo enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, ni hay cristal que lo cubra de plata. Queremos creer fervientemente que usted no murió, Aledo, pero por si acaso, por si así fuera, nos dejó su magia que desde antes, desde entonces y desde siempre, tapizó nuestra imaginación de flores de lapachos… Usted se va y nos deja con sus coplas y la historia de su vida tan fantástica como su ficción, pero sin la paz de poderle agradecer su amistad una vez más y de frente, mirando su sonrisa sabia y jovial de latino inteligente, pícaro y jocoso. Solo podemos ahora hablarle a través de la escritura; pero suponemos que esta es su manera preferida. Sabemos que si viera usted nuestra nublada mirada, diría algo profundo y delirante.

Hasta siempre, Aledo.

Publicado en Diario Norte

Poesía modelada por el paisaje

El alma deambula encogida de pena por “la ley de la vida”, como escribió el inolvidable poeta y coplero chaqueño. Aledo Luis Meloni murió el lunes a la noche, en Resistencia, a los 103 años. “No pretendo, claro está,/ un sitio para mi nombre/ en el diccionario lírico/ que encumbran Neruda y Borges;/ si apenas soy un coplero/ que en cada copla se esconde;/ que anda anudando palabras/ en la voz de los cantores/ y celebrando al amor/ para que otros se enamoren;/ o ciñéndole a la vida/ un moño de tela pobre,/ para que también, a veces/ con lo mínimo se adorne./ A nadie envidio lo suyo,/ con lo mío estoy conforme:/ me basta ser un coplero/ que en cada copla se esconde”, se lee en el poema “Identidad”, una declaración de principios y legado, que no es un ejercicio de falsa modestia. Quienes lo han visitado en su casa de la calle Don Bosco al 600, aquellos que han tenido el hermoso privilegio de charlar con él y escuchar tantas anécdotas, saben que la sencillez de Aledo, por más anómala que resultara en medio de egos literarios desmesurados, era su manifiesto existencial.

Cómo no recordar esa hermosa sonrisa que iluminaba su cara de viejo pícaro. Si vivir es andar abriendo surcos en la tierra, Aledo lo hizo desde que nació en María Lucila, una estación ferroviaria de la provincia de Buenos Aires que ya no existe, el 1 de agosto de 1912. “Cuando era chico, no me gustaba Aledo. ‘¿Por qué me pusieron ese nombre tan horrendo?’, le preguntaba a mi mamá. A lo mejor me quisieron poner Alejo o Aldo, pero la verdad que sigue siendo un misterio por qué me llamo así –recordaba el poeta en la primera entrevista de Página/12 en 2009–. Luis sería un nombre trucho, como dice uno de mis bisnietos, porque no estoy anotado con ese nombre. Cuando me bautizaron, según contaba mi mamá, el cura dijo que me faltaba un santo protector, y ahí me pusieron Luis para que tuviera mi santo.” Se recibió de maestro normal, pero le costó conseguir una escuela donde enseñar. Rumbeó en 1937 hacia General Pinedo, en el interior del Chaco, cuando fue nombrado maestro en una escuela rural en pleno monte. En los años 40 leyó a Antonio Machado, el poeta que le enseñó el pulso poético. “Machado, con esa poesía escueta, sin muchos adornos, me mostró cuál debía ser mi camino. Deseché todo lo que había escrito antes y no me arrepentí. Publiqué mi primer libro a los 52 años, Tierra ceñida a mi costado, en 1965. Muchos escritores, entre otros Borges, se arrepintieron del primer libro que escribieron, pero yo no. Siempre conviene tirar los poemas de juventud. Suelen ser muy inflamados, y la poesía no se lleva muy bien con esa inflamación porque necesita maduración”, sugería Aledo, autor de Rama y ceniza (1966), Coplas de barro (1971), Como el aire y el día (1974), Costumbre de grillo (1976), La palabra desnuda (1980), Umbral del silencio (1983) La luz que uno amaba (1987), Antes que sea noche (1990), La otra mirada (1992), Memoria y olvido (1993), Leve fulgor (1995), Todo se vuelve azul (1997), Las nubes que pasan (1999), La copla del lunes (2000), Don de lágrima (2001), La hora del cierre (2004), la antología poética La tentación de la palabra (2005), De coplas somos (2010), El trébol verde (2010) y Obras completas, que se acaban de publicar para felicidad de muchos lectores.

“En el trabajo literario hay que tener siempre a mano un canasto grande para tirar lo que no sirve. Porque escribir un poema es como tirar al blanco: en algún momento acertás. Pero también le pifiás mucho, y si no tirás esos poemas, perdés. Sé que al decir esto puede haber alguien que al leer mi obra poética me diga: ‘Don Aledo, por que no tiró este poema’”, bromeaba el poeta que vivía en Resistencia desde 1956 y que trabajó como corrector en los diarios El territorio y Norte. “La copla registra con precisión matemática la diástole y la sístole del corazón del hombre”, planteaba Aledo. En Poesía elegida, una antología editada por el Instituto de Cultura de Chaco en 2011, se combinan poemas y coplas para disfrutar el canto íntimo de Aledo: “En el corazón tenía/ una guitarra sonora;/ las penas para pulsarlas/ llegaban a cualquier hora”. A la cantante Mariana Carrizo le dedicó “Culpable”: “Culpa de tu vidalita/ llorando contigo estoy,/ como si una misma lágrima/ nos hermanara a los dos.// Como si toda la pena/ que se desangra en tu voz,/ fuera la pena honda/ que hoy llevo en mi corazón.// ¿Qué habrás perdido, Mariana,/ que lloras tanto al cantar?/ Tal vez algo que perdido/ nunca se vuelve a encontrar.// Culpa de tu vidalita/ también yo aprendí a llorar; como la vida es un río/ lloro el agua que se va”.

