Yolanda Oreamuno, la escritora que cambió el rumbo de las letras costarricenses

En Contexto
Yolanda Oreamuno es sin dudas la más importante escritora costarricense del siglo XX. Con solo 16 años, en 1932, publicó un ensayo titulado “¿Puede tener la mujer los mismos derechos políticos que el hombre?”. El gran salto en su escritura y en el reconocimiento lo dará en 1948 con la publicación de “La ruta de la evasión”. Su obra estuvo atravesada por una preocupación política que involucraba una mirada sobre las cuestiones de género y los problemas en la educación. En solo 40 años de vida Yolanda O., misteriosa y prolífica, dejó una marca fundamental para la segunda mitad del siglo XX en Costa Rica

Abrió sus ojos por primera vez el 8 de abril de 1916. Único retoño de Carlos Oreamuno, mecánico, y Margarita Unger, de oficios domésticos. Nació en barrio Aranjuez, San José, y cuando el sacerdote derramó el agua bautismal sobre su cabeza, el 3 de mayo, la llamó Yolanda María Socorro de los Ángeles.

Como a todos, el destino le traería muchas experiencias. Como a pocos, la vida le daría la posibilidad de inmortalizarse a través de su talento, que a 100 años de su nacimiento hace de su nombre un referente obligatorio en la literatura costarricense.

Una manera diferente de pensar y decir las cosas: ese es el secreto de su éxito. Con su escritura, Yolanda es madrina de futuras generaciones. En 13 ficciones del país sin soldados , la escritora Dorelia Barahona reconoce este legado: “… es a partir del rescate de su obra que surge en Costa Rica un movimiento continuo de escritores solitarios, independientes, que va creciendo como la levadura (…)”.

Según detalla el historiador Raúl Arias, a los siete años ingresó a la Escuela Superior de Niñas, que compartía con el Colegio Superior de Señoritas el compromiso por una educación integral y humanística.

La motivación de sus maestros y las herramientas de la lectoescritura activaron su genio creador. Oreamuno le contó a la periodista Adelina Zendejas que comenzó a escribir cuentos a los 10 años.

En 1929 ingresó al Colegio de Señoritas, donde conoció los clásicos de la literatura. La institución impulsaba concursos, uno de ellos propició la primera publicación conocida de Yolanda, en 1932. Bajo el título de¿Puede tener la mujer los mismos derechos políticos que el hombre? , sus palabras fueron premiadas y la Revista Costarricense las publicó.

“El día en que la mujer esté a la par del hombre en el plano político, habrá dejado de ser ella para ser él”, enjuicia. Este ensayo refleja las opiniones de una joven de 16 años, en plena formación intelectual; no congruentes con la visión de la escritora que conocemos. No obstante, asoma su crítica en gestación al afirmar: “Entonces venimos a la conclusión bastante injusta, de que la mujer no tiene derecho de intervenir en la formación de las leyes, pero sí debe cumplir con los castigos que ellas le impongan”.

En diciembre de 1933, tras obtener los títulos de Bachiller en Ciencias y Letras y Perito Mercantil, le cuenta al periódico La Tribuna que le encantaría ser periodista y agrega que escribe a máquina 56 palabras por minuto.

Durante una estadía en Siquirres, su tía Luisa Oreamuno notó que cerca de la medianoche había luz en el cuarto de la joven, entonces de unos 18 años. Al abrir la puerta, la sobrina le recriminó: “Ay, me mató. ¿Por qué vino? Estoy escribiendo y la inspiración se me fue”.

Amigos y desventuras

En 1936 recibe lecciones de materialismo histórico. Entra en contacto con el Círculo de Amigos del Arte, organizadores del curso, que reunía a personalidades como Carlos Salazar Herrera, Francisco Amighetti, los hermanos Marín Cañas, Max Jiménez, Teodorico Quirós, Lilia Ramos y Joaquín García Monge, su mecenas.

