Falleció el pintor argentino Rómulo Macció

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Rómulo Macció: el gran maestro que vivió la pintura hasta el último día

Por Loreley Gaffoglio

Rómulo Macció, uno de los más notables maestros del arte argentino, protagonista indiscutido de lo mejor de la tradición pictórica continental, falleció anteanoche en Buenos Aires, a causa de un infarto masivo. Macció, que el 29 de abril iba a cumplir 85 años y gozaba de buena salud, acababa de regresar de Uruguay. Se descompuso en un taxi mientras se dirigía a la casa de su pareja y galerista, Marina Pellegrini. Sus restos serán velados hoy, de 11 a 20, en la sala 24 del Museo Nacional de Bellas Artes.

En busca de lo espontáneo

Pintor autodidacta, guiado por la intuición y un talento innato, entrenado primero desde las artes gráficas como publicitario, el de Macció fue uno de esos raros casos en que el éxito asomó temprano y ya nunca más lo abandonó. A los 25 años debutó con una muestra individual en la galería Galetea. Un año más tarde integró el grupo de los siete pintores abstractos y formó luego parte del Grupo Boa, que integraban Clorindo Testa y Rogelio Polesello.

Pero el germen de su consagración definitiva sobrevino cuando en 1961, junto con Felipe Noé, Jorge de la Vega y Ernesto Deira, creó el grupo Otra Figuración. Una sintaxis que incluía en la abstracción a la figura humana renovada, y deformada. Ese replanteo, siempre alejado de la idea de belleza -o como la llamaba Macció de la pintura «bonita, rosa bombón»-, se plasmó mediante gestos pictóricos grandilocuentes, que incluían chorreaduras, manchas, garabatos y festines cromáticos con abundante carga matérica. Era una forma de reivindicación del gesto espontáneo de pintar, como hacía el informalismo y el action painting. De los cuatro, fue Macció quien demostró un mayor apego al dibujo y a la figuración formal, que algunos críticos han señalado como influencia de la pintura de Francis Bacon.

La de 1960 fue una década clave, que ratificó su éxito y selló su cosmopolitismo, como artista y como ciudadano del mundo. Expuso en las bienales de San Pablo y de Venecia (a ambas volvería 20 años después), ganó el premio De Ridder y la Beca Guggenheim, viajó y se instaló en Europa, pudo vivir de su pintura y alternó entre la neofiguración, el surrealismo y el informalismo.

Macció, que vivió en Nueva York, Londres, Madrid y París, todas ciudades que fueron parte de sus motivos plásticos, siempre rechazó la crítica en las artes visuales. No había teoría, según él, que pudiera explicar la obra de arte, únicamente regida por el «me conmueve o no me conmueve».

«Soy mudo; por eso pinto», solía bromear cuando se le pedía una apreciación estética. De la misma manera, también descreía del arte conceptual, pedía que se dejara descansar en paz a Duchamp; el arte performático le parecía casi una parodia y excluía a la fotografía como una de las bellas artes. Se valía de esa disciplina sólo como una forma de obtener bocetos para sus pinturas. Sin embargo, el interés de curadores y coleccionistas por sus imágenes, tomadas con cámara analógica, en las que se encomiaba la forma singularísima de mirar de Macció, lo acercaron a su último proyecto: en noviembre se expondrán en Paris Photo sus imágenes de Buenos Aires, intervenidas con pintura, en un diálogo inédito con su colega mexicano Francisco Toledo.

«No pinto lo que veo, pinto lo que quiero ver», dijo alguna vez sobre los motivos plásticos que animaban sus cuadros, por lo general visiones de espacios que había observado en algún momento junto con alguna otra imagen extemporánea. Pero Macció tenía el don del artista excelso: hacer convivir en armonía dos elementos aparentemente disímiles. Su última exposición, en la galería Vasari, estuvo dedicada a la ciudad de Nueva York. Recreó en lienzos de gran formato escenas urbanas que, esta vez, sin embargo, operaban como crónicas visuales de lo que había visto o vivido una década atrás.

Sibarita, tímido, de un humor irónico y refinado, Macció tenía algo de fobia social. No le gustaba la sobreexposición y rechazaba la banalidad y las poses que a veces rodean al mundo del arte.

«A vivir, que son dos días», solía decir sobre lo corta que para él era la existencia. Y enseguida completaba: «Mi peor enemigo es el calendario».

