El curandero del río

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Bajo la enramada de palmas de coco y mata ratón un hombre se retuerce de dolor. Su madre le acerca una bebida fresca para aliviarlo, al menos, del calor de esta época. Pero él, escondiendo la mano herida, rechaza con gesto de fastidio el ofrecimiento.

— Tómatela, mijo — insiste la mujer, pero no obtiene respuesta.

Del otro lado del río, el curandero atiende a un hombre con cáncer terminal. La esposa del enfermo asegura que cada vez que el curandero le da masajes en los brazos, las piernas y la espalda, el hombre se pone bien y duerme tranquilo. Pero uno se da cuenta de que este sanador intuitivo lo único que hace es ofrecerle al enfermo la infalible terapia de las palabras de consuelo.

Palabras que tal vez aprendió durante largas tardes viendo correr el agua por el Canal del Dique después de haber escuchado las preocupaciones de la gente sobre asuntos que para él resultan naturales. Con el paso de los años, le ha bastado incorporar unas cuantas cosas a ese saber que, según afirma sin aspavientos, nació con él.

— ¡Ese maldito peje no sé qué hacía a esas horas por ahí! Con la oscurana no lo vi. Estaba desenredando la atarraya cuando sentí el lapo— dice Estiven Pacheco, villarrocero de 28 años de edad, quien pesca en las ciénagas de Villa Rosa, municipio situado al sur del departamento del Atlántico, y el Canal del Dique desde que tiene uso de razón.

El incidente se puede reducir en una súbita inyección en el dedo pulgar la que pronto le empezó a dormir la mano. A los treinta minutos ya no sentía el brazo, y al poco rato estaba pidiendo que lo llevaran a tierra porque el dolor le era insoportable.

Al final de la mañana, después de recibir el mensaje de los familiares del puyado llegó el curandero. A su llegada la gente calla. Saluda mientras le cuentan lo que pasó. Casi todos creen que fue una raya, pero eso lo tiene que confirmar. Sabe que es tiempo de rayas, pero también hay peje, sapo y culebras, por eso aguarda.

Con el verano, los ríos empiezan a bajar y las rayas abundan en las orillas. Poseen un camuflaje imperceptible al ojo humano. Es poco probable que se las pueda tocar sin recibir el aguijonazo que lanzan como medio de defensa. Por eso, la mayoría de las veces las rayas puyan en los pies a quienes se meten en las ciénagas, pozos y charcos que se forman con las crecientes del río.

Sara Romero, médica especializada en medicina bioenergética, aclara que una persona puyada de raya no puede pensar en otra cosa distinta porque el dolor se apodera de su cuerpo. Todo queda supeditado a ese malestar que altera las funciones del organismo y penetra el sistema linfático inflamando los ganglios cercanos a la herida.

Los habitantes de los pueblos ribereños saben que un puyazo de raya es la entrada al dolor por el camino más tormentoso porque, además, su curación se extiende, casi siempre, por más de cuarenta días.

Los puyados cuentan que no hay tormento mayor. Algunos hombres han llegado a sentir tanto dolor que se desgarran la ropa o muerden objetos de madera o plástico. Antes de intentar una respuesta a lo que se siente tras un puyazo de raya, muchos prefieren callar.

A José Alberto Ospino, pescador de Soplaviento, Bolívar, lo perturbó tanto la pregunta que sin ambages exclamó delirante: “¡Es un dolor kilométrico!”.

Es bien sabido por los médicos de los centros de salud, según el manual de urgencias, que el primer paso que se debe dar con un puyado es lavarle la herida con bastante agua fría, porque además de evacuar el veneno, el frío actúa como vaso constrictor, lo cual ayuda a que este no se propague por el cuerpo. Inmediatamente se debe introducir la herida en agua tan caliente como el paciente la pueda soportar durante media hora, ya que el veneno es termolábil, o sea, pierde potencia con el calor, lo que también alivia el dolor, mucho más si se mantiene en alto el miembro afectado.