Esta interacción favoreció su quehacer literario. En diciembre de 1936 publicó por primera vez en la revista Repertorio Americano , de García Monge, su ensayo Para “Revenar”, no para Max Jiménez y el cuento La lagartija de la panza blanca . Se mantuvo entre los colaboradores delRepertorio Americano hasta 1948 y el vínculo no se vio interrumpido ni por su matrimonio, en mayo de 1936, con Jorge Molina Wood, ni su posterior establecimiento en Santiago de Chile.

El contexto chileno no le deparó felicidad: su marido sufría una crisis psicológica. Se refugió en las letras y envió a don Joaquín escritos como 40º sobre cero , 18 de setiembre y Vela urbana . También escribeDon Juvencio y Las mareas vuelven de noche , en la lista de sus obras perdidas hasta 1971.

El 3 de marzo de 1937, Jorge Molina Wood se suicida. Ella regresa a San José, viuda a los 21 años.

Giros del destino

Yolanda era consciente de sus ineludibles gracias físicas y de los límites que varios hombres –sin talento– ponían a la belleza de su intelecto. La querían linda y tonta, pero ella no estaba dispuesta a complacerlos.

En 1938 comenzó a escribir su primera novela, Por tierra firme . El Colegio Superior de Señoritas celebraba el cincuentenario de su fundación y lanzó un concurso de ensayo. Obtuvo mención de honor por su texto, conocido como ¿Qué hora es? , debido a que fue publicado en una sección con ese nombre en Repertorio Americano .

Con este escrito inicia su madurez como escritora, honra a sus tutores del Círculo de Amigos del Arte y su formación humanista. “¡Que no haga la mujer poses de feminista, mientras no haya conseguido la liberación de su intelecto, de lo mejor de ella misma preso dentro de su propio cuerpo!”. Poco queda del recuerdo de la adolescente opuesta a la equidad de derechos políticos entre hombres y mujeres.

En 1939 retrata la sociedad costarricense en “El ambiente tico y los mitos tropicales”, publicado en Repertorio Americano el 18 de marzo. Hace un inventario de los pecados nacionales, algunos de ellos: el choteo, la lentitud, la inercia patológica y una democracia pasiva. Ante sus lectores asegura: “Dos son los cargos que con caracteres de enfermedad nacional, sí merecen un estudio serio: la ausencia casi absoluta de espíritu de lucha y la deliberada ignorancia hacia cualquier peligroso valor que en un momento dado conmueva o pueda conmover nuestro quietismo”.

Yolanda se ha asumido como escritora y sus compromisos ideológicos han de ser transversales. Su compañero debe ser alguien que comparta sus inquietudes sociales. El 3 de julio de 1939 se casa con Óscar Barahona Streber, un estudiante de Derecho que publicaba enRepertorio Americano , compañero de la Liga Antifascista.

Termina Por tierra firme en 1940 y la envía al jurado local a cargo de la selección de una obra representante ante el Concurso de la Editorial Farrar & Rinehart. Los encargados deciden remitir tres y la premian junto a José Marín Cañas y Fabián Dobles. Ella denuncia el hecho ante la prensa y solicita retirar su novela, que nunca fue publicada.

En 1942 nace Sergio Simeón Barahona Oreamuno, su único hijo. La ansiada maternidad se establece como prioridad y hace una pausa en su producción.

Según Eunice Odio, su entrañable amiga y destacada escritora, al año siguiente empieza a perfilar la novela Casta sombría , conocida comoDos tormentas y una aurora , también extraviada.

Protesta contra el folklore (1943) da la pista del futuro inmediato de la escritora. Emite su declaración de cierre con un estilo: “Doy gracias al folklore porque ha rendido, lo saludo como una gloria pasada, y espero el aliento renovador de obras paraleladas con el moderno movimiento americano, para rendirles homenaje desde un porvenir literario mejor”.

