Chiriboga: El mito de la literatura ecuatoriana

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Un documental sobre la imaginación y el olvido en Ecuador

Por Diana González

Un Ecuador que desaparece, como contexto de la vida de un escritor imaginario, en un documental que sí existe, pero es falso. Un Secreto en la caja es el documental que el cineasta quiteño Javier Izquierdo estrenó este domingo 20 de marzo en la web unsecretoenlacaja.com

Este escritor inexistente del que trata el documental es Marcelo Chiriboga, aquel escritor ecuatoriano que pocos conocen, pero que fue creado gracias al ingenio del mexicano Carlos Fuentes y del chileno José Donoso, quienes inventaron un personaje ecuatoriano que hacía falta en el ‘boom latinoamericano’ de los años sesenta.

Javier Izquierdo le da a Marcelo Chiriboga, a través de material de archivo y de imágenes recreadas, una interesantísima vida, que la divide en 16 episodios. Cuenta su infancia en Riobamba y su temprana partida a la guerra contra Perú, en 1941, tema principal de la obra. “La guerra ya había terminado, pero ellos no lo sabían”, relata la voz en off. Esta guerra es la detonante de conflictos internos y quizás la causante de la pérdida de memoria colectiva ecuatoriana.

Luego de la guerra, Chiriboga trabaja como periodista, opina contra el sistema político, es miembro de una grupo guerrillero que no llega a formarse del todo y finalmente se exilia en Berlín oriental, atraído por su historia con las guerras. Allí es cuando forma parte del ‘boom’ y se codea con Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y sus demás miembros; escribe tres novelas, de las cuales la primera ‘La línea imaginaria’, gana el premio Cervantes. Además, tiene una historia de amor y forma una familia, pero de nuevo su vida se trastoca cuando le prohíben el ingreso a la Alemania Comunista, por lo que finalmente, luego de un paso por Barcelona y París, decide volver a su ciudad natal, donde muere.

Javier Izquierdo, director del documental. Crédito: Mateo Herrera (tomada del kit de prensa oficial).

Toda esta increíble historia está marcada por los límites, las fronteras que a veces no son más que líneas irreales o prohibiciones absurdas, como la censura a sus libros en Ecuador. Un Ecuador que en el documental desaparece luego de caer derrotado en la última guerra en Perú, en 1995.

En la vida real, Ecuador existe, y Marcelo Chiriboga nunca lo hizo, pero la vida que le dieron Fuentes, Donoso, el escritor ecuatoriano Diego Cornejo y ahora Javier Izquierdo muestra el pensamiento intelectual de la época, de los escritores que nunca pudieron ir más allá de nuestras fronteras; de quienes querían protestar por las injusticias sociales, de los excombatientes de un país acostumbrado al olvido. Con Un Secreto en la Caja, Javier Izquierdo nos invita a descubrir en Ecuador del pasado para que entendamos por qué es lo que es ahora.

Ficha técnica

Duración: 70 minutos

Género: Documental falso

Director: Javier Izquierdo

Guión: Javier Izquierdo y Jorge Izquierdo

Reparto: Alfredo Espinosa, Michael Thomas, Ángel Gavilánez, Yolanda Acosta, Antonio Ordóhzzñez, José Ignacio Donoso, Christoph Baumann, Amaia Merino, Randi Krarup.

¿Luego de la web, qué?

Fue estrenada en el Teatro de Variedades Ernesto Albán, en Quito, el pasado 16 de marzo.

Una vez que la película no esté disponible en internet (se podrá ver hasta el 31 de marzo), Izquierdo la presentará en salas no comerciales y en varios festivales de cine, entre estos, el Chicago Latino Film Festival, en abril próximo.

Izquierdo también le dio vida a otro personaje ecuatoriano en su primer trabajo cinematográfico, llamado Augusto San Miguel ha muerto ayer, sobre el cineasta guayaquileño.

Publicado en El Universo

Un secreto en la caja: un guion a cuatro manos

Por Salvador Izquierdo

En agosto de 2011, yo estaba de vacaciones en Ecuador y Javier necesitaba replantearse la sinopsis y el primer guion que había escrito para lo que sería su documental Un Secreto en la Caja. La historia de Marcelo Chiriboga, un escritor famoso que era desconocido en su propio país, despertaba en él el tipo de compromiso y meticulosidad que lo habían llevado a dirigir Augusto San Miguel ha muerto ayer, sobre el precursor olvidado e invisible del cine ecuatoriano. La idea de la invisibilidad (que deriva de una mezquindad en el medio cultural local) es algo que moviliza sus fibras, me parece. Por eso funcionan, como en tándem, el relato de un cineasta sin películas y el relato de un escritor ecuatoriano, objeto de un proceso radical de censura y autocensura en un país en el cual, además, “no se lee”.