Los médicos bioenergéticos, como Sara Romero, cuando atienden un puyado de raya proceden primero a limpiar la herida y la desinfectan inyectándole al rededor procaína al 0.5 % cada ocho horas. Con ello se espera que la acción antiséptica del medicamento desinflame y bloquee el efecto infeccioso de las bacterias que están en la púa de la raya. Posteriormente el médico evaluará la respuesta y se dejará de suministrar el medicamento en la medida que el lastimado vaya mejorando.

José Manuel Julio Guzmán es el curandero más conocido de esta zona. En su pueblo Soplaviento le dicen “el Porrompo”, porque de niño era muy gordo. De sus 81 años ha dedicado más de 45 a curar hombres, mujeres y niños de todas las edades. Se ha ganado el respeto de la gente porque sus terapias, aunque dolorosas, son efectivas. Es desconfiado y perspicaz. Observa más de lo normal y sabe callar. Su mirada penetrante mantiene a distancia cualquier imprudencia. Sus manos de boga infatigable incrementan la seguridad en cada una de sus acciones. Por eso, en su presencia no hay otra alternativa que guardar silencio.

— ¡Fuera pela’os!— ordena la voz. Al parecer la de un tío mayor.

Cada quien se va levantando para desocupar el lugar. Los perros son espantados con monosílabos que los hacen alejar con el rabo entre las patas. No hay un solo ser que se atreva a emitir ningún sonido.

Don José Manuel dice que hay temporadas que no da abasto. A veces llega gente con unas llagas enormes, a las que atiende con diligente paciencia, ya que algunos pueden morir si no es asertivo en el tratamiento. El cobro por sus servicios no es excesivo. En ocasiones se conforma con los agradecimientos o unos pocos pesos de acuerdo con las posibilidades de sus pacientes. Lo llaman de Arenal o viene un puyado de San Cristóbal, Higueretal o, como en esta urgencia inesperada, de Villa Rosa.

En un rincón del patio de la casa, Estiven espera con la cabeza clavada en el suelo. La herida de animal de agua le ha inflamado la mano. Intuye su gravedad por el persistente dolor y un repugnante fogaje que le ultraja el cuerpo. Sobran las preguntas. “El Porrompo” ya leyó los síntomas y sabe que aquello es una raya. Acerca el taburete más próximo y observa al lastimado. Se pone de pie. Le agarra la mano herida y la tantea alrededor para cerciorarse de su sospecha. Estiven se queja, y por momentos jala fuerte el brazo para impedir que el curandero lo siga auscultando. Da la impresión de que el dolor se apoderó de algo de él que el curandero ha empezado a entender, y trata entonces de ponerlo a salvo.

“El Porrompo” insiste en acercar la herida, en descifrar algo que esta esconde. Se mantiene un rato en esa refriega hasta que Estiven se calma. De una bolsita plástica oculta en un bolsillo de su pantalón saca una púa, con la que rasga la herida, la exprime, para remover y extraer el veneno. Estiven se queja con amargura y don José Manuel arropa con sus manos la herida. Cierra los ojos y mastica una oración, como si con esta enviara soplos curativos.

Extrae del bolsillo de su camisa una especie de ungüento que prepara con esmero para estos casos. Lo unta sobre el puyazo con delicadeza y da la sensación de que su mente se encuentra en el lugar donde sus súplicas están siendo atendidas. No se cruzan palabras. Tampoco hay recriminaciones, ni lamentos. La cura ya comenzó, y el herido sabe que don José Manuel evitará que nada se malogre. Si sigue las pautas que el curandero le dio, es posible que mejore rápido.

Aunque sus procedimientos no siguen ninguna de las recomendaciones del manual de urgencias de la medicina alopática ni de la medicina bioenergética, el tratamiento de “el Porrompo”, según los testimonios de la gente, da buenos resultados.

No se le garantiza nada al lastimado, pero este, pese a su dolor, concluye que está en buenas manos. Se advierte que en la herida hay un mensaje de la muerte, pero también que detrás de ella hay un misterio que ha sabido conjurar el curandero. El padecimiento seguirá con menos dolor, pero aún el peligro no se ha alejado del todo.

Solo don José Manuel sabe cómo ingeniárselas para que, al menos por esta vez, la muerte no tenga la última palabra.

Publicado en El Heraldo
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