Pasa una temporada en México en 1944, junto con su hijo, en casa de sus suegros. La revista Letras de México publica Juan Ferrero , fragmento de Dos tormentas y una aurora . Le menciona a la periodista Adelina Zendejas que la Editorial Leyenda publicará la obra. Luego, en 1945, molesta porque el autor Alfonso Reyes no escribe el prólogo que le había prometido, opta por no sacarla. Por esta época también escribe su estupendo y personalísimo México es mío .

Regresa a Costa Rica en mayo de 1945 y en julio se divorcia de Óscar Barahona. El año concluye con quebrantos de salud y emocionales, y una operación de un mal renal.

Nuevas rutas

En 1947 envía dos novelas al concurso literario 15 de setiembre, con sede en Guatemala: De hoy en adelante y La ruta de su evasión .

La ruta de su evasión ganó el certamen. Celestino Herrera Frimont, miembro del jurado, contó a El Imparcial : “Nos hacíamos suposiciones atribuyendo al novela a un escritor avezado, tal vez un médico por la descripción exacta de ciertos pasajes y cuando nos reunimos para emitir en fallo, con gran sorpresa al abrir la plica correspondiente vimos un retrato de una mujer, joven y hermosa: Yolanda Oreamuno”.

Viaja a recibir el premio en 1948 y decide quedarse. La Pensión Guéroult se convirtió en su nuevo domicilio y se nacionalizó guatemalteca.

En julio, la revista del Centro Editorial del Ministerio de Educación Pública de Guatemala, anunció que De hoy en adelante , estaba en prensa. Al parecer nunca se publicó y el original se perdió en un incendio.

En setiembre de 1949 es internada en un hospital de caridad de Washington, gracias a su amiga Ninfa Santos, quien trabajaba en la Legación costarricense. Le realizan varias operaciones por una lesión mitral, sin éxito. Cuando se le había dado la extremaunción y el ataúd aguardaba, un médico italiano le extirpó el bazo y salvó su vida.

La ruta de su evasión es publicada el 31 de enero de 1950. La escritora expresa su deseo de que sea leída en Costa Rica, no solo por intelectuales, sino por “público raso”. No será sino hasta 1970, cuando la Editorial Centroamericana la publica en el país por primera vez, que el libro esté disponible en el país.

La novela fue conocida por ciertos grupos gracias a algunos ejemplares que circularon, y creó una “reputación clandestina”, según Alberto Cañas. Él mismo habló acerca de esta fama: “No ha habido libro costarricense del que se haya susurrado más, ni que se haya leído menos”.

Esta es, sin duda, la obra cumbre de Oreamuno y uno de los pilares de la literatura costarricense. Cañas apunta y regaña: “(…) si la autora quiso en él reflejar aspectos de su vida, personas que la rodearon, ambientes en que vivió, ello carece de importancia ante los valores puramente literarios que son los que deben interesarnos e interesarán aún más en el futuro”.

Tras su operación, realiza un corto viaje a Costa Rica en 1950 y luego se traslada a México, buscando nuevas oportunidades. Eunice ya está establecida ahí. La novela José de la Cruz recoge su muerte es su nuevo proyecto, que no se llegaría a publicar.

La vida en México no es apacible. Publica en algunas revistas y diarios, pero enfrenta pobreza y enfermedad. Vive en 1955 en casa del pintor José Reyes Meza y su esposa María Luisa Algarra, quienes la cuidan. Luego, Eunice Odio se la lleva a su casa.

Eterno retorno

Se cuenta que en la mañana del 8 de julio de 1956, Eunice Odio salió a comprar desayuno. Al regresar a su apartamento, Yolanda había muerto. Su certificado de defunción apunta como causa una embolia cerebral.

Fue sepultada en el Panteón Francés de San Joaquín (Ciudad de México). Amigos y familiares decidieron repatriar sus restos al Cementerio General de San José (Costa Rica) en 1963 y no en 1961, como se afirma. Su fallecimiento marca la resurrección de su obra. Lilia Ramos lideró la publicación de A lo largo del corto camino en 1961, una recopilación de ensayos, relatos y cartas. Victoria Urbano publicó en 1968 Una escritora costarricense: Yolanda Oreamuno , un estudio crítico.