Publicado en La Nación

La mirada ante un gran artista

Por Luis Felipe Noé

“Existe en su obra un drama entre la abstracción y el hombre, sujeto que hace la abstracción, y por lo tanto, lo más difícil de abstraer, pues significaría una auto-abstracción.” Esto lo escribí sobre la exposición que Rómulo Macció estaba haciendo en la galería Galatea en 1956, cuando tenía la audacia, a mis 23 años, de hacer crítica de arte en el diario El Mundo. Lo curioso es que ya predecía lo que iba a ser su camino y lo que nos iba a unir cuatro años después. Mi comentario terminaba diciendo: “de este artista muy joven que expone sus temples en Galatea, puede esperarse aun… una vida”. Ahora cuando esta vida ya está completamente definida siento el orgullo de haber tenido de entrada la intuición de que estaba frente a un gran artista. Años después, en 1959, realicé mi primera exposición y mi amistad con él, Alberto Greco y Jorge de la Vega, nació en la inauguración de ella. Al poco tiempo mi padre que estaba liquidando la fábrica de sombreros que había fundado mi abuelo, me ofreció trabajar allí dada la amplitud de los talleres. Al poco tiempo ellos tres también estaban ahí. Esta fue la cuna de todo lo que pasó después. Cinco años de una intensa relación entre nosotros y más aun, entre nosotros y la pintura. Así nació la idea de superar los límites entre abstracción y figuración que eran en ese momento, dos bandos irreconciliables, y también la necesidad de constituir un movimiento nuestro que bajo ese principio tomase conciencia de nuestro entorno. Convocamos a varias personas que nos parecían propensos a esto pero algunos, unos por figurativos y otros por abstractos nos dijeron que no, entre estos últimos, Alberto Greco, aunque tiempo después hizo una esplendida aventura también en ese sentido. Así nació la exposición Otra Figuración –título sugerido por Rómulo–, que incluía también a Sameer Makarius y Carolina Muchnik y Ernesto Deira. Pero luego tomamos conciencia de que los que habíamos organizado la muestra: Rómulo, Jorge, Ernesto y yo, éramos realmente el grupo. De tal modo que ese mismo año viajamos los cuatro a Europa y a nuestro regreso compartimos otro taller en la calle Carlos Pellegrini que era el original taller de Deira. Todas las exposiciones que hicimos a partir del año 1962, llevaban como único nombre los nuestros. El término Nueva Figuración –que nunca nos convenció– nos lo adjudicaron los críticos después que el año 1962 Michel Ragon lo puso de moda.

1963 fue un año muy particular porque expusimos en el Museo Nacional de Bellas Artes por invitación de su director en ese entonces, Jorge Romero Brest, y además porque expusimos en Montevideo y en Río de Janeiro, teniendo en esta última ciudad un eco en los artistas jóvenes de allí. También ese año Rómulo ganó el premio internacional y yo el nacional del Instituto Di Tella. A partir de allí el grupo empezó a dispersarse pero continuamos haciendo muestras hasta 1965.

Esos cinco primeros años de la década del 60 fueron vertiginosos y una de gran alegría contagiosa. Rómulo ha escrito al respecto: “Teníamos menos años y el corazón imprudente, queríamos incendiar, desarticular, contaminar el espacio chato en el ancho y alto del cuadro. Para eso, todo valía, yo tenía la experiencia del diseño gráfico (hablo de 1959-60). Vale todo, era juntar distintas tendencias del arte moderno, distintos y contradictorios procedimientos, figuras colgadas, anatomías y lógicas, espacios virtuales, plano, volumen, perspectivas, etc. Retratos del hombre, pero ¿de cuál? O sea, de su rastro, de su incógnita, de su horror, de su alegría, saliendo del fondo de su alma o de la noche del tiempo, imagen que partiría de un oscuro núcleo (como el mismo arte) que sólo la pintura puede iluminar. La pintura como acción irracional buscando… la belleza (esa especie bárbara). Vida y muerte de los estilos, o posiciones visuales. Había un interrogante flotando: hubo que responderlo. Queríamos armar lío, estábamos cabreros contra la cultura de “ver y saborear”, vibrábamos con el comentario polémico de lo que hacíamos, nos sentíamos protagonistas, espontáneos, tremendistas, rebeldes como causa de una ética de la estética, preferimos un misterio del despilfarro a uno de economía. “Cuando el grupo se disuelve, en parte era porque ese enunciado ya lo habíamos formulado. Rómulo al menos así lo sintió. Ernesto, Jorge y yo, por el contrario, pensábamos que recién comenzaba a dar fruto nuestro trabajo conjunto. Cada uno siguió su propio camino pero esa aventura nos hermanó para siempre aun cuando a veces tuvimos con él, algún distanciamiento.