Recuerdo que esa primera versión del guion de mi hermano arrancaba al estilo de Unos pocos amigos, el documental sobre Andrés Caicedo del cineasta colombiano Luis Ospina: una reportera, micrófono en mano, preguntando a una serie de ciudadanos inadvertidos en Cali si saben quién fue Caicedo solo para recibir negativas y hasta tomaduras de pelo. El artista que debe ser reinventado y el tributo a Ospina, entonces, fueron elementos que formaron parte del proceso colaborativo de escritura del guion. Un Secreto en la Caja, continúa el sendero marcado por el falso documental Un tigre de papel que Javier me exhortó a ver antes de ponerme a escribir, y que a mí me fascinó por su estética de bajo presupuesto, su sencillez y sobre todo, su humor. Al hablar sobre Pedro Manrique Figueroa, uno de los actores de esa película dice: “no solo fue el precursor en Colombia del collage, sino también del goulash”. A mí eso me pareció fantástico. Pero, claro, la figura de Chiriboga resultó ser mucho más pesada que la de Manrique Figueroa. No es un ‘tigre de papel’ metafórico sino un enclave donde se agrupan temas complejos relacionados a nuestra identidad nacional.

Solo en pocos momentos de Un Secreto en la Caja (el barco bananero flotando en alta mar, el Kafka tropical, el video arte de Sofía Chiriboga-Lowenthal, por ejemplo) aliviana la atmósfera vertiginosa que producen las entrevistas con estos seres en busca de memorias inciertas. La pesadez es deliberada, es la pesadez de abordar la Historia nacional, a la que se suma la dificultad de hacer una película independiente, de bajo presupuesto, en el Ecuador de hoy y con las exigencias de un público de hoy.

En el transcurso de 2011, yo había producido un conjunto de cuentos de tinte experimental, algunos de los cuales habían aparecido en revistas en línea ahora extintas. Dentro de mi proceso posmoderno de escritura, el primer acercamiento de mi hermano al documental sobre Chiriboga me pareció hiperconvencional. Así que, como el niño que busca deslumbrar a los adultos con alguna frase inteligente, opté por virar la tortilla de su proyecto y redactar una ‘contrapropuesta’, cargada de lo que yo consideraba actual y necesario para un relato en nuestra era.

En mi versión, el padre de Chiriboga cobraba mayor importancia. Había seguido de cerca el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y había decidido, por el bien de su familia, adelantarse a una inminente invasión japonesa de América Latina. Para dar con esta idea estrafalaria, me basé en un mapa apócrifo que hallé en algún libro sobre la guerra, y en el que, supuestamente, Hitler se repartía nuestro continente entre sus aliados. La infancia de Chiriboga, por lo tanto, se vería marcada por esta figura paternal excéntrica y errática, pero al mismo tiempo visionaria. El plan de su padre, de que todos sus hijos crecieran conociendo y admirando la lengua y cultura japonesa, permitirían que Chiriboga se exiliara en el Japón después de su fracasada experiencia guerrillera en el Toachi. Así es. En mi versión inicial, en vez de ir a Berlín Oriental, Chiriboga viajaba al Japón, se hacía profesor de literatura y entablaba amistades con Kenzaburo Oé, Toshiro Mifune y Kazuo Ohno.

Otro dato de mi ‘contraproyecto’ tenía que ver con la figura de Mario Vargas Llosa. Yo tenía a Chiriboga viajando a Lima como asesor de la campaña presidencial del peruano en 1989-1990, e incluso, empujando el falseamiento hasta el límite, imaginaba que Vargas Llosa ganaba esas elecciones e invadía el Ecuador durante su gobierno. El 17 de octubre de 2011, Javier me escribió al correo electrónico: “brillante —decía— terminé de leer tu propuesta con una gran sonrisa, traté de llamarte. Lo volví a leer y me parece genial, ¿cómo lo hiciste en tan poco tiempo? Quedas contratado, un abrazo y hablamos pronto”. Yo me sentía como un héroe. Pero en ese momento la película era solo un documento adjunto en Word, escrito con una prosa oportunista. Aún no era guion. Y yo en mi vida había escrito en el formato del cine, no me interesaba ni siquiera y no sabía, más allá de algo muy elemental, cómo hacerlo.