Rima de Vallbona, Alfonso Chase, Emilia Macaya, Dorelia Barahona y Ruth Cubillo han tomado la tea para que siga viva la llama de su creación.

La memoria de Yolanda Oreamuno inspiró una escultura de Marisel Jiménez, un documental de Ronald Díaz, la reimpresión de sus obras y su inclusión en programas educativos. Aun así, queda tarea pendiente.

Contra la maledicencia de algunos que negaban la existencia de las obras perdidas, la especialista Rima de Vallbona localizó varias. La lista es larga y los centros académicos deberían destinar recursos para encontrarlas. Valga la ocasión del centenario de su nacimiento para tomar esto en serio y cumplirlo.

Desde un rincón de un más allá muy cercano, gracias a su persistente presencia, Yolanda parece decirnos: “Ignoro si habré logrado claridad en mis palabras. Solamente estoy segura de la honradez de mi decir”.

Desde la actualidad, la ensayista Emilia Macaya responde: “Escribir en Costa Rica después de Yolanda Oreamuno es una grandísima responsabilidad, porque hizo las cosas muy bien”. Los grandes no nacen siempre en el momento propicio, pero su genio se impone en el tiempo. ¡Felices 100 años, Yolanda!

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Identidad y género en la obra de Yolanda Oreamuno

Solo no eres nadie.

Es preciso que otro te nombre.

Bertold Brecht. Un hombre es un hombre.

¿Cuándo un individuo es tal? ¿Cómo nos construimos los seres humanos? Se es “uno” desde el momento en que “otro” nos nombra. La constitución del sujeto se da cuando a la auto imagen o definición desde “uno mismo”, se suma el discurso de esos “otros” que designan, atribuyen un sexo, construyen un género y depositan en sistemas de parentesco que conllevan derechos y deberes, prohibiciones y promesas. Porque es en la imbricación de las estructuras históricas, lingüísticas y psicológicas, donde se produce la acción humana.

Ocupar el yo es, de esa manera, asumir la “mismidad” (lo uno) y a la vez, asumir la “otredad” (lo diverso, el “no yo”). En suma, inscribirse en “la diferencia”. Y con la diferencia, arrogarse el mayor mecanismo generador de diferenciaciones: el lenguaje. La identidad del sujeto es, por ello, una red de designaciones diferenciadoras, una elaboración de palabras. En fin, una construcción lingüística.

Complementariamente, mirar desde el género supone una especial manera de abordar el análisis literario -si esa es la tarea- pues tal mirada pretende, mediante la observación de los códigos y pautas culturales (cosmovisión) en las cuales se inserta la obra, fijar estrategias que permitan obtener mayor claridad en cuanto a los “conceptos” de mujer y feminidad, hombre y masculinidad. Se buscará, entonces, reubicar más justamente los papeles que la sociedad asigna a mujeres y hombres.

En relación estrecha con lo anterior, debe recordarse que la diferenciación entre sexo -lo naturalmente dado- y género -lo culturalmente asumido- ha constituido un determinante fundamental para el avance de los estudios de la mujer en particular, y del género en un entorno más abarcador. De esta manera y dejando de lado la obvia diferenciación biológica entre los sexos, se torna posible abordar el significado de “lo femenino” y “lo masculino” de una nueva forma y en relación con los juegos de poder, puesto que tales significados están sometidos a las diversas presiones que afectan la vida social y cultural. Y es que puede muy bien decirse que hay, en efecto, algo que se ha mantenido como elemento constante durante todo el trayecto, conocido hasta ahora, de lo que llamamos cultura occidental: el hecho de que la relación hombre-mujer no ha sido vista como una relación equitativa -un tú a tú- sino más bien como una jerarquía disimulada, en donde lo masculino ocupa siempre el papel del dominador, mientras lo femenino se establece como lo dominado.