Creo que lo más particular de la obra de Rómulo, pintor incesante, es haber tenido la ventaja como él mismo decía, de haberse formado en el diseño gráfico, que lo llevó a una simplificación y una concentración de lo que él quería transmitir. En esa época hubo una agencia que se llamaba “Pum en el ojo”, y creo que esa fue la gran característica de él. Pero también fue desarrollando con el tiempo una visión muy pictórica en paisajes muy particulares. Su obra total es un amplio abanico que corresponde también a su inquietud viajera, vivió en París, Londres, Nueva York y en España. Pero siempre de una manera u otra, estaba en Buenos Aires. Pero creo que la residencia fundamental de Rómulo no era un lugar determinado, sino la propia pintura, su gran pasión.

Publicado en Página 12

A los 84 años murió Macció, uno de los jóvenes rebeldes del arte

Por Mercedes Pérez Bergliaffa

El vómito del alma. Eso, decía Rómulo Macció, se podía sacar a través de la pintura. Y teniendo esa herramienta en los dedos prefería no meterse con las palabras: «¿Para que hablar cuando las pinturas hablan por sí mismas?», decía. Rómulo Macció murió de un ataque cardíaco el jueves a la noche. Tenía 84 años y en los 60 había sido parte de uno de los grupos más contundentes y renovadores del arte argentino: la neofiguración.

«Teníamos menos años y el corazón imprudente, queríamos incendiar, desarticular, contaminar el espacio chato en el ancho y alto del cuadro», explicaba Macció. «Estábamos cabreros contra la cultura del ‘ver y saborear’ (…) ¡Nos cagábamos en la sociedad!»

En el grupo estaban también Luis Felipe Noé, Ernesto Deira, Jorge De la Vega. La consigna era «todo vale». Querían quebrar la frontera entre lo abstracto y lo figurativo. Querían decir.

Macció  empezó su carrera en 1956 como pintor autodidacta y de orientación surrealista. Tras pasar por otros grupos, se uniría esos artistas jóvenes, fuertes y rebeldes. A partir de 1961, durante cuatro años este grupo hizo estallar la pintura. La historia comenzó en la exposición Otra Figuración en la galería Peuser. Mediante la búsqueda de una nueva imagen del ser humano, estos artistas cuestionaron la institución «pintura». Maccio lo hizo a través de enorme lienzos de gestos muy amplios, abiertos, casi violentos, informales: eran el pasaje de la modernidad a la posmodernidad en la pintura local.

«En 1965, Rómulo creía que la aventura estaba terminada, nosotros que recién comenzaba; nos distanciamos», cuenta ahora Luis Felipe Noé, el único sobreviviente del grupo.

Efectivamente, Macció comenzaría a hacer una figuración más detallada, definida, de observación aguda y gesto más contenido. De pinceladas regulares con material escaso y seco y planos plenos. Se fijaría en los paisajes urbanos, en La Boca donde vivía y en el Río de la Plata y en Nueva York. Aquí, haría las Pinturas de contaminación y olvido. En Nueva York vería climas desiertos y raros.

Además del vómito, de sacarlo todo afuera, Macció pensaba que la pintura permitía la reflexión contemplativa. Rebelde y a veces simpáticamente reacio, decía que «La pintura es un oficio mudó, es una ciencia oculta».

Hace dos años, en una de sus últimas muestras, Repertorios, en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta -y ya con unas pinturas de paleta provocativa, colores pastel, síntesis, generalmente poca materia y muchos planos- comentaba: «Mi única preocupación es el hombre. Pinto siempre al ser humano. Mi pintura es representativa». Y tras dar una vuelta entre sus inmensos cuadros, agregaba: «Un pintor como yo quiere hacer formas agradables pero también algo más, una intensidad, un sentimiento. Eso es lo que está dentro de mis personajes». Y eso es lo que se percibe cuando uno los mira: la enormeenergía que Maccio nos deja bajo la forma de pintura.

Sus restos serán velados hoy entre las 11 y las 20 en el Museo Nacional de Bellas Artes. Como un maestro y referente de nuestra historia del arte se merece.

Publicado en Clarín

 

 

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