En febrero de 2012 terminé la primera versión del guion, propiamente. Estaba en Vancouver, y envié el largo documento, dividido en dos partes, al correo electrónico de mi hermano, nervioso pero aún confiado en la genialidad que él mismo había detectado. Nada me habría preparado para su respuesta, e incluso ahora, que la he vuelto a leer años después, siento que se me llena el pecho de rabia y, en alguna parte escondida de mi ser, quiero contestarle de nuevo, defendiendo mis aportes. Utilizó calificativos como “desordenado” y “pobre”, alegando que me había “enamorado” de ciertas ideas imposibles de realizar y terminaba haciendo una lista larga de “las cosas que no pegan”. Me sentí pequeño de nuevo, atrapado bajo el peso de sus piernas, como cuando éramos niños y él me sujetaba contra el piso amenazando con escupirme en la cara, una sola baba larga bajando lentamente desde sus labios. Me di cuenta de que el proceso colaborativo de escritura de alguna manera reactivaba nuestras dinámicas de la infancia. Pero también tenía razón y este proyecto, finalmente, era suyo. Había sido él quien me invitó a colaborar y no al revés. Mi escritura estaba al servicio de algo que yo no controlaba ni pretendía controlar.

Superadas las iras, pude reconocer que mi guion, en efecto, se iba por todas partes y me senté a trabajar de nuevo, desligándome de mis intereses personales, sacando, sin ningún problema, algunos de los momentos que más me entusiasmaban y tratando de acoplarme a la idea de trabajar bajo pedido. Lo bueno es que ese guion introdujo una serie de personas claves, como Richard Haze (entonces llamado Ricky), el periodista mexicano Langara (de hecho, Langara es el nombre de un College en Vancouver) y Mario Luna, entre otros, que conformarían parte significativa del eje narrativo de la versión final de la película. Y otros tantos —que a pesar de su acto de desaparición, pues no llegaron a la película— no terminan de desvanecerse: los participantes de un Congreso de Historia en el que se debatía sobre el problema limítrofe, Max y Jenny, dos estudiantes de literatura y una versión demasiado larga de la famosa entrevista de Chiriboga con Joaquín Soler Serrano. Para ese guion había invertido numerosas horas leyendo acerca del cine en la RDA, de Wolf Biermann, del boom y la Séptima Escuela Internacional de Verano organizada en Concepción, Chile en 1962 y de la historia del Ecuador. Todo eso sería útil en el proceso de pulir el guion con mi hermano. Los dos nos hemos comunicado al respecto de esta película durante años. Muchas veces, en vez de preguntarnos acerca de nuestras vidas personales, nos ponemos enseguida a debatir sobre estos seres salidos del vacío, el narrador de la película y los bancos del material de archivo que él, obsesivamente, iba hallando. En el transcurso de 2012, terminé de redactar una nueva versión del libreto y para principios de 2013, él tomó la decisión de rodar la película en cuatro días. Pocas semanas antes de empezar, en un correo titulado “final favor”, Javier me pedía que lo ayudara transcribiendo el primer párrafo de la La línea imaginaria (la novela más famosa de Chiriboga). Y ese mismo día le contesté con esto:

La guerra ya había terminado pero ellos no lo sabían. Tampoco sabían en dónde se hallaban. El río les guiaba, caminaban junto a él, sobre piedras de distintos tamaños que amenazaban con tirarlos al suelo si pisaban en falso. Lentos, cabizbajos, con los brazos estirados, sosteniendo esos rifles viejos que apenas habían aprendido a usar y que quizás ya ni siquiera funcionaban, los hombres marchaban, puestos un remedo de uniforme como si el ejército nacional se hubiese transformado en un circo ambulante. De vez en cuando, uno de ellos se iba “de misión”, abandonando la orilla y adentrándose en la maleza para ver si encontraba algún camino más llevadero, sacaba la cabeza entre las ramas de algún arbusto, pero no había nada más que eso, ramas y arbustos. Ese era el territorio que defendían. Estaban en los ríos y la maleza de la República Soberana del Ecuador. ¿O ya no era esto el Ecuador?

El guion irremediablemente se transformó una vez más mediante los procesos de actuación, edición y sonido de la película. Pero, incluso a principios de 2016, quedaba pendiente la tarea de reescribir la narración en off y trabajamos un poco en eso. Es curioso que la película y la escritura del guion sean dos cosas distintas que se funden hasta volverse indistinguibles. Las diferentes versiones del guion, las sinopsis, escaletas, cronologías y correos electrónicos que se redactaron a lo largo de los años apenas existen. La película empieza a existir. Dos hermanos compartiendo información, disputando territorios, ellos existen.

Publicado en El Telégrafo

 

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