Por lo tanto, para definirse en sus múltiples facetas, incluidas la de autora y lectora de textos literarios, la mujer debe reubicar los términos de una socialización que la lleva a someterse a las leyes del hombre, dentro de lo que se conoce como el patriarcado. En una variada gama de posiciones políticas, estudiosas -y en menor grado, estudiosos- de muy diversas procedencias, entre cuyos trabajos pretende situarse este libro, se han empeñado por obtener respuestas válidas en torno a una serie de problemas, ligados sobre todo a identidad, discurso y autoría femeninas: ¿puede o no una mujer escribirse a sí misma?; ¿existe una poética basada en una palabra de mujer y no en la designación ajena?; ¿es capaz de erigirse la literatura en vía de definición y auto afirmación para las féminas?; ¿existe una escritura femenina con rasgos propios?

En fin, desde muchas y muy variadas ideologías, la mayor parte de quienes se dedican a los estudios del género reconocen que ha sido el inferior status social de la mujer lo que ha movido a prácticas de lectura y escritura desde la feminidad, esto es, desde la marginalidad

El presente ensayo intenta, a partir de las propuestas en torno a identidad y en función de las teorías del género, abordar la obra de Yolanda Oreamuno, una escritora que comprendió y vivió, sin duda mejor que muchos, lo que significa ser autora desde el margen de lo femenino. Lo que implica tomar la pluma para ver y vivir a la mujer, para tratar de escribirla e inscribirla en realidades más justas y así, en más anchas perspectivas de vida.

Al observar entonces la producción de Yolanda Oreamuno en su conjunto, es posible percibir la presencia de cierto espacio abierto entre uno de sus primeros escritos, el ensayo “¿Qué hora es?”, y la novela La ruta de su evasión , como se presume, la última obra publicada. En este espacio, pues, habrá de ubicarse, desde una comprensión regida por el problema de la identidad, la llamada literatura dispersa, conforme se recopila en el volumen A lo largo del corto camino . Tal literatura dispersa se despliega –así se propone en el presente apartado– bajo el signo inconfundible de la crisis de identidad, situación establecida por la doble exclusión que pesa sobre lo femenino: la mujer, determinada no a partir de su propia palabra sino según lo que el hombre dice de ella, verá impedido el acceso a la autodefinición desde un discurso y una imagen que le pertenezcan. En lugar de formular el “yo soy” afirmativo, tendrá que escuchar tan solo la designación ajena: aquello que el sistema establecido –el “hombre”–dice de ella. De allí pues la crisis identitaria, en tanto carencia de autoafirmación e idea de sí.

Un ensayo juvenil

“¿Qué hora es?” constituye el ensayo juvenil con el cual Yolanda Oreamuno participó en un concurso organizado por el Colegio de Señoritas –institución en la cual la escritora cursó la enseñanza media– a propósito del cincuentenario de la fundación. Como el tema propuesto se concentraba, según las reglas del concurso, en los “medios que usted sugiere al Colegio para librar a la mujer costarricense de la frivolidad ambiente”, Yolanda inicia su escrito señalando la pertinencia de la propuesta, no solo porque permite hablar de un mal –la frivolidad– que “adquiere caracteres de epidemia”, sino también porque “el Colegio da una muestra decisiva de conciencia docente al abrir en esta forma la puerta a la voz pública y especialmente a la voz femenina”.

Y continúa: “La situación social de la mujer en Costa Rica viene a ser la raíz madre de lo que el Colegio llama con tanto acierto frivolidad ambiente. Si aquello es la causa, esto es el efecto (…). Desde que comienza la educación de nuestra mujer en el hogar se plantea ya su contradictoria situación: ¿Se educa a nuestras muchachas para que sean buenas señoras de casa, correctas esposas y fuertes madres, o se las educa para que tomen una activa parte en el conjunto social, dentro y fuera del colegio?” .

Pasa Yolanda Oreamuno a ocuparse de otro aspecto que ha sido y es aún tema clave, en lo que se refiere a la situación femenina: no puede haber reivindicación alguna si antes la mujer no abandona los estereotipos, a fin de encontrarse en una definición propia –no ajena– que la lleve a autoafirmarse. Solo entonces será posible pensar en igualdad de condiciones y de oportunidades para uno y otro sexos.

