Jorge Leónidas Escudero: el poeta minero

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El destacado escritor sanjuanino Leonidas Escudero, quien pintara a través de las palabras la maravillosa cultura sanjuanina, abandonó este mundo.
Chiquito, como era conocido por sus amigos, había sido internado en diciembre en el Hospital Español por un cuadro de deshidratación. En enero, su familia decidió trasladarlo a un geriátrico debido a que necesitaba atención las 24 horas.
Este miércoles, alrededor de las 3 de la mañana sufrió una descompensación, y seis horas después su corazón falló.
«Murió tranquilo», fueron las palabras con las que Ana Escudero, una de sus hijas, confirmó a Diario La Provincia la dolorosa noticia. Leonidas será velado en la Cochería San José, y este jueves, a las 9.00 se realizará el sepelio en el Cementerio de la Capital.
Escudero fue el máximo exponente de la literatura sanjuanina y uno de los más importantes del país. Tiene una decena de libros publicados y su trayectoria ha sido reconocida a lo largo de los años por diferentes instituciones, entre otras la Biblioteca Nacional con sede en Buenos Aires.
El escritor Jorge Leonidas Escudero recibió el Premio Rosa de Cobre, un reconocimiento que valorizó, una vez más, su calidad de escritura a nivel nacional. El último premio lo recibió a fines del año pasado (de manera no presencial) cuando ganó el segundo lugar de los Premios Nacionales a la Producción 2011-2014, que otorga el Ministerio de Cultura de la Nación.
Escudero comenzó su trayectoria literaria cerca de los 50 años. En 1970 publicó su primer libro: La raíz en la roca. Desde entonces sumó una bibliografía creciente, con la ancha calidad de voz y particularidad expresiva que ya en sus textos iniciales era visible. Ligado fundamentalmente a su terruño, los temas y voces que pueblan sus páginas tocan muy de cerca los giros locales, pero dando a los mismos un color y un alcance universal. Sus recorridos rurales, la pasión por las apuestas, el desengaño de la vida y el goce de ésta, los camaradas, el tiempo, los abandonos, todo lo que cifra un destino que el poeta comparte forman parte  de sus líneas.
Publicado en La Provincia

Un humilde buscador de piedras

Discreto. Según sus palabras, “de perfil bajo”. Un hombre de provincia que pasó su vida construyendo una obra conmovedora. Jorge Leónidas Escudero. Un nombre que suena en estos días ante la despedida.

Alguna vez, hace años, hubo un pequeño revuelo ante una entrega de premios que ubicó a Escudero como primera mención. ¿En qué cabeza cabía darle a este hombre otra cosa que no fuera el Primer Premio? Se habló de los privilegios de vivir en Buenos Aires (Escudero vivía en San Juan); se habló de pertenecer a ciertos círculos (Escudero desconocía a los autores de su generación y decía que apenas había leído algo de poesía); se habló de los circuitos académicos (Escudero escribía una poesía viva, de la calle, que retomaba los decires de ciertas regiones periféricas para ese centro que parecía ser Buenos Aires); se habló de ninguneos. La escritora Ivonne Bordelois lo puso como ejemplo de un poeta “que hunde sus manos en las raíces del lenguaje y no en su propia vanidad”. Se discutió. Se protestó. Escudero hizo lo que había hecho siempre: siguió escribiendo con esa potencia tan suya, tan propia, tan única y, a la vez, tan colectiva.

Jorge Leonidas Escudero. El poeta. El que va y viene de la montaña. El que busca minerales, piedras, vetas. El que se deja tentar por los juegos de azar y se pone a cazar la suerte. Lo mismo con las palabras. Como si el lenguaje fuera el puente para llegar a la experiencia. El camino, nunca la meta.

A Escudero no le preocupan las normas del idioma. Le interesa el giro, la grieta, el recodo. Aquello que la lengua hace en su región. Un decir como marca de identidad. “Agazapada casa m’ está sperando”, dice en su poema “El vino triste”. Y hay algo en los sonidos que no puede limitarse al significado. El idioma está vivo. Se escribe como se habla, como se oye. Se reconoce existencia a la gente del pueblo. Son lo mismo: el poema, la gente del pueblo, nosotros, ese decir cansino, ese morder ciertos sonidos, ese apretar palabras. Hacía falta un poeta para nombrar el modo en el que el lenguaje se usa todos los días, aquí abajo, en el mundo.

Jorge Leonidas Escudero. El hombre que murió hace poco más de una semana, a los 95 años. El poeta enorme, el secreto bien guardado, el escritor de culto. El que tuvo a San Juan como cuna, territorio y tumba. Uno que de chico, en cuarto grado, se sintió sacudido cuando su maestra le hizo aprender de memoria “Caballito criollo”, de Belisario Roldán. Uno que se dijo “así como ahora aprendo este poema de otro, algún día voy a aprender uno escrito por mí”. Uno que estudió para ser ingeniero agrónomo pero abandonó la carrera. Uno que fue oficinista hasta que un amigo le propuso ir a trabajar a una estancia “buscando minerales”. Uno que aceptó y empezó, entre las piedras, su búsqueda. “Salgo a cazar, si puedo, la palabra única / Esa que me desvela / y no aparece”, dice en un poema.

Uno que publicó su primer libro a los 50 años, gracias a la ayuda de una sociedad de fomento. Amante del juego, empleado público, minero en Calingasta, compositor de zambas y cuecas, jubilado, poeta.

Uno al que le decían “el buscador de oro”, no como metáfora sino como dato biográfico. Uno que anduvo por los cerros, entrenando el ojo, caminando, escuchando silencios, viendo lo que vale cada sonido en el desierto. “Veo algo externo, una hoja, un gato, una piedra y me quedo mirándolo, un largo rato y luego escribo. En silencio escribo. Necesito estar conmigo mismo. A solas”.

Los libros van a decir: Jorge Leonidas Escudero. San Juan, 1920-2016. Poeta. Señalarán su Poesía completa, publicada por Ediciones en Danza en 2011.

Él dijo de sí mismo: “soy un humilde buscador de piedras” y “me complace buscar lo que no encuentro”.

Publicado en La Voz

Documental sobre Escudero:

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