La segunda y última visita al poeta fue en 2012 –año en que celebró un siglo de vida–, junto a la periodista chaqueña Fátima Soliz –que le sacó las fotos–, y la escritora Claudia Piñeiro. “Al que me dice ‘¡qué lindo que llegó a los cien años!’, le digo: el hombre no debe llegar a los cien; ochenta, ochenta y cinco sí. Aunque esté mentalmente como yo, espiritualmente hay soledad, porque uno es de otra época. Toda mi familia, mis nietos y bisnietos me quieren mucho, pero son de otra época. De mis amigos, no queda nadie. Yo soy como una espiga de maíz desgranada: soy solo y algún otro granito. La espiga está vacía. Y se siente… Yo soy de la generación del 40; son setenta años que han pasado. La literatura actual no es mi literatura. Mi literatura no encaja con lo de ahora y la literatura de la juventud me cuesta disfrutarla más que entenderla, porque es otro el sentimiento, otra manera de expresar, otro lenguaje. Usted puede estar vivo y estar solo. Y a veces está como un hueso fuera de lugar. Pero así es la vida.” La escritura se fue achicando, decía Aledo, cuando resumía su itinerario hacia la brevedad: del poema a la copla, de la copla al haiku. En El trébol verde hay varios haikus bellísimos: “La polvareda/ es el ánima en pena/ de la sequía”; “Cronos nos hiere/ con premeditación/ y alevosía”; “Qué no daría/ por descifrar/ lo que murmura el viento”, entre otros. “Sin ritmo, no hay poesía. La poesía es música; si usted le saca la música a la poesía, pasa a ser prosa, aunque tal vez me equivoco. El pensamiento, el sentimiento, es lo que hace a la poesía. Pero si usted manifiesta un pensamiento o un sentimiento rítmicamente me parece que es mejor”, explicaba el poeta, que también publicó un libro de relatos: Tal cual (2010).

“El paisaje me hizo a mí. Y la gente sufrida de este paisaje. En Buenos Aires habría sido un poeta de cuarta. Acá soy de segunda, pero estoy en mi lugar. Disfruto mucho el hecho de que haya mejores poetas que yo. ¿Qué voy a hacer? ¿Me voy a poner a llorar? ¿Me voy a enojar con la vida? No, aceptémoslo así como viene. Yo escribí lo que pude.” Pudo mucho, queridísimo Aledo. Su palabra sobrevivirá al tembladeral de olvidos y silencios.

Publicado en Página 12

PUEBLO

La piedra de la injusticia
le fue afilando el cuchillo;
si llega a desenvainarlo
dirán que nació asesino.
Parece cosa imposible
y sin embargo es sentencia:
de la pobreza del pobre
el rico saca riqueza.
El vino de los obrajes
sabe a madera y sudor;
y los hacheros lo beben
para olvidar lo que son.
Tan fatigado regresa
de machetear en la caña,
que piensa que se le han vuelto
de plomo las alpargatas.
Sobre la hierba crecida
quebrándose, el carpidor;
su azada, a pulmón bruñida,
es un retazo de sol.
El hacha tala el quebracho,
su voz, su sombra y su estrella;
lo que no tala es el hambre
del hombre que la maneja.
Tierra y sudor los cubrían
de la alpargata al sombrero;
no he visto vida más limpia
que la vida del labriego.
En los obrajes del norte
uno ve lo que no quiere;
la amistosa convivencia
de la injusticia y la muerte.
Al hijo del carbonero
le ha dado por preguntar:
¿si hay en el monte cien hornos,
por qué ninguno es de pan?
Toda la caña que anduvo
arrimándole al trapiche,
de golpe se le hizo azúcar;
lástima que fue al morirse.
Mientras jadea el hachero
labrando su mala suerte,
el ojo del hacha mira
cómo lo acecha la muerte.
Bajo un árbol pensativo
tiene al fin lo que pedía:
la tierra que le negaron
cuando en la tierra vivía.
Cuando dice que sí, es sí,
cuando dice que no, es no;
al patrón poco le importa
lo que pensemos tú y yo.
Anda de obraje en obraje
con todo lo que le falta,
hasta que un día de suerte
la muerte les tiene lastima.
¿A la hora del ladrón
quién traba puerta y ventana?
El patrón, que tiene mucho,
no yo, que no tengo nada.
Un arado, un arador
y seis caballos humeando,
y un borbollón de gaviotas
picoteando, picoteando.
El hombre del hacha sufre
pero de pie y en silencio;
sus penas las gritan otros:
algunos con gran provecho.

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