“La muchacha así, se ha acostumbrado a que dicha persona piense por ella, a que la vida no sea más que una realidad para el padre, único quien tiene que asumir actitudes agresivas y defensivas en la lucha de todos los días. Lógico es esperar que la bruma de la frivolidad la enrede y le impida ostentar verdadera dignidad. Porque no hay dignidad sin conciencia y la suprema conciencia está en asumir con pleno conocimiento de causa las responsabilidades que da la vida al enrolar a un ser en su corriente, sea hombre o sea mujer” , agrega.

Aclarado lo anterior, pasa la autora, sin ningún reparo, a abordar el tema según aspectos que resultan polémicos para su época. “¡Que no haga la mujer poses de feminista, mientras no haya conseguido la liberación de su intelecto, de lo mejor de ella misma preso dentro de su propio cuerpo! Nunca hay que olvidar que la tarea se acomete por el principio. El feminismo que busca reivindicaciones “políticas”, sin haber conseguido otro éxito que el de ponernos tacones bajos y el de cortarnos el pelo, será por fuerza un movimiento equivocado mientras no le quite a la mujer el prejuicio de que el hombre debe mantenerla y mientras no borre de la masa cerebral femenina “el miedo de decir”, el decir mal, y la deliberada tendencia a ignorar todo lo que no sean nuestros mediocres y pequeños problemas individuales” .

Las conquistas del feminismo en sus primeros tiempos –fines del siglo XIX, principios del siglo XX– fueron en su mayor parte no el resultado de batallas concretas, sino consecuencias directas de la incorporación de la mujer a la fuerza laboral, al producirse la Revolución Industrial.

Y prosigue Oreamuno: “Hemos realizado con gran dificultad nuestra capacidad de trabajo, la comprensión de que la sociedad nos necesita y nos acepta así porque somos útiles. Y no hemos realizado plenamente que somos capaces, en la misma proporción, de pensar, de juzgar y de razonar. En determinados casos hasta hemos liberado nuestra situación económica de la tutela del hombre y, sin embargo, nuestro pensamiento permanece atado indefectiblemente al razonamiento masculino. No sabemos de nosotras mismas sino lo que el hombre nos ha enseñado” .

En otras palabras y según la fórmula tantas veces reiterada, la mujer no es sino lo que el hombre dice de ella. De nuevo apunta Yolanda hacia ese elemento crucial que es la autodefinición femenina, al modo de sustento para cualquier acción realmente eficaz que la mujer desee emprender.

Y concluye: “Así, lo necesario es forjar la verdadera personalidad femenina, único remedio contra la frivolidad y demás aberraciones apuntadas. Una personalidad equipotencial, nunca igual a la del hombre, que nos faculte para escoger rutas cuando hay cerrazón de horizontes. Un estado de espíritu de solidez tal que nos convierta en compañeras y no en esclavas, acusadas o encubiertas del hombre” .

Afirmación propia

En La ruta de su evasión , es la definición femenina, asociada al discurso liberador protagonizado por Teresa y Aurora, lo que logra destruir finalmente el proceso de sumisión sostenido por siglos de cultura patriarcal. Frente al vasallaje femenino se instaura la afirmación propia, primero como vehículo de introspección y luego, como autodescubrimiento, el cual permite a la mujer recrearse y aceptarse en cuerpo, mente y condición concretas. No obstante, son estas mismas ideas, aunque en germen, las que vemos surgir y desplegarse en “¿Qué hora es?”, ensayo premonitorio al que la crítica oficial muy a menudo deja abandonado en situación marginal.

Quizá Yolanda Oreamuno apenas llegó a vislumbrar, en la América Central de 1938, la intensa carga conceptual contenida en su escrito, en relación con los planteamientos sobre las feminidades que irían tomando fuerza y validez en los decenios posteriores. Y no fue precisamente cobijo y comprensión lo que, frente a estas ideas, le brindó su propio país, aquella Costa Rica en la cual, según palabras de la escritora, es necesario morirse para recoger el reconocimiento póstumo de un pueblo desdeñoso y pasivo.

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Yolanda Oreamuno en las letras costarricenses

Desde la óptica de una reivindicación de las feminidades en lo cultural y en lo literario, hay un hecho innegable ligado a la aparición de Yolanda Oreamuno en las letras costarricenses: después de ella, la narrativa escrita por mujeres se desborda de manera incontenible.

Es evidente que la perspectiva femenina, como propuesta de revisión frente al patriarcado y sus construcciones ideológicas, se acrecienta en alcances sobre todo en los últimos cien años. A no dudarlo, a partir del ocaso del siglo XIX y, con mayor fuerza, en el recién pasado siglo XX, logra situarse la mujer en el centro de atención del mundo. Sin embargo, tal como lo indicaba Yolanda con su habitual lucidez desde los escritos tempranos, es con la Revolución Industrial y gracias, pues, a una circunstancia histórica muy concreta, como las féminas se incorporan de lleno a los procesos de producción y, con ello, alcanzan a provocar una alteración en el orden del mundo, hasta tal punto que el cambio ya no tuvo vuelta de hoja ni marcha atrás. Fue pues ante el hecho consumado que debió reinterpretarse la realidad, para dar cabida a lo que ya se había producido.

Desde una abarcadora visión del “ser” y el “deber ser” de lo femenino, en crítica actitud frente al orden establecido, Yolanda Oreamuno propone un mundo distinto para un nuevo tipo de mujer, libre, completa y plantada de lleno ante las circunstancias. Y con ello no solo ensancha las visiones sobre la realidad, sobre la sociedad y la cultura, sino que se suma a otras creadoras en los empeños de redefinición, para asumir de otra manera el poder creador literario.

En resumen, Yolanda encarna el ímpetu por asentar una nueva forma de comprender el acto de escritura, impregnado en este caso de signos femeninos.

Resulta incuestionable que la tradición literaria intentó desde siempre aprisionar a la mujer creadora en definiciones cerradas e inapelables tanto de su persona, como de sus potencialidades creativas. Así, la redujo a estereotipos extremos que, en su afán reductivo y empequeñecedor, entran en conflicto con las múltiples percepciones que de sí misma es capaz de elaborar la mujer y, más concretamente, la autora. La vivencia de la feminidad desde la autoría literaria y según las pautas patriarcales, lleva a la comprobación de las discrepancias entre lo que una mujer mira en sí misma –lo que ella es o quiere ser– y lo que está supuesta (u obligada) a ser, en función del sistema establecido. Y es aquí donde se percibe que Oreamuno tuvo muy clara conciencia tanto de su papel de mujer, como de la labor de escritora, amén del nexo entre ambas situaciones. También en este sentido, como en tantos otros, abrió Yolanda rutas con su propia ruta.

Derecho a la educación

Sin embargo, la visión de esta autora se encuentra unida no solo a una comprensión de las feminidades que saben afirmarse para protagonizar el acto creador, sino también a la defensa del derecho a la educación por parte de todas las mujeres.

Es desde su temprano ensayo “¿Qué hora es?” (1938), escrito al superar apenas los veinte años –y 10 años antes de dar a conocer La ruta de su evasión – cuando Yolanda acomete con toda claridad una sólida propuesta de educación femenina: una educación encaminada a rescatar el derecho a la forja de las potencialidades para arribar a la palabra pública, desde el encierro privado. “¿Qué hora es?” inicia una primera etapa en la producción de Oreamuno, en el marco comprensivo de la formación femenil lanzada además hacia el futuro, en acto de lucidez que asombra.

Ante las obligaciones impuestas a las mujeres, la primaria actitud ha de ser entonces –y en ello es muy claro el ensayo aludido– la de construir una imagen propia, dada a partir de la razón autorreflexiva. Una definición surgida desde su ser y no desde otros ojos, ajenos, engañosos y además condicionantes, como pueden ser los ojos del sistema establecido. Pero esta actitud, anunciada tan tempranamente, tendrá que afinarse para fructificar 10 años después, en toda la fuerza que alcanza dentro de La ruta de su evasión , novela que aborda de manera directa lo afirmativo femenino y sus nexos con el derecho a una existencia propia. Con La ruta de su evasión –y como podría decirlo Simone de Beauvoir–, la feminidad objetivada se tornaría, al fin, en la propuesta del sujeto hecho mujer.

La certera completud que adquiere la obra de Oreamuno cuando es contemplada de esta manera –aquello que se anuncia en el ensayo juvenil se plasma y consolida extraordinariamente en la novela de madurez– quizá constituya, en alguna medida, un paliativo ante la desazón causada por la muerte temprana de la autora, en un momento de potencia creativa y visos de futuro literario aún más promisorio. Algún consuelo puede haber en la visión de esa plenitud a la que se alude, en tanto cumplimiento de una etapa fecunda pese a la vida corta y el tan breve camino.

Estigma y lucha

Ha de añadirse otro aspecto imposible de obviar (…). Tal, lo que se refiere al estigma que pesa sobre la escritura de las mujeres en tanto acción autoafirmativa, más aún si a ello se suma el precio social que debe pagarse por una genialidad que tiene, además, el signo de lo femenino.

Ciertamente, escribir desde el lugar de la mujer en la Costa Rica del siglo XX implicó actuar desde una herencia patriarcal que, según se ha dicho, marginó a las féminas no solo de la escritura, sino también de todas las otras múltiples formas de acción cultural consideradas válidas. No obstante, ayer como hoy, en este continente americano igual que en otros, aparecen momentos más o menos organizados en los cuales afianzan sus raíces las luchas de la mujer por el autoconocimiento y la autodefinición. Y en esa Costa Rica mojigata de la primera mitad del siglo XX, Yolanda Oreamuno encarnó, de manera nítida, uno de estos intentos.

No obstante, resulta por igual palpable, aún en los días presentes, que la comprobación del genio en una mujer que, amén de afirmarse, quiere lo mismo para el resto de sus congéneres, ha de llevarla a sufrir la marca de algún señalamiento, casi siempre en alianza con cierto grado de “excentricidad”: advertencia de que aquella que lo porta intenta huir del centro de dominio que debería mantenerla atada. Pecado mayor cuando “eso” que la excéntrica hace es escribir, lo que se iguala a inscribirse en el espacio y en el tiempo. Por todo ello, genialidad y lucidez, escritas en femenino, implicarán un castigo social, dos de cuyas formas bien pueden ser la ausencia de reconocimiento y la reclusión en la soledad.

No es posible soslayar el hecho de que Oreamuno afirma su feminidad y ejercicio de autoría desde una posición ya matizada con tonos particulares, en la especial conjugación de dotes físicas y valía intelectual que fue su persona. Cualidades unidas, además, a un doble poder de seducción, el del aspecto y el de la palabra, en alianza que, sin duda, muchos definirían como extremo peligro femenino frente a la autoría y la autoridad masculinas. El precio, para muchas, debió ser el exilio.

Genialidad

Obligado es recordar lo que la misma Yolanda escribiera en carta a su amigo Alfredo Sancho, a propósito del carácter sui géneris de la genialidad.

“El genio es allá donde se rompen las medidas, donde tú estás sola, absolutamente sola, y no te sirven las palabras de los otros, ni sus sonrisas, ni siquiera su amor. Es estar cohabitando con la muerte en todos los segundos”.

Abordar la figura y la obra de Yolanda Oreamuno conduce a contemplar una ruta de vida y una senda literaria dedicadas a impugnar prejuicios, afinar miradas, para que a nuestras mentes se les ensanche un poco más el horizonte. Y ello con la esperanza de que los seres humanos, por igual, tengamos siempre una oportunidad de validar, en esta tierra, esa existencia que a todos se nos ha dado.

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